Orwell

Reserva dilapidada

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El daño causado por las estafas al Fondo Indígena es cuantioso en cualquier escala boliviana pero aún mayor es la devastación del concepto de que los pueblos indígenas eran una reserva ética y moral que el país podía exhibir con orgullo ante el mundo. Las pérdidas financieras, pese a ser gigantes, no guardan simetría con las que ha sufrido la noción de probidad atribuida a una administración indígena que, solo por ser tal, se la creía incapaz de dañar a su propia gente.

Una recopilación metódica realizada por el legislador cruceño Oscar Ortiz Antelo evidencia la magnitud del desastre. ¨Crónica de una traición¨ – Investigación del Fondo Indígena (Plural, 226 páginas) presentada hace dos semanas en la Feria del Libro de Santa Cruz, es producto de meses de acumulación de datos, la mayoría de informes oficiales y de las publicaciones de la prensa desde que el caso salió a la luz pública hace cuatro años, tras una investigación periodística que encendió las luces de alerta. La obra de Ortiz ordena los datos, los coloca en cuadros estadísticos y dibuja una desgracia abatida sobre los intereses del sector menos protegido de la sociedad boliviana. En su versión online, la obra trae enlaces ilustrativos producidos por Sucel Comunicadores Asociados, un grupo de jóvenes abocados a trabajos en la red.

Recurrentes en la vida de este fondo creado a fines de 2005, fueron los favores personales basados en la militancia política, sobreprecios, compadrazgos, financiamiento de campañas y, en la culminación de irregularidades, el depósito del dinero en cuentas particulares de dirigentes del FONDIOC, que aplicaron en beneficio propio el principio de ¨vivir bien¨.

Los datos que trae habrían venido al dedillo en la obra del politólogo y ensayista venezolano Carlos Rangel, quien en 1976 sacudió los mitos que aún predominan en la izquierda latinoamericana (Del buen salvaje al buen revolucionario). Esa izquierda aún cree que en ¨el imperio¨ yacen las razones de la pobreza y el atraso que predominan en las sociedades del continente.  También resulta inevitable evocar a George Orwell (Eric Arthur Blair) en Rebelión en la Granja durante la escena en que los animales, desde las ventanas, contemplan con asombro y dolor la conversión de sus líderes en el hombre, la especie que habían aprendido a odiar y temer, con todos sus vicios, desde vestirse con prendas aterciopeladas hasta beber whisky.

Con irregularidades en más de la mitad de 1.100 proyectos aprobados por las autoridades del fondo, 1.048 (95%) recibieron los recursos en cuentas particulares por un valor de 695 millones de bolivianos, poco más de 100 millones de dólares. Del total de proyectos, 267 se detuvieron tras recibir el primer desembolso. Ochenta y seis personas recibieron en sus cuentas más de 113 millones de bolivianos en transferencias de entre 900.000 y 17,6 millones de bolivianos. Solo uno de los proyectos aprobados por el fondo llegó a recibir el cuarto desembolso. Esta sorprendente anomalía lleva al autor a concluir que ¨no se hizo mayor daño económico al estado por ineficiencia¨ y que ¨Nunca, en ninguna otra entidad públicda, se dio este despropósito…¨

El favoritismo politico que predominaba en las decisiones financieras del fondo queda expuesto cuando la obra lista a las entidades beneficiarias. Todas son del bloque que apoya sin condiciones al gobierno:  las Bartolina Sisa, la Confederación de ¨interculturales¨, y la Confederación Única de Campesinos, las tres del occidente del país. En conjunto, recibieron más de 500 millones de bolivianos, dice el estudio. Las del oriente recibieron un quinto de esa porción.

Es por lo menos curioso que una buena parte de los desembolsos hubiera tenido lugar durante y después de los acontecimientos del Tipnis, cuando el gobierno se empeñaba en construir una carretera que los nativos del lugar rechazaban y que remató en la violenta represión a la marcha indígena en Chaparina.

La sensación que queda después de leer la obra y revisar sus datos es de frustración y que los tiempos del abuso sobre y con los indígenas no han acabado. Y que los abusadores son de las filas de los abusados.

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En la huella de la distopía

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La muerte de Fidel Castro ha reproducido lo que durante su vida el comandante sembró: polarización y controversia. La figura, elevada y firme durante gran parte de su vida, y en los últimos años encorvada y decadente, ha recorrido los espacios informativos de todo el mundo. Genio y figura, pocos meses antes de morir manifestó desconfianza hacia el deshielo entre Cuba y Estados Unidos, que busca superar un distanciamiento de más de medio siglo y oxigenar a la isla. Nunca dejó de afirmar que Cuba era un edén en gestación, aunque la realidad le decía que de ningún paraíso la gente escapa a montones dispuesta a sacrificar la vida en el intento. Bajo su vision, Cuba era la utopía realizada pero para gran parte de sus compatriotas ha sido una distopía real donde todo ha resultado tan insoportable que hay que escapar de la isla.
Las muerte del conductor cubano mostró la dificultad de muchos medios y comentaristas de definir al régimen. Nadie dudaría en calificar como dictadores a los generales Pinochet, Videla, Stroessner o Trujillo. Extender la definición al lider cubano, fallecido el viernes 25 de noviembre a los 90 años, ha sido difícil, peor aún subrayar las condiciones opresivas que subsisten en la isla. Fue perceptible el prejuicio cuando medios escritos bolivianos y de otras latitudes titulaban al día siguiente que ¨el mundo llora¨ la muerte del líder cubano. Nadie dudó cuando se dijo que el mundo había llorado el fallecimiento de la Madre Teresa de Calcuta. Atribuir ese sentimiento mundial hacia Fidel Castro fue un exabrupto ni siquiera explicable en la prisa por cerrar la edición.
¿Por qué? Una tentativa de respuesta es la resistencia del ser humano a desengañarse y aceptar que sus ilusiones se han vuelto una pesadilla. Ni siquiera los testimonios de quienes vivían esa realidad convencía a los que cerraban los ojos y seguían creyendo en la vision romántica de una revolución que entusiasmaba en sus primeros años y que acabó en una maquinaria despótica. El fanatismo enceguece, como cuando un articulista ruso pretendía que se le creyera que ¨1984¨, de Orwell, retrataba a Estados Unidos y no a la URSS.
Durante un viaje a la isla hace unos años, conversaba con un vigilante de playas que no admitía que Cuba había dado pasos gigantes en garantizar la salud, en grado envidiable para sus vecinos del continente. El vigilante arqueó las cejas y me dijo: ¨Eso dice la propaganda. Para la mayoría como yo, un hospital es inalcanzable. Usted puede ser atendido y beneficiarse de esa medicina porque va a pagar en dólares. Los cubanos no podemos hacerlo¨.
Dos países sudamericanos fueron foco especial de su atención: Venezuela y Bolivia. Con ambos tuvo los peores desencuentros y las alianzas más fructíferas. Fue a Caracas pocas semanas después de derrocar a Fulgencio Baptista y al presidente socialdemócrata Rómulo Betancourt le pidió un préstamo inmediato de 300 millones de dólares y petróleo subsidiado. Buscaba apoyarse en la riqueza venezolana para catapultar al castrismo por el continente. ¨De esta entrevista depende el futuro de la revolución¨, dijo a quienes lo acompañaban. No recibió nada. Betancourt, que había ganado las primeras elecciones libres venezolanas tras la caída del dictador Pérez Jiménez (1948-1958), le dijo que su país también estaba en aprietos y que para darle petróleo tenía que comprarlo a las compañías petroleras y venderlo a precio menor. Un negocio pírrico para un país que, entonces, ostentaba índices de atraso peores que los de Cuba.
Castro se fue con las manos vacías y en los años sucesivos Betancourt debió enfrentar invasiones guerrilleras apoyadas por La Habana, que pretendían convertir a Venezuela en otra Cuba. El ejército las derrotó y la mayoría de los invasores acabó presa. Más tarde, sus líderes, desencantados con el socialismo real, abrazaron la democracia y algunos llegaron a ser respetables legisladores. Cuarenta años después, al llegar al poder Hugo Chávez, Castro encontró en el teniente coronel venezolano el respaldo que Betancourt no le dio. Con torrentes de petrodólares, Cuba apuntaló su economía y ¨exportó¨ miles de profesionales sin cabida en la economía estrecha de la isla.
Con Bolivia, la apuesta fue también grande. Compró la idea de que, en 1966, Bolivia vivía bajo una dictadura que se desmoronaba y la guerrilla que iba a encabezar Ernesto Che Guevara sería la mecha que incendiaría a un país que suponía ansioso por un sistema de gobierno como el cubano. Fue otro fracaso. La creencia absurda de que en Bolivia sería como en Cuba hundió a la columna, que pasó gran parte de los 10 meses de su odisea en lucha feroz contra la naturaleza, en especial insectos, mosquitos, parásitos y, carente de refugio seguro, bajo un hambre que la acosó incesante. ¨Nuestro problema principal era encontrarlos¨, me dijo el general Gary Prado Salmón, ante cuya compañía Che Guevara se rindió tras gritar ¨no disparen, soy el Che¨.
Cincuenta años después, Castro encontró en Evo Morales uno de sus más grandes admiradores, dispuesto a alcanzar metas de la revolución cubana bajo un sistema recauchutado: el Socialismo del Siglo XXI.

Mitos hacia el ocaso

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El oleaje del reencuentro Cuba-Estados Unidos todavía bate fuerte sobre las playas de países cuyos gobiernos apostaban a la inmutabilidad del remanente de la guerra fría en el Caribe. La caída del malecón ideológico entre La Habana y Washington aún no parece haber sido digerida del todo, pero poco a poco algunos de los mitos bajo los cuales vivió el continente durante décadas parecen ingresar a la sombra.

El mito de que Cuba ofrecía el paraíso empieza a salir veloz del escenario. Imágenes de estos días muestran a lo largo de hoteles habaneros filas de viejos convertibles reacondicionados y colores brillantes bajo enormes carteles con el grito de guerra que acuñó la revolución cubana ¨Patria o Muerte, Venceremos¨.  Es como el argumento melancólico de una publicación de los últimos años soviéticos al proclamar que el mundo de Winston Smith (George Orwell, ¨1984¨) bajo ¨El Gran Hermano¨ fotografiaba a USA y que la URSS iba rauda al Edén. La caída del Muro de Berlín la desmintió. Pregunten a cualquier persona informada si propondría reproducir aquel paraíso en su país y la escucharán decir asombrada que usted está loco.

Arrastrado por el desplome de los precios del petróleo, se desvanece el desahogo que durante más de una década representó Venezuela para miles de cubanos que proporcionaban ingresos jugosos al tesoro de Cuba. La fuga de cientos de médicos y profesores hacia Colombia solo este año es explicada con una lógica difícil de rebatir: en su patria la vida era austera pero al menos estaban con la familia. En Venezuela conseguir alimentos y cualquier vitualla es casi imposible, mucho más si al hablar se les advierte el acento extranjero.

El realineamiento de Cuba y Estados Unidos llevará al ocaso a otros mitos. Mucho antes de que fuera disuelta, en la URSS evocaban solo miedo y hambrunas terribles  los nombres como Stalin o Brezhnev, jefes supremos por décadas. ¿Cuántos querrían reproducir en Bolivia el sistema que rige en Cuba?

No es aventurado decir que el fervor que suscitaba Cuba ahora languidece, igual que la imagen forjada para Ernesto Guevara, el Ché, derrotado por un joven capitán que dio a su ejército una de sus escasas victorias en más de 100 años. En silla de ruedas desde hace más de tres décadas, el militar lidia, junto a otros acusados, con fiscales que aseguran que intentó una guerra terrorista/separatista.

Tras el reencuentro de La Habana con Washington sería interesante saber cuántos jóvenes seguirían dispuestos a embarcar sus vidas en una causa que se sabe de antemano que atracará en el mismo puerto del que quisieron alejarse.