Woodward

Tribulaciones de Trump

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La fortuna política del president Donald Trump dio esta semana nuevas vueltas que volvieron más probable el espectro que acecha a su administración: un enjuiciamiento por multiples causas que llevarían a su apartamiento de la presidencia, desde conducta personal impropia hasta relaciones indebidas de algunos de sus parientes más próximos con jerarcas rusos para ayudarle a vencer la presidencia en 2016.

Trump, con un promedio de aprobación inferior al 40%, más bajo que el de todos sus antecesores en lo últimos 65 años en época equivalente, tendría dificultades para continuar su agenda legislativa, cuando dentro de dos meses habrá una renovación de las dos cámaras. La mayoría de las encuestas hace ver que es probable que pierda la mayoría que el Partido Republicano ha ostentado hasta ahora en ambas cámaras, que le ha permitido llevar adelante la agenda del gobierno.  En el trayecto de su agenda están las relaciones internacionales y los acuerdos de libre comercio, inclusive el que tiene Estados Unidos con México y Canadá. Sin esa mayoría, Trump ingresará a una etapa diferente de gobierno, con los demócratas acelerando una agenda que busca su enjuiciamiento.

Tres hechos sobresalientes en una semana pueden haber contribuido para que eso suceda: Su inasistencia a los funerales del senador republicano John McCain, considerado el senador más liberal de su Partido,  un libro revelador del carácter del mandatario, escrito por uno de los dos periodistas del Washington Post que desencadenaron el escándalo de Watergate, y una extraña columna periodística anónima en The New York Times.

En el primer caso, Trump no fue invitado por la familia. El presidente no guardaba ninguna simpatía hacia el senador fallecido que, a su vez, desdeñaba su modo de gobernar. La semana antepasada tuvo actitudes contradictorias, como muchas otras de su gobierno, cuando ordenó recolcar la bandera nacional de manera normal cuando había sido izada a media asta en duelo por la muerte del senador. El rencor inocultable del mandatario hacia un senador muy popular por su conducta como combatiente en la Guerra de Vietnam, donde estuvo prisionero durante cinco años y medio, irritó a gran parte del país. Trump había dicho que prefería a héroes de guerra que no hubiesen caído prisioneros. Sus asesores se vieron en figurillas para tratar de explicar la actitud del presidente.

Al traspié le siguió la publicación de Fear: Trump in the White House (Miedo, Trump en la Casa Blanca), el nuevo libro de Bob Woodward, que relata situaciones de caos y desazón imperantes en la sede del gobierno. Woodward fue el periodista que, junto a Carl Bernstein, destapó el mayor escándalo del siglo pasado en la política norteamericana. Las revelaciones del ¨caso Watergate¨, por el nombre del hotel donde se escenificó el escándalo, llevaron a la renuncia del presidente Richard Nixon en 1974.

En una conversación de Trump con el periodista, grabada la semana que acaba con el consentimiento del mandatario, éste reconoce que ¨se viene otro libro con malas noticias¨. Woodward le explicó que había tratado de entrevistarlo y que había hablado con seis funcionarios de su entorno, sin ningún éxito.

El desconcierto que parece imperar en la sede del gobierno habría llevado a uno de sus funcionarios a escribir una carta anónima que publicó The New York Times, tras advertir a los lectores que lo hacía para proteger al autor, a quién sí conocía, de represalias de la administración. El autor anónimo develaba que muchos otros funcionarios tratan de sabotear al presidente desde dentro de la Casa Blanca e incluso le esconden documentos porque creen que las actitudes del mandatario ponen en riesgo la seguridad del país y la paz mundial.

Autoconfeso  militante de ¨la resistencia¨ anónima en el gobierno de Trump, el autor critica la aproximación del presidente hacia la dictadura norcoreana y la rusa y su desdén hacia los aliados tradicionales de Estados Unidos.

La publicación ha traído una grave pregunta a los periodistas, sus jefes de redacción y los propietarios de los medios: ¿pueden publicar notas anónimas con razgos de plena verosimilitud, inclusive conociendo la identidad de los autores, si juzgan que hacen así un bien a la sociedad a la que sirven?

El periódico más influyente del mundo ha creído que sí.

Vueltas de la vida

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Fue en la segunda mitad de junio de 1972 que dos periodistas del Washington Post se encontraron ante un hecho noticioso que los colocaría en la senda de una de las mayores historias informativas del Siglo XX que catapultó, dos años después, la renuncia de Richard Nixon, gestor de la apertura histórica hacia China y de una nueva relación con la entonces Unión Soviética.

Acusados de mentir, al igual que la legión de colegas que después siguieron la noticia, Bob Woodward y Carl Bernstein cumplieron su tarea informativa pese al poder del estado que dirigía un presidente electo por un alud de votos y que abusaba de su efímera popularidad. Contaron la historia de uno de los mandatos presidenciales más siniestros, guiados por un misterioso ¨garganta profunda¨ que sugería ¨sigan el dinero¨ para iluminar callejones oscuros, rutas frecuentes del poder sin control y de vicios que a él se asocian. Los periodistas nunca revelaron la identidad de su fuente, William Mark Felt, el segundo en el FBI, hasta que él mismo lo hizo en 2005, tres años antes de morir.

La historia de esa epopeya informativa resurge ahora con los embates del presidente Donald Trump contra periodistas y medios, que a diario divulgan entretelones de su gestión con apenas 150 días y que tienen como sustento las rutas de negocios con jerarcas de Rusia. En esas rutas suelen ocurrir los mayores tropezones y las peores caídas de muchos poderosos en todo el mundo. Nixon estaba obsesionado con estabilizar las relaciones con Rusia, actitud que en estos tiempos equivaldría al tejido apretado que forman los vínculos comerciales rusos con la familia Trump.

Pero para muchos que creen que USA va rumbo directo a un nuevo Watergate, el hotel donde ocurrió el episodio de espionaje para ayudar a Nixon a ganar la reelección, los propios medios han recordado que llegar al estadio en que el trigésimo séptimo presidente tuvo que renunciar ante la inminencia de un impeachment que lo inculparía, costó dos años, hasta el 9 de agosto de 1974. Es decir, los desenlaces inmediatos son muy raros. Dos años constituyen, en todas partes, una eternidad en la que todo puede suceder, inclusive que Trump emerja robustecido de la que él llama la peor campaña de desprestigio contra un presidente a través de la que denomina ¨prensa mentirosa¨.

Igual que en otros países, las encuestas muestran que la mayoría cree más a esa prensa y desconfía de sus denigradores.