reflexiones

Tiempo de reflexión

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Los medios estadounidenses -y de más allá y más acá- han iniciado un examen de conciencia sobre el trabajo que hicieron antes de la elección sorprendente de Donald Trump. Fue tal la avalancha de encuestas y sondeos que daban por vencedora a Hillary Clinton que nadie se preocupó por verificar la idoneidad de las encuestas ni de los encuestados ni de desentrañar los sentimientos verdaderos que hicieron de la noche de 8 de noviembre una jornada memorable en las lides democráticas.
Los analistas perciben que no se asignó importancia debida al desafecto con el sistema que, pese a haber producido la mayor riqueza de la historia, no ha conseguido superar desigualdades impresionantes que aún persisten al lado de riquezas que pocos dudarían en calificar de hediondas. El rechazo a esos desequilibrios se impuso y muchos decidieron dar el salto al vacío que representaba la elección de Donald Trump y rechazar la continuidad atribuida a su rival. Que los grandes medios no hubiesen percibido el turbión que se aproximaba es la cuestión ahora instalada en las salas de redacción y escritorios de las encuestadoras. Puede haber certeza de que la cobertura de elecciones y de las actividades políticas del future no será más la de siempre. El público exigirá más rigor y los editores demandarán más precisión de los reporteros.
En una carta del editor del New York Times a los lectores, el periódico reiteró su compromiso de informar con honestidad, sin miedo ni favoritismos, y reflejar todos los ángulos de las noticias que entrega al público. El periódico global por excelencia estuvo entre los muchos medios que aconsejaron en sus editoriales no votar por Trump por hallarlo incapacitado debido a sus opiniones prejuiciosas sobre el sexo, las mujeres y los inmigrantes. Resultó que un gran número de votantes ignoró las advertencias y, a pesar de todo, dio su voto por el magnate. Sociólogos, politólogos e informadores están en carrera para encontrar explicaciones convincentes al fenómeno.
La aversion de Donald Trump hacia los medios no demoró en ser ratificada. La primera prueba post-elección vino cuando decidió no permitir que viajasen con él los periódicos que normalmente cubren las actividades presidenciales. La vision que tuvo el público de la visita del presidente electo a Barack Obama tuvo origen solamente oficial. No han ocurrido variantes notables en esa política.
Con las elecciones ahora atrás, la mayoría de las redacciones ha decidido refrescar sus códigos de ética y ponerlos con letra grande en frente de los editores para acentuar los esfuerzos por identificar razones más allá de las convencionales que llevan a los electores a manifestar sus preferencias de una manera determinada. Una contribución a los pocos días de la eleccción la dio Kathleen Carroll, directora ejecutiva de The Associated Press, la cooperativa noticiosa que sirve a casi la totalidad de los medios informativos de Estados Unidos y de gran parte del mundo. Al recibir una distinción en el club de periodistas convocó a sus colegas a reafirmar el compromiso con la transparencia y la defensa de la libertad de prensa e hizo algunas preguntas, válidas en todo lugar:
En la redacción de una noticia, ¿recoges frases de tweets y facebook en lugar de hablar efectivamente con la gente? Eso es pereza. ¿Envías correos electrónicos pidiendo a alguien una opinión para embutirla en una historia ya diseñada y preparada? Eso es decorar, no entrevistar. ¡Basta! Remachó diciendo que se ayuda a cerrar la puerta de la libre información cuando se acepta una información oficial sin someterla a verificación ni a cuestionamientos.
Si no estos no fueran ejemplos para reflexionar, recomiendo leer un libro de 150 páginas auspiciado por la Asociación Nacional de la Prensa: ¨Poder y ética en el periodismo¨, ahora en su segunda edición. Es una exposicción amplia del perioddista norteamericano John Virtue y contribuciones de Alberto Zuazo Nathes, José Gramunt de Moragas, S.J., Ana María Romero de Campero (+) y Juan Javier Zeballos (+).

La envidia

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Comparto con Uds. la más reciente entrega del padre Oblato de María Inmaculada Gregorio Iriarte.
LA ENVIDIA, UN CÁNCER SOCIAL

Érase un repugnante y mofletudo sapo que croaba a la orilla de una pestilente laguna mientras una humilde luciérnaga alegraba, con su lucecita intermitente, el calor de una sofocante noche de verano.
La luciérnaga se acercó, todo ilusionada, hasta la laguna donde el sapo trataba de cazar algún insecto. Con su mensaje de luz quería alegrar la vida del pobre sapo.
El sapo la miró con desconfianza y al verla parpadear en la oscuridad de la noche le escupió lanzándole su repugnante saliva venenosa.
La pobre luciérnaga se sintió mareada, sin llegar a comprender lo que estaba pasando, mientras trataba de reaccionar y, todo desconcertada, preguntó:
– “Hermano sapo ¿por qué me escupes,,,?
Y el sapo, con un tono lleno de resentimiento, contestó:
-“Porque brillas…”
Eso es la envidia: sentirse uno mismo amargado y deprimido
al ver los éxitos y las cualidades de quienes nos rodean.
El envidioso se siente mal porque el otro se siente bien; se ve humillado porque el otro triunfa; se deprime profundamente porque el otro tiene éxito, ya sea en el campo intelectual, en el político, en el económico o en el religioso o en el afectivo.
La envidia es, entre nuestras pasiones, la más negativa y la más ilógica. El envidioso se torna en enemigo de sí mismo. Él es la causa de su propia amargura y de su propia depresión.
Los antiguos pintores representaban a la envidia como una bruja consumida en carnes y con mirada turbia hacia quienes triunfan.
La envidia es un verdadero cáncer moral que mata toda amistad y todo auténtico amor. El envidioso, en vez de sentirse contento por lo éxitos ajenos, reacciona interiormente con sentimientos de decepción y de frustración. Los éxitos de los otros se constituyen en su mayor tormento interior.
La envidia ha sido definida como la tristeza y el pesar ante el bien o el triunfo ajeno. Ella es la causa más común de los humanos resentimientos. El envidioso no busca tanto su propio éxito. Lo que más le duele es el éxito de quien está a su lado y lo juzga como si fuera su adversario. Lo ve, no tanto como hermano o compañero, sino como enemigo que le arrebata su propio triunfo. Prefiere el fracaso de sí mismo más que el éxito ajeno.
La envidia es un sentimiento que no produce nada positivo en las personas, sino profunda y dolorosa amargura.
El ejemplo clásico de las graves consecuencias a las que nos puede llevar la envidia lo tenemos en el pasaje bíblico de Caín y Abel. (Gen.4, 2-15) Es un relato redactado con un lenguaje simbólico y con la finalidad de hacer entender al pueblo cómo la envidia de Caín hacia su hermano Abel es causa de grandes males. La envidia puede llevarnos hasta desear la muerte de un ser humano. La envidia provoca muchos males en nuestra sociedad ya que, no pocas veces, se llega a desear la derrota más que el triunfo de nuestros compatriotas. En muchos casos la envidia ha sido la responsable de grandes males para las personas y para lo pueblos.
La lección bíblica es muy clara: La envidia, lo mismo que en el relato de Caín y Abel, nos pude llevar hasta el fratricidio.