Venezuela

Mamá, no puedo con ella

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El estruendo del supuesto atentado contra Nicolás Maduro atenuó la ansiedad causada por la declaración de un funcionario del Fondo Monetario Internacional que, días atrás, proyectó que hasta fines de año Venezuela podría alcanzar una inflación tsunámica de un millón por ciento. Los estudiosos tendrán la tarea de explicar ese apocalipsis, pues el planeta no ha conocido un desastre semejante. Ningún gobierno ha sobrevivido a una inflación disparada, que más pronto que tarde desemboca en cambios radicales a menudo violentos.

Un artículo en El Nacional de Caracas la semana pasada precisaba que la inflación anual venezolana es de 82.766%, con la que los precios se duplican cada 26 días. Ese indicador permite prever una inflación capaz de oscilar entre 600.000% y 1.000.000% en un cuatrimestre.  Estos porcentajes son escalofriantes. Explican sin necesidad de detalles el éxodo más numeroso que conozca América Latina, con cerca de cuatro millones de personas que en el ultimo quinquenio han abandonado su país.

El autor destaca que ese cálculo no consideraba los efectos de las medidas que Maduro ha dicho que dictará este mes: un aumento en los precios de la gasolina, la mecha incendiaria de rebeliones en el continente. Quiere llevar los precios a niveles internacionales. Pese a los enormes riesgos que eso representa, no tiene por dónde escapar.

Las cifras para calcular realidades diarias en Venezuela son alucinantes. Cotizada en el mercado negro, la divisa estadounidense vale 3,5 millones de bolívares. Al precio actual de un bolívar por litro de gasolina de 91 octanos, un tanque de 50 litros podría ser llenado diariamente durante 50 años con el valor de solo un dólar. Serían necesarios varios vehículos y un par de generaciones para consumir todo lo que en combustibles un dólar puede comprar.

El salario mínimo equivale a menos de un dólar diario y aún con los alimentos y servicios públicos subsidiados fuertemente, está lejos de siquiera astillar la barrera de la pobreza extrema, que los venezolanos nunca en su historia imaginaron.

La descomunal calamidad que ocurre en el carro jefe del Socialismo del Siglo XXI explica por sí sola los afanes de los gobiernos de cuño similar por aferrarse al poder. Perciben que su población teme la misma suerte y que el apoyo popular que antes creían tener ahora solo mengua.

La urgencia de aumentar el valor de la gasolina se agravó hace unos días cuando el gobierno, con la producción de petróleo asfixiada, decidió eximir a Petróleos de Venezuela del pago de impuestos. Los que paga PDVSA cubren la mitad del presupuesto nacional y ahora se agravará la figura de la frazada: es demasiado pequeña y al cubrirse una parte se destapa otra. Pocos podrían negar que el gobierno con semejante inflación a cuestas parece cantar el porro colombiano ¨La múcura está en el suelo, Mamá, no puedo con ella…¨

Así, Venezuela llegó al 4 de agosto. Días después del suceso que desencadenó un intercambio informativo frenético entre las cancillerías del hemisferio, lo único evidente son siete soldados heridos, de cuyas condiciones nadie ha informado así como tampoco de las características de sus heridas; al menos media docena de detenidos, y como acusado de capitanear la trama el flamante ex presidente de Colombia Juan Manuel Santos. Rodeada de incongruencias, la trama es aún descrita bajo el escéptico adjetivo de ¨presunta¨, pero ha servido para acusar y perseguir a personalidades políticas prominentes, de oposición, claro.

Las riendas del sorprendente episodio aún están, o lo parecen, en manos de Maduro, a quien se vio trepidar ante el estruendo misterioso, que acentuó la paranoia que recorre toda Venezuela. ¿Está la patria de Bolívar en riesgo como Estado? ¿Qué cálculos hizo Maduro para lanzar la acusación de que Santos había encabezado la trama para acabarlo?

Por provenir de un jefe de Estado, no fue una acusación liviana. Era más grave aún por venir del mayor rival geopolítico de Colombia en el Caribe. Todas las hipótesis tenían cabida pero en un continente ya acostumbrado a balandronadas de ¨me quieren matar¨, la denuncia no ha calado. Pero fue un anticipo de lo que le espera al apenas posesionado Iván Duque, en quien puede haberse afirmado la idea la idea de que con Maduro nada bueno podría esperar. Y viceversa.

No ayudaron para nada al propósito de calmar a la ciudadanía las imágenes de la Guardia Presidencial en estampida segundos después de las explosiones. Y si algo exacerbó los ánimos de las venezolanas fue observar la celeridad con la que la guardia presidencial protegía con sus escudos a Maduro y se olvidaba de Cilia Flores, la primera dama. Era una discriminación de género en el más alto nivel y ante todo el mundo.

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Como México no hay dos

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(Nota publicada por El Deber de Santa Cruz el 15 de julio, 2018)

Andrés Manuel López Obrador ha traído vientos renovados para las corrientes de la izquierda en el continente, en momentos en que estaban en retroceso, resultado principalmente de la ineptitud y deshonestidad de los propios gobernantes izquierdistas, de graves violaciones a los derechos humanos de cuyo respeto algunos de ellos juraban que eran campeones, y por la repentina oportunidad que el poder brindó a unos pocos para enriquecerse por generaciones. Una pregunta que recorre el hemisferio es si AMLO, como ahora es universalmente conocido, podrá escapar al estigma que marca a los regímenes que se jactan de distribuir en desmedro de producir y acaban perdidos por propósitos continuístas.

Las primeras imágenes suelen ser las más duraderas. En medio del júbilo de millones que lo veían por televisión, el presidente electo subrayó sus expectativas con una humildad que contrastaba con el abrumador 54% de la votación que acababa de obtener: ¨Quiero pasar a la historia como un buen Presidente de México. No les voy a fallar¨, prometió en su primer discurso tras su elección.

Escucharlo me llevó a evocar a otro personaje que, 15 años antes, acababa de jurar al cargo y se dirigía a una multitud de seguidores. Era Luiz Inacio Lula da Silva, que discurseaba ante miles congregados en la imponente avenida que sirve de cuerpo central para la figura de avión bajo la que fue construida Brasilia.

La llovizna de esa tarde de enero de 2003 no desanimó a la multitud que aguardaba expectante al líder que había ganado la presidencia en segundo turno y abría un período de grandes esperanzas. Lula arrancó lágrimas cuando dijo que su mayor aspiración era concluir su mandato habiendo conseguido que ningún brasileño fuese a dormir con hambre. Al dejar el gobierno ocho años más tarde, con una reelección a cuestas en 2007, pudo jactarse de haber conseguido extraer de la pobreza a unos 30 millones de brasileños e incorporarlos a la categoría de clase media.

No era poco. Esa población triplicaba la de Bolivia o duplicaba la de Chile. Ocurría, sin embargo, en medio de una escalada de precios espectacular para gran parte de las materias primas que daba una sensación de bonanza ilimitada a las arcas brasileñas y que el cielo era el límite. Pero el júbilo no tuvo aliento duradero.  La austeridad no sería el signo de los gastos gubernamentales brasileños en los años que vinieron. La honestidad menos.

Uno de los primeros escándalos ocurrió al ser expuesto un sistema de sobornos a los legisladores que garantizaban al gobierno el pasaje de todos sus proyectos. Fue el ¨mensalao¨, o la mesada que recibían los parlamentarios del Partido de los Trabajadores (PT) y de la coalición aliada por alinearse disciplinadamente con el gobierno. Tiempo después vino la factura, que ahora tiene a Lula en la prisión y a su sucesora, Dilma Rousseff, cerca de hacerle compañía tras haber sido apartada del gobierno por otro mega escándalo, el de maquillaje de las cuentas públicas para mostrar buenos resultados donde las cuentas estaban en rojo. El estigma de la deshonestidad, o del robo y el raterío, en lenguaje mas callejero, han sido marca profunda en regímenes populistas y autoritarios.

En nuestro caso, recordemos que la caída del MNR en 1964 ocurrió bajo una percepción generalizada de que el país había sido tomado por asalto y que la corrupción era un signo transversal y vertical del régimen que se iba; o también el descontento que cundió bajo el régimen militar del general Banzer con el enriquecimiento de muchos de su círculo más estrecho, represión y sobreprecios. Lo que vino y la sucesión de otros escándalos amortiguaron el peso del bagaje de las décadas de 1960 y 1970.

El ámbito regional de AMLO no es muy ejemplar. En el norte sudamericano, Venezuela ha roto todos los parámetros de comportamiento de los estados y el régimen de Nicolás Maduro desfallece sin más aliados que Bolivia, Nicaragua y Cuba. Para el recién llegado AMLO, Nicolás Maduro puede resultar demasiado tóxico para merecer algún gesto de México más allá de decir: ¨Arréglenselas ustedes. Respeto la no intervención y no me meto¨.  El nuevo mandatario mexicano no querría entrar a las aguas turbulentas de Venezuela cuando su posesión ocurrirá en cinco meses, una eternidad cuando se aborda la urgencia de sanear el pantano venezolano. La presencia de Maduro es incómoda en el continente, salvo en aquel trio de países que tampoco pueden hacer mucho por un sistema colapsado.

La sociedad mexicana y, en verdad, todo el mundo, estarán atentos a cómo luchará contra la corrupción, para comenzar con ¨la mordida¨ que gobierna desde gran parte de las relaciones interpersonales hasta los grandes contratos del Estado. ¨No voy a tener la corrupción a raya. La voy a erradicar¨, prometió durante su campaña.

Por lo que espera, la tajada será multimillonaria como para acometer trabajos capaces de convertirse en demostración y tener jactancias tipo¨esto costó tanto y fue financiado con la represión sobre gastos agigantados que se iban a realizar en tales y tales sectores. Los responsables están siendo procesados¨.

¿Un sueño?  Cierto, pero sería el camino ideal que promete AMLO.

Del vecindario izquierdista no será mucha la inspiración que AMLO pueda conseguir. La cruzada que pretende emprender contra la corrupción, que identifica no como un fenómeno cultural mexicano sino resultado de la decadencia de regímenes anteriores, es la que puede emerger como gran contribución mexicana a la cultura del continente y a conferirle brillo.  En un gesto capaz de ruborizar a otros líderes de la región, ha archivado el avión presidencial y se dispone a viajar no solo con modestia y sino a donde su presencia resulte imprescindible.

Con gran simpleza que expuso en sus tweets, dijo que no habla inglés (¨no lo necesito¨) y que con el castellano tiene suficiente. Sin aumentar impuestos ni endeudar al país, todo apuntala su idea aún vaga de una gran revolución dentro de la legalidad, sin efectos desestabilizadores ni pérdida de inversiones. Parece la cuadratura del círculo, pero ante su manera de decirlo trepidan hasta los escépticos.

Su gran reto yace al norte, donde Donald Trump cree que puede moldear el TLCAN a su visión unilateral del mundo.  AMLO tiene una vision distinta de la que tenía hace 20 años cuando era opositor intransigente a la integración comercial con el país a donde ahora van cuatro quintas partes del comercio exterior mexicano.  Ambos con fuertes rasgos populistas podrían encontrar en esas similitudes puentes para entenderse. En ese empeño, AMLO cuenta con una ventaja importante sobre Trump: de su lado estará Canadá, el tercero en el esfuerzo por redibujar el mapa del libre comercio en América del Norte.

 

 

Nuevas realidades

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La elección de Iván Duque para presidir Colombia y  la victoria que las encuestas asignan a Andrés Manuel López Obrador el 1 de julio, colocarán a América Latina ante nuevas realidades geopolíticas que obligarán a un reacomodamiento en toda la región. Duque, consciente de que la magnitud de su victoria con más de 10,4 millones de votos frente a ocho millones de su adversario Gustavo Petro, no es un cheque en blanco, deberá conducirse sin alteraciones mayores sobre el camino heredado de su predecesor, el saliente Juan Manuel Santos.

Los observadores ven razones de sobra para esa afirmación, pues nadie en Colombia aceptaría retornar a la zozobra de la insurgencia armada, a su vez resultado de las fuertes desigualdades de la sociedad colombiana con las que Duque deberá lidiar. Pero hay una expectativa creciente por conocer los ¨ajustes¨que el presidente electo ha anunciado que se propone aplicar para que ¨la paz brille¨. Muchos pagarían para saber de antemano cómo será ese brillo.

Si bien obtuvo un número récord de votos, su rival también lo tuvo, pues nunca antes el perdedor en una segunda vuelta llegó a contar con tantos como Petro. Nadie ve equivocado que hubiera dicho que no se consideraba perdedor en una elección en la que nunca votaron tantos colombianos. Pese a la avalancha de sufragios (19,6 millones de un universo de más de 36 millones habilitados), el porcentaje estuvo lejos del promedio de sufragantes del 70% del total de habilitados que registran las sociedades democráticas.

Casi nadie duda que el ascenso de Duque apretará más las válvulas que aún le quedan a Nicolás Maduro para subsistir. Con cientos de miles de venezolanos que, en un éxodo histórico, salieron de su país para asilarse o instalarse en Colombia o pasar a otras naciones, la situación política venezolana es prioridad número uno para los dirigentes colombianos, cualquiera que sea el signo politico que los orienta. En algunas cancillerías se teme que un cierre mayor de los escasos vínculos que aún existen entre los dos países sería catastrófico, como el estallido de un globo pernicioso sobre toda la región. Eso explica la dinámica de las relaciones entre Washington y Bogotá cuyos diplomáticos, civiles y militares, exprimen sus neuronas buscando soluciones para prevenir una crispación más grave. La clave parece aún en manos de los militares.

Nada parece apuntar hacia una reversión del cuadro devastador que ofrece la patria de Bolívar y Sucre. Lo que queda en pié del que un tiempo fue un vigoroso sector privado (cientos de miles de empresas se han cerrado desde que se hizo cargo del país el Socialismo del Siglo XXI) también luce rumbo al colapso.

Un reciente informe periodístico decía que los trabajadores de un complejo de refinación de petróleo en El Tigre, oriente del país, están ¨canibalizando¨ las instalaciones y robando partes y piezas para venderlas para conseguir comida. Como decía hace algunos días, la pregunta no es más si el régimen de Maduro va a caer, sino cuándo. Ahora se agrega un angustioso cómo.

Con un mandatario norteamericano que tiene a México entre ceja y ceja, la cautela deberá ser un rasgo predominante en el líder centro-izquierdista que asumiría el mando de la segunda economía latinoamericana después de la de Brasil. AMLO, como conocen sus compatriotas a Andrés Manuel López Obrador, habría recibido un 54% de los sufragios si las elecciones hubiesen sido hace un mes. Las encuestas sugieren que la avalancha de votantes a su favor, distante de sus tres rivales en la contienda, también le daría un margen legislativo holgado como para ejecutar sus planes de gobierno. Sería la culminación de sus esfuerzos desde que hace 18 años se lanzó por primera vez en pos de la presidencia.

Quienes observan el panorama politico mexicano aseguran que el mandato que recibiría el ex popular alcalde de Ciudad de México sería contundente como para aplicar sin dificultades su plan de gobierno, una de cuyas bases es tan necesaria que nadie se atreve a contestarla ni a oponerle alternativas: combate a muerte a la corrupción. Como práctica generalizada, la proverbial costumbre de ¨la mordida¨ tendría los días contados, para satisfacción de una mayoría abrumadora de mexicanos.

AMLO ha dicho que de la supresión de coimas, sobreprecios, obras sin licitación, gastos suntuarios y muchas otras granjerías recibiría un espinazo financiero suficientemente sólido como para acometer obras inmediatas, desde las de infraestructura hasta las urgencias más apremiantes de la salud pública y la vivienda.

Armado de esa gruesa armadura ética y un amplio respaldo ciudadano que reconfiguraría el mapa politico nacional, AMLO tendría fuerza suficiente para enfrentar la ¨amenaza externa¨ representada por un gobierno como el de Donald Trump que muchos creen que naturalmente le sería hostil.

No estaría solo. Canadá, también acosado por el neo-proteccionismo de Trump, estaría de su lado en las negociaciones dentro del TLCAN, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Un respaldo y una simpatia por nada menores estaría en la Unión Europea, también afectada por los embates ¨trumpistas¨.

¿Hacia el final?

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Desde el ¨por qué no te callas¨ que soltó el Rey Juan Carlos, exasperado por la perorata interminable del comandante Chávez, nunca una intervención en alguna reunión regional concitó tanta adhesión como cuando el canciller chileno Roberto Ampuero, con ira reprimida, le dijo a Jorge Arreaza, su par venezolano, que entregue y escuche a su propio pueblo la tarjeta de visita que le había dado tiempo atrás.

Las malas maneras de la oratoria social-comunista se encogieron ante los ojos de millones que vieron la escena y otros tantos que estos días la ven por las redes sociales como una reafirmación del fantasma de la Corte Penal Internacional que persigue al autócrata venezolano y a su régimen y, quizá, a sus amigos más incondicionales.  Los aplausos para Ampuero mostraron la magnitud del repudio hemisférico a un sistema que hace 20 años prometía el paraíso y ahora se ha vuelto un Rey Midas al revés, que vuelve miseria todo que toca.

Fuera de la propia Venezuela, la pared ciega e insensible con la que Ampuero equiparó a Arreaza, recibió el respaldo de Bolivia, Surinam, y las islas caribeñas de San Vicente y Granadina y Dominica. Un año antes, los alineados con Venezuela fueron 11. El cómputo del lunes en la Asamblea de la OEA fue una muestra más del crepúsculo que ensombrece al régimen de Nicolás Maduro.  Nadie apuesta a si va a caer, sino cuándo.

Bolivia, que se sepa, no mostró ningún rubor al figurar en el exclusivo mini-club de simpatizantes de Maduro ni de importarle su identificación con un régimen del que han escapado cerca de dos millones de ciudadanos el último par de años, en sí una terrible advertencia para la ciudadanía de cualquier país cuyo gobierno se empeñe en militar en el Socialismo del Siglo XXI que encabeza Maduro.

El agotamiento de las últimas pilas del régimen está a la vista. La producción de petróleo (95% de los ingresos del país) está en menos de 1,5 millón de barriles diarios y por falta de inversiones y mantenimiento decrece entre 3.000 y 5.000 bpd. Pronto, a menos que ocurran cambios drásticos en el país, podrían descender a un millón, nivel de 1945. Si los militares estarán decididos a llegar a eso, que puede asomar en un año, será asombroso por la magnitud de la catástrofe. Ni los propios militares podrían subsistir pues es probable que el maremoto también los ahogue.

Nada indica que el trayecto cambiará bajo Maduro y su régimen. Sus amigos ni siquiera podrían remojar las barbas, por la verguenza de haber apoyado a un régimen que llevó a su país al naufragio.

Ocaso sandinista

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La tensión bajo la que vive Nicaragua desde hace mas de un mes escaló estos días con nuevos enfrentamientos y al rondar la cota de un centenar de víctimas fatales la crisis parece encaminarse a desenlaces capaces de hacer temblar la geopolítica continental. Un ícono de la izquierda mundial está ante un jaque que quizá ni el genio de Capablanca pueda resolver.

Los disturbios que estallaron el 18 de abril cuando multitudes salieron a las calles para protestar contra un nuevo régimen de seguridad social que había dictado el gobierno Sandinista de Daniel Ortega fueron solo una chispa para las protestas que ahora han tomado un cariz insurreccional. La oposición creciente a la medida, que buscaba equilibrar los gastos fiscales con recorte de pensiones, forzó a las autoridades a anularla. Para entonces, estudiantes y organizaciones cívicas que tomaban las calles habían redoblado la apuesta con una demanda mayor: la salida del régimen con nuevas elecciones generales. El régimen Sandinista, que encantó a gran parte del mundo al cerrar la década de 1970 para dar paso a una larga era de romanticismo politico forjado tras la caída de Anastasio Somoza, luce en el ocaso y quizá ante un anochecer inevitable.

El reclamo de los jóvenes apunta al relevo de Ortega y su esposa Rosario Murillo, dirigente Sandinista poderosa que ostenta anillos lujosos en cada dedo de las dos manos, y a quien muchos ven como la gran rectora de la política nicaraguense. Ortega estuvo en el gobierno hasta 1990, como coordinador de la Junta de Reconstrucción Nacional que se instaló tras la caída de Somoza. La demanda para alejarlo del poder es el mayor desafío enfrentado por el sandinismo, que retomó el poder presidencial en 2007 al ganar las elecciones ese año. En 2016 venció por tercera vez consecutiva y muchos creen que buscará una cuarta y una quinta oportunidad, pues bajo su aliento fue instaurada la reelección indefinida. Siempre que logre pasar incólume la barrera de los disturbios ahora esparcidos por las principales ciudades del país.

Hasta hace mes y medio, Nicaragua parecía el más tranquilo de los países regidos por gobiernos de izquierda. Con un respetable 4,7% de crecimiento de su producto interno bruto el año pasado, su gobierno confiaba en tener firmes las riendas del país.  Nada  parecía amenazar al régimen, hasta que grupos de estudiantes universitarios y de secundaria comenzaron a protestar, indignados porque a sus padres o a sus abuelos se les reducirían las pensiones que para muchos de ellos sustentaban sus hogares. El régimen creyó que con lanzarles gases lacrimógenos a profusion y golpearlos a palos los controlaría. Fue un pésimo cálculo, pues 11 años de Ortega, con fuerte control policial y limitadas libertades políticas, habían agotado la paciencia de un gran número de jóvenes que veían sus esperanzas diluirse en un país donde un tercio de la  población de seis millones vive debajo de la línea de pobreza (menos cuatro dólares por día).

La confrontación jóvenes versus gobierno recrudeció el 30 de mayo, el Día de La Madre en Nicaragua, cuando la policía y turbas sandinistas reprimieron a los primeros, que gritaban consignas antigubernamentales. Solo en esa jornada murieron 15 personas y decenas de otras resultaron heridas. Hasta entonces, el gobierno se negaba a reconocer que las víctimas de más de un mes de disturbios fuesen más de 15. Ese día, la cifra official dio un salto y dobló para 30.  Para entonces, el número de muertos que registraba la Cruz Roja Internacional era de 84. El total de 99 (en los dos días que siguieron hubo otras dos víctimas) exhibía sin dudas la magnitud del conflicto que el gobierno ya no podría minimizar y menos ignorar. El reclamo por elecciones generales anticipadas levantó un signo de interrogación sobre el futuro del gobierno de la pareja Ortega, cuyas tribulaciones son seguidas con angustia por las cancillerías del hemisferio, especialmente por las de Cuba, Bolivia y Venezuela, militantes del Socialismo del Siglo XXI. Los cuatro sostienen una plataforma de la que retirar una de las patas provocaría desequilibrios en el resto.

Aún no hay una cuantificación de los daños que la ola de disturbios ha acarreado para la economía nicaraguense, ya sacudida por la reducción de la asistencia de Venezuela, cuyas propias tribulaciones han disipado la idea de que a fuerza de petróleo el socialismo se irradiaría por todo el continente. Los observadores consideran que es aún demasiado temprano para esa cuantificación, sobre todo cuando el proceso está en pleno desarrollo y quizá haya con muchos capítulos por delante.

Signos de los tiempos

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La tensión que estalló en Nicaragua hace dos semanas no se ha disipado y, con las esperanzas en un diálogo aún incierto intermediado por la Iglesia Católica, el país centroamericano busca reponerse del sacudón que liquidó la imagen que los dirigentes del Frente Sandinista de Liberación Nacional propalaban de un país tranquilo abocado a desarrollarse en el marco del Socialismo del Siglo XXI, el único bastión centroamericano de esa corriente. El estallido causante de decenas de muertes  ha sido visto como una confirmación de que el anochecer avanza para los países embarcados en el experimento de buscar un rostro renovado para el socialismo marxista en el continente.

Daniel Ortega fue elegido por tercera vez hace dos años, tras la implantación de la reelección indefinida por un congreso de legisladores dóciles a su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional.  La estabilidad de su país parecía asegurada con un crecimiento estable de su economía (4.9% del PIB el año pasado, con una prevision del 4.4% para este año). Los nicaraguenses parecían aceptar las restricciones impuestas por el régimen, en particular a la libertad de prensa y de expresión, a cambio de una economía sin grandes sobresaltos. La apariencia de esa tranquilidad se hizo astillas cuando, urgido por recursos para cubrir los gastos fiscales, apretó el cinturón en los gastos sociales y, entre otas medidas, dispuso una reducción de las pensiones jubilatorias. Fue la gota que rompió las apariencias de tranquilidad. Al día siguiente, miles de jóvenes estaban en las calles y al cabo de una semana de protestas, con barricadas e incendios en edificios públicos, los medios contabilizaban entre 40 y más de 60 muertos, un balance desconocido desde los tiempos de las luchas contra la dictadura de Anastasio Somoza.

Dicen los observadores que la mecha estaba encendida desde hacía al menos dos años, cuando sectores importantes de la economía comenzaron encogerse y las arcas del estado vieron restringida la ayuda venezolana que llegaba a través del petróleo subsidiado. Se acababa la época de la gran bonanza de precios y comenzaba una de vacas flacas.

La furia de las protestas hizo retroceder a Ortega, quien por primera vez se vio ante multitudes que reclamaban no solo contra los reajustes sino contra sí mismo y contra su esposa, la Vicepresidente Rosario Murillo. Le pedían que se fueran. Hizo lo único que razonablemente  podía y abrogó el decreto. En estos días todos aguardan saber qué propondrá, pues las apreturas financieras que causaron las medidas no han desaparecido.

Las tribulaciones nicaraguenses son seguidas con aprehensión por Venezuela, donde cualquier nueva baja en las filas del Socialismo del Siglo XXI sería una amputación  mayúscula en el campo externo, en el que carece de aliados, excepto Bolivia y Cuba, además de la propia Nicaragua. Ya visto a su alrededor sin atenuantes como un dictador implacable, Nicolás Maduro ha contemplado impotente el torbellino que amenaza al régimen Sandinista. Sin nada práctico para ofrecerle, el presidente Evo Morales viajó de Lima a Caracas para saludarlo cuando aún retumbaba el eco de las condenas que había recibido Maduro en la Cumbre de Las Américas en Lima. Con ese gesto pareció poner un candado a su propio aislamiento en el continente. En términos tangibles, carecía de efecto cualquier expresión de solidaridad que hubiese tenido hacia el líder nicaraguense. Además, debía concentrar la atención en UNASUR, inerte tras el abandono de Brasil, Argentina, Chile, Paraguay, Perú y Colombia justo cuando Bolivia asumía su conducción.

No estaba aún claro del todo si la salida de esos países, que deja a la intemperie financiera al organismo continental, tenía relación directa con la defensa solitaria que el presidente Morales hizo de Maduro ante sus colegas en Lima. UNASUR nació en 2004, con el continente urgido de un foro sudamericano, como los países caribeños y centroamericanos tienen el CORICOM, donde plantear y discutir estrategias y temas propios de la región.  Pero cobró vida  institucional mucho después,  con un informe sobre los sucesos en Pando cuatro años más tarde. Exoneró de toda culpa al gobierno y responsabilizó a quienes se le oponían.

Diez años después, Bolivia se encuentra ante la misión gigante de reanimar al organismo sudamericano o de prepararse para pronunciar el responso para el mayor emprendimiento institucional sudamericano.  Como está el cuadro continental estos días, la segunda opción luce más probable que la primera.

Desde Venezuela

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Una amiga me envió la siguiente nota de un blog interesante para indagar sobre el sentir de  la mayoría de los venezolanos ante los tiempos oscuros que vive la patria de Bolívar.  Con gusto la comparto con ustedes.

AL COMPÁS DE LA CIENCIA

GIOCONDA SAN BLAS

UN TÚNEL DE ESPERANZA EN LA NEGRA MONTAÑA DEL DESCONCIERTO

Escribir frases cortas desde una cárcel, en pedazos de papel ocasionalmente llegados a las manos del preso; burlar la vigilancia; esperar que los fragmentos convertidos en testimonio escapen de a poco a través de los barrotes en los bolsillos de algún visitante o guardián compasivo; rogar que las palabras sean luego ensambladas por alguien en un documento único que perdure en el tiempo como evidencia de lo sufrido y luchado…

Una técnica inmemorial, usada por los presos de conciencia de antes y ahora para dejar constancia de sus motivaciones cuando no ha habido más medios para difundir las ideas detrás de sus luchas sociales. De esa forma, Martin Luther King logró hacer pública su carta de 1963 desde su prisión en la cárcel de Birmingham (Alabama), proclamando su lucha en favor de la justicia e igualdad de derechos civiles para sus hermanos negros de los Estados Unidos.

 A la luz de hoy, esa carta puede ser leída más allá del motivo original como rebelión contra la discriminación racial. En estos tiempos oscuros por los que transitamos los venezolanos, podemos inspirarnos en ella, extender su significado como canto a la libertad, a la igualdad de los seres humanos, sin absurdas distinciones de color de piel, ideas, religión, fortunas. Es la expresión cabal de quien rehúsa sentirse derrotado en su lucha, por más adversas que sean sus circunstancias.

A los venezolanos de hoy, King nos recuerda que muy rara vez los grupos privilegiados prescinden espontáneamente de sus privilegios, que la libertad nunca la concede voluntariamente el opresor, sino que tiene que ser exigida por el oprimido, que una justicia demorada durante demasiado tiempo equivale a una justicia denegada, que la injusticia necesita ser extirpada mediante una acción poderosa, persistente y decidida.

También nos advierte que llega un momento en que se colma la copa de la resignación y los hombres no  quieren seguir abismados en la desesperación. El anhelo de libertad acaba por manifestarse abiertamente. Habiendo nacido con el derecho a la libertad, el ser humano puede y debe conquistarla. Y debe hacerlo a través de una campaña no violenta que según él, consta de cuatro fases básicas: la reunión de los datos necesarios para determinar si existen las injusticias, la negociación, la auto-purificación y por último, la acción directa.

Repercute en nosotros su cortante decepción contra quienes se mantienen callados, en medio de las injusticias: “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos”.

Desde su investidura como pastor bautista, King acude a su fe, a su iglesia para promover los cambios a los que aspira. Y en eso se parecen a él los obispos venezolanos, que en estos tiempos perversos han estado luchando con el mismo ímpetu en contra de las injusticias sociales que nos afligen. Luchando por “plantar la firme roca de la dignidad humana” a la que llamaba King, nuestros obispos, en repetidas ocasiones han protestado “la sorprendente indiferencia de los responsables gubernamentales” para solventar los problemas de hambre, desempleo, salud que agobian al pueblo.

No es ya un problema de segregación racial, sino más bien de discriminación entre los poderosos y el resto de la población, en aras de implantar un sistema totalitario donde el juego de mantenerse en el poder a costa del sufrimiento del pueblo, es la consigna. Tal dicen los obispos.

Ayer con King, hoy con nuestras luchas, estamos cavando “un túnel de esperanza en la negra montaña del desconcierto”, como lo expresara el pastor bautista en su carta desde la cárcel de Birmingham y que he tomado prestado como título de mi entrega de hoy.

 

TUITEANDO

Las incertidumbres de la realidad política venezolana – Michael Penfold – Para la oposición es urgente aprender a transformar la adversidad en oportunidad, acercando posiciones, compatibilizando objetivos y garantizando que el triunfo de una ruta no se transforme en la derrota del otro.

Las Academias Nacionales ante los anuncios en materia monetaria del gobierno nacional