Socialismo Siglo XXI

Agonía sin fin

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La crisis integral de Venezuela parece otra vez en la etapa final. Se acaban los alimentos, no hay medicinas, la delincuencia toma las calles y hasta los caminos interprovinciales se han vuelto escenario para la delincuencia. Nadie está más seguro. Los países de la región donde jerarcas del régimen creían que encontrarían refugio se cierran con prisa. El más reciente en hacerlo ha sido Costa Rica, que decidió cerrar las puertas para el Ministro de Defensa, Padrino López, y su familia (El Nacional, 7 de febrero).  El oxígeno financiero recibido de China, Rusia e Irán es insuficiente para mantener con vida a un sistema opresivo. Las noticias que llegan de Caracas, de los llanos y de los andes venezolanos llevan a una conclusion: el final del régimen se aproxima a galope y en cualquier momento puede generalizarse el grito de sálvese quien pueda. ¿Será?

Lo mismo pueden haber pensado décadas atrás los españoles con Franco, los portugueses con Salazar, los rumanos con Ceaucescu, los rusos con Beria, Lubianka y los gulags, los propios venezolanos en tiempos de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Todos duraron eternidades. Pero ahora existe una diferencia notable: la comunicación exhibe cada día las trampas del régimen y los abusos de la Guardia Nacional, y se ha creado un estado de conciencia mundial sobre la urgencia de apartar al régimen de Nicolás Maduro y de reinstaurar el camino democrático del que Venezuela fue uno de sus campeones. Si no, que lo digan los argentinos, bolivianos, brasileños, chilenos, ecuatorianos, peruanos, ecuatorianos y centroamericanos que allí encontraron hospitalidad.

La pregunta que surge aquí en los llanos bolivianos es qué puede hacer el gobierno de este país para detener el desenlace o evitarlo: Nada, más allá de expresar simpatías obvias y emitir declaraciones altisonantes. Nadie se atrevería a asegurar que la que impera en Venezuela sea una causa con algún futuro.

Todo concurre para exhibir el ocaso del Socialismo del Siglo XXI, cuyos gobernantes ahora se enfrentan a numerosos traspiés.  La imprudencia del Presidente Morales al responder en Tupiza al reclamo de una mujer que le pedía que no olvidara su promesa de ayudar a quienes han sufrido la peor calamidad de sus vidas le pasó factura inmediata. Un par de días después, Página 7 publicaba una encuesta que le daba la mala noticia de que la aceptación de su gobierno había bajado en picada y que ahora se ubicaba en un 22%. En comparación, habría parecido gran noticia el resultado de la encuesta de Equipos Mori publicada por El Deber que le asignaba un 34%. Ya entonces el bajón mareaba pues parecía una caída libre respecto al año anterior, cuando registraba un 58%.

La a peor noticia política de estos días vino desde la mitad del mundo: en Ecuador murió la iniciativa para instituir la reelección indefinida que propugnaba Rafael Correa. La derrota proclamaba que su amigo Correa no podrá volver a candidatear. La reprobación partia de un 65% de la ciudadanía ecuatoriana, decían los primeros resultados, mientras que solo el 35% aprobaba la iniciativa reeleccionista. Era un revés adicional para Maduro, que perdía otro amigo y una advertencia para el empeño reeleccionista del presidente Morales.

Pocas veces ocurren traspiés tan sucesivos. En Argentina, Rex Tillerson hablaba con autoridades vecinas sobre la situación de Venezuela y sobre sanciones capaces de herir al todavía robusto sector petrolero, la vena yugular de Venezuela.

La crispación en la que vive la patria de Bolívar y Sucre es sentida con particular intensidad en Cuba. En los albores de la revolución cubana, Fidel Castro, urgido de recursos financieros y petróleo, intentó hace 60 años convencer al entonces líder democrático Rómulo Betancourt, de abrir las arcas venezolanas para ayudar a Cuba. Betancourt era un hombre pragmático, con fuertes lazos politicos con Víctor Paz Estenssoro, quien asumía un liderazgo por entonces indisputable en su país. El estadista venezolano le respondió que Venezuela también batallaba por su desarrollo y le urgían todos los recursos de los que podía disponer, y que el petróleo a precios preferenciales debía negociarlo con las compañías productoras que operaban en Venezuela. Volvió a La Habana con las manos vacías, y a los pocos meses desembarcaron en las playas venezolanas guerrilleros de Venezuela y Cuba. Las expediciones guerrilleras fueron derrotadas, pero décadas después, cuando asumió Hugo Chávez, Cuba relanzó el lazo que Betancourt había esquivado y amarró gran parte de su destino económico y politico a Venezuela, con hasta 100.000 barriles de petróleo subsidiado. Con el colapso de los precios hace tres años, aumento de su propia producción y acuerdos con otras naciones, Rusia en especial, la importancia del petróleo venezolano se redujo, pero quedaron decenas de miles de profesionales cubanos por los que Venezuela paga a Cuba en petróleo o al contado. Los profesionales son fuente porimaria  de ingresos para Cuba y esta fuente financiera vital sufriría si ocurriera un cambio de dirección en Caracas.

El gobierno boliviano, socio bandera del Socialismo del Siglo XXI, comparte las tribulaciones venezolanas con una posición incómoda: no puede evitar que muchos bolivianos teman que la Venezuela de estos tiempos anticipe lo que podría esperarle a Bolivia con ese mismo socialismo. Ya sufrieron carestías hace 40 años y no quisieran verlas repetidas o multiplicadas. De alguna forma, el desprestigio del regimen venezolano está en el ánimo de la población, como lo estuvo en muchos de los ecuatorianos que cerraron el paso reeleccionista de Correa. Para muchos es indiscutible que el exígeno de Maduro se agota y que, tiempo más o tiempo menos, se irá del Palacio de Miraflores. ¿A dónde?  Quizá a Rusia. Luiz Inacio Lula da Silva, ahora condenado a la cárcel por la justicia de su país, podría escoger una latitud menos remota para eludir la cárcel. El columnista y reconocido historiador Elio Gaspari especuló esta semana que Lula se vendría a Bolivia.

El fracaso de las negociaciones en República Dominicana es un pésimo augurio. Los desplantes del ex presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, que oficiaba de mediador en las negociaciones gobierno-oposición, fueron vistos como una ruptura de su traje de imparcialidad. Se lo percibía cuadrado con el regimen al presionar a la oposición venezolana para que firmase un acuerdo que aprobaba el gobierno y que ignoraba reclamos básicos de los opositores, como amnistía y liberación de presos politicos, reconocimiento de la Asamblea Nacional elegida en 2015, libre acceso a los medios informativos del estado, y apertura de un canal humanitario para recibir alimentos y medicinas.

En actitud de escapar hacia adelante, el régimen ha convocado a elecciones presidenciales para el 22 de abril. Las especulaciones en las cancillerías tratan de acertar qué ocurrirá hasta entonces.

A solo días del anuncio electoral, Venezuela lucía como un país paria. Europa repudió la convocatoria, en un anticipo de nuevas sanciones sobre jerarcas del régimen. El Grupo de Lima, 12 naciones del hemisferio entre las que no figura Bolivia, declaró que la convocatoria anticipada imposibilitaba elecciones democráticas y este martes se disponía a considerer el caso. Habría que estar ciego y sordo para no percibir que el regimen cruje y que los marineros corren el peligro de hundirse en un naufragio estrepitoso.

Es aceptable creer que la angustia de verse sin horizontes carcome a los comandantes cuyas tropas sostienen al régimen. El que la Corte Penal Internacional (CPI) hubiese dispuesto abrir un examen preliminar sobre abusos y violaciones a los derechos humanos en Venezuela podría parecerles la apertura de un camino hacia un Nuremberg del Siglo XXI.

 

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La angustia de las urnas

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El recorrido del gobierno para consolidar su ruta hacia la re3 (tercera reelección) para luego conferirle un carácter  indefinido se ha vuelto más espinoso tras las concentraciones del 10 de octubre en todo el país. Con miles de ciudadanos en las calles, las demostraciones exhibieron para el presidente  y la cúpula gobernante que una gran parte de la ciudadanía  quiere respeto al ordenamiento constitucional y repudia la noción del líder único indispensable para regir la nación.

Los observadores coinciden en que las concentraciones del martes son una muestra de la urgencia que se siente en el país por un cambio  de líderes, y  el reclamo por una administración austera y responsable. Lo ocurrido el martes no podrá ser ignorado por el Tribunal Supremo de Justicia que en días más deberá pronunciarse sobre la constitucionalidad de la pretensión de una re3.

La presión indudable que ahora existe sobre la máxima institución de la justicia, que gran parte de la ciudadanía percibe como dócil a los requerimientos del gobierno, es incompatible con la noción de que  los jueces deben decidir libres de presiones.

A esta coyuntura se ha llegado tras la aceptación que hace dos semanas anunció el tribunal de considerar la demanda del partido de gobierno para dejar sin efecto los preceptos constitucionales que prohíben una nueva reelección del Presidente Evo Morales. Esta aceptación acentuó el desaliento de quienes aún quieren creer en la imparcialidad de los jueces supremos. La expectativa sobre el fallo que debe pronunciar el Tribunal es creciente por  las actitudes del propio presidente, quien en otras ocasiones aseguró que no volvería a candidatear y que al final del periódo de gobierno en curso se iría a cultivar su hato de coca en el Chapare.

La coyuntura ha agravado la impresión de muchos de que gobiernos del Socialismo del Siglo XXI solo ceden poder si los reclamos vienen acompañados por avalanchas de votos.  El régimen de Nicolás Maduro ha resistido incluso a la derrota legislativa de 2015, y se las arregló para conservar su poder apoyado en la fuerza militar. En las elecciones regionales de este domingo, en Venezuela están en juego las 23 gobernaciones del país. Con índices de aprobación de 20-25 por ciento, no es mucho lo que Maduro y su partido podrían esperar pero habrán logrado una tregua que, por todo lo visto, puede ser muy efímera.

Una razón principal por la que dirigentes del Socialismo Siglo XXI se aferran al mando puede yacer en tropelías cometidas  en el ejercicio ilegal de ese poder y el temor a rendir, algún día, cuentas ante una justicia cuyas reglas nunca sospecharon que podían volcarse contra sus propios diseñadores.

La semana antepasada el gobierno nacional quemó uno de sus últimos cartuchos cuando no consiguió ningún respaldo en la OEA para la original tesis de que al Presidente Morales se le violan sus derechos de ser humano a través de la CPE de 2009, algunos de cuyos artículos prohiben la reelección que buscan el mandatario y su partido. La oposición ha acudido a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para que aclare si es correcta la interpretación del gobierno que asegura que la CPE interfiere los derechos humanos del presidente al impedir su re3. La corte deberá dar su veredicto en las semanas próximas.

El empeño reeleccionista amenaza con restar brillo a la gestión del presidente y afectar áreas no vinculadas necesariamente a sus acciones internas. No son pocos los que creen que tras ese empeño  yace un temor al futuro. Salvo algún pacto nacional creíble, nadie estaría en condiciones de garantizar, en los límites nacionales,  un retorno no traumático de los hombres del gobierno a la vida fuera del poder. En eso estriba la angustia de las urnas presente en los últimos regímenes de la izquierda del siglo 21.

Doblan las campanas

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A partir del viernes han subido las apuestas sobre la capacidad del regimen de Nicolás Maduro para sobrevivir. Con la arremetida redoblada del gobierno de Estados Unidos al prohibir negocios de ciudadanos y empresas de Estados Unidos con Venezuela, el pronóstico es de una asfixia progresiva. La mayoría de los analistas cree que al régimen le queda aumentar la represión para asegurarse contra fracturas entre los militares, los únicos que ahora pueden sostenerlo.  Pero inclusive esa carta temeraria luce débil pues Maduro y los militares parecen colocados en la situación que Tyllerand desaconsejaba y de la que nadie puede salir ileso: sentarse sobre las bayonetas.

Sin márgenes para negociar compromisos internacionales de espaldas a Estados Unidos, el riesgo de insolvencia de la potencia petrolera puede estar creciendo en espiral y es inevitable que sean cada vez más escasos los que se atrevan a ofrecerle algún salvavidas financiero.

La medida dictada por la administración estadounidense ocurrió a dos días de otra de Panamá que decidió exigir visas a los venezolanos. Eso agravó la realidad tormentosa bajo la que vive gran parte de los venezolanos, cuyo país fue la Meca latinoamericana que brindaba acogida generosa e incondicional a quienes salían de sus países perseguidos por dictaduras o buscando una vida mejor. Ahora son cientos de miles los ciudadanos de la patria de Bolivar y Sucre en tierras extranjeras forzados por el deterioro de las condiciones de vida en su país.

La declinación del regimen de Maduro es el eclipse de un sistema, en cuya cabeza está Cuba, con eslabones de relativa fortaleza en Nicaragua y en Bolivia, también tributarios del Socialismo del Siglo XXI. Lo que ocurre en estas horas muestra los riesgos de alejarse de las normas democráticas y de aferrarse al poder en aras de una forma de gobierno que fracasó en Europa y que en América del Sur ha hundido a un país desbordante de riqueza. La lección y sus resultados están a la vista de todos.

La quiebra de Venezuela, con cualquier consecuencia que pueda ahora sobrevenir, es vista como un llamado a alejarse cuanto antes de experimentos que al destrozar economías, desobedecen las reglas de la democracia más esencial y amordazan la libre expresión o la tienen bajo hostigamiento incesante.

El desenlace en curso semeja un doblar de campanas que conviene escuchar antes que, como diría Hemingway, doblen por uno mismo.

Verdades de ayer

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El remolino de acontecimientos en Venezuela esta semana ha ofuscado  la historia que yace detrás del terremoto del vecino país. Los factores que confluyeron para dar lugar a la marea política, económica y social que parece tragarse a Venezuela deben ser tomados en cuenta con seriedad, en especial por sus vecinos, pues  preanuncian lo que puede ocurrir en otras latitudes del continente, especialmente  en países empeñados en afiliarse al modelo socialista del Siglo XXI hasta ahora capitaneado por Venezuela.

Norman Gall, un estudioso de América Latina y fundador y director del prestigioso Instituto Fernand Braudel de Economía Mundial, con sede en Sao Paulo, escribió hace años un estudio cuyo valor, ahora que lo vuelvo a leer, se agiganta por la actualidad que encierra. El trabajo, editado hace una década por el instituto a su cargo, asombra por la validez premonitoria de la densa información que ofrece y la lección que entraña para la región.

El estudio de  Gall, quien visita Bolivia con frecuencia y tiene trabajos que analizan cuestiones importantes que están en la base de la pirámide económica y social  boliviana, dice sin ambages: ¨La historia de Venezuela es una historia del impacto de los ingresos petrolíferos sobre las instituciones débiles, agravada  por agudas transformaciones demográficas que precedieron la ascensión al poder del presidente (+) Hugo Chávez y su ¨Revolución Bolivariana¨ en 1998, y que Chávez elevó a un nuevo nivel de desorden. Venezuela inspira tristeza, miedo e indignación ante lo que ese desorden puede acarrear¨.

Algunos datos que llamaban la atención del estudioso hace una década han empeorado, en tanto que las finanzas que ayudaron a costear el aluvión de gastos que provocó el auge de precios de los hidcocarburos se han enflaquecido en más de la mitad. ¨La desorganización y la falta de inversiones en el sector petrolífero (podríamos leer ¨gasífero¨) nacionalizado están reduciendo la producción. La infraestructura colapsa y los homicidios se triplicaron en los últimos 10 años¨.

Gall subraya que hasta hace pocos años, el petróleo y la democracia protegían al país del desorden, pero que esa protección fue socavada por la intensa presión demográfica (la población del país pasó de 2.,4 millones a comienzos del siglo pasado a 27 millones siete décadas después) que llevó al 90% de venezolanos a vivir en ciudades donde dieron lugar a una demanda creciente de vivienda, servicios e inversiones, todo aparejado con un consumo en alza cubierto por importaciones de todo, especialmente alimentos.

Con el bombeo de petróleo en un promedio declinante de dos millones de barriles diarios (3,5 millones en 1998, antes de que se instaurara el ciclo de Hugo Chávez y Maduro), el horizonte económico venezolano es oscuro.  La oscuridad es más densa conel despeñadero en el que parece encontrarse el regimen.

Cuando escribió si ensayo hace una década, Gall decía que la mayoría de los observadores creía que Chávez (murió en marzo de 2013) permanecería con las riendas de su país mientras los precios del petróleo se mantuvieran altos. ¨Pero mi impresión es que, independientemente de los precios del petróleo, Chávez va a hundirse en el desorden creciente que lo circunda. Lo más triste de esta historia es que el desorden va a continuar por mucho tiempo después de que Chavez haya partido¨.

Por la información que traía el estudio de Gall,  lo que ahora ocurre estaba escrito en la pared. Decía el ensayista: ¨El futuro (de Venezuela) será prometedor si las instituciones democráticas pudieran ser fortalecidas en las próximas décadas, de manera de superar las fallas especialmente descuidadas en los sistemas de justicia, seguridad, educación e infraestructura¨.

Estos días, el futuro del regimen acosado de Nicolás Maduro luce impredecible. Los nubarrones sobre su regimen se han acentuado con la instalación de una Asamblea Constituyente ocurrida el viernes, un día después de la fecha oficial prevista. El retraso, anunciado  a solo horas de la inauguración prevista originalmente, fue explicado por el propio Maduro por la necesidad de juramentar a unos pocos electos que no habían recibido credenciales. Pero los observadores creen que la causa real de la demora fue el impacto que causó la revelación de la firma que desde 2004 brindaba una plataforma tecnológica para el registro del voto. La firma dijo que había detectado un fraude gigante, de cuando menos un millón de votos que le habían permitido al gobierno decir que en la elección del domingo habían votado más de ocho millones de ciudadanos, más que el referendum opositor que había congregado a 7,6 millones. La destitución arbitraria e ilegal de la fiscal Luisa Ortega Días este fin de semana ha colocado la caldera hirviente en que está Venezuela a punto de estallar.

El trabajo de Norman Gall es básico para entender lo que ha ocurrido en aquel país de memoria tan grata en Bolivia, que del nombre del Libertador creó el suyo. Quien quiera que desee leerlo en sus detalles, puede encontrarlo en la página web del instituto: www.braudel.com.br

 

 

Coletazos de la guerra fria

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La historia reciente dista del final armonioso que predijo Francis Fukuyama cuando hace 25 años escribió su controvertido ensayo: La evolución socio-política acabaría con el fin del conflicto este-oeste y el derrumbe de la tesis marxista-leninista que proclamaba la inevitabilidad del triunfo socialista. ¨El fin de la historia y el último hombre¨ predecía la expansión de la democracia como la practican los países donde rige un capitalismo moderno. Los acontecimientos lo desmintieron. Casi al mismo tiempo estallaba la guerra en Irak y Yugoeslavia se desmembraba en seis, reaparecían los conflictos étnicos e insurgía el terrorismo más cruel de la historia reciente. Nunca la escala del terror fue tan alta.
Por la misma época, surgía ¨El Foro de Sao Paulo¨, convocado por partidos comunistas y alas radicales de América Latina que, al desaparecer del firmamento politico el país símbolo de la hoz y el martillo, quedaron sin matriz de referencia. Cuba, la rebelde del continente, quedó menos solitaria.
Apoyados en el descontento con las desigualdades económicas congénitas y las políticas pro libre mercado, empezaron a surgir los regímenes populistas. Hasta los reveses en Honduras y Paraguay (2009 y 2012), estuvieron cerca de cubrir de rojo-rosado a toda la región, apuntalados por el auge fantástico de los precios de las materias primas. La bonanza se acabó y en el continente emergieron fuerzas de signo distinto.
Ahora el péndulo sigue una dirección adversa a los regímenes del Socialismo del Siglo XXI. Todos, con mayor o menor intensidad, perciben que el final se acerca. La resistencia de Nicolás Maduro en Venezuela se explica en el pánico entre las fuerzas de izquierda en el mundo por su derrumbe y por el temor a una justicia que luce inescapable. Venezuela recibió riquezas faraónicas cuyo destino Maduro deberá explicar. Aún más: al frente lo aguardarían multitudes de juicios por violaciones a los derechos humanos, estos días patentes con la represion militar y policial.
Después de dos meses con miles de manifestantes en las calles, 60 muertos, 1.500 heridos, y cientos de prisioneros, Fukuyama podría comprobar que por lo menos aquella historia socialista llegó a su fin. Pero el régimen y los que en él se ¨enchufaron¨ no lo creen y no dan tregua a la represión.
No todos han cerrado los ojos. En las últimas semanas, se han distanciado de posiciones de Nicolas Maduro dos magistrados de la Corte Suprema, la Fiscal General y algunos de sus ex ministros. Periodista, ex Ministro y dirigente sindical, Vladimir Villegas ha sido el más reciente en cuadrarse con la constitución que Maduro quiere cambiar. Los que creyeron que con el ¨chavismo¨ Venezuela alcanzaría la gloria empiezan a disminuir. Por lo visto, Maduro escribe el epitafio de una historia convertida en horror.

Todo por la re-re-re

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A un mes del primer aniversario de la mayor derrota política del gobierno del presidente Morales no quedan dudas de que el mandatario rechaza el veredicto y que insiste en ser candidato para gobernar por un cuarto período y llegar a los 20 años corridos a cargo del país. El presidente jura que un tenebroso cartel maquinó para que dijese No la mayoría a la que se le preguntó el 21 de febrero si aprobaba que volviese a candidatear. Solo le resta escoger la forma que asumirá la pulseada.
Al aproximarse ese aniversario, ha empezado a delinearse una respuesta articulada al desafío que lanzó el presidente a sus opositores al aceptar de manera implícita una nueva candidatura a pesar de haber dicho hace 11 meses que se retiraría a su propiedad en el Chapare. (“ Aceptampos los resultados. Es parte de la democracia¨, dijo entonces.)

Se espera que este domingo surja una respuesta que no admita dudas sobre la oposición del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria al propósito re-re-reeleccionista. Ese partido estuvo entre los protagonistas del fin del ciclo autoritario de gobiernos militares y se apresta a conmemorar el asesinato de gran parte de su plana mayor de dirigentes el 15 de enero de 1981 en la calle Harrington de La Paz. El MIR pasaría a engrosar de manera militante la articulación a un nuevo No. Una expresión masiva del No está en gestación para llevar a cabo manifestaciones en todo el país en la fecha del primer aniversario.
Víctor Paz Estenssoro, quizá el presidente más lúcido de Bolivia en todo el Siglo XX, dio hace 40 años una respuesta sencilla cuando le preguntaron por qué había tantos cambios de gobierno en Bolivia, a menudo con violencia. ¨Por peras¨, dijo, al explicar que el árbol del poder en Bolivia no producía suficientes frutos como para satisfacer a todos los que buscaban una ¨pera¨, un trabajo en el lenguaje de entonces. Lo mismo valía para quienes buscaban mantener la ¨pera¨ que les había llegado a través del gobierno. Pregunten a quienes defienden la re-re-reelección qué posición ejercen en el estado como resultado de su militancia en el partido de gobierno. La respuesta puede explicar la mayor o menor vehemencia con la que muchos suelen defender la continuidad de sus líderes. No será muy grande el número de los que ejercen funciones por méritos estrictamente profesionales, con prescindencia de ideologías.
A eso los analistas agregan otra razón: seguridad para el futuro inmediato de los líderes. Una justicia envilecida como la que ha tomado cuerpo no garantiza que serán conducidos con imparcialidad los juicios eventuales que algunos podrían enfrentar, desde corrupción hasta abusos y violaciones de los derechos humanos. El mismo razonamiento puede aplicarse a la tenacidad con la que Nicolás Maduro y sus partidarios en Venezuela se esfuerzan para mantenerse en el gobierno a pesar de la reprobación cercana al 90% que, en sondeos de opinión, les manifiestan sus compatriotas.
Los observadores destacan que el ¨frente externo¨ contrario al reeleccionismo y partidario de la alternabilidad democrática en el gobierno está fortalecido. Nada indica una reversión de los procesos en curso en Brasil y Argentina, y el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski en Perú les ha inyectado mayor vigor.
A eso se agrega ahora el advenimiento de Donald Trump para regir Estados Unidos. Con la retórica anti-capitalista que expresan los líderes de lo que queda del Socialismo del Siglo XXI, no es difícil vaticinar nuevas turbulencias en las relaciones entre Estados Unidos y los países regidos por ese signo. Una pregunta aún sin respuesta es si el empeño por la re-re-re llegará a agitar las aguas de nuestras relaciones exteriores.

En la huella de la distopía

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La muerte de Fidel Castro ha reproducido lo que durante su vida el comandante sembró: polarización y controversia. La figura, elevada y firme durante gran parte de su vida, y en los últimos años encorvada y decadente, ha recorrido los espacios informativos de todo el mundo. Genio y figura, pocos meses antes de morir manifestó desconfianza hacia el deshielo entre Cuba y Estados Unidos, que busca superar un distanciamiento de más de medio siglo y oxigenar a la isla. Nunca dejó de afirmar que Cuba era un edén en gestación, aunque la realidad le decía que de ningún paraíso la gente escapa a montones dispuesta a sacrificar la vida en el intento. Bajo su vision, Cuba era la utopía realizada pero para gran parte de sus compatriotas ha sido una distopía real donde todo ha resultado tan insoportable que hay que escapar de la isla.
Las muerte del conductor cubano mostró la dificultad de muchos medios y comentaristas de definir al régimen. Nadie dudaría en calificar como dictadores a los generales Pinochet, Videla, Stroessner o Trujillo. Extender la definición al lider cubano, fallecido el viernes 25 de noviembre a los 90 años, ha sido difícil, peor aún subrayar las condiciones opresivas que subsisten en la isla. Fue perceptible el prejuicio cuando medios escritos bolivianos y de otras latitudes titulaban al día siguiente que ¨el mundo llora¨ la muerte del líder cubano. Nadie dudó cuando se dijo que el mundo había llorado el fallecimiento de la Madre Teresa de Calcuta. Atribuir ese sentimiento mundial hacia Fidel Castro fue un exabrupto ni siquiera explicable en la prisa por cerrar la edición.
¿Por qué? Una tentativa de respuesta es la resistencia del ser humano a desengañarse y aceptar que sus ilusiones se han vuelto una pesadilla. Ni siquiera los testimonios de quienes vivían esa realidad convencía a los que cerraban los ojos y seguían creyendo en la vision romántica de una revolución que entusiasmaba en sus primeros años y que acabó en una maquinaria despótica. El fanatismo enceguece, como cuando un articulista ruso pretendía que se le creyera que ¨1984¨, de Orwell, retrataba a Estados Unidos y no a la URSS.
Durante un viaje a la isla hace unos años, conversaba con un vigilante de playas que no admitía que Cuba había dado pasos gigantes en garantizar la salud, en grado envidiable para sus vecinos del continente. El vigilante arqueó las cejas y me dijo: ¨Eso dice la propaganda. Para la mayoría como yo, un hospital es inalcanzable. Usted puede ser atendido y beneficiarse de esa medicina porque va a pagar en dólares. Los cubanos no podemos hacerlo¨.
Dos países sudamericanos fueron foco especial de su atención: Venezuela y Bolivia. Con ambos tuvo los peores desencuentros y las alianzas más fructíferas. Fue a Caracas pocas semanas después de derrocar a Fulgencio Baptista y al presidente socialdemócrata Rómulo Betancourt le pidió un préstamo inmediato de 300 millones de dólares y petróleo subsidiado. Buscaba apoyarse en la riqueza venezolana para catapultar al castrismo por el continente. ¨De esta entrevista depende el futuro de la revolución¨, dijo a quienes lo acompañaban. No recibió nada. Betancourt, que había ganado las primeras elecciones libres venezolanas tras la caída del dictador Pérez Jiménez (1948-1958), le dijo que su país también estaba en aprietos y que para darle petróleo tenía que comprarlo a las compañías petroleras y venderlo a precio menor. Un negocio pírrico para un país que, entonces, ostentaba índices de atraso peores que los de Cuba.
Castro se fue con las manos vacías y en los años sucesivos Betancourt debió enfrentar invasiones guerrilleras apoyadas por La Habana, que pretendían convertir a Venezuela en otra Cuba. El ejército las derrotó y la mayoría de los invasores acabó presa. Más tarde, sus líderes, desencantados con el socialismo real, abrazaron la democracia y algunos llegaron a ser respetables legisladores. Cuarenta años después, al llegar al poder Hugo Chávez, Castro encontró en el teniente coronel venezolano el respaldo que Betancourt no le dio. Con torrentes de petrodólares, Cuba apuntaló su economía y ¨exportó¨ miles de profesionales sin cabida en la economía estrecha de la isla.
Con Bolivia, la apuesta fue también grande. Compró la idea de que, en 1966, Bolivia vivía bajo una dictadura que se desmoronaba y la guerrilla que iba a encabezar Ernesto Che Guevara sería la mecha que incendiaría a un país que suponía ansioso por un sistema de gobierno como el cubano. Fue otro fracaso. La creencia absurda de que en Bolivia sería como en Cuba hundió a la columna, que pasó gran parte de los 10 meses de su odisea en lucha feroz contra la naturaleza, en especial insectos, mosquitos, parásitos y, carente de refugio seguro, bajo un hambre que la acosó incesante. ¨Nuestro problema principal era encontrarlos¨, me dijo el general Gary Prado Salmón, ante cuya compañía Che Guevara se rindió tras gritar ¨no disparen, soy el Che¨.
Cincuenta años después, Castro encontró en Evo Morales uno de sus más grandes admiradores, dispuesto a alcanzar metas de la revolución cubana bajo un sistema recauchutado: el Socialismo del Siglo XXI.