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La historia de Indira

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Hace algún tiempo asistí a un curso de periodismo auspiciado por la UNESCO y la Universidad Evangélica de Bolivia.  Uno de los requisitos del curso era presentar un reportaje. Me pareció oportuno escribir sobre un tema que acababa de conocer:  la historia de una joven que resultó beneficiaria de uno de los primeros transplantes de órganos que se realizaban en Bolivia.  En su momento, la historia fue un hito en la medicina boliviana y quise compartirla con ustedes, bajo el formato que exigía el curso.

Justificación

Este reportaje pretende destacar el trabajo de un grupo de médicos cruceños que, con la mente fijada en salvar la vida de una criatura, se empeñó a fondo en un procedimiento quirúrgico hasta entonces nunca intentado en Bolivia. Pese a las vicisitudes de jornadas de tensión, dedicación y amor por la vida, el trabajo resultó un éxito. Para este trabajo entrevisté al médico cabeza del equipo de ocho especialistas a cargo del procedimiento, Herland Vaca Diez, y al endocrinólogo que le presentó el caso, Douglas Villarroel, así como a  Marcia Soruco Suárez, madre de Indira, la entonces criatura de poco más de un año receptora del primer trasplante de hígado realizado en Bolivia, y a la propia Indira.  El Dr. Vaca Diez tuvo la amabilidad de dejarme leer parte de las memorias que tiene previsto publicar a fines de año sobre su carrera profesional. De ellas extraje un par de párrafos que van como complemento de este reportaje, que espero que contenga todos los elementos que nutren un trabajo periodístico de esta naturaleza.

La epopeya de Indira y de su madre, que no vaciló en brindar su hígado para salvar a su hija, y los esfuerzos de los doctores Vaca Díez y Villarroel, merecerían un tratamiento mayor en los medios bolivianos, para demostrar que el empeño y las coincidencias casi milagrosas son capaces de producir resultados como el que el lector –o el amable tribunal que lea este escrito- encontrarán en la narración.  No es un trabajo dotado de novedades científicas, pero sí una crónica de un esfuerzo que, hace 15 años,  salvó una vida y abrió esperanzas para personas necesitadas de trasplantes hepáticos en Bolivia.

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Trasplantes de hígado dirigidos por el equipo de Herland Vaca Diez

 

Nombre Edad Lugar Fecha Donante vivo Donante cadavérico Obito
Indira Soruco Suárez 13 meses Incor 11/9/1996 Madre
Gabriela Gamarra 8 meses Incor 15/11/1999 Padre
Marta Daniela Saucedo 16 años Japonés 16/11/1999Hermano 4/2/2008
Mary Saravia 30 años Japonés 17/11/1999 Hermano        ?
Juana Muñoz Rojas 37 años Incor 16/02/2002       ? Cadavérico         ?
Lizbeth Alanoca Saucedo 5 años Incor 17/09/2001 Madre         ?
Yamel Cabrera Avalos 18 años Incor 25/11/2005 Padre Padre         ?

 

Una noche solitaria al cuidado de Indira

“El 21 de septiembre, día de la primavera, de los enamorados, del médico, Indira llevaba 10 días de operada y todavía estaba muy mal. Como se había prolongado su recuperación, el esquema de trabajo de los pediatras había terminado, el responsable era el Dr. Carlos Barañado, pero ya llevaba varios días sin dormir. Yo telefoneé tratando de conseguir un pediatra que pudiese cuidar a Indira ese día y la noche. Fue imposible. Tuve que quedarme yo, sin ser pediatra, a cuidar a Indira. Después preguntaba por qué ningún médico quería asumir el cuidado de Indira esa noche, a lo que alguien me dijo que muchos pediatras pensaban que Indira estaba muy mal y que no querían que falleciera en su turno.” (Tomado de las memorias del Dr. Herland Vaca Díez).

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Un 11 de septiembre diferente

La historia de Indira

Por HAROLD OLMOS

Acaba de cumplir 16 años y luce toda la lozanía de su adolescencia. No parece una persona que bien podría ostentar dos fechas de nacimiento.

El 11 de septiembre es una fecha emblemática que suele no traer buenas evocaciones en muchas partes del mundo. Hace 10 años se desplomaban las Torres Gemelas de Nueva York  y comenzaba formalmente la guerra contra el terrorismo a escala mundial. El 11 de septiembre de hace tres años fue baleado un grupo me campesinos en  un enfrentamiento en Porvenir, un poblado del remoto  departamento de Pando.  También un 11 de septiembre ocurrió el golpe militar en Chile, en 1973, contra el gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende.

Pero también hay evocaciones buenas que son un homenaje a la vida.

La fecha fatídica en otros lugares es la que sería el segundo cumpleaños de Indira Marcia Soruco Suárez. Este segundo cumpleaños ocurre sólo semanas después del primero, el 9 de agosto.

Fue el 11 de septiembre de 1996,  cuando un grupo de cirujanos dirigido por dos equipos, uno de Santa Cruz y otro de Estados Unidos, le practicó un trasplante de hígado, en el que la donante fue su propia madre, Marcia Suárez Castedo. La experiencia fue in hito en la medicina boliviana: el primer trasplante de ese órgano vital en Santa Cruz y en toda Bolivia.

En la ruta que le salvó la vida la colocó el amor de sus padres (ambos eran compatibles para el trasplante), y el de su madre, que quiso ser la primera en poner su hígado a disposición de Indira cuando ese tipo de operaciones aún eran excepcionales en el continente, y en Bolivia era la primera experiencia. Ahora, quince años después, uno se encuentra con una joven que estuvo cerca de morir y fue rescatada para la vida en una operación practicada cirujanos de Bolivia y  Estados Unidos.   Hoy, dice, suele jugar baloncesto y no se priva de las satisfacciones de jóvenes de su edad. Come lo que la mayoría de los jóvenes de su edad comen y según su madre “está un poquito encima de su peso”. Sólo evita el exceso de grasa en las comidas y el chocolate, dieta normal entre quienes han recibido un trasplante de hígado o que padecen de alguna limitación biliar.

La mamá e Indira aceptaron conversar conmigo a principios de septiembre, en la oficina de limpieza industrial en la que María Suárez trabaja como asistente de administración. Los días de angustia de hace quince años son ahora sólo un recuerdo distante, pero, al  evocarlos, la mamá dijo que dijo que en aquellos momentos de 1996 todo le parecía imposible. Era como si el mundo le hubiese caído encima y le tocaba, junto a su esposo, levantarlo.

Para comenzar, la cobertura de los gastos de la operación representaba para ambos sumas que no cabían en la imaginación. A Marcia Suárez le habían hablado de varios cientos de miles de dólares, niveles normales para el tipo de cirugía que se le recomendaba. Ella no trabajaba todavía y su esposo era  rescatador de madera. Ganaba “más o menos lo suficiente para cubrir los gastos de la familia, pero nunca como para enfrentar los gastos de una operación de la magnitud que se practicaría a Indira”. “Eso, ni en sueños”, dijo al recordar que le habían mencionado varios cientos de miles de dólares.

La vía crucis  había comenzado a las pocas semanas de nacer Indira,  cuando su madre recuerda que notó que la piel de la niña, que había nacido prematuramente, adquiría un color amarillento que se acentuaba en vez de disminuir con el pasar de los días, como los pedíatras que visitaba creían que ocurriría. Le recomendaron ponerla más tiempo a la luz. Pero esa recomendación trivial tampoco mejoró el estado general de la niña. “Le daba pecho y tenía cólicos y sus desechos eran extrañamente blancos. Su caquita era tinta, oscura. Lo mismo su orín”.

Por entonces viajó al Beni junto a su marido. Allí amigos de la familia le hablaron seriamente: la niña no estaba bien y debía seguir un tratamiento más adecuado, que fuese más allá de la idea de que las complicaciones que tenía se debían exclusivamente a su condición de criatura prematura. De vuelta a Santa Cruz, dos semanas después, consultó de nuevo al pedíatra, y como no recibía ningún diagnóstico nuevo, la llevó a otro médico. El Dr. Hugo Foianini (sin relación con la clínica de ese nombre), le practicó algunos análisis en su  propio consultorio. Fue cuando detectó una artesa  de las vías biliares. Eso significaba que el conducto biliar no se había formado por completo y progresivamente se atrofiaba. Las excreciones biliares no acababan en el duodeno, sino que permanecían en el órgano biliar, atrofiando sus funciones aún más.

A partir de ahí comenzó otra fase: búsqueda de segundas opiniones y de sugerencias sobre qué hacer.  Llevó a la niña al Hospital Japonés, entonces uno de los centros médicos de mayor prestigio en el país, donde hubo coincidencia en el diagnóstico. Los cirujanos optaron, entonces, por un procedimiento que creían que podía evitar el trasplante, todavía desconocido en Bolivia. Le practicaron un bypass, una especie de puente biliar que llevaría los desechos biliares hasta el duodeno para su excreción.

Marcia recuerda que le  habían dicho que la operación tenía un 15% de probabilidades de éxito y de curar la deficiencia. Los resultados se verían al cabo de cuatro meses.  Pasados esos meses, la niña empezó a sufrir de hemorragias internas y le salía sangre de la boca y del conducto anal. La conclusión parecía obvia y angustiante: el bypass no  había funcionado.

Entretanto, Marcia Suárez había agilizado los trámites para dotar a su niña de un buen seguro como era considerado el que ofrecía la Caja Petrolera de Santa Cruz. Logrado el seguro, y la certidumbre de que los gastos de la familia podrían disminuir considerablemente, la llevó al Hospital Petrolero donde el diagnóstico fue también unánime: sería necesario un trasplante.

Pesaba sólo siete kilos y el problema era cómo y dónde realizar el trasplante si en Bolivia no se había hecho nunca.

“La criatura –recordó el Dr. Vaca Díez- tenía unos ojazos negros grandes que impresionaban y enternecían”, parte de la belleza que en la joven se destacan, aún ahora, para cualquiera que la vea.

Marcia Suárez empezó a visitar medios informativos para contar su historia y conseguir que divulgaran la noticia del mal que afectaba a su hija. Radio, TV, diarios, Marcia recuerda que visitó tal vez a todos, o casi a todos aquellos medios a los que podía llegar y solicitar ayuda. Desde ese momento comenzó a armarse el que parecía un rompecabezas que colocaría luz en el túnel en que se encontraba la niña.

Un médico endocrinólogo de Santa Cruz leyó la crónica que había publicado uno de los periódicos de la ciudad sobre el caso de Marcia y su bebé. El Dr. Douglas Villarroel había recibido un trasplante de riñón años atrás, en México, y el donante había sido su propio hermano. Con la sensibilidad de quien ya ha experimentado un trasplante y sabe de la importancia de renovar un órgano esencial del cuerpo humano, se interesó en el caso. Ese interés lo llevó hasta el profesional que en Santa Cruz era su propio médico, el Dr. Herland Vaca Díez, de quien era amigo desde hacía varios años. Vaca Díez ya realizaba trasplantes de riñón en Santa Cruz y su Clínica del Riñón, donde trabajaba con el equipo de profesionales que había logrado ensamblar, era un nombre reconocido en la medicina boliviana. Eso confería ventajas a favor de la criatura y generó renovadas esperanzas en sus padres.

Villarroel había hecho contactos con cirujanos en Estados Unidos, recomendados por una doctora norteamericana  que  había conocido a raíz de la dolencia renal que lo había llevado al trasplante en México. Era la doctora Susan Hamant Hou, respetada nefróloga del estado de Illinois. La especialista le hizo el seguimiento necesario del período pos-trasplante. Ambos trabaron una amistad que más adelante sería valiosa para el propósito de curar a Indira.

Marcia, de su parte,  tocó todas las puertas que pudo. Davosan, la organización sin fines de lucro que ayuda a personas de pocos recursos y necesitadas de tratamiento médico en muchos países, la puso en su lista de personas para apoyar con urgencia. El nombre de Indira encabezaba listas de personas a ayudar bajo Davosan en Estados Unidos, España y Brasil. Mientras la madre hacía gestiones  Vaca Díez también estaba activo.  El carácter de Vaca Díez, que  había incorporado a su modo de vivir el refrán “actúa primero sobre lo principal, y deja lo demás para después”,  lo llevó a aceptar de  inmediato el desafío de curar a Indira.  A pesar de las objeciones de algunos de su equipo que preferían mantener su actividad quirúrgica confinada al trasplante de riñón,  Vaca Díez aceptó una proposición del equipo médico de Filadelfia que Villarroel había contactado. En julio de 1996 viajó con su equipo profesional a Estados Unidos para un curso sobre trasplante de hígado. Retornó con la promesa del Dr. Stephen Dunn, cabeza del equipo de Filadelfia, de venir a Santa Cruz para operar a Indira.

El 11 de septiembre de ese año ocurrió la cirugía, que había creado expectativa en los medios y, especialmente, en los ámbitos científicos de Santa Cruz.

La llegada a ese momento no había sido fácil. Unos días antes, había surgido un inconveniente: en Santa Cruz no existían las molduras especiales que, para los trasplantes y la etapa de recuperación  se colocan en las piernas de los pacientes para prevenir coágulos capaces de causar fatalidades. Villarroel, ya de hecho convertido en coordinador del procedimiento y parte del equipo que  había organizado Vaca Díez, se embarcó en el primer avión a Estados Unidos. Bajo las orientaciones de Dunn, partió y retornó de inmediato con el auxilio requerido.

(Años más tarde, Villarroel llegaría a ser profesor asistente de la cátedra de Medicina general en la North Western University of Chicago, Ill.)

Hubo algunas complicaciones después de la operación, pero la paciencia y la perseverancia del equipo médico boliviano y del estadounidense superaron todas las dificultades.  La criatura macilenta de hace 15 años es ahora una colegiala con deseos de estudiar medicina y llegar a ser profesional como los médicos que le salvaron la vida.

Indira vive con su mamá y sus dos hermanos mayores.  Su padre murió poco después de la operación, cundo estaba en Cobija rescatando unas troncas. Se embarcó en un “trufi”, una modalidad boliviana para designar a los vehículos que siguen una ruta fija, que chocó con un camión, dijo Marcia. El choque lo mató instantáneamente.

Ambas siguen viendo periódicamente a Vaca Díez y Villarroel, quien continúa dando asistencia a Indira.

Tras la operación, el Colegio Británico de Santa  Cruz le concedió una beca válida para todos sus estudios de primaria y secundaria.

“Yo quisiera ser médico-cirujano. Pero creo que aún tengo tiempo antes de tomar una decisión final”, dijo al lado de su madre. “En verdad, quiero serlo”, repensó. Tal vez en esa frase estaba escribiendo su destino.

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El Festival

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Por las huellas de una epopeya (*)

El eco de nueve coros y orquestas del domingo 4 de mayo resonaba en los templos de Santa Cruz y los pueblos misioneros de la Chiquitania, pero los forjadores de este monumento ya pensaban en el siguiente capítulo en la trayectoria de una de las mayores hazañas culturales de Bolivia. Es difícil imaginar otra de su ámbito capaz de superarla: El Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca de las Misiones de Chiquitos.

Desde su primera versión hace dos décadas, el festival ha sido un tesoro que Bolivia exhibe orgullosa. Las referencias culturales y turísticas han dejado de circunscribirse solo a Tiahuanacu, el LagoTiticaca, Uyuni o Potosí para incluir a las misiones y su festival en una posición de renombre mundial.

Cada vez con nuevas interpretaciones y arreglos musicales, este año también hubo cientos de participantes. Se presentaron 57 grupos artísticos de 27 países que participaron en 161 conciertos. Con el personal administrativo y de apoyo en los pueblos misionales, el número se triplica y el festival confiere un movimiento notable a la economía de los lugares donde los conciertos son escenificados, desde empleos hasta hospedaje, transporte y alimentación.

“Es el principal festival asociado a una de las épocas de mayor esplendor del tiempo que siguió a la llegada de los españoles”, dijo Marcelo Araúz Lavadenz, hasta el año pasado director de APAC, Asociación para la Cultura, responsable del festival. Detrás de cada espectáculo está casi todo el equipo de personas, la mayoría de buena voluntad, con el que el festival nació.

Cada dos años, el festival deriva en un estado de ánimo que abarca todo el oriente boliviano y que este año llegó hasta el Chaco. “Cada versión del festival ha sido un desafío”, afirmó Araúz, cuyo nombre está asociado al festival desde su nacimiento. La obra de este cruceño ha sido premiada con reconocimientos internacionales como pocos bolivianos, entre ellos el Premio Príncipe Claus, de Holanda, en 2002. Al año siguiente recibió la máxima distinción boliviana: el Cóndor de Los Andes.

Sociólogo egresado de la Universidad Católica de Lovaina, nombre mayor en la educación europea, tras retornar a Bolivia en la década de 1960 afincó su interés en la cultura regional y nacional.

El énfasis de sus expresiones revela el entusiasmo de hace veinte años, cuando “cuatro locos” empezaron a agitar las corrientes culturales bolivianas para levantar el tesoro musical de las misiones jesuitas, cuyos templos empezaban a llamar la atención y revivían un pasado que, en la escala de entonces, fue la revolución industrial del nuevo mundo, pero sin las miserias del viejo.

Los años que evoca Araúz generaron la mayor conjunción cultural por una causa en la historia del país. Solo pocos años antes (1990) las misiones jesuíticas habían sido declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad, una gesta cultural en la que, recordó Araúz, dos personajes cruceños tuvieron un papel vital: Alcides Parejas y Virgilio Suárez. Esa conjunción fue el salto que puso a las misiones como uno de los destinos turísticos y culturales mayores del continente, pese a deficiencias notorias de infraestructura (carreteras, servicios).

“Marcelo Araúz, con su inquieta vida dedicada a la gestión cultural, nos trajo la idea de un festival de música barroca rescatando y haciendo sonar la música conservada en Chiquitos desde la época de las misiones”, recordó Cecilia Kenning de Mansilla, actual presidente de Apac. “Alrededor de una veintena de personas ofrecimos apoyar la idea de Marcelo y nos lanzamos a organizar el primer festival.”
Araúz operó como centro sobre el que convergieron Alberto Bailey, entonces Secretario General de Cultura (había sido llamado desde México, y como autoridad endosó el plan sin retaceos) y los historiadores José Luis Roca García, Parejas y Suárez, fundamentales para la declaratoria de las misiones como patrimonio cultural. Al lado de ellos estaba el Círculo pro Música, en Santa Cruz, que cobijaba a quienes intentaban preservar la herencia arquitectónica y musical de esos lugares.

Amalia Samper y Patricia Rojas ofrecieron traer los coros que dirigían en Colombia si se llegase a organizar un festival escenificado en los templos. Era el sueño de Arauz y, en procura de apoyo, presentó la idea a la UNESCO.

Ocurrió otra coincidencia. Un sacerdote polonés acababa de presentar su tesis en la Georgetown University sobre música colonial y había abordado la de Chiquitos. El polaco Piotr Navrot fue enviado a Bolivia para ampliar su especialización, de la que después sería uno de los pocos eruditos en el mundo. Las aguas del destino se juntaban y el misionero de la orden del Verbo Divino se sumó el grupo que traería de vuelta una porción del esplendor que habían vivido las reducciones jesuíticas.

Para Cecilia Kenning “fue una incorporación providencial. Era una pieza indispensable en el conjunto que, sin calcular todas las proyecciones que habría de tener, empezaba a armarse”.

Con la UNESCO, que poco antes de cumplir 50 años en 1995 había consagrado a las misiones declarándolas patrimonio de la humanidad, ocurrió otra coincidencia: su director en Bolivia Ives de Menorval, un costarricense-francés (su esposa, Patricia Hasbun, es boliviana) comprometido con el propósito de mostrar al mundo no sólo los templos sino con volverlos escenarios de su expresión musical.

El paso siguiente fue convocar al primer festival de música antigua (“aún no la llamábamos renacentista ni colonial”). Del 3 al 18 de abril de 1996 ocurrió el acontecimiento en Santa Cruz, San Javier, Concepción y San Ignacio. Entre otros pilares del evento, estuvo un coro que Araúz consiguió traer desde Alemania, y la interpretación de algunas páginas musicales de las 5.000 originales que los pobladores habían resguardado, a lo largo de más de dos siglos, en tubos que las protegieron de la lluvia y la humedad. (El número es menor al de los tesoros de Mojos: más de 7.000, guardados en el Museo de San Ignacio.)

La idea de escenificar los coros en los templos y de incorporar a los pueblos, como acostumbraban los misioneros, dio lugar a un movimiento febril en toda la región. Tonadas de antaño recobraron vida y los pobladores comentaban incrédulos: ¡“Pero si esta es la música que cantaban mis padres, mis abuelos”!. Araúz dedujo que la música estaba registrada en la memoria de la gente.

En el primer festival participaron 14 coros, inclusive Coral Nova, a cargo de Ramiro Soriano; la Sociedad Coral Boliviana, dirigida por José Lanza; el Coro Santa Cecilia, de Santa Cruz, y el Ensemble Elyma, que trajo Alain Pacquier, el fundador del sello musical francés 617, un centro mundial de música barroca. Tras dos años de gestiones, el festival nació en 1996 con un estreno mundial de la ópera San Ignacio, tomada del Archivo Musical de Chiquitos, que interpretó el grupo traído por Pacquier.

El despliegue de instrumentos fue básico, “con lo que pudimos”, dijo Cecilia Kenning. Hubo que traer dos órganos. Uno fue alquilado y vino de Argentina. El otro fue un portátil enviado por el Ensemble Elyma.

Entre otras novedades, el de abril pasado trajo un concierto de coro y orquesta, escenificado por el grupo boliviano de Arakendar, y otro del también nacional Palmarito, al lado del noruego Nordic Brass, y el inglés RCM London. No menos brillo tuvo el “Corpus al son de los bajones de Moxos”, interpretado por el grupo argentino de Louis Berger, con réplicas de instrumentos de Chiquitos y Moxos.

Las giras de los coros nacionales participantes se han vuelto rutina y son como embajadores de la cultura que se proyecta desde el oriente boliviano. Hace unos días, los jóvenes del Coro de San José retornaron de una gira exitosa por España y Francia.

“Se ha creado un movimiento musical que ha despegado y nos encontramos en vuelo”, dijo Marcelo Araúz. “Hay mucho por delante pero ya estamos en el aire.”
(*) Publiado por el diario Los Tiempos, 06/07/2014

Sube y baja del analfabetismo

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Hace cinco años, el gobierno divulgó una noticia que alegró al país y lo llenó de optimismo: bajo los datos de la Unesco, Bolivia podía ser considerada una nación libre de analfabetismo. Al cabo de muchos esfuerzos y campañas, el número de bolivianos que no sabía ni leer ni escribir equivalía al 3,77% de la población mayor de 15  años. Era un salto notable, pues a principios de siglo la cifra bordeaba el 14% y éramos el país sudamericano con mayor porcentaje de analfabetos.

Los datos más recientes sobre la cuestión muestran un grave retroceso: el porcentaje de analfabetos en Bolivia es superior al anunciado hace un quinquenio. Ese segmento representa el 5,02% de la población y deja al país fuera de la franja de seguridad que permitió al gobierno divulgar la hazaña de haber alcanzado un porcentaje de alfabetización cercano a 100. La nueva información es resultado del censo del año pasado, uno de cuyos efectos más visibles ha sido poner en duda la credibilidad de los datos estadísticos que de él han surgido y enyesar a la población de La Paz en un paro compacto y masivo el miércoles pasado. 

El grado de alfabetización de una sociedad mide su desarrollo y su potencial de progreso económico y social.  La decepción que representan los nuevos datos ha llevado al Ministerio de Educación a anunciar un “plan de emergencia” (La Razón, 8-8-2013) para reubicar al país hasta fines de año en el grupo cada vez mayor de países libres del freno del analfabetismo.

Los datos sociales no cambian de la noche a la mañana y es ilusorio afirmar que en tres meses el país conseguirá que cerca de 400.000 bolivianos aprendan a leer y escribir. En hipótesis, podría llegarse a la meta. Pero erradicar el analfabetismo no es solamente enseñar lectura y escritura. Ese es apenas el comienzo. Es preciso que los alfabetizados mantengan y consoliden el hábito de leer y el interés por el conocimiento que de ese hábito deriva. Ruptura con un mundo de oscuridad, ese  hábito es indispensable para vivir bien y está en la base de una sociedad: surge de la familia, de la escuela, del ambiente social y del apoyo del estado y de los líderes. Es entonces que nace la “masa crítica” de una sociedad que permite prosperar en todas las direcciones y que la consolida. En una época dominada por la difusión de la información y el conocimiento, la tarea de enseñar lo más elemental debería ser menos complicada de lo que fue en décadas pasadas. Allí donde hay quienes se jactan de no haber cursado la primaria o de no haber asistido a la universidad, las dificultades para avanzar son más empinadas,  aunque no son imbatibles.