Presentación

Presentación del libro Labrado en la Memoria

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Susana Seleme Antelo

¿Qué le motivó a Harold Olmos escoger el título “Labrado en la memoria” para este libro, en mi criterio una obra monumental, que debiera leerse, releerse, masticarse para recordar siempre una parte sustantiva de lo ocurrido en Bolivia en los últimos años?

“Labrado en la memoria” es un libro “Para no olvidar” como titula el autor el Libro Cuarto de esta historia, monumental reitero, de 720 páginas.

No se trata solo de que lo se conoce como ‘el caso Rózsa’, o ‘el complot contra las autonomías’, o ‘EL JUICIO POLÍTICO CON CARÁTULA JUDICIAL TERRORISMO-SEPARATISMO’.

No. No es solo eso, lo que sería por demás suficiente.

Es, en realidad, un relato histórico.

Es una minuciosa crónica periodística e histórica de ese juicio, ordenada, ampliada y rigurosa en la descripción y análisis de los contextos internos y externos tanto políticos, jurídicos, económicos, sociales y diplomáticos que la rodearon y rodean.

Es la radiografía de lo ha sido una práctica común en la Bolivia de estos tiempos, sobre la administración de justicia y su deriva hacia la “judicialización de la política”, contraria al Estado de Derecho Democrático.

La obra consta de 4 libros. El primero es la reedición de la primera aproximación del autor a los hechos del 16 de abril de 2009, cuando fueron asesinados extrajudicialmente el húngaro-boliviano, Eduardo Rózsa, el irlandés Michel Dwyer, y el también húngaro Arpad Magyarosi.

Su título mantenido en esta edición, es una frase tomada de la película “Chico” sobre Eduardo Rózsa: “Allí donde me sepulten, nadie se arrodillara.

En ese texto, el autor refresca el perfil de ese personaje.

El segundo, tercero y cuarto libros, son el desarrollo del propio proceso en su fase de juicio oral, al principio itinerante, desde su instalación en 2012 en Cochabamba, luego en Tarija, Yacuiba y finalmente Santa Cruz de la Sierra.

“LABRADO EN LA MEMORIA” es la narración histórica que hace un profesional de la comunicación, la información y el buen escribir, como el periodista Harold Olmos.

Haberse metido a fondo en el estudio, el análisis y la vivencia diaria de lo que también él denomina el ‘Juicio del Siglo’, lo llevó a constar, mientras escribía, y lo cito,

“que estaba ante un caso que incluía mucho de la historia boliviana contemporánea”.

Y la incluye totalmente.

Esa es la historia que relata el autor, a veces de forma conmovedora, y otras brutal, detallada en sus contextos, como ya dije, acertadamente hilvanados y descritos, con una diáfana escritura y una incalculable información.

Nadie que no fuera el experimentado periodista que él es, podía haber visto esa veta de información que contenía “el juicio del siglo”.

Y nos la ha dejado para la posteridad.

Es la narración de un tema, en apariencia judicial, pero cruzado por el exceso del poder político y un ejercicio de poder obsceno.

El libro apunta a desenmascarar las lacras del juicio contra 39 imputados de delitos jamás cometidos. Y va detallando este proceso y sus arbitrarios métodos antijurídicos, en desmedro del ejercicio del Derecho como civilización jurídica.

Lo hace con objetividad profesional, sin estridencia alguna.

Así pone al descubierto a los autores intelectuales y materiales, en este caso ‘los victimarios’, todos personajes del alto mundo político oficialista y sus servidores.

No los califica, simplemente los ubica, los cita en algunos casos, en el escenario donde se hubieran desenvuelto, ya sea utilizando datos de prensa nacional y extranjera, o de primera mano, cuando asistía a las sesiones del juicio oral en esta ciudad.

En ese marco, Olmos pone el dedo en la llaga sobre el asesinato extrajudicial de las tres personas ya mencionadas.

Relata con lujo de detalles los hechos de aquella madrugada de abril de 2009, y lo cito: “cuando la policía, apoyada en una orden del Presidente de la República, irrumpió en el Hotel Las Américas de Santa Cruz, los mató y lanzó una persecución tenaz sobre dirigentes políticos, cívicos y empresariales de la región”.

En mi criterio, aquellas muertes son el único caso de terrorismo, en este caso ‘Terrorismo de Estado’, como puede deducirse de las evidencias presentadas en los más tres años de juicio oral desde que fue instalado, a pesar de las telarañas y preguntas que aun persisten.

Cada vez menos, en todo caso: sabemos quiénes son los “victimarios”.

Harold Olmos describe con magistral realismo el juicio oral, y lo cito otra vez,

“… incidencias diarias, las pequeñeces, el poder de la iniquidad, la acción obsecuente que se percibía en la sala con los designios mayores del poder que confirmaban las flaquezas y omisiones de la justicia… En lo personal, fue un aprendizaje. Como lo fue compartir las penurias de los detenidos y de los obligados a asistir a las sesiones que aprendieron a vivir solo en el perímetro de sus viviendas como alternativa a la prisión”.

“LABRADO EN LA MEMORIA” nombra y recuerda a todas las víctimas: las presas, las que sufren detención domiciliaria y las del exilio forzoso. A estos los llama LA VOZ DE LOS SIN VOZ, a las que representó uno de los imputados, hoy detenido en su vivienda.

Quienes salieron del país, no tuvieron otra opción porque ni el Estado, ni el el gobierno que lo administra, ni Poder Judicial subordinado al poder político de turno, les garantizó un juicio justo.

A falta de justicia, fue además un juicio inhumano, porque ahí la vida no valía nada. Quedó demostrado por las enfermedades e impedimentos que sufren algunas víctimas, dejándoles a ellos, a sus familias y amigos la sensación de impotencia e indefensión.

Durante el juicio, cuando la defensa de los acusados con graves problemas de salud invocaron ‘el derecho a la vida’, la respuesta del entonces fiscal Sergio Céspedes, ofendió, y ofende todavía, a las conciencias democráticas bolivianas y del mundo.

Dijo que “en Bolivia los tiempos políticos habían cambiado” y para simplificar su pensamiento agregó que “En la antigua Constitución Política del Estado se valoraba la vida. En esta nueva es Patria o Muerte”.

Hasta ahora no sabemos, como apunta Olmos, contra quién estábamos en guerra para semejante arenga bélica.

En todo caso, el juicio no ha destruido a los imputados, aunque si afectado profundamente a cada uno de ellos y ellas, a sus familias y a sus hijos, algunos muy niños entonces, que siguen siendo niños aun hoy.

El autor narra que la presentación por parte de los fiscales del régimen de los supuestos indicios e hipótesis, fue aberrante por la contaminación, suplantación y siembra de falsas pruebas. Entre otras razones, porque nunca tomaron en cuenta el debido proceso, es decir el lugar de los hechos y su juez natural que debía instalar y presidir el juicio.

Tampoco consideraron la norma legal, basada en el “iuris tantum”.

Es decir, en la presunción de inocencia, a pesar de que en todo proceso que respete las normas de un juicio justo, se la admite para probar la inexistencia de hechos que se imputan a los acusados, sin pruebas concluyentes.

Mientras leía “LABRADO EN LA MEMORIA” para que no se olvide nada, no podía dejar de recordar el libro, “El proceso” de Franz Kafka y la situación del protagonista, Joseph K, impotente, en esa atmósfera hostil, en la opresiva burocracia del impero austrohúngaro, en tiempos de la ‘Gran Guerra’ o Primera Guerra Mundial.

Y recordaba ese libro, porque aquel proceso que describió Kafka, se fue convirtiendo poco a poco en sentencia, como en este “Juicio del Siglo” .

Ambos se ajustan a lo que podemos llamar “el aparato judicial kafkiano”, que en Bolivia ha desterrado a las instituciones de un Estado de Derecho.

¿Es ese Estado, aquí, hoy y ahora, una especie en extinción?

El autor del ‘Juicio del siglo’, deja la pregunta, sin enunciarla, flotando en sus nutridas páginas.

Olmos escribe en el prólogo a la segunda edición que, y lo vuelvo a citar, “Pocos juicios en el mundo han durado tanto: siete años y medio… y nunca en Bolivia se había dado un proceso que involucrase alzamiento armado, terrorismo y separatismo. El cuarto elemento inicial, magnicidio, fue suprimido de la acusación porque habría sido imposible sustentarlo y acabaría bloqueando los otros elementos de la acusación que tampoco pudieron ser probados en tres años y medio de juicio oral”.

Revisar el índice de “Labrado en la memoria”, para no olvidar, es una invitación-interpelación a leer y seguir leyendo las cientos de paginas que están delante. Los títulos de cada capítulo son ideas fuerza, algunas poéticas, otras en clave de metáforas e impulsan para continuar la lectura.

En la parte final del libro, el autor relata que la defensa de uno de los imputados, convocó como testigos a los policías que intervinieron en el asalto al Hotel las Américas, donde fueron asesinaron extrajudicialmente las tres personas asesinadas.

Los testigos eran Marilyn Vargas, Walter Andrade y Gary López, dragoneante, capitán y subteniente de policías, miembros de la ahora disuelta UTARC. ¡Qué nombre: unidad táctica de resolución de conflictos… a bala como entraron al hotel de marras!

“Cercados por una muralla de policías”, relata Olmos, “ingresaron uno a uno a la sala de audiencias, gafas oscuras y traje de fajina mientras periodistas, fotógrafos, camarógrafos, parientes y amigos de los procesados eran expelidos de la sala…”

Se les pagó pasajes y reserva en las habitaciones ocupadas por Rózsa, Magyarosi y Dwyer en dicho hotel. Se negaron a pernoctar en ellas.

Durante la sesión, el tribunal resolvió que la sesión sería reservadas en previsión a las declaraciones que podrían hacer.

No puedo dejar de compartir con ustedes otro sentimiento que me fue dejando la lectura de este libro.

Ese sentimiento me remitía a la filósofa alemana Hannah Arendt, víctima del nacionalsocialismo en tiempos de Hitler. Se salvó porque, siendo judía, huyó, y pudo legarle al mundo su mirada lúcida y penetrante en libros sobre los totalitarismos, las revoluciones, la violencia, la condición humana, entre otros.

Lo que me martillaba la cabeza, era la elaboración de Arendt sobre el concepto La banalidad del mal, con el que describió a Adolf Eichmann en el juicio que se le siguió en Jerusalén en 1961 por su intervención en “la solución final del problema judío”.

No se trata de comparar o encontrar similitudes entre uno y otro juicio. Se trata de constatar, como hizo Arendt, y la cito, “la larga carrera de maldad, la terrible banalidad del mal” que le impedía al acusado darse cuenta de sus “horrendos actos y el daño que había causado”.

El y todo el aparato nazi tenían licencia para matar, por eso nada les importó, ni los métodos usados, ni las víctimas, ni sus familias, ni los entornos.

Esa es la terrible banalidad del mal, que se arropa en la naturaleza de la INjusticia en Bolivia, en manos de dirigentes políticos, de funcionarios del aparato estatal y del gobierno; de policías corrientes o miembros de fuerzas especiales, que van por el mundo sin inmutarse por las culpas que pesan sobre sus espaldas.

No les hace mella “la larga carrera de maldad, la terrible banalidad del mal”, como dice Arendt que han ejercido sobre sus semejantes, hombres y mujeres, y sobre toda la sociedad.

En este juicio del siglo, los autores intelectuales y materiales del complot contra las autonomías, del asesinato extrajudicial de tres personas, de todo el vicioso desarrollo del juicio, de las vidas truncadas aquí o en exilio, van por la vida como si no hubiesen cometido maldad alguna.

Esa banalidad del mal indigna.

“LABRADO EN LA MEMORIA” es un libro para no olvidar. También para aprender. Gracias Harold por tu memoria fiel a la historia y al oficio. Santa Cruz y Bolivia te lo agradecen.

Santa Cruz de la Sierra 3 de junio 2017

La noche de Alcides

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Alcides Parejas Moreno festejó sus 70 años con el fruto de una idea que hacía tiempo germinaba en su cabeza. El martes 28, ante unos 300 convidados, presentó “Historia de los Cruceños”, obra mayúscula que reconfirma su condición como uno de los intérpretes y narradores más sólidos y prolijos de la historia del oriente boliviano. Como cierre de oro que engalanó una noche repleta de sentimientos regionales, la celebración dio lugar a una de las mayores veladas cívicas de los últimos tiempos y a una reafirmación de los valores que esculpieron la personalidad de la región por encima de las adversidades.
La presentación de la obra tuvo el marco musical del sexteto vocal Contrapunto, que premió al auditorio con piezas del folclore romántico y picaresco de la región, y trajo una atmósfera alegre que invadió el patio principal de la Fraternidad “Haraganes”, una de las más tradicionales de la ciudad. Al prolífico escritor, sumergido en el éxtasis de su celebración, el sexteto le ofreció un tema que caló profundo en la audiencia. El escritor apretó los ojos unos instantes y al abrirlos disfrutó con asombro la plenitud de la interpretación que el sexteto le regaló: “A mi manera” (My way), de Frank Sinatra. Fue una forma de patentizar, en ese momento, la tradicional conducta cruceña de no dejarse vencer.
“El espíritu cruceño fue siempre el de vencer. Nuestra voluntad de salir adelante nunca va a cambiar”, dijo el decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Privada de Santa Cruz, Víctor Hugo Limpias, al presentar la obra. Resumió un sentimiento de desánimo colectivo respecto a algunas porciones de sus élites que estos días se percibe en toda la región. “Vamos a salir de este momento complicado…vamos a salir adelante”, enfatizó, al subrayar que el cruceño es un pueblo que nunca dejó de construir. “Esta Historia no termina aquí; los cruceños seguiremos adelante pese a cualquier obstáculo, porque es nuestro destino, porque así queremos que sea…”
A su lado, el novelista Ruber Carvalho fue más incisivo: “…Las luchas cruceñas del 11% que costaron sangre, sudor y lágrimas se van quedando en el olvido de la nueva gente de un estado plurinacional racista y discriminador. El sólo pensar en un retorno folklórico al indigenismo es remar contra la corriente, cuando todos los ríos tienden ir al mar. Y del mismo modo que estamos perdiendo la perspectiva del mar, estamos equivocándonos de camino en esto de la locomotora de la economía que ni siquiera nos dejan conducirla.”
Parejas lucía preso del éxtasis de quien ha cumplido una de sus metas más acariciadas. En un somero agradecimiento, dirigido primero a sus padres, su esposa Carola (“más paceña que el chuño”), sus hijos, sus nietos (“de los que cada día me enamoro más”), hermanos y la multitud de Parejas que llenaban páginas cuando había guías telefónicas, convocó a los cruceños a reafirmar el apego y orgullo por sus cosas propias, de la historia a las costumbres que conforman su ser y que postuló no dejarse quitar. “!Primero lo cruceño!” La voz le salió ronca. “Si no somos cruceños, ¡cómo vamos a ser bolivianos!”
Contrapunto dio el contorno musical a las ideas que acompañaban a las frases del historiador y, bajo una algarabía entusiasmada, interpretó la popular canción carnavalesca “Que viva el Camba”.
¿Cómo fue la gestación y culminación de la obra?
“Fue fácil”, me había dicho con feliz espontaneidad durante una entrevista en la que le pedí que describiera el ambiente en el que la idea fue concebida: un mar de libros, folletos, manuscritos y miles de otros documentos del Archivo de Indias, en Sevilla, cuando hace casi medio siglo quemaba sus pestañas estudiando en la Universidad de Navarra.
Para Parejas la empresa resultó fácil porque, al tener clara la meta desde temprano en su carrera de historiador, había ido construyendo los peldaños que, a lo largo de una treintena de obras, fueron el andamio para llegar sin atajos a la “Historia de los Cruceños”. Cada paso de esta construcción fue una obra redonda, inclusive los ensayos, con un diseño narrativo asentado en las historias que encontró y estudió.
La mayoría de los personajes de sus novelas surgió del conocimiento del pasado y presente de Santa Cruz de la Sierra (hace énfasis en decir siempre el nombre completo) a través de su vida de estudios de una región del continente de la que es erudito como muy pocos.
El desplazamiento histórico de “Historia de los Cruceños” (471 páginas, Editorial La Hoguera) conecta algunos personajes y episodios que el lector de las obras de Alcides Parejas encuentra apropiadamente ubicados en “El Señor de El Dorado”, “La Francesita” y “Mi nombre es Clotilde”, tres de sus novelas más recientes; la obra trae el Memorándum de 1904, documento geopolítico boliviano fundamental, casi desconocido en las regiones occidentales, inclusive entre algunos de sus líderes máximos, y llega al “cabildo del millón”, a fines de 2006 , la última hazaña multitudinaria escenificada en Santa Cruz de la Sierra frente al poder central.
El libro es mucho más, pues también trae compendios de la cultura cruceña, la economía regional y, hasta no hace mucho, su precaria vertebración física como una enciclopedia concentrada que no debería faltar en ninguna biblioteca, especialmente del oriente boliviano.
Como el título de uno de sus ensayos, esa noche del 28 de octubre “Santa Cruz era una fiesta”. El marco risueño también lo dieron jóvenes de Casateatro, el grupo teatral cruceño a cargo de René Hohenstein, ex director del Festival Internacional de Teatro que bianualmente se escenifica e esta ciudad. Los jóvenes, vestidos a la usanza del Siglo 19, protagonizaron una fugaz representación de Alcides d’Orbigny, Clotilde, y otros personajes de las novelas del historiador.
Ruber Carvalho resumió su opinión sobre la obra: “El libro de Alcides, por el título, la presentación y el contenido, me da envidia, no sana envidia, como tantas veces se dice, sino simplemente envidia”.

¿Sobornos para ceder el Acre?

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Entretelones de la historia (*)

Los cesión de territorios bolivianos a Brasil fue resultado no sólo de las debilidades de un país que descuidaba sus fronteras y carecía de una diplomacia consistente como la que estructuraban sus vecinos más importantes. Aparte de las deficiencias logísticas y la fragilidad de Bolivia, que acababa de perder su litoral con Chile, en la guerra del Acre pudo haber existido otro factor desagradable y desconocido oficialmente: la codicia y liviandad de funcionarios bolivianos que se habrían dejado sobornar. Los supuestos sobornos pueden haber sido cartas en la baraja del forjador de las actuales fronteras brasileñas e inspiración permanente de la diplomacia de ese país: El Barón de Rio Branco. Pero la posibilidad de investigarlos documentalmente fue enterrada hace dos años, cuando Brasil acordó cubrir con un “silencio eterno” la información que cursa en sus archivos sobre los conflictos con Paraguay (Guerra de la Triple Alianza) y Bolivia. El motivo era no mancillar la imagen histórica del estadista, reverenciado en Brasil como lo es Bolívar en Venezuela y Bolivia.
Este elemento de las relaciones brasileño-bolivianas es uno de los capítulos novedosos que trae “Relaciones Brasil-Bolivia: La Definición de las fronteras” (Plural Editores, 246 páginas), una obra densa del periodista boliviano residente en Brasilia Walter Auad Sotomayor. Este jueves  8 de agosto tuvo su primera presentación en La Paz. Después lo hará en Cochabamba y en Santa Cruz.
Auad Sotomayor recorre la historia de las relaciones entre Brasil y Bolivia con la óptica de boliviano que reside en el país vecino hace muchos años y la agilidad narrativa de un periodista sazonado. Parte desde la colonia y pasa por las cortes de España y Portugal, hasta desembocar en las guerras libertarias y, de allí, observa el surgimiento de las repúblicas en las que se fragmentaba el imperio español frente al bloque unitario que se consolidaba en la región continental portuguesa.
Se suele decir que Brasil resultó grande porque los portugueses querían tener a España muy distante. A Bolivia, eso le representó 290.000 kilómetros cuadrados, casi una Santa Cruz. Pero el éxito brasileño en permanecer como un conjunto puede también ser atribuido a la visión de la corona portuguesa de traer al reino a Brasil y a mandar desde la colonia, lejos de las guerras que consumían las energías del viejo continente.
Bajo protección inglesa entre 10.000 y 15.000 hombres desembarcaron en Brasil junto a la corte en sólo un par de días en 1807. Probablemente fue una de las mayores operaciones navales hasta entonces conocidas. El historiador sugiere que esta masiva importación de recursos humanos confirió solidez al imperio que se gestó dando continuidad a una gestión administrativa bajo lentes más objetivos que si hubiese buscado una visión autóctona. En poco tiempo había un ejército organizado, un banco oficial y una diplomacia profesional. Bolivia, en contraste, se consumía en su lucha por consolidarse.
De la lectura de la obra se infiere que las relaciones con el gigante surgido al este, al norte y al oeste y que debían haber sido privilegiadas por los fundadores de Bolivia, surgieron de la intermediación de un diplomático colombiano más que de una gestión boliviana inteligente. También deja suponer que una buena gestión diplomática habría prevenido la guerra del Pacífico. El escritor detalla gestiones infructuosas (1838) del Mariscal Santa Cruz para conseguir apoyo naval brasileño que, años después, podían haber disuadido el avance de Chile sobre la costa boliviana y peruana.
La tenacidad de la frágil diplomacia boliviana para defender las conexiones nacionales con la ribera occidental del rio Paraguay resultado del tratado de San Ildefonso (1777) exhibe la incomodidad de depender casi totalmente de puertos sobre el Pacífico y la importancia de consolidar y ganar accesos al Atlántico, como después se insistiría desde Santa Cruz (Memorándum de 1904).
Este es sólo uno de los muchos episodios que emergen de la obra Auad Sotomayor. Por ejemplo, resulta evidente el empeño de Estados Unidos, al que el actual gobierno declara enemigo, por ayudar a Bolivia a paliar sus heridas causadas por la guerra del Pacífico y socorrerla en la cuestión del Acre.
La obra transcribe algunos acápites en la prensa cuando Brasil debatía el “sigilo eterno” sobre capítulos de la historia del vecino país. De un artículo de la periodista Eliane Cantanahede, de Folha de S. Paulo, el 18 de junio de 2011, extrae los siguientes párrafos (la periodista es una de las tiene mayor crédito en Brasil):
“En Itamaraty, los intereses (de sigilo eterno) son la Guerra del Paraguay (Triple Alianza) entre 1864 y 1870, cuando la población masculina fue prácticamente diezmada, y principalmente la compra del Acre a Bolivia (1903).
“Mientras la cuestión con Paraguay es tratada por historiadores, la compra del Acre podría exponer a Brasil internacionalmente bajo dos aspectos: afectar la imagen del Barón de Río Branco, ícono de las Relaciones Exteriores, e incluso generar cuestionamientos jurídicos sobre las fronteras.
“Quien conoce la papelada dice que hay documentos del Barón ofreciendo so¬borno al gobierno de Bolivia en la época”.
El presidente Morales no estaba lejos de la verdad cuando, en 2006, en Londres, espetó sobre delegados brasileños que asistían a una conferencia y en la que se había hablado de la toma militar de las instalaciones de Petrobras en Bolivia, que a su país lo despojaron de territorios extensos y que incluso había llegado a cederlos a Brasil a cambio de un caballo. Sólo que el mandatario boliviano confundió la geografía: Mato Grosso por el Acre y los tiempos y personajes.
La historia es más específica, recuerda Auad Sotomayor. La presencia boliviana en el Acre era mínima y, tras varios incidentes en los años anteriores, la derrota fue decidida cuando el Barón de Rio Branco lanzó un ultimátum: Brasil tenía 8.000 hombres prontos a avanzar sobre la zona. Bolivia, sólo un décimo. La debilidad de Bolivia, derrotada en la guerra del Pacífico, facilitó el avance de las metas de Brasil que, al agudizarse la controversia sobre el Acre, prohibió el tránsito de mercaderías de y hacia Bolivia por las rutas del Amazonas. De la lectura se siente que Bolivia tenía una soga en el cuello amarrada desde dos puntas: en el oeste, con Chile, y en el este, con su vecino mayor.
Otros hechos habían sucedido para desembocar en la orfandad boliviana. La tentativa de formar un consorcio anglo-norteamericano para administrar el Acre y volverlo una región viable para Bolivia fue resistida activamente por Brasil, cuenta el escritor, que temía que el consorcio conllevase propósitos que más adelante pudiesen amenazar su propia soberanía. Los estados locales antipatizaban la instalación de una aduana que empezaba a cobrarles impuestos sobre el caucho, la riqueza que había movilizado a millares de brasileños hacia el lugar en el que eran franca mayoría.
Jugó con la mano de Brasil la torpeza boliviana en sus relaciones exteriores que la dejaba sin amigos decisivos. Belzu había expulsado al encargado de negocios inglés en 1853 en medio de “desmanes”, de acuerdo a la descripción del autor. Ese nivel de relaciones sería repuesto 44 años después y hecho efectivo sólo en 1903, cuando el Acre ya estaba perdido.
Auad Sotomayor registra que la negociación que definiría el futuro del territorio se llevó a cabo en Petrópolis, cerca de Río de Janeiro, en un lugar inconveniente, por lo menos diplomáticamente: la casa del Barón. Con la disputa con Bolivia, el Barón iba a alcanzar el cénit de su prestigio diplomático. Bolivia había rechazado tanto la compra como un canje de territorios y la tensión entre los dos países crecía y se especulaba sobre una guerra. Bolivia llegaba al territorio disputado en meses, a veces hasta más de un año, y los empresarios bolivianos tenían que pasar por territorio brasileño.
La obra subraya que a cambio de los territorios adquiridos, en el Tratado de Petrópolis (1903) Brasil cedió trozos estratégicos: los 2.300 kilómetros cuadrados de Mato Grosso que reabrieron a Bolivia el margen derecho del rio Paraguay sobre una ribera de 400 kilómetros y permitieron construir Puerto Busch, ahora vital para exportar por el Atlántico. Resultado del reacomodamiento fronterizo es también la actitud de Brasil, constituido en garante de la integridad territorial boliviana.

(*) Esta nota fue publicada también hoy en El Diario, La Paz

Gary Prado Salmón vuelve a la escena

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Hace un par de semanas Agencia de Noticias Fides hizo pública una entrevista que tuve con Gary Prado Salmón. El texto es el siguiente:

El general  (r) Gary Prado Salmón volvió esta semana al escenario nacional con una nueva obra, la sexta de su trabajo narrativo, histórico y analítico desde que culminó su carrera militar. En “Los Militares y la Revolución Nacional” (Ed. Nuevo Mundo, 390 páginas), presentada en el Club Social de esta ciudad el martes 11 pasado,  Prado Salmón recapitula períodos de la intervención y participación de los militares en los gobiernos que se sucedieron a partir de la Guerra del Chaco.

En el amplio  contexto de la obra, el general, cuya compañía Ranger pasó a la historia al rendir y capturar al legendario guerrillero argentino-cubano Ernesto Ché Guevara en 1967, rememoró un pasaje fundamental de las negociaciones de paz con Paraguay que permitió que quedara dentro de Bolivia un área  donde se encuentran algunos de los principales campos de gas natural. Y al abordar, durante la ceremonia de presentación, los momentos actuales de Bolivia, dijo: “Hemos perdido el rumbo nacional…no sabemos a dónde vamos”.

La presentación colmó las instalaciones del comedor central del club más tradicional de Santa Cruz, en la Plaza 24 de Septiembre esq. Ayacucho. Unas trescientas personas asistieron a la presentación, en una muestra de la convocatoria y simpatía de las que goza el general de 72 años.  “Si a alguien se le debe rendir homenaje en este país es al general Prado Salón”, dijo el ex prefecto y dirigente movimientista  cruceño, Marcelo Velarde Ortiz.

Prado Salmón figura entre los 39 acusados en el proceso que preside el fiscal paceño Marcelo Soza por presunto terrorismo y alzamiento armado. El juicio, que podría comenzar en este primer trimestre del año, es resultado de la acción de un cuerpo de élite de policial boliviana, ya disuelto, que en la madrugada del 16 de abril de 2009 tomó el Hotel Las Américas, a pocas cuadras del lugar de la ceremonia del martes, y acabó matando a tres personas: el combatiente de los Balcanes Eduardo Rózsa Flores (boliviano-croata-húngaro), Michael Dwyer (irlandés) y Arpád Magyarosi (húngaro).

La ceremonia anticipó las dificultades que tendrá  la acusación en sustentar los cargos contra un ex comandante de la División del Ejército con sede en esta ciudad que goza de un amplio respeto. Y generó aplausos de la audiencia, en la que había un gran número de militares retirados, cuando narró uno de los elementos más novedosos de su obra al relatar detalles que otro militar, el general Elías Belmonte Pabón, había descrito en su obra “Sombras y refulgencias del pasado”.

Prado Salmón mencionó la habilidad de Belmonte Pabón, unido a la sagacidad del ingeniero petrolero cruceño Dionisio Foianini, en las negociaciones de paz con Paraguay. Ambos, recordó Prado Salmón a la audiencia, consiguieron convencer a Argentina que apoyase la condición boliviana para la paz: que el ejército paraguayo se retirase 150 kilómetros hacia el este, a partir de las serranías de Aguarague y Charagua. Esa extensión encierra la región desde Camiri hasta Yacuiba, y garantizaba a Bolivia un corredor de ancho similar por el que podría levantar líneas férreas para el ferrocarril hasta Argentina. Pero en la misma zona se encontraban  los yacimientos de Sararenda y Carandaití, sobre los cuales ha girado la riqueza petrolera y gasífera de Bolivia.

“Trato sólo de mostrar el camino de la revolución nacional y el papel de las fuerzas armadas en esa ruta”, dijo el general retirado en una entrevista con ANF.  En la obra subraya el papel militar en la nacionalización de la Bolivian Gulf y en la forma secreta en que el gobierno interino del general Alfredo Ovando, en 1966, gestionó y logró firmar con Alemania  el contrato para construir hornos de fundición, más de década y media después de la nacionalización de las minas.

En la entrevista con ANF, Prado Salmón dijo que, años más tarde, había coincidido con Víctor Paz Estenssoro en Washington y que le preguntó por qué no se habían construido los hornos durante el período de gobierno del MNR. Paz le había respondido –dijo- que una de las condiciones para que Bolivia normalizase sus relaciones con Estados Unidos y recibiese ayuda económica de ese país era que no se construirían los hornos. “La (empresa inglesa, con Patiño como principal accionista)  Harvey era muy poderosa e influyente y los ingleses presionaron para que se evitase que Bolivia emprendiese esa obra, complemento de la nacionalización”, le habría dicho Paz Estenssoro. “La Harvey empleaba a unos 5.000 obreros y el gobierno inglés temía que se perdiesen esos puestos de trabajo”, agregó Paz.

Prado Salmón narra muchos de los momentos cumbre de los militares en el gobierno sin elaborar detalles de los momentos negros de las dictaduras militares. “Mi propósito con este libro es solamente mostrar el camino que siguieron las fuerzas armadas al lado de la revolución nacional”, dijo.

Habla en su obra del “Primer Congreso Indigena” convocado bajo el gobierno de Villarroel y de los pasos hacia la agroindustria iniciados por el MNR desde 1952 en adelante. “Antes importábamos azúcar peruana Cartavio. Guabirá nos independizó en ese rubro”, dijo al presentar su libro.  “Creo que ahora parte de nuestro azúcar de cada día es de nuevo importado”.

Prado Salmón tiene en sus principios dos obras más:  Una novela que parte de la independencia y llega a nuestros días y otra biográfica sobre Hormando Vaca Díez, el ex presidente del Senado que por acuerdos políticos fue alejado de la posibilidad de ocupar la presidencia cuando renunciaba Carlos Mesa.