Prensa

¿Publicar mentiras de un presidente?

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The New York Times registró hace dos semanas un censo de las mentiras del presidente Donald Trump desde que asumió el mando el 20 de enero.  La publicación contabilizó un centenar, casi una por día, que habría sido todo un récord, no sancionado como tal solo porque se desconoce si hay algún registro o alguna competencia en curso cuyos resutados sean verificables y comparables.

El mayor caudal ocurrió el 16 de febrero, con seis falsedades, desde la afirmación incorrecta de que nunca había votado el dia de la elección tanta gente en Florida (con Bush, Clinton y Obama hubo una afluencia mayor) hasta la de que Waltmart iba a anunciar la creación de 10.000 nuevos trabajos en Estados Unidos gracias a las políticas de su gobierno (en verdad, la empresa había hecho el anuncio tiempo atrás, en octubre, antes de las elecciones). Sus jactancias han sido embarazosas para muchos dentro y fuera de Estados Unidos, menos para él. Decía, por ejemplo, que media hora en el teléfono le ahorró al bolsillo del país 725 millones de dólares en un negocio con China, pero los precios habían sido acordados antes de que fuera presidente.

Por lo general, las falsedades o incorrecciones del mandatario eran hasta entonces amortiguadas con frases como ¨no ofreció evidencias¨ o no presentó detalles. Para el 23 de junio, fecha de la publicación, la avalancha había sido tan copiosa como para dejar claro que las falsedades de un presidente deben ser reproducidas por los medios al público sin eufemismos para que éste juzgue la calidad ética de sus gobernantes o cuánto puede creerse de lo que dicen.

El censo de mentiras fue definido como parte de la misión de los medios ante la sociedad en la que actúan. El mando y el liderazgo no justifican faltar a la verdad, menos esconderla a la audiencia. Los comentaristas concluyeron que la divulgación de las mentiras y exageraciones obra como antídoto para evitar que los líderes piensen que todo el mundo acepta sus falsedades o que nadie duda de sus extrapolaciones tipo ¨somos los mejores¨, ¨somos los únicos¨ o ¨nadie lo hace mejor que nosotros¨.

La experiencia es didáctica y ha puesto en evidencia que las expresiones y acciones de los líderes deben ser registradas en cuanto son noticia e interesan a la comunidad, pero acompañadas del contexto debido sin esconder mentiras e incorrecciones que puedan contener. El público, con todo, debe estar atento y no dejarse sorprender.

Vueltas de la vida

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Fue en la segunda mitad de junio de 1972 que dos periodistas del Washington Post se encontraron ante un hecho noticioso que los colocaría en la senda de una de las mayores historias informativas del Siglo XX que catapultó, dos años después, la renuncia de Richard Nixon, gestor de la apertura histórica hacia China y de una nueva relación con la entonces Unión Soviética.

Acusados de mentir, al igual que la legión de colegas que después siguieron la noticia, Bob Woodward y Carl Bernstein cumplieron su tarea informativa pese al poder del estado que dirigía un presidente electo por un alud de votos y que abusaba de su efímera popularidad. Contaron la historia de uno de los mandatos presidenciales más siniestros, guiados por un misterioso ¨garganta profunda¨ que sugería ¨sigan el dinero¨ para iluminar callejones oscuros, rutas frecuentes del poder sin control y de vicios que a él se asocian. Los periodistas nunca revelaron la identidad de su fuente, William Mark Felt, el segundo en el FBI, hasta que él mismo lo hizo en 2005, tres años antes de morir.

La historia de esa epopeya informativa resurge ahora con los embates del presidente Donald Trump contra periodistas y medios, que a diario divulgan entretelones de su gestión con apenas 150 días y que tienen como sustento las rutas de negocios con jerarcas de Rusia. En esas rutas suelen ocurrir los mayores tropezones y las peores caídas de muchos poderosos en todo el mundo. Nixon estaba obsesionado con estabilizar las relaciones con Rusia, actitud que en estos tiempos equivaldría al tejido apretado que forman los vínculos comerciales rusos con la familia Trump.

Pero para muchos que creen que USA va rumbo directo a un nuevo Watergate, el hotel donde ocurrió el episodio de espionaje para ayudar a Nixon a ganar la reelección, los propios medios han recordado que llegar al estadio en que el trigésimo séptimo presidente tuvo que renunciar ante la inminencia de un impeachment que lo inculparía, costó dos años, hasta el 9 de agosto de 1974. Es decir, los desenlaces inmediatos son muy raros. Dos años constituyen, en todas partes, una eternidad en la que todo puede suceder, inclusive que Trump emerja robustecido de la que él llama la peor campaña de desprestigio contra un presidente a través de la que denomina ¨prensa mentirosa¨.

Igual que en otros países, las encuestas muestran que la mayoría cree más a esa prensa y desconfía de sus denigradores.

 

Perlas de la libertad de prensa

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En la segunda semana de febrero, cuando la administración de Donald Trump aún se instalaba, The Washington Post y The New York Times trajeron la primicia sobre los vínculos extranjeros de un asesor de la Casa Blanca en seguridad nacional. En pocos días, el general (r) Michael Flynn era alejado de uno de los cargos más influyentes del mundo, en un sismo cuyos remezones demolieron el miércoles pasado el mandato del director del FBI, James Comey, y elevaron la adrenalina en la política estadounidense como pocas veces en su historia.
Es raro que un alto funcionario de la inteligencia o, mejor, del espionaje, sea relevado de modo tan sumario y que la noticia le llegue por un ayudante que le dijo que las pantallas a su espalda, en el salón donde dictaba una conferencia, anunciaban un hecho real y no una broma como creía: Trump lo había destituido.
Solo días antes, el mandatario había elogiado al funcionario, en un zig-zag de opiniones desconcertantes en las que Comey pasaba de repente de héroe a villano y viceversa, de ¨persona maravillosa¨ a ineficiente. Al despedirlo, el mandatario dijo que no hacía buen trabajo y que el FBI le había perdido confianza. Para su desazón, el director encargado tras la destitución encomió el trabajo del destituído y ante un subcomité que lo examinaba aseguró que la institución nunca le perdió confianza. Algo más grave parecía rodear el despido. El FBI investigaba, bajo el funcionario despedido, a qué grado habría llegado la supuesta interferencia informática rusa en las elecciones del año pasado en detrimento de Hillary Clinton y en favor de Trump.
Antes que Comey, la Procuradora General encargada, Sally Yakes, había tropezado con el mandatario al decidir que los fiscales a su cargo no apoyarían la orden genérica de bloquear el ingreso de ciudadanos de países musulmanes a USA porque era una orden illegal. Más tarde había tratado de llegar a Trump para exponerle el peligro de la presencia en su círculo más estrecho de una persona con fuertes vínculos con Rusia que, además, había trabajado para el gobierno turco, del que había recibido honorarios cuantiosos. Le iba a hablar de Flynn. Fue un esfuerzo suicida pues acabó dimitida. Al igual que Comey, Yakes supo de su despido de modo indirecto: por los medios.
Todavía en desarrollo y en suspenso creciente, estos episodios han llegado al público con gran detalle gracias a los medios informativos estadounidenses, que estos meses evidencian su valor en sociedades modernas y abiertas, donde son considerados como expresión de un derecho primario. Para los demócratas, la tarea investigativa rigurosa y profesional de los medios es el mejor antídoto contra autocracias, dictaduras y cualquier sistema de naturaleza prorroguista.

Enemigos del pueblo

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Fue el 23 de febrero que el presidente Donald Trump descargó su ataque más furioso sobre los medios informativos de mayor peso en su país.  Al coronar una secuencia de traspiés en las relaciones internacionales que han hecho que muchos en el mundo se pregunten sobre su equilibrio mental, dijo que los medios eran embaucadores y ¨enemigos del pueblo¨. Apuntó a The New York Times, The Washington Post y redes televisivas a los que, horas más tarde, cerró la Casa Blanca, en una actitud generadora de solidaridad de otros grandes medios. Time Magazine y The Associated Press, la cooperativa gigante de noticias que sirve a unos 1.800 medios solo en Estados Unidos y a unos 5.000 en todo el mundo, decidieron ignorar las sesiones informativas y cubrir cualquier hecho esencial sin intermediación oficial. Nunca en la historia estadounidense se ha dado un enfrentamiento de esa magnitud entre los medios y el presidente.

El insulto de llamar a los medios ¨enemigos del pueblo¨ coronó una secuencia de traspiés con la prensa y evocó los tiempos de Joseph Stalin.  Originada, dicen los historiadores, en la Revolución Francesa, el déspota georgiano abrazó la expresión que después equivaldría a muerte, en el peor de los casos, y  destierro en el más benigno.  Nina Khuruscheva, bisnieta de Nikita Khruschev, recordó la macabra expresión al escribir que su bisabuelo la había denunciado al atacar el culto a la personalidad, un par de años después de la muerte de Stalin, el 5 de marzo de 1953.

A esa muletilla todavía acuden regimenes que buscan concentrar el poder y evitar que el público identifique dónde ocurren las mentiras.

Tres días después de su exclusión de las sesiones informativas, los dos diarios trajeron una primicia que ha hecho tambalear a Trump. Ambos mostraron que el Fiscal General Jeff Sessions mintió al negar ante el Congreso que hubiese tenido contactos con el Embajador ruso, Sergey Kislyak, de extraordinaria habilidad para hacer amigos. Los tuvo y en los días que siguieron se multiplicaron las presiones para apartarlo de una comisión bicameral que investigaría la interferencia rusa para afectar las elecciones del 8 de noviembre y frenar a Hillary Clinton,  a quien el hombre fuerte de Rusia, Vladimir Putin, considera enemiga. Hace un par de semanas cayó Michael Flynn, asesor de seguridad, por haber conversado con diplomáticos rusos sobre las sanciones de Obama cuando dejaba la Casa Blanca y sugerir que Trump las revocaría. Sessions no pudo resistir la avalancha y se recusó de integrar la comisión investigadora que, por jerarquía, le correspondía presidir. Las conclusiones que puedan emanar de esa comisión son ahora un gran punto de interrogación para el presidente que queda desprovisto de una línea de protección.

Es el mayor enredo desde los peores tiempos de la Guerra Fria. El vendaval arrecia al aumentar las presiones para que Trump abra al público su declaración de impuestos. En su negativa de hacerlo yace la sospecha de que el multimillonario presidente trataría de esconder negocios en una escala multimillonaria gigante de prebendas recibidas de los rusos. Con el mundo aún asombrado por otros pasos del mandatario, cobra ímpetu la pregunta insistente de sus críticos y partidarios: ¿Quo vadis? ¿Adónde vas?

La gran batalla

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La “era Trump” comenzó el fin de semana pasada, pero por todo lo visto, el campanazo de largada ocurrió apenas se conocieron los resultados de la contienda electoral del 8 de noviembre. La curva ha sido de agravamiento y nada hace pensar que socios, aliados y vecinos pronto dejarán de caminar de puntillas. Una era de incertidumbre está instalada en el mundo.
Donald Trump asumió el mando con la admonición de porciones considerables de la sociedad norteamericana. Al escribir esta columna, cientos de miles de estadounidenses marchaban hacia la capital para repudiar al nuevo mandatario, en una manifestación masiva de descontento político rara vez vista en ese país. En las principales capitales del mundo la atmósfera era de estupor. Ninguno de sus predecesores asumió el mando con niveles de aprobación tan bajos. A Barack Obama le costó 18 meses descender al 44% de aprobación de los más de 60 % que tuvo al asumir. A George W.Bush le llevó cinco años (durante su segundo mandato) llegar al nivel de 40% o menos con el que empieza Trump. El flamante mandatario, resumía el New York Times, ni siquiera había empezado su gobierno y ya batía un record. Y por lo sucedido en los dos primeros días, el flamante mandatario no tiene interés en revertir la antipatía creciente que se manifiesta hacia él. Gran Bretaña, que jugó su destino al optar por apartarse de la UE, cruzaba los dedos esperando que la suerte la acompañe con el hasta ahora impredecible Donald Trump. No había bases reales que volviesen sólidas esas esperanzas, inclusive las que origina la visita de la PM Theresa May a la Casa Blanca prevista para fines de este mes.
Los críticos subrayaban que Trump ignoró la tradición de sus predecesores y en lugar de buscar superar las divisiones entre quienes lo apoyaron y los que votaron por Hillary Clinton las acentuó. Causó estragos entre la comunidad negra cuando menospreció al líder y senador John Lewis, uno de los mayores íconos de los derechos civiles. El desdén llevó a Lewis a declinar asistir a los actos de posesión. Estuvieron de su lado 60 senadores con similar actitud.
De todos los países aliados de Estados Unidos, el único contento de verdad parece Israel, por el desagrado del nuevo mandatario con la actitud de estadounidense en las Naciones Unidas, que facilitó la condena internacional a los asentamientos en territorios asignados a los palestinos. Trump les dijo a los israelíes que pronto estaría de su lado para reparar el daño. Ni hablar de los mexicanos e inmigrantes en Estados Unidos.
La batalla principal tiene por escenario a los medios de comunicación, cuya ¨arma¨ más potente es el trabajo profesional probo y exhaustivo que el nuevo mandatario no ha logrado desactivar. Como todo líder inclinado hacia la autocracia, Trump ha estado inerme ante el alud de informaciones, reportajes y opiniones que han ayudado a desnudar fragilidades, contradicciones y peligros de la administración entrante. No parece confortable en debates democráticos. Los observadores subrayan que los medios, con la libertad de prensa y de opinion bajo protección constitucional, son los garantes efectivos de la democracia y la convivencia y que muchas lecciones derivarán de la puja en curso.
La mayor defensa directa de Trump han sido sus ¨tweets¨. En uno de sus últimos antes de posesionarse afirmó que alguien le habia dicho que era ¨el Ernest Hemingway de los 140 caracteres¨. David Remnick (The New Yorker), subrayó que le faltó identificar a ese ¨alguien¨.

Notas al margen

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Los medios informativos impresos, radiales y televisivos y los sitios electrónicos que se nutren de los medios impresos o sus páginas digitales vivieron una extraña jornada de indecisión que los incapacitó para lidiar con la muerte brutal del Viceministro Roberto Illanes tan pronto como se supo la noticia. Erbol partió primera con la información y estuvo como única referencia durante las horas dominadas por la incertidumbre. A través de radio Pio XII, parte del conglomerado de 300 emisoras que forman la cadena, tuvo la iniciativa de hablar con el director de una radio que reportaba la tragedia para Erbol. La operación noticiosa estuvo a cargo del periodista Moises Flores, director de la Radio Fedcomin (Federación de Cooperativas Mineras).
En la que quizá fue una de las mayores primicias de su vida, informó que había visto el cadáver de la autoridad del gobierno ¨en la zona de las antenas¨ de la emisora, probablemente en el patio o fuera de los estudios de transmisión. A partir de ahí pasaron cinco horas antes de que el Ministro de Gobierno Carlos Romero hablase al país. El lugar donde fue dejado el cadáver de la autoridad era impreciso. A la versión del periodista Flores se agregó la del Ministro de Trabajo Gonzalo Trigoso quien dijo que el cadáver del funcionario estaba en un barranco. La localización del cadáver de la infortunada autoridad se convertía en un eslabón importante de la investigación. Tras la versión que ponía Erbol en sus páginas, vino la petición (tal vez el término no sea apropiado) del Ministerio de Comunicaciones para reprimir toda información sobre el caso mientras no hubiese una versión oficial. No hubo un detalle justificativo de la decisión, pero consiguió el propósito de levantar, de momento, una muralla alrededor de la noticia.
La mayoría de las versiones digitales de los medios calló lo ocurrido durante horas. La televisión encontró una razón para no informar y las emisoras de mayor sintonía continuaron la programación habitual que llena las primeras horas de la noche. Y salvo raras excepciones, las páginas digitales de los medios impresos pasaron por alto lo que ocurría. Página Siete estuvo entre las excepciones al mantener en su primera página la escueta versión que había dado Erbol, la única que durante horas tuvieron los bolivianos. A diferencia de lo que ocurría entre medios locales, algunos sitios internacionales de la web, en base al trabajo de corresponsales de agencias de noticias, traían información amplia de lo que acababa de ocurrir.
Transcurrieron más de cinco horas entre la emisión del boletín de Erbol y la declaración televisada del Ministro de Gobierno, Carlos Romero. Si alguien esperaba que el funcionario trajese algún detalle mayor sobre la suerte del viceministro se encontró con que la autoridad, voz trémula y palabras que parecían pesarle toneladas, solo confirmaba la tragedia anunciada por el periodista radial. La voz del presidente Morales solo vino mucho después, para denunciar una conspiración, los actores acostumbrados: la derecha, el imperialismo y el capitalismo.
La tragedia de Panduro, el lugar del crimen, es reminiscente del asesinato de Vicente Álvarez Plata, cuando era Ministro de Asuntos Campesinos de Hernán Siles Zuazo, en 1959. Lo mataron campesinos de Achacachi pero los culpables, a aquellos que se presumía que fueron culpables, no fueron ni enjuiciados ni castigados.
La tragedia es también un desafío y una oportunidad para los medios tradicionales. Hay avidez por conocer, no mediante opiniones sino vía información, detalles relevantes de lo que ocurrió, por qué ocurrió y cómo y en qué magnitud alteran el escenario político del país. De modo general, algunos observadores ven en lo ocurrido el eslabón de una cadena extensa que se origina en las estrecheces económicas a las que ha entrado el país.

Aniversario en tiempos de tormenta

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A principios de este mes cumplió 73 años una de las expresiones más célebres del periodismo venezolano y una de las ventanas de una lucha obstinada por la libertad de prensa en el universo hispano-parlante. Junto a Tal Cual Digital, El Nacional de Caracas es el medio periodístico de crítica más abierta al régimen de Nicolás Maduro. Y uno de los que ha pagado un precio muy alto por ejercitar esa libertad. Fundado el 3 de agosto de 1943, su aniversario transcurrió como una jornada informativa más en un largo camino de oposición al régimen del Socialismo del Siglo XXI.
Fundado por el novelista Miguel Otero Silva, El Nacional contó, en las historias escritas por sus reporteros y editores, los pasajes más relevantes de la vida contemporánea venezolana. Sus páginas se lucieron con informaciones sobre la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, y el advenimiento de la democracia, en la que alcanzó su mayor esplendor. Sus páginas fueron recorridas por escritores de primera magnitud, Arturo Uslar Pietri, Ramón J. Velásquez y Simón Alberto Consalvi, entre ellos. En los años de las dictaduras en América Latina, este diario, que nunca renunció al formato tradicional, fue una de las pocas luces informativas veraces en el continente.
Y fue también un refugio para quienes subían desde el sur del continente perseguidos por los regímenes de fuerza. En la delantera de estrellas de El Nacional figuró Ted Córdova-Claure, (Catavi, Bolivia 1932-Havelock, USA 2011) una de las figuras más señeras del periodismo boliviano. Firma conocida en las redacciones de los diarios del continente, tras asumir la jefatura de informaciones internacionales, Córdova-Claure confirió al periódico una jerarquía informativa mayúscula. Gracias a la red de amigos y de contactos forjada por este compatriota boliviano, El Nacional estuvo entre los primeros en contar con corresponsales propios en las principales capitales del continente. Desde sus oficinas en el barrio de El Silencio, los regímenes autoritarios y dictatoriales estuvieron en jaque constante. Con Córdova-Claure destacado a Londres y Carlos Silva Valero, subdirector de la sección, a Buenos Aires, la cobertura que ofreció el periódico sobre la guerra de las Malvinas estuvo entre las más completas de los medios de habla hispana.
La posición crítica del periódico respecto a la estructura de poder que dominaba Venezuela durante gran parte de la era democrática lo llevó a apoyar al Tcnl. Hugo Chávez en la elección de 1998. A los pocos años, el régimen del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) empezó a considerarlo un enemigo. Miguel Henrique Otero, hijo del fundador y uno de los periodistas perseguidos por el régimen Nicolás Maduro, es hoy voz itinerante a favor de la democracia en su país. Por ironía, había sido uno de los simpatizantes del régimen del comandante Chávez en sus primeros años.
Bajo una dieta forzosa de papel que impuso el gobierno a la mayoría de los medios impresos, ha dirigido esfuerzos notables a su edición digital. La reproducción de informaciones que el año pasado publicó un periódico español sobre vinculaciones de líderes del régimen con un cartel del narcotráfico le significó un juicio por difamación aún en curso. La noticia que había registrado el diario ABC de Madrid se basaba en informaciones del capitán de corbeta Leamsy Salazar, uno de los encargados de la seguridad de Chávez y también de Nicolás Maduro.
La lucha cuesta arriba que libra el diario se siente en el bolsillo de sus lectores. Un ejemplar de su edición aniversario costaba 700 bolívares, 14 veces los 50 bolívares de Últimas Noticias, uno de sus competidores.
Las dificultades no han empañado su chispa para producir encabezamientos que atrapan al lector. Decía la presentación de una noticia hace un par de días sobre las filas interminables, a veces de más de 30 horas, que deben realizar muchos venezolanos para comprar alimentos:
¨Las largas filas para comprar comida se han convertido en la nueva diversión de un país que estaba acostumbrado a los fines de semanas de fiesta y playa.¨