Producción

Baterías cargadas

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Las baterías de la propaganda política trabajan a todo vapor estos días cuando las tensiones en Venezuela empiezan a  tener reflejos en Bolivia, a ocho meses de las elecciones presidenciales en las que el presidente Evo Morales buscará el cuarto mandato, que  lo llevaría a gobernar más de veinte años y a alzarse con un récord continental. La disconformidad ciudadana con el continuísmo fue exhibida en las concentraciones multitudinarias registradas en las principales centros urbanos del país el 21 de febrero,  en el tercer aniversario del referéndum que rechazó avalar un nuevo mandato.

Desde entonces el ¨Bolivia dijo No¨ es un mantra contra cuya difusión y significado nada han conseguido las iniciativas del gobierno.  Los intentos por ponerle freno a traves de la que fue llamada ¨guerra digital¨con la formación de escuadras de combatientes digitales que surgirían del Chapare, bastión esencial del gobierno, han tenido efecto nulo, si se los compara con las intenciones de voto que muestran las encuestas de mayor credibilidad. En ellas,  el ex presidente Carlos Mesa, ahora el principal candidato opositor, está adelante con ventaja apreciable sobre el candidato Evo Morales. Todas las encuestas conocidas dicen que si se diese una segunda vuelta, bajo una elección transparente, el candidato oficial sería derrotado y que, salvo sorpresas que pudieren dar otros candidatos, Mesa asumiría la primera magistratura. El libreto democrático, repetido por las actuales autoridades hasta no hace mucho, es que en democracia se pierde una elección sin reclamos hasta por un solo voto. De eso no han vuelto a hablar.

Doce años de ejercicio del poder  causan grandes desgastes.  A eso se agrega el drama venezolano, que el gobierno boliviano admira y temerariamente le extiende todo su apoyo. El país capitán del Socialismo del Siglo XXI yace sobre la lona, noqueado por una pésima administración de los ingentes recursos petroleros, atizada por la represión de las voces opositoras y por la corrupción de sus dirigentes y hasta de familiares de sus líderes. De nada vale argumentar que la crisis venezolana estriba en las sanciones que le han impuesto los que fueron sus principales socios comerciales. Cuantificadas, las sanciones han tenido efecto insignificante frente a la ineptitud y corrupción.

Un nucleo de la crisis es la falta de educación democrática, que, entre otras perlas, instaló la idea de que bastaba la adhesión política para ser parte de una empresa del estado. Se aplicó sin freno el viejo dicho caribeño: ¨No me den, pero pónganme donde hay¨. Un ejemplo elocuente: PDVSA. Tenía una planilla de 40.000 empleados cuando el Socialismo Siglo XXI comenzó a gobernar. En pocos años del número se triplicó. La tendencia se invirtió en la producción de petróleo, que bajó de 3,4 millones a un poquito más de un millón estos días. El camino al naufragio estaba trazado.

Como la tendencia continúa, no es aventurado pronosticar que la victoria bailada de Maduro el sábado antepasado será la antesala de otras y aún más fuertes turbulencias.

Dar sentido a las cifras

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Billones y trillones; pies cúbicos y metros cúbicos. A juzgar por la soltura con la que las cifras y las medida son desplegadas rutinariamente, el país está conformado por expertos que con una mirada aferran números siderales y procesan su significado. Estos días todos los medios destacaron la noticia que vino desde la Presidencia del Estado Plurinacional: Bolivia contaba con reservas de gas natural que el pasado diciembre llegaban a 10,45 billones (trillones ingleses) de pies cúbicos, un aumento del cinco por ciento respecto a la cantidad registrada cuatro años antes  por una medición certificada. Los que lograron procesar al instante la magnitud de la cifra y expresarla bajo una forma más cotidiana y vulgar podrían concursar para un premio a la lucidez.
Desde hace años, al público boliviano se le informa que los contratos de exportación están calculados en metros cúbicos. A Brasil se le venden 31 millones de metros cúbicos diarios. A la Argentina exportamos cerca de 20 mm3 diarios. El consumo nacional está en unos 10 mm3. Llegamos así a una producción superior a 60 mm3 diarios. El salto hacia pies cúbicos no hace sino marear. La cifra brindada por el gobierno habría sido más sencilla y manejable si el anuncio oficial hubiese dicho que el volumen certificado garantizaba la producción y exportación durante unos diez años al ritmo presente, cualquiera que sea la forma en la que se la exprese, pies cúbicos o metros cúbicos. (Y tal vez menos, podría decirse, pues las reservas nunca son extraídas hasta llegar a cero y se las cierra, como en las cuentas bancarias. Salvo que esa previsión esté de alguna forma ya contenida en los cálculos oficiales. La cuantificación anterior no incluye proyectos industriales como petroquímica o El Mutún.)
El anuncio ha causado perplejidad. La cifra es inferior en cerca de un 10 por ciento respecto a otra anunciada en mayo por autoridades de YPFB (la información está en la red.) Los nuevos datos han aumentado la ansiedad generada por la urgencia de incrementar substancialmente las reservas del recurso que por ahora representa el sueldo de Bolivia. Parafraseando la obra monumental de Daniel Yerguin sobre el surgimiento y expansión de la industria petrolera en el mundo (The Prize, 1992), para Bolivia, el gas hace posible “dónde vivimos y cómo vivimos”.
Los volúmenes certificados son una porción de los que circulaban a principios de la década pasada, cuando se llegó a creer que el país guardaba el segundo mayor reservorio gasífero del continente después de los que tiene Venezuela. Pero se trataba de cifras meramente especulativas, Desde entonces, el total de esas reservas ha estado encogiéndose en un proceso que aún no logra ser revertido.

Subsidios en conteo regresivo

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Las filas de personas para comprar gas licuado, cada vez más largas estos días en las principales ciudades bolivianas,  me recordaron un estudio que hace unas semanas me envió  un ingeniero petrolero para demostrar que los precios más  bajos y subsidiados  incrementan el consumo exponencialmente, más allá de la capacidad de  los países para sostenerlos sin sufrir graves daños. En el estudio sobre 13 países de la región, Nicaragua, con los precios más  altos, es el que menos consume. Venezuela, con los precios más  bajos, es de  lejos el mayor consumidor. Bolivia ocupa el séptimo lugar en precio y consumo, pero la tendencia del consumo interno a crecer luce imparable. Esa tendencia es peligrosa en momentos en que las reservas gasíferas han caído a un quinto del volumen que ostentaban hace una década, cuando eran grandes las esperanzas de transformarlas en plantas petroquímicas y termoeléctricas y El Mutún industrializado parecía al alcance de la mano. Estos días, el consumo de GLP llega a unos seis  millones de metros cúbicos, cerca de lo que  consumiría el proyecto Mutún.

El  rey de los carburantes subsidiados en Bolivia es el diesel. De cada 12 bolivianos que cuesta un  litro importado de Venezuela, el consumidor sólo paga 3.72. Los otros 8.28 bolivianos salen del bolsillo del estado. Desde que el gobierno optó por el subsidio a los carburantes en la década de 1990, el gasto no ha cesado de crecer. Este año, la importación de ese combustible costará al Tesoro Nacional unos 1.100 millones de dólares (253 millones de dólares en el primer trimestre, según datos oficiales).

Si se mantuvieran los volúmenes y valores de las exportaciones gasíferas de los primeros meses,  al final de año Bolivia recibiría 5.916 millones de dólares, un récord espectacular. Pero también sería espectacular el monto por los subsidios, pues de cada 100 dólares recibidos como pago por las exportaciones a Brasil y Argentina, 18.5 ciertamente se habrán de desvanecer en subsidios.

Es natural preguntarse si la bonanza es sostenible. La respuesta de los expertos es condicionada por varios “si”. Si hubiese una producción suficiente para compensar una baja de precios con un aumento de las exportaciones; si la demanda de los compradores creciera o surgieran nuevos mercados para exportar, y si –este es el cuello de la botella- hubiese suficiente inversión como para garantizar una producción mayor sostenida.

Por ahora y desde hace rato, las inversiones en exploración y producción son mínimas en relación a las requeridas.  YPFB carece de condiciones para soportar sola un volumen de inversiones de miles de millones de dólares. Sus convocatorias han sido insuficientes para atraer capitales de la escala requerida por el sector. Los que trabajan en hidrocarburos sostienen que las inversiones que se realicen hoy podrán empezar a producir en una década, al menos.  En los siete años desde la toma militar de los campos hidrocarburíferos,  no se ha encontrado un nuevo campo Margarita o de magnitud aproximada capaz de elevar las reservas, cuyo tamaño real es un secreto. Sólo se conocen datos dispersos. Como todo parece  indicar que la capacidad de producción está al máximo, es incierto el efecto que ese ritmo puede tener sobre la producción de líquidos, que obtienen del gas la presión que necesitan para salir a la superficie.

No luce probable un aumento de la demanda de Brasil, cuyo ritmo económico ha disminuido este año y no es inminente una recuperación.  Menos mal, pues el país no tendría condiciones de cubrir una demanda mayor sin afectar las necesidades internas, ya visibles en las colas mencionadas al comenzar esta nota.   El cuadro que ofrecen los pacientes compradores de botellones de GLP, que también refleja una red de cañerías insuficiente para llegar con el producto a todos los domicilios, resume los desafíos que tiene al frente la  empresa estatal.