Papa Francisco

Decisión dudosa

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En el Día del Trabajo el presidente Morales firmó un decreto que le concede el poder de decidir qué sindicatos podrán existir legalmente. Cuál ha sido el origen de la idea convertida en decreto era, hasta la noche del viernes, una pregunta aún no respondida, pero la medida afecta el derecho de asociación y es un mal augurio para la relación entre el gobierno y los trabajadores. Que hubiera sido anunciada en el día en que los trabajadores de todo el mundo conmemoran es sugestivo.
El viceministro Rada aclaró que lo dispuesto en ese decreto –los otros tres fueron ofuscados, inclusive el del aumento salarial- está regido por la CPE. La pregunta inmediata fue, entonces, ¿era necesario un decreto para una cuestión tan sensible? ¿Qué razones de fondo para sacudir el que ahora luce como un avispero?
Las primeras reacciones al anuncio han sido de perplejidad y molestia, como habría sido previsible. Hasta ahora han sido los trabajadores los que decidían por iniciativa propia y sin ninguna interferencia externa formar un sindicato. Al tomar la decisión, simplemente la comunicaban a las autoridades del Ministerio de Trabajo. Desde ayer, la decisión que les avale la existencia legal deberá partir de una Resolución Suprema firmada por el Presidente del Estado Plurinacional. Citado por Página Siete, el Ministro de Economía y Finanzas Luis Arce dijo que “las personerías jurídicas de las organizaciones sindicales y las centrales obreras, cuyo objeto sea la defensa de los derechos laborales, y las centrales obreras cuyo objeto sea la defensa de los derechos laborales, podrán ser únicamente tramitadas ante el Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social y concluirán en el proceso administrativo con la emisión de una Resolución Suprema; la van a firmar el Presidente del estado Plurinacional para reconocer a cualquier institución sindical”. Dicho en menos palabras: Ahora será el gobierno el que apruebe la formación de un sindicato. Antes sólo refrendaba la decisión asumida por los trabajadores. Ahora emitirá una resolución para conferirle existencia legal. “Ni el Presidente ni el Ministerio (del Trabajo) deberán avalar nada. Hay elecciones en las bases y quienes acreditan (en las urnas) la decisión de los dirigentes son las bases. Lo único que tiene que hacer el presidente es poner su sello. Las bases son las que tienen que decidir si aprueban o no” (la nueva entidad). La frase vino de Vilma Plata, la dirigente del magisterio temida por los gobiernos de la década de 1990 y comienzos de siglo y fue citada por El Diario el sábado.
El nuevo entripado fue la joya de la corona de una disputa que ha dividido a la Central Obrera Boliviana (COB), la institución mayor del sindicalismo nacional que este Primero de Mayo desfiló disgregada.
La decisión del gobierno, cuya necesidad es dudosa, agita el ambiente laboral cuando restan menos de 10 semanas para la visita al país de la cabeza de la institución que con coherencia indeclinable ha defendido las libertades sindicales y los derechos obreros a lo largo de siglos: el Papa Francisco.
Ignoro cuán ilustradas son las autoridades en doctrina social de la Iglesia Católica, pero al asumir decisiones como la adoptada este Primero de Mayo tendrían que haberlas consultado, si no quieren tener una espina en el zapato cuando ocurra aquella visita que en Bolivia despierta fe y entusiasmo.

Maduro con el Papa

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Nicolás Maduro esuvo este lunes 20 minutos con el Papa Francisco, en un encuentro de grandes significados. Con su legitimidad cuestionada, el presidente venezolano ha querido dejar claro que no tiene todas las puertas cerradas y que está decidido a dejar abierta la de la Iglesia, reiteradamente cerrada por la irreprimible locuacidad e intolerancia de su mentor, el fallecido Hugo Chávez. Es una puerta muy importante y aquella a la que tiene acceso una mayoría de venezolanos (más de dos tercios bautizados en la fe católica).
En busca de fortalecer todo lazo que se le ofrezca y así tener a flote la imagen de un gobierno en actividad, Maduro aceptó un premio de la FAO en Roma y aprovechó el viaje para buscar un encuentro con el Pontífice, que aceptó recibirlo en audiencia –al igual que había aceptado recibir a la presidente argentina. Recibió el premio del brasileño José Graziano, el presidente del organismo mundial y miembro destacado del Partido dos Trabalhadores. Irónicamente, el premio por la lucha contr el hambre en Venezuela llega al mandatario venezolano cuando su país atraviesa por una severa crisis de desabastecimiento de alimentos que no tiene signos de aminorar.
Al buscar el encuentro con el Pontífice, Maduro se distanció de la actitud belicosa de su antecesor. El paso puede haber provocado cuando menos perplejidad en el gobierno boliviano, cuyas relaciones con la Iglesia Católica y sus autoridades han sido en el mejor de los casos inestables.

El escueto comunicado de la oficina de prensa de la Santa Sede dice que la reunón fue cordial y que en ella se habló de la criminlidad, pobreza y drogas, de acuerdo a la reseña que trae El Nacional.

Henrique Capriles, quien sostiene que él ganó la elección del 14 de abril, envió una carta al Papa pidiéndole su intercesión para que el mandatario venezolano abra una puerta herméticamente cerrada en su país: la del diálogo. Como es habitual, la nota oficial del encuentro no describió ninguna situación en particular.
El encuentro con el Papa sigue a otra medida vital: restablecer plenamente las relaciones con Estados Unidos. No hacerlo podría haber sido para Maduro enfrentar un jaque peligroso en sus relaciones con Colombia, que este mes deberá suscribir un acuerdo de cooperación con la OTAN, el bloque militar más poderoso de la tierra. Ese acuerdo explica la rapidez con la que Caracas y Washington acordaron llevar las relaciones bilaterales a la normalidad. Para Venezuela, dejar descubierto su frente con Estados Unidos, el eje de la OTAN, habría sido peligroso.
Todo esto ocurre ante las narices de Bolivia, cuyas relaciones con Estados Unidos están suspendidas, en el nivel más bajo de su historia y sin perspectivas de mejorar. Con Chile estamos en uno de los peores momentos después de la Guerra del Pacífico; con Brasil, la anunciada salida del actual embajador Marcel Biato no augura nada bueno para las relaciones bilaterales. Nada podemos festejar con nuestros vecinos, pero quizá algo se pueda aprender.

Para un ex sacerdote

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Hace algunas noches escuché por TV a un ex sacerdote comentar con mucho pesimismo la elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio como Pontífice y vaticinar días muy difíciles para la Iglesia Católica. Desde entonces he leído informes e informaciones por doquier sobre la participación del Papa Francisco a favor de los perseguidos por la dictadura argentina, incluso los esfuerzos que realizó a favor de dos jesuitas, a quienes el ex sacerdote (dejó de ejercer formalmente por vountad propia hace muchos años)  mencionó en la entrevista que le hacia la televisión. Esos informes incluyen testimonios de personas de impecable militancia “progresista” como Adolfo Pérez Esquivel, argentino como Francisco. No escuché ninguna expresión del mismo ex sacerdote que suavizara sus opiniones, menos para explicarlas, pues salvo algunas voces extremadamente radicales, los episodios que provocaron el comentario mencionado han sido aclarados: Francisco hizo todo cuanto pudo, dentro, de incluso fuera, de los  límites que, bajo regímenes de la verdad única, era posible.
Recordé las palabras inusitadamente duras del ex sacerdote (con fuertes vínculos con el primero,  segundo y tercer círculos del gobierno) cuando, gracias a un amigo, leí un artículo-testimonio en el diario El País, de Montevideo, registrado ayer domingo. Lo tomo de la edición digital de aquel importante diario uruguayo:

Fui testigo

Jorge Scuro | Montevideo

@| “En febrero de 1966 ingresé en el Colegio Máximo de San Miguel, Seminario de la Compañía de Jesús en Buenos Aires y conocí a Jorge Mario Bergoglio; él tenía 29 años y yo 24. Trabajé junto a él en la cátedra de Metodología de la investigación científica hasta 1969 y fundamos una amistad que se perpetuó en el tiempo.

Volvimos a encontrarnos en otras condiciones. El Jueves Santo de 1975, mientras celebraba la liturgia, las Fuerzas Conjuntas detuvieron a Carlos Meharu, provincial, y a otros cinco jesuitas entre los que se encontraba Luis `Perico` Pérez Aguirre y treinta y tres laicos. Las circunstancias me llevaron a hacerme cargo del tema. La primera llamada fue a Carlos Mullin, obispo de Minas, a quien nunca vi retroceder ante ninguna adversidad. Llamó al Gral. Vadora: `Si no los libera el Domingo de Pascuas con las iglesias repletas hago leer un comunicado del Episcopado entablando juicio eclesiástico al Estado uruguayo`. Vadora redobló la apuesta y amenazó con poner soldados en las puertas de todas las iglesias, capillas y colegios de la República. La respuesta de Mullin fue fulminante: `Ud. no tiene fuerzas para controlar todos esos lugares entre las seis de la mañana y las nueve de la noche`.

El Sábado Santo empezaron a liberar a los laicos menores. Se nos informó que el lunes se retomaría el tema, pero que a Perico y a Meharu los pasarían a la Justicia militar. Entonces me fui a Buenos Aires. Bergoglio ya era provincial de los jesuitas. Nos encontramos en un bar de Corrientes y Callao. No me pidió detalles. Decidimos que había que lograr la intervención del superior general de la Compañía, el padre Arrupe. `Esperame en la puerta del Salvador, necesito conseguir un auto`. Volvió en un ratito, se sacó el cuello romano y lo metió en la guantera. Dimos vueltas por Buenos Aires en busca de una cabina telefónica segura. Terminamos en una de Avellaneda. Se comunicó con Arrupe y me pasó el teléfono para que yo le explicara. Le pedí que pidiera a la Santa Sede que enviara telegramas al Presidente, ministros del Interior y Defensa y a las FF.CC.

El lunes a primera hora llegaron todos los telegramas. Siguieron liberando a los laicos, los jesuitas y el martes por la mañana sin más trámite a Pérez Aguirre y Meharu.

Pasaron muchos años. En 1997, imprevistamente, me viene a ver Juan Luis Moyano, el viceprovincial argentino de los jesuitas, para pedirme que reciba a Orlando Yorio, uno de los jesuitas argentinos, junto a Francisco Jalics, secuestrado en 1976, de quienes tanto se ha hablado en los últimos días. Ambos, junto a Luis Dourron fueron mis compañeros y amigos durante los años de seminario. Jalics se radicó en Alemania, hasta hoy. Nunca escuché una sola palabra de reproche ni resentimiento en privado o en público contra el hoy Papa Francisco. En cambio Yorio, recuperada la democracia, volvió a la Argentina y fue nombrado párroco en Berazategui.

Un día, sufrió un atentado, pero quien resultó muerto fue su teniente cura, un joven sacerdote.

Instalamos a Yorio en una casita en la Costa de Oro y al poco tiempo Mons. Gottardi le confió la parroquia de Santa Bernardita, en Avenida Italia. Nos volvimos a tratar con frecuencia y conversamos mucho. Falleció tres años más tarde, el 9 de agosto de 2000.

Hay quienes hacen gárgaras con los dolores ajenos. Que se animen a presentar pruebas y no suspicacias, el que se sienta libre de errores que acuse con evidencias. Siento a Francisco como uno más de nosotros. ¿No era eso lo que queríamos? ¿O esperábamos al Arcángel Gabriel?”