Paraguay

La diplomacia en el largo plazo

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La revista dominical Doble Click, de Los Tiempos, trajo este domingo una nota que los historiadores y comentaristas no dudarán en subrayar su importancia. La reproduzco aquí con autorización del autor.

Walter Auad Sotomayor

Escritor e historiador

Las versiones históricas siempre están cambiando. Eso puede deberse al distanciamiento temporal, al descubrimiento de nuevas fuentes e incluso al surgimiento de nuevas herramientas de análisis. Ese inevitable “revisionismo histórico” muchas veces fue percibido como algo negativo, tal vez porque uno de sus efectos, además de acabar con algunas certezas, haya sido abrir debates para cuestionar corrientes dominantes de opinión.

Pueblos tan diferentes como los incas y los chinos, para iniciar una nueva dinastía se preocupaban en borrar o denigrar el pasado y comenzar una nueva versión, aún cuando se trataba, en el caso de los incas, de historia oral. Hoy en día, denigrar al gobierno anterior es parte de las estrategias políticas en todo el mundo.

El nacionalismo revolucionario, al empeñarse en la tarea de la reconstrucción del Estado frente a lo que consideraba una inaceptable usurpación de papeles por parte de los barones del estaño, se ensañó contra “la Rosca”, la élite intelectual y política que había ejercido un rol predominante hasta entonces.

En ese empeño destacó el trabajo de  Augusto Céspedes, que escribió relatos apasionados sobre la guerra y la posguerra en los que embistió contra todos los que habían servido a gobiernos de la Rosca. Esa perspectiva de Céspedes tal vez se justificara en su momento, como parte de un proceso de cambio. Se trataba, principalmente de un cambio de mentalidad.

Pero a veces fue excesivo. El mismo Céspedes trató de forma muy áspera al diplomático y político Alberto Ostria Gutiérrez, que había sido parte de una generación que además de participar en las negociaciones de la paz del Chaco estaba comprometida en la estrategia de sacar a Bolivia de su aislamiento internacional. La constatación de que Bolivia no había buscado relaciones más estrechas con los países vecinos fundamentó la misión de Ostria Gutiérrez en Brasil entre 1936 y 1939.

El diplomático había estudiado derecho en la década de 1920 en Río de Janeiro, al margen de su labor como secretario de la embajada de Bolivia, y era sin duda, el hombre ideal para la tarea. Conocía el país, tenía amigos influyentes y había acumulado experiencia en sus misiones diplomáticas anteriores en Madrid  y Lima.

El resultado de su misión fue un tratado con Brasil que vinculaba la venta de petróleo boliviano a la construcción del ferrocarril Corumbá Santa Cruz. Pero sus instrucciones, incluían un tema delicado, que trató directamente con el presidente Getulio Vargas. Se trataba de conseguir una declaración formal del gobierno brasileño de compromiso con la integridad territorial de Bolivia.

El presidente Busch sabía muy bien que eso era muy importante y percibía esa vulnerabilidad cuando aun no habían concluido las negociaciones de la paz del Chaco. En su gabinete, los jefes militares defendían el reinicio de la guerra, pese al desastre causado por la guerra en la economía nacional, al hecho de que 25.000 bolivianos estaban prisioneros en Paraguay y más de 70.000 habían caído en las arenas del Sudeste.

Robert Brockmann, en “Dos disparos al amanecer. Vida y muerte de Germán Busch”, registra que pese a que la situación no era favorable para un reinicio de la guerra, el imaginario boliviano pasó a creer hasta hoy que habían condiciones para una rápida victoria y a la ocupación del territorio perdido durante tres años de enfrentamiento bélico.

La literatura de la guerra no ha conseguido librar al país de algunos mitos como ese, pero es necesario reconocer, 80 años después, la labor de los diplomáticos que trabajaron por la paz y el fin del aislamiento boliviano. Otros gobiernos iniciarían después la necesaria integración con las tierras bajas como parte de la construcción de una nueva conciencia nacional.

La política interna con frecuencia se orienta por objetivos de corto plazo, mientras que acciones de política exterior tienen efectos de más larga duración, como el tratado firmado por Ostria. Fue difícil aplicarlo en lo relativo a la venta de petróleo, pues además de las respectivas coyunturas políticas brasileñas y bolivianas, opuestas a esa venta, se descubrió más tarde que la producción nacional no generaba grandes excedentes exportables. También se constató que petroleros de gran calado no tendrían condiciones de llegar al puerto sobre el Río Paraguay por el que se luchó en el Chaco.

En la práctica Bolivia exportó a Brasil gas natural sólo 60 años después de firmado el compromiso inicial, y aunque la ferrovía demoró en construirse de 1939 hasta 1955, logró acercar a los dos pueblos, como lo había buscado el denigrado diplomático.

 

El autor publicó en 2013 “Relaciones Brasil-Bolivia, la definición de las fronteras” (Plural) y actualmente escribe sobre la historia de esas relaciones en el siglo XX: “Relaciones Brasil-Bolivia, la construcción de vínculos”.

Tiempos de cambio

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Libre de las obstrucciones que solía representar Venezuela, ahora suspendida del Mercosur, el bloque integracionista se dispone a retomar con ímpetu el diálogo con la Unión Europea, en un proceso llamado a dinamizar el comercio entre los dos bloques en momentos de desconcierto ante el proteccionismo de la administración de Donald Trump y la salida británica de la UE. Las expresiones de afecto entre los dos bloques llevan más de 20 años pero nunca como estos días parecen tan promisorias empujadas por el sentimiento común de que es imperativo oponer el libre comercio a la tendencia aislacionista estadounidense y a la ruptura británica con el continente europeo. Una alianza entre ambos puede estar más cerca que nunca.
Representantes del núcleo fundador del mayor bloque comercial del mundo en desarrollo se reúnen estos dias en Buenos Aires para definir pasos a seguir en un encuentro con la UE el mes venidero, demostrativo de la dinámica que empiezan a adquirir las relaciones entre países de la region. Argentina, Paraguay, Brasil y Uruguay están reunidos en Buenos Aires para discutir la agenda de Mercosur ante el bloque europeo, inclusive fórmulas para acelerar las negociaciones agrícolas donde el proteccionismo del viejo continente es mayor.
Excluidos de los desplazamientos de la diplomacia regional parecen los países del Socialismo del Siglo XXI, atados por ideologías que les impiden sumarse a las corrientes que se mueven en el hemisferio. Venezuela dejó de contar en el bloque sudamericano desde su apartamiento bochornoso en diciembre, al expirar su presidencia semestral. Fue un resultado ¨colateral¨ de los cambios de dirección política ocurridos en Brasil y Argentina. Bolivia era candidata a ingresar al grupo de manera plena, pero ahora que la brújula ideológica del continente ha dejado de apuntar a la izquierda, es incierto si todavía tiene interés en acoplarse. Ecuador dejará de ser una incógnita el 2 de abril, con la segunda ronda electoral.
Hace pocos días, asumió el mando de la política exterior brasileña el legislador Aloysio Nunes, como substituto de José Serra, quien en pocos meses trazó nuevas líneas a la política exterior de su país, distante de las del Socialismo Siglo XXI. Nunes acentuó esas líneas y acaba de declarar que Venezuela ha desbordado la normalidad democrática y es una dictadura indisimulada. Más aún, designó como jefe de su gabinete a Eduardo Saboia.
¿Recuerdan el nombre? Vale la pena tomar nota. Fue el diplomático que hace tres años condujo al senador boliviano Roger Pinto en una travesía épica por carretera La Paz-Corumbá, tras la negativa pertinaz de la cancillería de otorgarle salvoconducto. Llevaba 14 meses refugiado en la embajada brasileña.

Tormenta venezolana

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Desde el 1 de septiembre, cuando los venezolanos se volcaron a las calles de Caracas para reclamar en paz su derecho a votar y decidir un cambio de gobierno, el país vecino está envuelto en una amenaza de tormenta de la que alejarse sin descargar tensiones luce como una hazaña sin paralelo en el hemisferio. El campo de maniobra para evitar un cataclismo tiende a encogerse cada día a medida que crecen las penurias de toda índole que agobian a la mayoría de los venezolanos, un tiempo considerados entre los pueblos más felices de América Latina.
A pesar de que el gobierno del Socialismo del Siglo XXI ganó casi todas las elecciones de los últimos tres lustros, el presidente Nicolás Maduro ostenta ahora una desaprobación que abarca a siete de cada 10 venezolanos. Cuánto tiempo más pueda durar esta anomalía es una apuesta de todos los días en el mundo diplomático continental.
Maduro no creyó que sus opositores, congregados en la Mesa de Unidad Democrática, serían capaces de atraer a un millón de venezolanos de todos los rincones de su país y plantearle un reto que no pueden ignorar ni él ni los que lo apoyan. Cuesta arriba, en franco desafío al poder del régimen (las purgas en cargos públicos son cada vez más frecuentes) los observadores independientes señalan que la de aquel día fue la mayor marcha callejera de la historia venezolana reciente.
Para el régimen nada mayúsculo parece haber ocurrido. La mayoría de los observadores coincide en que a menos que estén en curso movimientos de los que nadie parece tener noticia, Venezuela aún continúa en un callejón sin salida.
Perder las elecciones legislativas de diciembre pasado de la forma apabullante en que ocurrió podía haber hecho tambalear a cualquier régimen. La derrota legislativa de Maduro no ha disminuido de manera inmediata ni aparente el poder que ostenta. La Asamblea Legislativa tampoco ha logrado alterar la composición del Poder Judicial, al que las fuerzas opositoras identifican un pivote del régimen. El Tribunal Supremo de Justicia ha obstruido todas las medidas dictadas por los nuevos legisladores. Sin embargo, nadie dudaría en afirmar que la presencia de un Poder Legislativo con mayoría opositora abrumadora transformó el horizonte político del país y ha desgastado aún más al régimen obligándolo a redoblar esfuerzos para cuidarse en todos los flancos.
La pérdida de poder e influencia de Venezuela es visible en el campo internacional. Otrora indispensable en la arquitectura regional, el papel de Venezuela ha sufrido un eclipse progresivo. Su ingreso al Mercosur desde el norte sudamericano fue posible por las coincidencias ideológicas con la Argentina de Cristina Kirchner y el Brasil de Luiz Inacio Lula da Silva, a pesar de la oposición paraguaya. Con ambos ahora alejados del poder y con Dilma Rousseff, la sucesora de Lula, destituida por el congreso, Paraguay ahora parece devolver el golpe. Es el más férreo opositor a que Venezuela asuma la presidencia temporal del grupo (hasta diciembre). En una tentativa de reafirmarse, Venezuela asumió desde Caracas la presidencia del grupo, en un acto más simbólico que efectivo: Brasil y Argentina, los mayores del Mercosur, tienen la misma posición de Paraguay, pero sin estridencias. A juicio de un analista, es como querer dirigir un vehículo sin tener vehículo.
La disputa subraya también la decadencia del que se creyó que sería el eje integrador de las economías del continente y al que aspira sumarse Bolivia. (Se ignora si mantiene el interés, ahora que la brújula ideológica del grupo marca una dirección opuesta a la de la diplomacia boliviana.)
Incluso en el Caribe, donde durante gran parte del siglo pasado Venezuela ha buscado consolidar buenas relaciones para equilibrar la influencia de Guayana, con la que tiene una vieja disputa territorial, su presencia luce opacada por la declinación del factor petróleo.
Los astros que alumbraban a Nicolás Maduro se bambolean y nadie, incluso entre sus más fanáticos seguidores, cree que su régimen pueda escapar de la dinámica desatada el 1 de septiembre.

Soledad boliviana

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Incorpora en tercer párrafo el congelamiento en las relaciones ordenado por Caracas.

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Cuando a las 13:34, hora de Brasilia, el senado de ese país votó 61-20 para alejar de la presidencia a Dilma Rousseff el Embajador boliviano en el vecino país, José Kinn Franco debe haberse sentido también fuera de sus tareas diplomáticas por tiempo indefinido.
Horas antes de la decisión del senado, el presidente Evo Morales había anunciado que convocaría a su embajador si ocurría el alejamiento de la primera mujer presidente en el vecino país. (Pese a la proximidad ideológica que el presidente Morales sentía hacia la mandataria, ésta nunca visitó Bolivia durante su ejercicio presidencial.)  No había información disponible sobre el retorno del embajador a Bolivia, cuando está a la vuelta de la esquina la negociación por un nuevo contrato de venta de gas natural a nuestro vecino.
La de las autoridades bolivianas era una actitud casisolitaria. En mayo, cuando la apertura para el enjuiciamiento de la presidente fue decidida, Venezuela y El Salvador retiraron a sus embajadores en Brasilia. Esa situación, ya cercana a la ruptura, se agravó la tarde de este miércoles cuando el gobierno de Nicolás Maduro anunció que las relaciones con el gigante que le compra importantes volúmenes de petróleo y le provee de artículos esenciales, quedaban congeladas de manera indefinida. Para la cancillería venezolana lo ocurrido hoy ha sido la consolidación de ¨un golpe parlamentario¨.

Para Bolivia, las relaciones con Brasil son fundamentales en extremo. Aún no se pueden determinar las consecuencias de las decisiones diplomáticas, en manos del presidente Morales. Pero es posible prever un enfriamiento glacial en las relaciones con el vecino que comparte las fronteras más extensas de América del Sur y con el que tiene la mayor tajada de su comercio exterior.
La decisión que deja colgando en el trapecio las relaciones bilaterales sigue a otras que en estos años han llevado a la diplomacia boliviana a un ostracismo asfixiante. De espaldas a Chile, las relaciones con todos los vecinos bolivianos están en la cuerda floja. A Perú, el presidente no viajó para a la posesión del nuevo mandatario, Pedro Pablo Kuscinsky. Jaime Paz Zamora le dijo que, de haber sido él, habría ido a Lima en camilla, dada la importancia de Perú, como hermano siamés de Bolivia, y en especial ahora, con la demanda marítima boliviana en La Haya y la necesidad de intensificar el uso del puerto libre que el país tiene en la costa peruana de Ilo. El Presidente Morales sí realizó viajes internos y a Cuba. Con Argentina bajo Mauricio Macri las relaciones nunca fueron buenas. En días pasados empeoraron con sus críticas a la política económica de nuestro vecino que en materia de comercio es el segundo en importancia. Con Paraguay tampoco son cordiales.
Los límites de la capacidad boliviana para aislarse son centro de la atención preocupada de los diplomáticos nacionales. No es especular demasiado decir que ahora deben preguntarse ansiosos cuál podrá ser el próximo paso en un momento en que las relaciones sudamericanas han alcanzado temperaturas pocas veces tan altas en su historia.

Un torpedo sobre Mercosur

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La prisa atropellada del gobierno venezolano por asumir la conducción de Mercosur ha impactado como un torpedo sobre el grupo sudamericano de integración y ha derivado en la amenaza institucional más grave en sus 24 años de vida. En las pocas horas desde la decisión uruguaya de pasarle el mando pese al pedido de sus socios fundadores que no lo hiciera, la canciller Delcy Rodríguez anunció que su país asumía la conducción del grupo. Era un anuncio surreal pues decía tomar las riendas de un organismo cuya mayoría no quería dárselas.
El desagrado manifiesto de sus colegas de Paraguay, Brasil y Argentina –en ese orden- fue repudiado de inmediato por el presidente Nicolás Maduro. Desairado, llamó ¨narcotraficante¨ al presidente paraguayo Horacio Cartes, ridiculizó a Mauricio Macri (¨demacrado¨ le dijo, despectivamente) y apuntó a Michel Temer como impostor. Les dio el título de ¨triple alianza de torturadores¨. Días después, la canciller demandó ¨sensatez¨ a sus críticos en el bloque reacios a aceptar su dirección.
Las tensiones dentro del grupo llegaron a niveles jamás experimentados y entre el jueves y viernes las partes agraviadas intentaban resolver el entuerto en encuentros en Montevideo y Rio de Janeiro. No parecía visible una salida inmediata sino, tal vez, designar a otro país, posiblemente Argentina, o una troika para ejercer la presidencia por el tiempo que le habría correspondido a Venezuela. Entretanto, tendrían que decidir qué hacer con la membresía de un país cuyo presidente los denostó con un lenguaje que un diplomático europeo definió como ¨de cosaco rústico¨. Mercosur se había vuelto un organismo acéfalo.
Venezuela podría ser suspendida del grupo, en una repetición de lo ocurrido hace cuatro años cuando Paraguay fue suspendido por la destitución de Fernando Lugo dispuesta por el congreso paraguayo, que vetaba el ingreso Venezuela. (¿Recuerdan que militares paraguayos denunciaron que Maduro, entonces canciller del comandante Chávez, había sugerido un golpe para mantener a Lugo?) Sin Paraguay activo en Mercosur, Venezuela pudo ingresar rauda al grupo. Medios informados comentaban que no sancionar a Maduro sería invitarlo a que la próxima vez aluda a las mamás de los mandatarios. “¡A Venezuela se la respeta! ¡Somos presidentes de Mercosur y lo vamos a ejercer plenamente, señores de la triple alianza! (…)¨, exclamó el jueves. El problema era cuán grave podría ser la sanción.
Todos estos meses se veía venir una grave crisis en el grupo. Mientras hasta hace un año predominaba el Socialismo del Siglo XXI, sus miembros asimilaban diferencias económicas y estrategias comerciales sin afectar a todo el organismo. Eso fue hasta que en octubre el peronismo marca Kirchner fue derrotado en las urnas y el PT de Brasil avasallado por denuncias de corrupción que han alejado a la presidente Dilma Rousseff y mantienen en vilo el destino político de Luiz Inacio Lula da Silva. La falta de sincronía entre gobiernos de raíz ideológica disímil no pasa desapercibida y no demora en manifestarse.
La renuencia argentina, brasileña y paraguaya a entregar el comando a Venezuela, sumergida en una grave crisis interna desde hace tiempo, se ha agravado con el desgano de las autoridades hacia un referéndum que llevaría a apartar del gobierno a Nicolás Maduro y a su partido. Con destacados políticos opositores presos, crisis alimentaria, farmacias con los escaparates vacíos, hospitales sin insumos médicos, servicios públicos deficientes, criminalidad creciente y amenazas de cerrar la Asamblea Nacional, el régimen de Maduro no se destaca por el respeto a los derechos humanos. Es improbable que los gritos de protesta de Caracas tengan algún efecto en las otras capitales del bloque.
A partir del desdén de los socios venezolanos por el gobierno de Caracas, cada hora que pasaba caldeaba más el ambiente en este tenso fin de semana, decisiva para el grupo creado hace 24 años. A él aspira a ingresar Bolivia.

Vecinos en concordia

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La semana que pasó registró una noticia sobre la que no fueron muchos los que se enteraron. Los cancilleres de Brasil y Paraguay anunciaron el fortalecimiento de las relaciones bilaterales con un hecho físico concreto: construcción de un puente que empalmará al vecino oriental con Iquique y Antofagasta, a través de la carretera interoceánica que recorre Brasil, Paraguay, Argentina y llega a Chile. El empalme permitirá atravesar el Chaco paraguayo y desembocar en Iquique.
El puente sobre el rio Paraná, cuya construcción costará 27 millones de dólares, unirá Porto Murtinho, en Brasil, con Carmelo Peralta, en Paraguay, que tendrá su territorio occidental vinculado con una red interior moderna de carreteras. La obra estaría concluida a fines del próximo año.
El anuncio vino de los cancilleres de los dos países, José Serra y Eladio Loizaga, en una ceremonia llena de significado. El diplomático brasileño subrayó que su colega paraguayo era el primero en visitar Brasil de manera oficial bajo el gobierno temporal de Michel Temer y que, para Brasil, las relaciones con su vecino eran ¨centrales¨. En Paraguay viven 300.000 brasileños, un 5% de su población de 6,9 millones, y las relaciones económicas bilaterales siempre han sido fuertes. En ese marco se inscribe el apoyo brasileño al desarrollo de su vecino, cuya expresión más notable es la presa hidroeléctrica de Itaipú, la mayor fuente de ingresos de Paraguay y la principal proveedora de energía para Brasil.
¨Vamos a avanzar en otras iniciativas, incluso en el potencial hídrico¨, anunció Serra en la ceremonia, al señalar que el empeño de los dos países tendrá respaldo de Argentina, con el que quedaría ensamblado un bloque económico sur-atlántico. La ruta acuática ¨pasa por un puntito de Bolivia, en Puerto Suárez¨, dijo y al estar concluida será la hidrovía con mayor potencial económico del mundo.
Brasil es ahora el segundo mayor inversionista en Paraguay. Al ritmo en que los dos países han retomado sus relaciones, pronto será el primero. Ambos lucen en sintonía para facilitar el comercio de Mercosur con los demás grupos mundiales, en particular con la Unión Europea y la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile).
Las coincidencias Brasil-Paraguay van mucho más allá. Los cancilleres anunciaron que se sus países se empeñarán a fondo para combatir el contrabando de mercaderías y el tráfico de armas y de drogas. Ahí surge el ¨factor Bolivia¨ pues en Chile, dijo Serra, se origina parte del contrabando comercial que ingresa a Brasil y que también pasa por Bolivia.
No es nueva la posición de Serra contra el tráfico de drogas. Cuando hace cinco años fue candidato a la Presidencia criticó con dureza el financiamiento que el Banco de Desarrollo Económico y Social de Brasil había comprometido a la carretera que iba a atravesar el Tipnis. La llamó ¨ruta transcocalera¨ que facilitaría el ingreso de drogas a Brasil. Días atrás, tras asumir la cancillería, rechazó de plano las afirmaciones de los países ¨bolivarianos¨ que, dijo, censuraban la elección de Michel Temer para substituir a Dilma Rousseff sin conocer las normas brasileñas. Con eso, las relaciones de Bolivia y Brasil volvieron a descender cerca del nivel de congelamiento.
La disposición de Brasil por impulsar a su vecino Paraguay es como una bola de billar que toca varios puntos antes de alcanzar la carambola. Muestra a Bolivia y otros países ¨lo que puede ser¨ en materia de cooperación. De recoveco, da impulso a la corriente de Mauricio Macri en Argentina que ha dado señales de aproximación a la Alianza del Pacífico, criticada por las máximas autoridades bolivianas y, está claro, por las de Venezuela. Ésta ingresó a Mercosur cuando Paraguay fue suspendido y cesó la oposición institucional a que Hugo Chávez incorporase a su país al grupo.
La gestión de Serra ha cumplido apenas un mes y las cancillerías de la región notan el cambio respecto a los tiempos de Lula y Dilma Rousseff.

Círculo cerrado

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El triunfo de Pedro Pablo Kuczynski sobre Keiko Fujimori certifica la caída de una pieza más en el dominó político que ahora se impone en el horizonte donde hace menos de un año predominaban el rojo y el rosado. Habría sido lo mismo si la victoria favorecía a Fujimori pues la izquierda había salido del juego electoral peruano en la primera vuelta el 10 de abril y el campo estaba copado por Kuczynski, centro-derecha, y Fujimori, derecha sin apellidos.

Con ambos quedó confirmada una premisa: en prosperidad, la gente suele deslizarse hacia la izquierda. En tiempos de recesión económica, lo hace hacia el pragmatismo de derecha. La economía peruana tuvo una fuerte desaceleración en 2014 y 2015, sin lograr salir del tobogán al que entraron los exportadores de materias primas con la caída de precios del petróleo. Comenzaba el tiempo de las vacas flacas.

Ambos candidatos no representaban ninguna perspectiva particular de mejoramiento de las relaciones con Bolivia, opacas bajo gobiernos que en teoría deberían haber tenido muchas semejanzas como el de Evo Morales y Ollanta Humala. La victoria de Kuczynski por el ancho de un pelo de ángel cuando escribía esta nota, representa tener al costado norte y oeste a un presidente alineado sin complejos con el capitalismo y el libre mercado, anatema para el gobierno que conduce Evo Morales. No sería mayor la diferencia si la triunfadora hubiese sido Keiko Fujimori. ¿Qué hacer cuando un círculo se cierra alrededor del país?

De inmediato, para la diplomacia boliviana la elección en Perú no provoca  entusiasmo. Cuando ambos pasaron a la segunda vuelta, para  los diplomáticos nacionales el cuadro era incómodo como encontrarse frente al yunque y al martillo. Kuczynski es una versión similar a la de Gonzalo Sánchez de Lozada. Fujimori no estaba muy lejos de su contendor.

La elección no ha sido fácil. En la región fronteriza de Puno, con apreciable presencia aymara, Kuczynski arrasó con cerca de dos tercios a su rival Fujimori. Ésta devolvió el revés y en la región de Madre de Dios, también fronteriza con Bolivia y con presencia indígena amazónica, triunfó con porcentajes similares a los que había perdido: 63% vs 37%.

Una muestra de lo que se viene con el nuevo gobernante surge en el plano externo: concuerda con aplicar la ¨cláusula democrática¨ a Venezuela, que podría llevar a la suspensión del régimen de Nicolás Maduro de la OEA.

Con las flechas verbales entre Chile y Bolivia cubriendo el sol, Brasil de espalda a los países bolivarianos, Argentina con controles crecientes sobre la frontera boliviana y Paraguay siempre receloso de Bolivia y ahora rumbo a estrechar relaciones como pocas veces con su vecino brasileño, el cuadro de aislamiento boliviano luce casi perfecto.

¿Sobornos para ceder el Acre?

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Entretelones de la historia (*)

Los cesión de territorios bolivianos a Brasil fue resultado no sólo de las debilidades de un país que descuidaba sus fronteras y carecía de una diplomacia consistente como la que estructuraban sus vecinos más importantes. Aparte de las deficiencias logísticas y la fragilidad de Bolivia, que acababa de perder su litoral con Chile, en la guerra del Acre pudo haber existido otro factor desagradable y desconocido oficialmente: la codicia y liviandad de funcionarios bolivianos que se habrían dejado sobornar. Los supuestos sobornos pueden haber sido cartas en la baraja del forjador de las actuales fronteras brasileñas e inspiración permanente de la diplomacia de ese país: El Barón de Rio Branco. Pero la posibilidad de investigarlos documentalmente fue enterrada hace dos años, cuando Brasil acordó cubrir con un “silencio eterno” la información que cursa en sus archivos sobre los conflictos con Paraguay (Guerra de la Triple Alianza) y Bolivia. El motivo era no mancillar la imagen histórica del estadista, reverenciado en Brasil como lo es Bolívar en Venezuela y Bolivia.
Este elemento de las relaciones brasileño-bolivianas es uno de los capítulos novedosos que trae “Relaciones Brasil-Bolivia: La Definición de las fronteras” (Plural Editores, 246 páginas), una obra densa del periodista boliviano residente en Brasilia Walter Auad Sotomayor. Este jueves  8 de agosto tuvo su primera presentación en La Paz. Después lo hará en Cochabamba y en Santa Cruz.
Auad Sotomayor recorre la historia de las relaciones entre Brasil y Bolivia con la óptica de boliviano que reside en el país vecino hace muchos años y la agilidad narrativa de un periodista sazonado. Parte desde la colonia y pasa por las cortes de España y Portugal, hasta desembocar en las guerras libertarias y, de allí, observa el surgimiento de las repúblicas en las que se fragmentaba el imperio español frente al bloque unitario que se consolidaba en la región continental portuguesa.
Se suele decir que Brasil resultó grande porque los portugueses querían tener a España muy distante. A Bolivia, eso le representó 290.000 kilómetros cuadrados, casi una Santa Cruz. Pero el éxito brasileño en permanecer como un conjunto puede también ser atribuido a la visión de la corona portuguesa de traer al reino a Brasil y a mandar desde la colonia, lejos de las guerras que consumían las energías del viejo continente.
Bajo protección inglesa entre 10.000 y 15.000 hombres desembarcaron en Brasil junto a la corte en sólo un par de días en 1807. Probablemente fue una de las mayores operaciones navales hasta entonces conocidas. El historiador sugiere que esta masiva importación de recursos humanos confirió solidez al imperio que se gestó dando continuidad a una gestión administrativa bajo lentes más objetivos que si hubiese buscado una visión autóctona. En poco tiempo había un ejército organizado, un banco oficial y una diplomacia profesional. Bolivia, en contraste, se consumía en su lucha por consolidarse.
De la lectura de la obra se infiere que las relaciones con el gigante surgido al este, al norte y al oeste y que debían haber sido privilegiadas por los fundadores de Bolivia, surgieron de la intermediación de un diplomático colombiano más que de una gestión boliviana inteligente. También deja suponer que una buena gestión diplomática habría prevenido la guerra del Pacífico. El escritor detalla gestiones infructuosas (1838) del Mariscal Santa Cruz para conseguir apoyo naval brasileño que, años después, podían haber disuadido el avance de Chile sobre la costa boliviana y peruana.
La tenacidad de la frágil diplomacia boliviana para defender las conexiones nacionales con la ribera occidental del rio Paraguay resultado del tratado de San Ildefonso (1777) exhibe la incomodidad de depender casi totalmente de puertos sobre el Pacífico y la importancia de consolidar y ganar accesos al Atlántico, como después se insistiría desde Santa Cruz (Memorándum de 1904).
Este es sólo uno de los muchos episodios que emergen de la obra Auad Sotomayor. Por ejemplo, resulta evidente el empeño de Estados Unidos, al que el actual gobierno declara enemigo, por ayudar a Bolivia a paliar sus heridas causadas por la guerra del Pacífico y socorrerla en la cuestión del Acre.
La obra transcribe algunos acápites en la prensa cuando Brasil debatía el “sigilo eterno” sobre capítulos de la historia del vecino país. De un artículo de la periodista Eliane Cantanahede, de Folha de S. Paulo, el 18 de junio de 2011, extrae los siguientes párrafos (la periodista es una de las tiene mayor crédito en Brasil):
“En Itamaraty, los intereses (de sigilo eterno) son la Guerra del Paraguay (Triple Alianza) entre 1864 y 1870, cuando la población masculina fue prácticamente diezmada, y principalmente la compra del Acre a Bolivia (1903).
“Mientras la cuestión con Paraguay es tratada por historiadores, la compra del Acre podría exponer a Brasil internacionalmente bajo dos aspectos: afectar la imagen del Barón de Río Branco, ícono de las Relaciones Exteriores, e incluso generar cuestionamientos jurídicos sobre las fronteras.
“Quien conoce la papelada dice que hay documentos del Barón ofreciendo so¬borno al gobierno de Bolivia en la época”.
El presidente Morales no estaba lejos de la verdad cuando, en 2006, en Londres, espetó sobre delegados brasileños que asistían a una conferencia y en la que se había hablado de la toma militar de las instalaciones de Petrobras en Bolivia, que a su país lo despojaron de territorios extensos y que incluso había llegado a cederlos a Brasil a cambio de un caballo. Sólo que el mandatario boliviano confundió la geografía: Mato Grosso por el Acre y los tiempos y personajes.
La historia es más específica, recuerda Auad Sotomayor. La presencia boliviana en el Acre era mínima y, tras varios incidentes en los años anteriores, la derrota fue decidida cuando el Barón de Rio Branco lanzó un ultimátum: Brasil tenía 8.000 hombres prontos a avanzar sobre la zona. Bolivia, sólo un décimo. La debilidad de Bolivia, derrotada en la guerra del Pacífico, facilitó el avance de las metas de Brasil que, al agudizarse la controversia sobre el Acre, prohibió el tránsito de mercaderías de y hacia Bolivia por las rutas del Amazonas. De la lectura se siente que Bolivia tenía una soga en el cuello amarrada desde dos puntas: en el oeste, con Chile, y en el este, con su vecino mayor.
Otros hechos habían sucedido para desembocar en la orfandad boliviana. La tentativa de formar un consorcio anglo-norteamericano para administrar el Acre y volverlo una región viable para Bolivia fue resistida activamente por Brasil, cuenta el escritor, que temía que el consorcio conllevase propósitos que más adelante pudiesen amenazar su propia soberanía. Los estados locales antipatizaban la instalación de una aduana que empezaba a cobrarles impuestos sobre el caucho, la riqueza que había movilizado a millares de brasileños hacia el lugar en el que eran franca mayoría.
Jugó con la mano de Brasil la torpeza boliviana en sus relaciones exteriores que la dejaba sin amigos decisivos. Belzu había expulsado al encargado de negocios inglés en 1853 en medio de “desmanes”, de acuerdo a la descripción del autor. Ese nivel de relaciones sería repuesto 44 años después y hecho efectivo sólo en 1903, cuando el Acre ya estaba perdido.
Auad Sotomayor registra que la negociación que definiría el futuro del territorio se llevó a cabo en Petrópolis, cerca de Río de Janeiro, en un lugar inconveniente, por lo menos diplomáticamente: la casa del Barón. Con la disputa con Bolivia, el Barón iba a alcanzar el cénit de su prestigio diplomático. Bolivia había rechazado tanto la compra como un canje de territorios y la tensión entre los dos países crecía y se especulaba sobre una guerra. Bolivia llegaba al territorio disputado en meses, a veces hasta más de un año, y los empresarios bolivianos tenían que pasar por territorio brasileño.
La obra subraya que a cambio de los territorios adquiridos, en el Tratado de Petrópolis (1903) Brasil cedió trozos estratégicos: los 2.300 kilómetros cuadrados de Mato Grosso que reabrieron a Bolivia el margen derecho del rio Paraguay sobre una ribera de 400 kilómetros y permitieron construir Puerto Busch, ahora vital para exportar por el Atlántico. Resultado del reacomodamiento fronterizo es también la actitud de Brasil, constituido en garante de la integridad territorial boliviana.

(*) Esta nota fue publicada también hoy en El Diario, La Paz

Paraguay: Un respiro más

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El gobierno de Federico Franco ganó un nuevo respiro político frente al asedio al que ha sido sometido por sus socios de MERCOSUR y UNASUR cuando este mediodía el Consejo Permanente de la OEA aceptó el informe del Secretario General de la organización para someterlo a discusión en los próximos días. La decisión dejaría de lado la sugerencia de los gobiernos izquierdistas de la región capitaneados por Venezuela, que gustarían que el debate sea asumido en una reunión extraordinaria de cancilleres de la región. Esta vez, los gobiernos de MERCOSUR y de Venezuela fueron tildados de adoptar decisiones farisaicas pues en sus propios países habían ocurrido acortamientos de mandatos presidenciales por disposición de los congresos. Incluso Brasil se inclinó por analizar el informe en una próxima sesión del CP y apartar la posibilidad de una cita de cancilleres, como había abogado Argentina, uno de los países que con más estridencia censuró la destitución de Fernando Lugo.

El ejecutivo de la organización hemisférica recordó a sus colegas que en los últimos veinte años ha habido más de veinte casos de acortamiento de mandatos presidenciales dispuestos por el congreso en muchos países de la región. El caso paraguayo, entonces, no era una excepción sino una recurrencia en países latinoamericanos. Bolivia tuvo dos -Gonzalo Sánchez y Carlos Mesa; ambos tuvieron que renunciar por presiones de “movimientos sociales”, sin contar a Walter Guevara Arze (un golpe militar) y Hernán  Siles Zuazo (presiones políticas y convulsiones sociales).

Venezuela fue el único país que observó con desdén el informe del Secretario General, el chileno José Miguel Insulza. El delegado Roy Chaderton Matos equiparó el informe de Insulza al título de una vieja canción francesa con cuyo título “No hay novedad, baronesa”  subrayaba que el ejecutivo no había aportado nada nuevo respecto a la situación de Paraguay. El viaje de la misión de cinco miembros podría haber sido innecesario si se compraban los diarios de las últimas semanas y se leían sus informaciones sobre Paraguay, todo con una inversión de apenas unos 100 dólares, dijo. Nadie agarró del desaire y la mayoría de los embajadores decidió enviar el informe a sus espectivas cancillerías para recibir instrucciones y volver a reunirse quizá a fines de semana.

El paraguayo Bernardino Hugo Saguier tuvo una nueva oportunidad de defender al gobierno de Federico Franco y recalcar el ambiente de libertades y relativa calma bajo el que se vive en su país, en reiteración a lo expresado por el Informe Insulza y reclamar contra “la injerencia en asuntos internos de Paraguay” de la que acusó a Venezuela. Un par de delegados del ALBA, que comanda Venezuela, se quejó de que la misión de Insulza en Paraguay no hubiese incluido a gobiernos izquierdistas de la región. Insulza respondió que originalmente se había contado con la inclusión de dos gobiernos de los bloques que censuran al nuevo gobierno paraguayo, pero que sus representantes no recibieron autorización de sus cancillerías. Quedó en el misterio cuáles habrían sido esos países.

De todos modos, Saguier subrayó que en la sesión anterior había extendido una invitación para que, sin exclusiones todos los representantes que deseasen ir a Paraguay lo hicieran. Y aprovechó para censurar la exclusión de su país de MERCOSUR y criticar el ingreso de Venezuela al grupo subrayando que contra Paraguay se ha formado una Triple alianza + 1. Fue más sal en la herida de la guerra de la triple alianza del siglo antepasado, que costó a Paraguay gran parte del territorio que tenía y diezmó a su población.
Presidida por el embajador boliviano Diego Pary, presencié la sesión en vivo y directo gracias a la página web de la organización.

Los fantasmas del sur

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La crisis desatada por la destitución de Fernando Lugo en Paraguay me llevó a hojear una obra de dos periodistas, Walter Sotomayor (boliviano, de Cochabamba) y Alberto Carbone, ambos vinculados al área internacional. “Stroessner, anatomía de una dictadura” (Paralelo 15, 2003) es un relato didáctico de la historia paraguaya contemporánea y un manual para conocer con rapidez, claridad y precisión detalles importantes que culminaron en la caída de Alfredo Stroessner, el último dictador de la vieja estirpe sudamericana depuesto en 1989 por un golpe militar.

Tras leer la obra se puede concluir que de los tres socios de Paraguay en MERCOSUR, Brasil es el que tiene la mayor apuesta y mayores riesgos con la situación surgida en estas semanas con la destitución de Lugo.

Dos premisas dominan el escenario diplomático actual en la guerra fría sudamericana de los últimos años. La primera es que Lugo no volverá. En un destello de realismo, él mismo dijo que eso sería “un milagro”. La segunda es que el sucesor de Lugo, en las elecciones  de abril  venidero, estará lejos de lo que el presidente destituido representa y de lo que algunos de sus vecinos querrían para reacomodarse con cierto confort.

La obra de Sotomayor y Carbone retrata la influencia Argentina,  decisiva sobre su vecino en las primeras décadas del siglo pasado. Esa influencia alcanzó el cénit con Juan Domingo Perón, hecho general paraguayo al plasmarse la Unión Paraguayo-Argentina. Corría el año 1954 y en el escenario paraguayo irrumpió Stroessner quien, a la cabeza de un movimiento militar, derribó al gobierno de entonces; el movimiento convocó a elecciones que Stroessner ganó con facilidad para regir Paraguay con mano implacable en los siguientes 35 años. Fue un ejemplo inaudito de reelección indefinida (siete veces) que algunos envidiarían. A lo largo de capítulos breves y ágiles, los dos periodistas marcan en el ascenso de Stroessner la declinación de la influencia argentina y el asentamiento de la de Brasil, todo en el rastro de una corrupción de escala mayor y un trato cruel a los opositores.

Tiempo después vendría Itaipú, un proyecto que, destacan los autores, Argentina intentó bloquear a toda costa y que desde su inauguración hace 25 años es el ariete de las relaciones brasileño-paraguayas.

La relación de los dos vecinos fue sólida. MERCOSUR la afianzó aún más. Y Stroessner encontró en Brasilia el asilo que le negaron otros países cuando fue depuesto en 1989 y donde fue enterrado al morir, en 2006, a los 93 años.

A lo largo del Siglo XX las heridas del siglo antepasado parecieron restañar. Pero en estos días, el fantasma de la Triple Alianza que arrasó a Paraguay geográfica y demográficamente otra vez ha resurgido. La suspensión de Paraguay y el ingreso polémico de Venezuela que ordenaron los presidentes activos de MERCOSUR, trae a la memoria sucesos que América del Sur quisiera olvidar. Paraguay grita que al haber sido suspendido por Brasil, Argentina y Uruguay, se ha restablecido, al menos verbalmente, la Triple Alianza, ahora repotenciada y aplaudida por algunos vecinos. Nada peor que reabrir las heridas del pasado para un continente que desde hace décadas busca su integración económica mientras jura una sólida hermandad. La racha de expulsiones de embajadores en curso días desmiente ese juramento y muestra un ambiente diplomático más cerca de un gallinero alborotado que de una academia de relaciones exteriores.