Víctimas

Ocaso sandinista

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La tensión bajo la que vive Nicaragua desde hace mas de un mes escaló estos días con nuevos enfrentamientos y al rondar la cota de un centenar de víctimas fatales la crisis parece encaminarse a desenlaces capaces de hacer temblar la geopolítica continental. Un ícono de la izquierda mundial está ante un jaque que quizá ni el genio de Capablanca pueda resolver.

Los disturbios que estallaron el 18 de abril cuando multitudes salieron a las calles para protestar contra un nuevo régimen de seguridad social que había dictado el gobierno Sandinista de Daniel Ortega fueron solo una chispa para las protestas que ahora han tomado un cariz insurreccional. La oposición creciente a la medida, que buscaba equilibrar los gastos fiscales con recorte de pensiones, forzó a las autoridades a anularla. Para entonces, estudiantes y organizaciones cívicas que tomaban las calles habían redoblado la apuesta con una demanda mayor: la salida del régimen con nuevas elecciones generales. El régimen Sandinista, que encantó a gran parte del mundo al cerrar la década de 1970 para dar paso a una larga era de romanticismo politico forjado tras la caída de Anastasio Somoza, luce en el ocaso y quizá ante un anochecer inevitable.

El reclamo de los jóvenes apunta al relevo de Ortega y su esposa Rosario Murillo, dirigente Sandinista poderosa que ostenta anillos lujosos en cada dedo de las dos manos, y a quien muchos ven como la gran rectora de la política nicaraguense. Ortega estuvo en el gobierno hasta 1990, como coordinador de la Junta de Reconstrucción Nacional que se instaló tras la caída de Somoza. La demanda para alejarlo del poder es el mayor desafío enfrentado por el sandinismo, que retomó el poder presidencial en 2007 al ganar las elecciones ese año. En 2016 venció por tercera vez consecutiva y muchos creen que buscará una cuarta y una quinta oportunidad, pues bajo su aliento fue instaurada la reelección indefinida. Siempre que logre pasar incólume la barrera de los disturbios ahora esparcidos por las principales ciudades del país.

Hasta hace mes y medio, Nicaragua parecía el más tranquilo de los países regidos por gobiernos de izquierda. Con un respetable 4,7% de crecimiento de su producto interno bruto el año pasado, su gobierno confiaba en tener firmes las riendas del país.  Nada  parecía amenazar al régimen, hasta que grupos de estudiantes universitarios y de secundaria comenzaron a protestar, indignados porque a sus padres o a sus abuelos se les reducirían las pensiones que para muchos de ellos sustentaban sus hogares. El régimen creyó que con lanzarles gases lacrimógenos a profusion y golpearlos a palos los controlaría. Fue un pésimo cálculo, pues 11 años de Ortega, con fuerte control policial y limitadas libertades políticas, habían agotado la paciencia de un gran número de jóvenes que veían sus esperanzas diluirse en un país donde un tercio de la  población de seis millones vive debajo de la línea de pobreza (menos cuatro dólares por día).

La confrontación jóvenes versus gobierno recrudeció el 30 de mayo, el Día de La Madre en Nicaragua, cuando la policía y turbas sandinistas reprimieron a los primeros, que gritaban consignas antigubernamentales. Solo en esa jornada murieron 15 personas y decenas de otras resultaron heridas. Hasta entonces, el gobierno se negaba a reconocer que las víctimas de más de un mes de disturbios fuesen más de 15. Ese día, la cifra official dio un salto y dobló para 30.  Para entonces, el número de muertos que registraba la Cruz Roja Internacional era de 84. El total de 99 (en los dos días que siguieron hubo otras dos víctimas) exhibía sin dudas la magnitud del conflicto que el gobierno ya no podría minimizar y menos ignorar. El reclamo por elecciones generales anticipadas levantó un signo de interrogación sobre el futuro del gobierno de la pareja Ortega, cuyas tribulaciones son seguidas con angustia por las cancillerías del hemisferio, especialmente por las de Cuba, Bolivia y Venezuela, militantes del Socialismo del Siglo XXI. Los cuatro sostienen una plataforma de la que retirar una de las patas provocaría desequilibrios en el resto.

Aún no hay una cuantificación de los daños que la ola de disturbios ha acarreado para la economía nicaraguense, ya sacudida por la reducción de la asistencia de Venezuela, cuyas propias tribulaciones han disipado la idea de que a fuerza de petróleo el socialismo se irradiaría por todo el continente. Los observadores consideran que es aún demasiado temprano para esa cuantificación, sobre todo cuando el proceso está en pleno desarrollo y quizá haya con muchos capítulos por delante.

El sistema y la avalancha

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La desarticulación de la red de la que se asegura que formaban parte los abogados Fernando Rivera, Dennis Rodas y otros destacados funcionarios del segundo círculo del gobierno es sólo un paso. La red manejaba  casi una docena de casos de interés del gobierno, entre ellos el diamante de la corona: el “caso terrorismo”. Que los hombres de esta célula se moviesen a gusto en las funciones sórdidas que ejecutaban y que exhibiesen un poder más blindado que el chaleco anti-balas que lleva el estadounidense Jacob Ostreicher es inexplicable si no se especula que tenían contacto con integrantes del primer círculo. Es inevitable concluir que el país está ante un sistema y que el juego recién empieza.
La crueldad de este sistema se la siente en la desazón de quienes ahora comparecen ante una justicia con la que sus cables están cortados y sin conexión con el o los cerebros principales. En este paradojal vuelco de campana del destino de los neo-procesados, resulta inevitable pensar en las vueltas que da la vida, pues ahora reclaman lo que antes negaron o impidieron a quienes resultaron sus víctimas.
Tras la detención de algunos de los integrantes de esta red han comenzado a saltar denuncias sobre otros casos de quienes han sufrido el poder inicuo de la extorsión. En la calle se escuchan las historias secretamente contadas sobre cómo algunos lograron protegerse momentáneamente cediendo al chantaje. Esas historias empiezan a ser públicas. La Razón de hoy menciona nueve en una crónica informativamente valiosa, que muestra las vertientes de la extorsión. Es posible que los que han lucrado, tengan pronto una cita con el destino.
Parecería que ha ocurrido lo imprevisto, el factor imponderable que determina muchos capítulos de la historia humana. Todo el sistema en el que medra la corrupción cruje ante el ímpetu que la avalancha comienza a cobrar.