Precios

La segunda baja

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Cuando los precios del petróleo empezaban a estabilizarse tras el derrumbe de la segunda mitad de la década de 1980, la desolación económica ya había cundido entre los grandes productores y sus consecuencias políticas eran inocultables. Exhausta y desgastada por las deficiencias económicas que agobiaban al ciudadano tanto como la opresión, la Unión Soviética contempló impotente la caída del Muro de Berlín y luego su propia disolución, en un final que nadie osó llorar en público.

La desaparición de la que por gran parte del Siglo XX fue la Patria Roja, representó la mayor baja de la contracción de precios de la materia prima estrella de los mercados hace 30 años. Tercer productor mundial después de USA y Arabia Saudita, el petróleo suma un tercio del PIB ruso y 60% de sus exportaciones. Rusia también se angustia cuando caen los precios.

Los analistas dicen que el hundimiento en curso desde la segunda mitad de 2014, ha sido un factor aún no cuantificado en el deshielo entre Estados Unidos y Cuba, que no habría querido continuar enemistada con la principal potencia del planeta mientras se desvanece su aliado incondicional.

Por carambola, la primera baja del turbión actual ha sido el fin de la guerra fría regional que durante más de medio siglo acaparó la atención de las cancillerías occidentales. Ahora parece llegar la baja siguiente.

El Socialismo del Siglo XXI que apuntalaba la exuberancia financiera de Venezuela   entró en crisis de identidad tras la reconciliación cubano-estadounidense y sufre una agonía que no luce reversible.

Sin mucho más para ofrecer y las arcas exhaustas, el régimen inaugurado por Hugo Chávez recibió una estocada profunda el 6 de diciembre, réplica del terremoto que dos semanas antes había apartado al peronismo del gobierno argentino tras décadas de ejercicio. Los naipes empiezan a mostrar el rostro de la segunda baja de la contracción de precios: Venezuela y, de alguna manera, sus socios en el socialismo que intentaba reproducir, con variantes más livianas, el modelo que había lanzado casi un siglo atrás la ahora ex URSS.

Con el gobierno de la presidente Dilma Rousseff sumergido en la crisis política y económica en que se debate Brasil, pocos apuestan a una sobrevida prolongada del sistema de gobiernos populistas que hace poco parecía solo crecer.

El presidente Morales estaba en lo cierto cuando en Buenos Aires decía que de su estirpe pronto iban a quedar solo dos: él y Nicolás Maduro. Rafael Correa, de Ecuador, no correrá por un nuevo período consecutivo. Como se dibuja el escenario venezolano, -y el boliviano pre-referéndum- la previsión del presidente puede ser optimista.

 

En la huella argentina

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El triunfo de Mauricio Macri el domingo pasado ha generado una preocupación manifiesta en los regímenes y corrientes del Siglo XXI en América del Sur. Una mirada a los registros informativos de los días más recientes confirma la idea y exhibe los esfuerzos para hacer creer que no es así y que los que deberían preocuparse son los ganadores y los que con ellos simpatizan.

No habían transcurrido dos días cuando surgía el instinto de supervivencia entre los líderes de la corriente que se va. La presidente saliente argentina rompía el silencio tras  la victoria de Macri y anunciaba batallas para prevenir cualquier cambio que pretendiese eclipsar lo que hizo su gobierno en 12 años de ejercicio. Gestos y entonación eran los de una presidente entrante o de candidato en los últimos días de camaña. En seguida le llovieron críticas que la apuntaban como mala perdedora. Macri le respondió que el país que alardeaba no era el que en la realidad le estaba dejando y le aconsejó tomarse un descanso.

El nuevo gobierno se prepara para descubrir realidades que bajo el gobierno saliente fueron un misterio: inflación real y reservas internacionales en el banco central, piezas informativas sin las cuales es imposible conocer el estado real de la economía y planificar. Los datos que guardan las instituciones financieras oficiales vecinas son una caja de sorpresas.

Lo que ocurre estos días parece una repetición de la historia con tintes más dramáticos. Hace 35 años, el socialcristiano venezolano Luis Herrera desconcertó al socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, quien le entregaba el mando alardeando los años de su gobierno, marcados por gastos a manos llenas y endeudamiento externo masivo. ¨Recibo un país hipotecado¨, anunció Herrera ante la ceremonia con representantes de casi todo el mundo. El peso de la herencia se hizo sentir a lo largo de todo el gobierno socialcristiano.

En Bolivia, el presidente Morales, que había expresado sus preferencias por el candidato perdedor Daniel Scioli y vaticinado que ¨habrá problemas¨ si ganaba Macri (ningún presidente simpatizante fue tan lejos, pero ahora dice que irá a su posesión), dirigió una carta de ocho líneas al vencedor. Habría valido la pena pasar la misiva por una prueba de calidad de la sintaxis, que comprobaría fallas quizá admisibles en el lenguaje oral y coloquial pero no en el escrito.

Las informaciones de esta semana dejan claro que Bolivia no tendrá de Argentina las concesiones que tuvo bajo el gobierno que se va. El vecino ahora se propone, a lo más, pagar el precio internacional, inferior al que le factura Bolivia. Es difícil no suponer que el nuevo ambiente que guiará la relación bilateral ha sido atizado por las declaraciones del Presidente y de Vicepresidente, disconformes con la elección del nuevo líder argentino. Todo esto ocurre cuando asoma una nueva negociación para renovar el contrato de aprovisionamiento de gas a Brasil.

Luce muy distante el momento en que Luiz Inacio Lula da Silva planteó ayudar a Bolivia para superar el rezago que llevaba respecto a otras naciones del continente. ¨Queremos un vecindario próspero¨, dijo Lula, al subrayar que Bolivia requería de ayuda de sus vecinos mayores. Fue un gesto que pocos dudarían de calificar como noble. En ese marco podrían colocarse los acuerdos y precios para el gas natural que Bolivia vende a sus dos vecinos.

A la vuelta de la esquina están las elecciones legislativas en Venezuela, para Bolivia tanto o más representativas que las de Argentina. Un triunfo opositor –ninguna encuesta vaticina lo contrario- cerraría los costados al gobierno boliviano. Con el gobierno de Dilma Rousseff, encapsulado por escándalos que lo amenazan y agravan la inercia de su economía, Brasil carecería de un salvavidas de porte para lanzar a su vecino. Una derrota de Maduro equivaldría al derrumbe del Muro de Berlín que poco después precipitó la disolución del socialismo real que presidía de la Unión Soviética hace un cuarto de siglo.

Con miedo de la felicidad

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Los índices excluyen un optimismo inmediato y las recomendaciones son  claras: hay que prepararse para un empeoramiento y la recomendación más sensata es abrocharse  los cinturones. Resta por comprobarse si también en la economía se aplica la sentencia fatal del Richard Nixon: Como le vaya a Brasil así le irá a América Latina (diciembre, 1971, en un brindis para el militar dictador brasileño que lo visitaba en la Casa Blanca).

La racha de malas noticias la encabezó el estado general de la economía de nuestro vecino gigante. El PIB decrecerá en 1,7 %, porcentaje mayor al 1,5% previsto al comenzar el año. La diferencia de 0,02% representa  algunos miles de millones de dólares respecto a los tres billones calculados para el PIB de Brasil, entre el sexto y séptimo del mundo. La  señal más reciente de la contracción vino de la industria, que encogió un 6.3% en los primeros seis meses del año, declive que se refleja en una baja del 20%  de la producción automovilística. El índice de la industria automotriz arrastra a todos los demás con valor tangible para la economía. Un elemento positivo (cada nubarrón tiene una orilla plateada) es la amplia difusión de estas noticias, que corren sin censura ni temores, y la ejecución de planes de una austeridad severa.

El impacto del fenómeno brasileño se siente en las zonas fronterizas a causa del valor del real,  nunca tan débil desde finales de 2002, cuando Lula se preparaba para asumir el gobierno ¨sin miedo de ser feliz¨ (el grito de combate del Partido de los Trabajadores) y la ansiedad dominaba los mercados financieros.

Hace pocos días, el kilo de pollo brasileño llegó a costar cinco bolivianos en los friales de Puerto Quijarro, mientras cundía la angustia entre los avicultores cruceños que con 9-10 bolivianos el kilo no podían competir. Ese valor era la mitad del año anterior. Entonces y ahora, la moneda boliviana gozaba de un prestigio con pocos paralelos pero cada vez más asfixiante para los productores nacionales. En estos tiempos, es palpable el poder de compra de la divisa nacional, pero allende las fronteras. Con el equivalente a 100 dólares se compra más fuera de Bolivia que lo que compran 685 bolivianos.

La variedad de manifestaciones refleja el fenómeno de ¨la gateadora¨, descrito a comienzos de año por el ex prefecto cruceño Rolando Aróstegui, cuando en los llanos el agua avanza indetenible. Su alcance luce continental. (En Venezuela, dos bolivianos sobran para llenar un tanque de 40 litros de gasolina, resultado del laberinto en el que se encuentra el vecino país.)

En nuestro medio, muchos encogen los hombros en señal de ¨a mí no me toca¨, pese a que perciben que ¨la gateadora¨ cobra un ritmo peligroso. Ejemplos que avalan esa figura son los conflictos de Potosí y la inquietud de las regiones indígenas ante la apertura a la exploración y explotación petrolera de áreas naturales que consideraban intangibles.

Con Lula investigado dentro de uno de los mayores escándalos de la historia sudamericana y cientos de miles en las calles en demanda de un enjuiciamiento de la presidente dilma Roussef, muchos brasileños se preguntan estos días si valió la pena aventurarse sin miedo en busca de una felicidad que, al menos fuera del paraíso terrenal, luce demasiado escurridiza.

Tobogán petrolero

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La estabilidad relativa que gobernaba los precios del petróleo tras encogerse a la mitad de los niveles de hace un ano ha sido de nuevo alterada y ahora está en curso probable una nueva picada. ¿Qué productores aguantan?

Venezuela necesitaba un precio promedio de 120 dólares el barril para equilibrar su presupuesto, (su PIB se encogerá un 7% este año, de acuerdo a la mayoría de las previsiones), Irán requería de $US 130  y Rusia precisaba que le pagaran  US$ 90 mientras su PIB estaba rumbo a achicarse en 5%. Esto era antes de que los precios volvieran a ingresar al tobogán y perforasen la base de 50 dólares el barril en la que parecían asentados desde hacía un trimestre.

Bolivia había calculado que sus ingresos por ventas de gas natural, ligados a los precios del crudo, bajarían unos 30 o 40 millones de dólares. La autoridad que dio la cifra hace pocos meses evitó precisar en cuánto tiempo, seguro que para evitar alarmas. Pero si decía que esa diferencia sería semanal, no habría estado lejos de la verdad, aunque ella misma entonces no  lo habría creído.

El nuevo descenso, que desmiente la idea de que un repunte firme estaba en curso, ha venido tras el acuerdo alcanzado por seis potencias del mundo desarrollado (Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Rusia, Francia y Rusia) con Irán, que compromete al régimen de los ayatolás a someter sus planes nucleares a controles y verificaciones creíbles.

Para todo el mundo, ha sido el anuncio de que uno de los países con mayores reservas petrolíferas del mundo pronto estará bombeando a toda máquina, libre de embargos. Con el mercado ya repleto, eso solo puede significar precios más bajos.  Las cotizaciones descendieron con prisa ante la perspectiva de que los oleoductos iraníes dupliquen sus entregas al mercado para llegar en pocos meses a 2.3 millones de barriles por día. El telón de fondo, sin embargo, son los bitúmenes que han cubiertos las necesidades de Estados Unidos y han ingresado al mercado con una fuerza que luce imparable.

Es bajo ese trasfondo que han ocurrido dos movimientos tectónicos en el último medio año: el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba y el acuerdo con Irán. Nada asegura que serán los únicos.

Este panorama debería estar en la mente de los dirigentes nacionales a diario para promover un ambiente de concordia que permita sortear apreturas que pronto pueden mostrar dientes tan afilados como que los que aparecen con las demandas de Potosí para que se cumpla en su integridad un pliego de demandas suscrito hace cinco años.

Facetas de “la gateadora”

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Las encuestas muestran nubarrones para el partido de gobierno y en plena campaña crecen las señales que anuncian el fin de la abundancia financiera vivida por Bolivia a lo largo de casi una década. Con rumbo a los $US 40 el precio promedio del barril ($US 107 en junio), el  petróleo continúa sin base firme. La Organización de Países Exportadores de Petróleo no logra alterar la tendencia, como un piloto a cuyo avión se le acaba el combustible y sólo espera un aterrizaje forzoso sin fatalidades. Venezuela, el adalid del socialismo del Siglo XXI, se encamina hacia un desenlace nada risueño.

Para Bolivia, el remezón ya muestra su cara fea, pero en tiempos de campaña para ganar los gobiernos departamentales y municipales, los candidatos prefieren obviarlo. En ese marco puede situarse el desafío del Primer Mandatario a los empresarios para que inviertan un equivalente de hasta 3.000 millones de dólares, mucho más que los 1.200 millones de dólares que han previsto para la gestión. (Esa suma “es una vergüenza”, según el Ministro de Hacienda, Luis Arce.) No está muy claro si hay capacidad ni a qué sectores dirigirían los empresarios sus inversiones, ni cuánto de las previsiones involucran al área de hidrocarburos. La inversión pública, dijo el presidente Morales, será ampliamente mayor y superará los 7.000 millones de dólares, en una tendencia semejante al aumento del valor que tuvieron las exportaciones.

El  llamado de urgencia para nuevas y mayores inversiones refleja los esfuerzos por enfrentar los tiempos austeros anunciados en cartelera. Los anuncios tomaron un tono más gris cuando un ex presidente (Carlos Mesa) tocó un tema tabú generalmente eludido por las autoridades: ¿Es posible mantener el tipo de cambio enyesado desde hace años?  Una variación brusca y acentuada sería sísmica para un sistema financiero dominado por el valor de la moneda local. Las autoridades parecen pretender que la Tierra está firme en el universo. “Eppur si mouve”, diría Galileo.

Todo converge en la imagen que hace un tiempo expresó el ex prefecto de Santa Cruz Francisco Aróstegui: “la gateadora”, o el crecimiento paulatino, generalizado e inexorable de las aguas de  los ríos amazónicos cuyos daños pueden ser catastróficos si no se construyen defensivos apropiados.

La gateadora

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Los precios de casi todas las materias primas y productos agrícolas  declinaron a lo largo del año que acaba de irse. Este lento descenso ha sido eclipsado por el derrumbe estrepitoso del petróleo y sus consecuencias económicas y políticas más inmediatas, pero su amenaza sobre naciones como la nuestra puede ser mayor que la que nadie querría imaginar. Ese avance puede poner a prueba la creencia de que las reservas monetarias del país son garantía en los tiempos de vacas flacas a los que se ha ingresado.

Están acosados los 15.000 y pico millones de dólares de los que se ufanan las autoridades. Una porción está en oro, cuya cotización ha bajado en un 40%  la semana que pasó respecto a un año atrás. El euro, parte de la canasta de divisas del Banco Central, declina frente al dólar, que se yergue poderoso con la economía expansiva del mayor país capitalista.  Al cuadro se agrega el declive de las remesas de bolivianos en Europa, que se encogen al igual que el valor de la moneda europea o que deben retornar al país porque no hay más trabajo.

Soya y granos en general no están más en los niveles de hace dos años, cuando el júbilo de los productores ensordecía. Los minerales también retroceden y los productores procuran subsidios del Estado.

Con Cuba y Estados Unidos en pleno deshielo, y Rusia empantanada en su condición petro-exportadora, están cada vez más solos  los que creen que el capitalismo está por morir.

Nadie ha arriesgado decir oficialmente cuánto Bolivia dejaría de percibir en el nuevo ciclo  petrolero. El presidente dijo que la  nueva tendencia sólo “salpicaría” a Bolivia, el Ministro de Finanzas aseguró que los ingresos menores serían compensados con los combustibles importados más baratos, pero sin ofrecer cifras para corroborar la afirmación,  y el vicepresidente dijo que desde julio o agosto la merma estaría entre 40 millones y 60 millones de dólares. Si decía que eso sería mensual, se habría aproximado a la realidad.

El ex prefecto de Santa Cruz Rolando Aróstegui compara el panorama con el que ofrece un fenómeno de la temporada lluviosa que en el Beni se lo conoce como “la gateadora”. Las aguas sobrepasan sus contenciones naturales y avanzan desde todas las direcciones a ritmo lento, persistente y avasallador, dice Aróstegui, y sus efectos resultan calamitosos si las comunidades por las que avanzan no se unen  para crear defensas. Eso incluye reconocer errores, subsanarlos,  resolver disputas y sanear agravios en aras de un bien mayor: evitar que “la gateadora” destruya todo.

La primera baja

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Algunos recién parecen enterarse, pero desde hace meses solo crece la onda gigante de un nuevo tsunami petrolero cuyas dimensiones pueden ser percibidas mejor recordando algunos rasgos y consecuencias del anterior.  La disparada de precios de hace 40 años,  cuando se triplicaron al fragor de las guerras del Medio Oriente,  fue seguida de un colapso, en medio de una feroz competencia entre productores que llevó los precios a una fracción de los que regían hasta poco antes. En su recorrido, la escalada contribuyo a la desaparición de la Unión Soviética, económicamente exhausta, con empresas ineficientes y con la carga insoportable de la invasión a Afganistán.

Con el petróleo como su producto rey de exportación, una Rusia financieramente fuerte, con recursos para cubrir las crecientes demandas de su sociedad, podría haber resistido un poco más. Pero la tormenta era demasiado fuerte, incluso para un imperio como el soviético donde no se ponía el sol. En pocos años estaba desmembrado. Todos sus satélites recuperaron la independencia y su autonomía y se apartaron del imperio cuando Yeltsin arrió la bandera roja y levantó en el Kremlin la celeste-blanca de Rusia hasta antes de la revolución bolchevique.

El petróleo venezolano llegó a ser cotizado  hasta en seis dólares el barril. (Venezuela podría haberse dado por feliz, pues en otras latitudes el precio bajó hasta dos dólares.) A mediados del año que acaba,  nadie, ni en pesadillas, habría soñado con que el precio del petróleo llegaría a los niveles a los que de esta semana, peor aún a los niveles de algunos vaticinios pesimistas. La banda de 50-60 dólares es dolorosamente insoportable para algunos países. Imagínense lo que sería en niveles de 40-50. Para Bolivia, el desequilibrio de estos días puede costarle más de 1.000 millones de dólares a lo largo de un año, entre el 3% y 4% de su Producto Interno Bruto (todo lo generado por la economía en un año). En otras palabras, el crecimiento de la economía podría aproximarse a cero en 2015.

La economía de la patria de Bolívar ya daba tumbos cuando los precios empezaron a precipitarse. Es irreal creer que Cuba, en cuyo socorro acudió el fallecido presidente Hugo Chávez tras el  infarto fatal de la ahora ex URSS, no percibió que podría extinguirse pronto el apoyo venezolano expresado en unos 100.000 barriles diarios de petróleo a precios subvencionados y  ocupación para decenas de miles de profesionales. Perderlo sería tanto o más grave que lo que fue la extinción de la ayuda soviética. Muchos creen que un cálculo frío llevó a la cúpula cubana a buscar neutralizar otros frentes, en la medida de lo posible y conveniente.

El factor petróleo que sofoca financieramente a Venezuela es crítico para explicar el rumbo reconciliador tomado por Cuba y Estados Unidos.  El deshielo cubano-estadounidense se yergue como la mayor baja política del segundo tsunami petrolero en medio siglo.  Gorbachov no imaginaba que la  crisis petrolera de los años de 1980 que encogió sus ingresos por exportaciones acabaría con la URSS, durante décadas la estrella del rumbo de todos los que navegaban por la izquierda.  Es interesante ver que la crisis en curso vuelve a afectar notablemente las finanzas rusas y ha diezmado el valor del rublo, empeorado con las sanciones provocadas por la intervención en Ucrania, que muchos hallan equivalente a la que atascó a los soviéticos en Afganistán.

La escalada de precios de hace cuatro décadas, creó entre algunos exportadores una sensación de bonanza sin fin y un endeudamiento desproporcionado. Fue el caso de México, cuyas finanzas quebraron en septiembre de 1982, y de Venezuela, meses después, en febrero de 1983. Recuerdo que Luis Herrera Campins, el presidente venezolano de esa época, aseguraba que “Venezuela no es México” y que para el país era preferible endeudarse que pagar al contado porque el petróleo,  su mercancía primordial, iba siendo cada vez más cara. La afirmación fue desmentida en poco tiempo.

Bolivia ingresaría al remolino vertiginoso de la deuda externa e inflación un par de años después, con el vendaval que vino: renuncia prematura de Hernán Siles Zuazo, la llegada de Víctor Paz Estenssoro y su decreto estabilizador 21060, que rige aún ahora los destinos económicos del país.

En el rastro del sismo

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Publicado en El Deber, 7 de diciembre, 201

Las señales circulan por todas partes y nadie podrá decir que no las vio. El petróleo, la materia prima cuya energía mueve al mundo, ha entrado a una era de incertidumbre, sus precios se desploman y por ahora nadie puede precisar a dónde llegarán. Rusia ya anunció que tendrá una recesión en 2015, atrapada por la combinación letal de sanciones que le ha costado la invasión a Ucrania y  el colapso de los precios de su principal producto de exportación.  El entusiasmo de quienes sueñan con la recomposición del imperio de los Gulags choca con la realidad de ver al rublo precipitarse sin fondo visible abrumado por un dólar que estos meses sólo se robustece.

La falla sísmica abierta por el petróleo cruza Irán y sofoca a los miembros de la OPEP fuera del Golfo Pérsico, pasa por Nigeria y llega a México, que ha tenido en el petróleo un pilar básico de crecimiento. El recorrido llega con fuerza a Brasil, donde Petrobras ve riesgos para su plan quinquenal de inversiones que prevé gastar 220.000 millones de dólares, con un precio por barril que debía llegar este año a un promedio de 105 dólares, casi 40 más que los niveles de los primeros días de diciembre. El conglomerado brasileño calculaba 95 dólares por barril en 2018, previsión que hoy luce desproporcionadamente irreal. Algunas publicaciones ya mencionan cotizaciones inferiores a 50 dólares.

El impacto es dramático en Venezuela, arrinconada en un callejón político y social que no parece tener salida y que se vuelve cada vez más estrecho y más oscuro. El desabastecimiento vuelve distante la época de las navidades que reflejaban una abundancia envidiada en el resto del continente. El sueldo mínimo es estadísticamente el menor de la región: 30 dólares mensuales si se quiere convertir su valor con el cambio del mercado negro, el único donde realmente se consigue la divisa norteamericana. Allí la relación es 25 veces más cara. Ese valor salarial  compite con el de Cuba, que equivale a 20 dólares.

En nuestro país el gobierno jura que aquí no pasará nada y como armadura exhibe las reservas internacionales atesoradas por el Banco Central.  Que las cosas no están tan bien en las empresas de estado acaba de recordarlo el conflicto de Enatex, que antes de derivar en empresa estatal gozaba de un mercado cierto en Estados Unidos. Con los desastres que ya causa, hay que esperar que el sismo no tenga remezones.

Una tormenta perfecta

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Los precios del petróleo continúan en un remolino que esta semana los ha llevado a los niveles más bajos en años, en una tendencia que parece duradera. El fenómeno resulta de una combinación de factores que impide determinar a dónde llegarán. Estos días se ha hablado de una plataforma de $US70 dólares el barril, un 30%-40% menos que a principios de año. El abrupto descenso tiene en alerta roja a las economías de Venezuela, que necesita de $US120 el barril para equilibrarse, y de Irán, que requiere de $US140. El fenómeno también lo sufre Rusia. Con el rublo en picada, sus líderes recuerdan con aprehensión que el derrumbe de precios en la década de 1980 desembocó en el colapso de la Unión Soviética, tras la caída del Muro de Berlín.

La crisis es un dominó que viene del propio ascenso en espiral de los precios, hace más de una década, que estimuló inversiones y promovió nuevas fuentes de energía. Entre sus resultados está la explotación comercial de las rocas bituminosas de América del Norte, que ha traído al mercado los bitúmenes y ha cortado por la mitad las importaciones de Estados Unidos, ahora rival de Arabia Saudita por la corona de primer productor mundial.

Hay abundancia de petróleo. Por añadidura, los sauditas han rebajado el precio del crudo para clientes estadounidenses. Las señales aparecen por doquier. Ninguna anuncia el fin del capitalismo sino una etapa en la que inclusive corrientes políticas que parecían seguras están en la mesa de juego. Los altos precios resultaron en tecnologías que optimizaron el rendimiento del combustible. La que ha empezado parece una tormenta perfecta que alinea diversos factores y, de alguna manera, siembra semillas para un orden diferente.

El ciclo que parece acabar fue propulsado por el asombroso crecimiento económico de China, la insurgencia de la India y el beneficio que la onda trajo para las economías emergentes. La desaceleración china, la sobreproducción y baja de precios del petróleo y las apreturas de algunos regímenes izquierdistas, son relámpagos en esa turbulencia. Los brasileños, que acaban de reconducir a Dilma Rousseff, comienzan a percibir cambios, no necesariamente bienvenidos. Las tasas de interés están otra vez en subida y la pobreza extrema aumentó por primera vez en 10 años. El dato es oficial pero fue mantenido en reserva para no perturbar las elecciones del 26 de octubre.

Dilemas (bolivianos) de la energía

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Las señales han sido persistentes en los últimos meses: está en curso una declinación de los pecios del petróleo. Los picos elevados de casi 150 dólares el barril parecen algo del pasado sin  retorno a la vista y más bien persiste la tendencia a la baja. ¿Y eso tiene algo que ver con Bolivia, que produce y exporta gas natural? Mucho.
Los precios petroleros influencian los del gas natural. En algún momento, cuando llega la renegociación de precios, hacen sentir su peso.  Se trata de energía, y el gas representa más del 20% de la energía que consume el mundo. El petróleo es todavía el rey y el comportamiento de sus cotizaciones refluye sobre muchas otras materias primas y es decisivo para la economía planetaria.
Pero la cuestión que debe interesar a los productores de energía no es tanto la de los precios como la declinación del consumo de petróleo y derivados por parte de los motores de la economía mundial. Estados Unidos ahora produce más y ahorra más energía que hace  unos años, en tanto que la maquinaria de la economía china está disminuyendo el ímpetu asombroso que la caracterizó toda la década pasada. El último trimestre el producto interno bruto de China creció un 7,7%, menor al 8% esperado por la mayoría de los analistas, refería una crónica reciente de The New York Times. El año pasado, en el mismo trimestre su crecimiento fue del 7,9%, y ya venía en descenso respecto a períodos anteriores. En abril, el sector manufacturero de ambos países creció menos de lo esperado, lo que equivale a decir a los proveedores de materias primas: les compraremos menos.
Eso se traduce en una reducción de la actividad en la economía de los países productores. Ahí emerge una de las características odiadas del capitalismo. Cuando surgen los precios, muchos están felices, especialmente los productores de las materias primas apetecidas del momento. Pero cuando la demanda empieza a ceder y los precios caen,  llega el momento de saber si los países que se beneficiaron con la bonanza la aprovecharon y agregaron valor a sus exportaciones. Por lo que vemos, Bolivia, a siete años de la toma de los campos de Petrobras, Bolivia recién empieza a hacerlo. Pero aún no hay moléculas de gas industrializado ni han crecido las reservas heredadas del “neoliberalismo”. De los 53 trillones de pies cúbicos de reservas de los que se hablaba la década antepasada, ahora estamos en un quinto de esa cantidad (11,2 trillones, según la máxima autoridad de YPFB, poco más de 9 trillones, según algunos analistas). Con cualquiera de las cifras, podríamos quedar sin gas para exportar en tres o cuatro años más, a menos que intervengan copiosas inversiones, que el país no está en condiciones de realizar ni empresas privadas muestran interés por hacerlas.
Las autoridades repiten constantemente que los ingresos por las exportaciones se han multiplicado. Pero omiten decir que los precios por los líquidos que importamos se han multiplicado en precio y cantidad, y que la producción de líquidos que teníamos a fines del siglo pasado se ha reducido drásticamente. Una razón principal para esta declinación: no ha habido inversiones suficientes para aumentar reservas y producción.
La ausencia o limitación de recursos para la exploración también resulta del subsidio que se asigna a los carburantes, en especial diesel, que compramos de Venezuela a aproximadamente un dólar el litro, valor del que, en las distribuidoras, pagamos sólo la mitad. El resto lo paga el estado. Este año, la subvención representará 1.060 millones de dólares. Como comparación, el valor de sólo un año es 20% más que los 844 millones de dólares calculados para la planta de amoniaco y urea a construirse en el trópico cochabambino (provincia Carrasco), uno de los mayores proyectos industriales de Bolivia.
Con los subsidios en niveles insoportables para la economía, no es extraño escuchar insinuaciones del gobierno sobre la urgencia de eliminarlos.  Para quienes observan el curso de la industria, los dilemas parecen claros: subsidios o industrialización; subsidios o exploración y explotación. La cosa es quién le pone el cascabel al gato.