Socialismo 21

Tras la derrota

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El triunfo oficial del No, que frenó la modificación de la CPE para que el presidente y el vicepresidente pudieran ser de nuevo candidatos a la reelección, ha cerrado un capítulo importante en la vida nacional.

La trascendencia de este ejercicio democrático no ha estado solo en el esfuerzo masivo de meses invertidos en campaña bajo cuya dinámica el país vivió situaciones desagradables, con capítulos de dimensión ética y moral que han empañado la calidad de la conducta de algunos líderes y puesto al desnudo la manera discrecional en que suelen manejarse los recursos del estado. Están registrados otros acontecimientos que inscriben al referéndum en un período tenso de la vida boliviana. El Alto, con la muerte de seis personas y una veintena de heridos en un incendio provocado por turbas enardecidas hace una semana, ha sido la mayor víctima en un período que debió ser solo una contienda democrática.

En las horas que siguieron a la derrota formal del Sí fue notable la ausencia de una voz del gobierno que reconociera la debacle, que se inserta en el derrumbe del Socialismo del Siglo XXI, que intentó reproducir el que dominó parte del mundo casi todo el siglo pasado. Esa experiencia agoniza en Venezuela, de donde partió bajo los auspicios ideológicos de Cuba, que ahora reorienta sus banderas y se apresta a recibir al primer presidente estadounidense en visitar la isla en siete décadas. La rápida declinación de las izquierdas del continente corre con la fuerza de una avalancha y amenaza acabar con Dilma Rousseff en Brasil, cuya gestión parece rumbo a una etapa terminal.

Bolivia era vista como una excepción, inoculada ante la crisis en la que navegan o zozobran algunos de sus vecinos. El No ahora oficializado luce como una convocatoria a entrar al mundo real, diferente del período de altos ingresos generados por las exportaciones.  Esto parece estar fuera del entendimiento del gobierno, empeñado en adecuar la realidad a sus deseos.

El presidente, en su primera aparición ante los periodistas en la mañana del miércoles, dijo que el rechazo oficial mayoritario a su cruzada re-re-releccionista era solo una batalla que no equivalía a la guerra. Para muchos analistas sus palabras reflejaron una postura distante de la realidad. El presidente ignoró que el referéndum no era sobre lo que él equiparaba a una contienda bélica (vencedores y vencidos, seguidores y enemigos, blanco y negro) sino sobre algo más específico, común en sociedades de madurez democrática. Era sobre si en el aún distante 2019 podía aspirar a cinco años más y llegar a 20 de gobierno consecutivo. La respuesta cívica identificada como una batalla menor sin consecuencias tiene el potencial de representar un agujero en el dique, hasta a la noche del miércoles intacto, que contenía inconformidades con su gobierno.

Humberto Vacaflor, columnista crítico del gobierno y uno de los más leídos del país, comentó que el miércoles que al MAS y al gobierno les faltó ¨el elemento de honorabilidad que hubiera podido concederles la dignidad de que gozan los derrotados¨. Enseguida advirtió: ¨Culpar a los extranjeros o a conspiraciones internas, verdaderas o no, denigra a la propia derrota¨.

Solo horas antes del anuncio oficial, algunos funcionarios se prodigaban en repetir su seguridad de que la iniciativa oficialista ganaría el plebiscito.

Las autoridades se basaban en ¨el voto indígena originario campesino¨ para sostener hasta el último minuto que ganarían la contienda. No percibieron la irreverencia y desdén que implica dar por descontado el voto de una población en cuya promoción todo del país está comprometido desde hace más de 60 años. Sobre todo, no tomaron en cuenta que esa población se empeña en urbanizarse y que el último censo corrobora sus esfuerzos pues muestra una sostenida declinación de la población rural frente a la urbana, a la que se integran con una dinámica asombrosa. Lo dijo hace unos días el demógrafo y multifacético estudioso cruceño Carlos Hugo Molina.

Con la dinámica de los acontecimientos en Bolivia habrá que estar atentos para ver si el cierre de este capítulo no está abriendo las puertas a otro.

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Nota: Esta versión, del jueves 25, incluye ajustes mínimos de precisión.

 

Un discurso ignorado

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Han pasado cuatro semanas desde que Humberto Vacaflor, uno de los columnistas más leídos de Bolivia, reiteró una grave denuncia sobre el peligro que corre la libertad de prensa en Bolivia y en los países de la corriente que cree haber inventado un nuevo tipo de socialismo. La amenaza es persistente pero sorprende queel tema  no haya merecido mayores comentarios de los medios nacionales. Puede decirse que el discurso pasó inadvertido.

Vacaflor dijo que en Bolivia se intenta acallar a los medios mediante una táctica “ladina”. “Lo que hace el gobierno es pedir a algunos empresarios amigos que vayan comprando los medios que molestan,” dijo. En otras latitudes, la declaración de un reportero que acababa de recibir (si bien con una demora inexplicable de tres años) el Premio Nacional de Periodismo, habría precipitado reportajes y noticias en los medios. En Bolivia nada ocurrió, salvo una entrevista al periodista por TV (PAT, No Mentirás). Esta actitud me dejó pensando sobre el medio en el que ahora estamos inmersos.

Vacaflor se preguntó por qué a los países encaminados por el que se llama “Socialismo del siglo 21” no les agrada la libertad de prensa, como asegura una gran mayoría de periodistas y como lo demuestran cotidianamente los denuestos de autoridades hacia la prensa y los medios de comunicación.

La respuesta surge a lo largo de su discurso: Porque libertad de prensa equivale a democracia y porque, históricamente, la democracia surgió acunada en la libertad de prensa y de expresión. Por deducción, los gobiernos de esos países no simpatizan con la libertad de prensa tal como funciona en democracia porque son esencialmente antidemocráticos, aunque traten de no mostrarse de esa manera. Sin embargo, en las acciones en las que entra el juego democrático, exhiben ese rasgo esencial. Es decir, estaríamos ante una reproducción parcial de Salazar, Franco, Ceasescu, Mussolini, Stalin, sin policía secreta y con elecciones, muchas veces discutidas, y con una justicia comprometida con el régimen imperante.

¿Por qué no entra esta ecuación el respaldo popular del que parecen gozar los regímenes socialistas Siglo 21? Vacaflor no abordó este punto, ni tampoco era parte del tema que exponía. Pero es una pregunta pertinente. Pues en la medida en que una sociedad se desarrolla democráticamente, la democracia se filtra hacia los sectores populares a través de los medios de comunicación. Y al filtrarse en esos sectores, queda decretada la pena de muerte de los autoritarismos y de todos los “ismos” intolerantes. Es decir, la “nomenklatura” de estos regímenes es consciente de que mientras más se expanda la difusión de conocimiento entre los “sectores duros” que le brindan apoyo incondicional, esa incondicionalidad cederá a la fuerza de la racionalidad. En los años finales de la ahora ex Unión Soviética imperó una racionalidad manifiesta y el imperio se disolvió sin los traumas que vaticinaban quienes querían mantener a toda costa al régimen herido mortalmente por la “perestroika” (las reformas políticas), incluso con la intervención del ejército rojo, como en Praga o en Budapest décadas antes.

Vacaflor cree que el impulso que trae la internet es un desafío adicional que enfrentan regímenes autoritarios y sus simpatizantes, y por eso tampoco les agrada demasiado la libre circulación de mensajes entre los internautas. Es una pena que en Bolivia no exista una publicación exclusivamente dedicada a la información y al debate sobre los medios y los periodistas. Es una deuda que las asociaciones de periodistas tienen con la audiencia boliviana.