Sanciones

Doblan las campanas

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A partir del viernes han subido las apuestas sobre la capacidad del regimen de Nicolás Maduro para sobrevivir. Con la arremetida redoblada del gobierno de Estados Unidos al prohibir negocios de ciudadanos y empresas de Estados Unidos con Venezuela, el pronóstico es de una asfixia progresiva. La mayoría de los analistas cree que al régimen le queda aumentar la represión para asegurarse contra fracturas entre los militares, los únicos que ahora pueden sostenerlo.  Pero inclusive esa carta temeraria luce débil pues Maduro y los militares parecen colocados en la situación que Tyllerand desaconsejaba y de la que nadie puede salir ileso: sentarse sobre las bayonetas.

Sin márgenes para negociar compromisos internacionales de espaldas a Estados Unidos, el riesgo de insolvencia de la potencia petrolera puede estar creciendo en espiral y es inevitable que sean cada vez más escasos los que se atrevan a ofrecerle algún salvavidas financiero.

La medida dictada por la administración estadounidense ocurrió a dos días de otra de Panamá que decidió exigir visas a los venezolanos. Eso agravó la realidad tormentosa bajo la que vive gran parte de los venezolanos, cuyo país fue la Meca latinoamericana que brindaba acogida generosa e incondicional a quienes salían de sus países perseguidos por dictaduras o buscando una vida mejor. Ahora son cientos de miles los ciudadanos de la patria de Bolivar y Sucre en tierras extranjeras forzados por el deterioro de las condiciones de vida en su país.

La declinación del regimen de Maduro es el eclipse de un sistema, en cuya cabeza está Cuba, con eslabones de relativa fortaleza en Nicaragua y en Bolivia, también tributarios del Socialismo del Siglo XXI. Lo que ocurre en estas horas muestra los riesgos de alejarse de las normas democráticas y de aferrarse al poder en aras de una forma de gobierno que fracasó en Europa y que en América del Sur ha hundido a un país desbordante de riqueza. La lección y sus resultados están a la vista de todos.

La quiebra de Venezuela, con cualquier consecuencia que pueda ahora sobrevenir, es vista como un llamado a alejarse cuanto antes de experimentos que al destrozar economías, desobedecen las reglas de la democracia más esencial y amordazan la libre expresión o la tienen bajo hostigamiento incesante.

El desenlace en curso semeja un doblar de campanas que conviene escuchar antes que, como diría Hemingway, doblen por uno mismo.

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Conteo descendente

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La iniciativa de enviar a Venezuela una misión de la UNASUR para informarse directamente de la situación en ese país ocurrió un día después de la detención armada y violenta del  alcalde de Caracas Antonio Ledezma, el 20 de febrero. Se trató de una movida opaca para las circunstancias que sofocaban al país bolivariano. Dos semanas después, los tres países que conformaban esa misión aún aguardaban la autorización de Venezuela.  Cuando finalmente sus cancilleres viajaron el 6 de marzo, la organización  fundada en 2008 bajo el aliento del Socialismo del Siglo XXI, ofrecía el cuadro de médicos indiferentes ante un enfermo en coma y a un dueño de casa feliz de mantenerlos lejos del paciente y evitar que lo diagnostiquen. Fuera de llamar a coordinar una cadena alimenticia continental, propósito efímero y dudoso, la misión no produjo resultados que apartasen a Venezuela de la orilla de un volcán por estallar.

La realidad mostraba a un país tratando de ver un lado risueño en los malos momentos que retan diariamente su paciencia. Jon Lee Anderson (Che Guevara, Una Vida Revolucionaria, 1997) relataba en The New Yorker una anécdota escuchada en una recepción a la que, una hora después de programada, había llegado temprano: Un viejo entra a un almacén en Caracas. Luego de esperar pacientemente en la fila, pide al vendedor una lata de aceite comestible, un tarro de leche y un cuarto kilo de café. El vendedor se disculpa y le dice que esos productos están agotados. Decepcionado, da la vuelta y se va. Al escucharlo, la persona que lo sigue en la línea le dice al vendedor: ¿Aceite de comer? ¿Leche? Ese viejo estúpido debe estar loco. El vendedor medita unos instantes y responde: Es verdad, pero ¡qué buena memoria tiene!

El venezolano común tiende a ser extrovertido y bien humorado y las charlas de café estos días suelen estar acompañadas de una actitud liviana.  En un puñado de medios –especialmente en lo que queda de El Nacional y de Tal Cual Digital, ahora sólo con la versión electrónica- se percibe la sensación de que al país de Bolívar el continente le ha dado la espalda. Las sanciones aplicadas por Estados Unidos contra siete personalidades del  régimen (hay otras 49 “en capilla”)  sirven como excusa al gobierno venezolano para afirmar que está siendo agredido.

La inoperancia práctica de UNASUR contrastaba con su agilidad para los casos de Porvenir, en Bolivia, con Fernando Lugo, en Paraguay, y con Manuel Zelaya, en Nicaragua. La organización fundada en medio del fragor de los conflictos en Pando, parece interesada solo en proteger a las naciones con regímenes populistas. Su sospechada parcialidad puede anunciar la actitud del hemisferio cuando la brújula mude de orientación. El ocaso luce patente si se mira el fracaso de Venezuela que, como Argentina un siglo atrás, ostentaba todas las condiciones para ser tan desarrollada como hoy son Canadá, Australia o Europa occidental.

Todos los indicadores señalan que Nicolás Maduro no creó la crisis de su país, pero sí la empeoró. Hugo Chávez capitalizó el descontento con la ineficiencia de los servicios públicos, la infraestructura deteriorada, la violencia, la pobreza extrema proyectada por  los rancheríos alrededor de las ciudades y, sobre todo, la impresión frustrante de que con un poco de honestidad y menos corrupción mejoraría la vida diaria. Para muchos fue salir de la sartén para caer al fuego.

Los cambios políticos parecen suceder a ritmo geológico. No son perceptibles al comienzo pero cuando cobran ímpetu se vuelven inexorables. En medio de la crisis del petróleo de hace 30 años, ¿quién creía que todo el mundo soviético se iba derrumbar? Fue carcomido por dos termitas: la ineficiencia y la falta de libertades. Ningún país del bloque comunista sobrevivió.

El presidente peruano Ollanta Humala advirtió el peligro de la crisis venezolana para el continente.  Cualquier cambio en ese país, dijo,  “afectará a toda la región latinoamericana”. Las perspectivas para Maduro seguían sombrías esta semana, agravadas por las renovadas tensiones con Estados Unidos. Y si el mediano plazo se cuenta en  meses, las elecciones legislativas de fines de año podrían traer una  derrota mayúscula para un gobierno cuyo presidente bordea el 20% de la aprobación ciudadana. Las justas no tenían aún fecha oficial definida, reflejo de la inseguridad electoral del régimen. Vagamente y como para comprometerlo, UNASUR dijo que serían en setiembre. Como  en todo período de crisis, el corto plazo luce distante.

Sanciones y relaciones

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Con la aprobación separada de las dos cámaras legislativas, ha quedado pronta para su estreno la decisión estadounidense de sancionar, con negación y suspensión de visas y posible congelamiento de bienes, a 56 funcionarios venezolanos vinculados a infracciones a los derechos humanos. La decisión es vista como una condena al gobierno de Nicolás Maduro y luce como una de las medidas políticamente más graves y de mayores implicaciones asumidas por Estados Unidos contra funcionarios de un país sudamericano.

Entre los funcionarios pasibles a esas sanciones están jefes y comandantes militares envueltos

en la represión de las marchas de protesta que estallaron a principios de año en gran parte de Venezuela contra la inseguridad, la carestía y las restricciones a la libre expresión.

Las sanciones lucen destinadas a arreciar la tormenta bajo la que se encuentra el gobierno de  Maduro,  atenazado por la inflación (no hay datos oficiales) y la caída libre de los precios del petróleo que sofoca las finanzas del vecino país. El viernes convocó a una concentración en Caracas para protestar este lunes contra la que llamó “insolencia” de Estados Unidos. El llamado de Maduro se agregó a la crispación bajo la que vive Venezuela y anunciaba un final de año tenso.

Como agravante de la crisis que vive el vecino país, este fin de semana se acentuó la pesadilla que agobia a los miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo: los precios descendieron a menos de 60 dólares el barril, el  nivel más bajo en cerca de seis años. Para Venezuela, donde el petróleo es responsable del 95% de los ingresos por exportaciones, la baja vertiginosa de precios era un anuncio de nuevas apreturas ante las que las sanciones al grupo de funcionarios parecían sólo un trueno durante una tormenta.

Analistas y diplomáticos consideraban previsible que la convocatoria de Maduro a la movilización de quienes apoyan a su gobierno repercuta en los próximos días entre sus aliados de América Latina y el Caribe, especialmente entre los que se han beneficiado con las contribuciones que solían venir de Venezuela. La magnitud de la crisis que vive el vecino país ha opacado el debate sobre el costo de la ayuda venezolana por vía directa o por medio de Petrocaribe, la empresa forjada por el difunto presidente Hugo Chávez que entrega petróleo a precios subsidiados a una docena de países de la región. Pero en la otra esquina estarían los gobiernos cuyos países forman la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile) y probablemente el de Brasil, tradicional apagafuegos en conflictos que involucran a su vecindario.  Ninguno de ellos se sentiría afectado por las sanciones a los funcionarios venezolanos.

Para Bolivia, las tensiones entre Estados Unidos y Venezuela ocurren cuando está todavía fresco el anuncio sin sordinas que hizo el canciller David Choquehuanca ante el Cuerpo Diplomático reunido en la cancillería en una ceremonia tradicional de fin de año.  Tras revelar que Bolivia propone una reunión del presidente Evo Morales con su par estadounidense Barak Obama, el canciller dijo que “la pelota está en la cancha de Estados Unidos”.  La eventual reunión por iniciativa boliviana apuntaría a recolocar las relaciones bilaterales en un plano de normalidad con la designación de embajadores.

No se conocen entretelones de la repentina revelación del canciller, pero algunas opiniones escuchadas aquí en Santa Cruz la contrastan con el sigilo y cautela que suelen rodear a  las grandes decisiones de los países.

Bajo el gobierno del presidente Morales, las relaciones entre La Paz y Washington nunca fueron tranquilas. Un repaso somero mostraría la multitud de incidentes que las ha marcado hasta llegar al modus vivendi vigente desprovisto de embajadores bajo el cual, sin embargo, las relaciones comerciales han conseguido un crecimiento robusto varias veces superior al volumen de hace ocho años.