Merida

Ayer le tocó a mi barrio

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Una amiga venezolana compartió conmigo el artículo que sigue: una prueba de enorme valor humano, un testimonio de la realidad que vive la patria de Bolívar y de Sucre, y de la brutalidad que la atenaza. Fue publicado por Juan Carlos Liendo, un periodista cuya agudeza hace mérito a los grandes narradores de su país. Escribe regularmente en su blog ¨Los de Entonces¨.

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Ayer le tocó a mi barrio

El Cotufa es  uno de mis vecinos más famosos. Todavía no he descubierto bien que hace y,  con lo despistado que soy, seguro estoy que no podría identificarlo entre varios. Vive en una de las veredas y,  desde que me mudé aquí,  escucho ese mote sin nombre en todos los lugares. Un amigo me lo presentó el otro día y como a tantos otros vecinos, lo saludo al verlo pasar;  pero, seguro que no sé quién es ni porque le dicen así.  Si es por mí, El Cotufa puede ser un santo o todo lo contrario, yo solo sé que es hijo de una de las primeras familias de aquí y que su padre, de 86 años,  fue víctima de la rabia iracunda de la Guardia Nacional Bolivariana durante el tercer ataque que sufrió mi barrio hoy, en un periodo de 10 horas.

La Urbanización Los Sauzales es,  de verdad, una comunidad modelo.  Construida en 1968 por el desaparecido Banco Obrero “para dar solución a los serios problemas habitacionales de la clase obrera” significó una de las decisiones habitacionales mas atinadas de Mérida (y quizás de Venezuela) muy probablemente porque sus constructores tuvieron el ojo exacto para ver el extraordinario potencial de crecimiento urbano que posee  la zona donde fue construida.  Hoy día, no solo es el punto central de La Otra Banda, sino el paso obligado que une sus dos extremos y, aunque sigue siendo una urbanización “de interés social”,  su devenir ha sido ejemplarizante.

Es una de las colectividades mejor organizadas y con mayor sentido de pertenencia de cuantas forman el entramado social de Mérida. Formada por tres grandes grupos de bloques de apartamentos y unas cuantas veredas de pequeñas casitas unifamiliares, tiene continuidad y complemento en la Urbanización Don Pancho, cuyas dos únicas calles de “casaquintas” adosadas, le otorga particularidades estéticas a un terreno que sobrepasa los 100.000 metros cuadrados, en el que se ha logrado un orden y nivel de mantenimiento y cuidados inusuales en esta urbanidad de emergencia en que se ha convertido el país.  Los Sauzales ha crecido tanto como sus moradores: en sus apartamentos y casas, ampliadas y hermoseadas, se han formado un par de generaciones de profesionales universitarios a quienes sus padres “sacaron adelante” gracias a la tranquilidad que les produjo ese desarrollo habitacional pensado para obreros de la Universidad de los Andes.

Es también una urbanización muy comprometida con la oposición; tanto, que en ocasiones  ha llegado a llamarse,  medio en broma (y medio en  serio) una Republica Independiente. Obedece cada llamado a plantón, cada trancazo y cada marcha, habiendo desarrollado en 113 días de protestas un movimiento de resistencia que, en casi todo, unifica su agenda a la de la Mesa de la Unidad Democrática, aunque posee un punto innegociable: el cierre de sus accesos a la Avenida Los Próceres, cosa que hacen casi diariamente impulsando de esa forma otros cierres importantes en La Otra Banda, territorio de inconformes.

Las trancas siguen siempre el mismo patrón: una inmensa bandera tricolor cierra el paso a la avenida  y luego la urbanización se cierra toda, incluso el paso entre las estrechas veredas, obstaculizando el acceso que lleva, por medio de la Urb. Don Pancho,  a la Avenida Las Américas y por allí a las más emblemáticas zonas residenciales de la resistencia. Ayer no fue distinto.  Aunque el paro nacional convocado por  la MUD  y acatado por el 100% de sus negocios y habitantes debía haber terminado a las 6 de la mañana, la tranca se extendió por  una decisión que tuvo más de protección que de protesta.

El primer ataque ocurrió un poco después de las 7 de la mañana. Rápido, violento y sin víctimas: un numeroso ejercito de colectivos motorizados pasó por la avenida, se encontró con la tranca a la altura de Los Próceres y dispararon, como suelen hacer, intentando una inútil disuasión.  Realmente ocurrió poco más y se creía que ganada la escaramuza a los colectivos, el día iba a transcurrir calmado.

No fue así. Menos de dos horas más tarde, los colectivos regresaron acompañados tanto de la Policía Nacional Bolivariana como de la Guardia Nacional Bolivariana. Entonces atacaron con rudeza. A sus disparos, los Sauzaleños respondieron con piedras e insultos, para evitar el azote de los uniformados a la zona de veredas y a los bloques de apartamentos que están en la parte más interna.  No lo consiguieron por poco. Lanzaron un par de bombas lacrimógenas, detuvieron a un chico de 17 años que fue liberado, sin torturas, un poco después y se esmeraron con el primer bloque de apartamentos: el que está en el lindero exacto de la avenida. Sin embargo, no lograron dañarlo.

En la madrugada de ayer, los chicos que estaban de guardia para evitar que se quebrantara el paro nacional, movieron un enorme contenedor de basura y lo ubicaron en el medio de la calle principal haciendo más difícil el paso, quizás eso nos salvo a todos de un ataque que pudo ser más grave y que se llevó por delante al CDI más famoso de Mérida, vacio de pacientes a esa hora;  pues, creyendo que su proximidad los pondría a salvo, los chicos intentaron refugiarse en sus predios, siendo repelidos con gas lacrimógeno y una batalla de piedras contra perdigones,  que milagrosamente no arrojó sino heridos leves y cuantiosos robos,  los efectivos de la Policía Bolivariana arrasaron con bolsos, morrales y carteras de todos los que tuvieron a mano. Se fueron con mucho escándalo cerca de las 11:30 de la mañana.

Los vecinos, decididos a elevar la voz de su protesta en venganza por el desproporcionado ataque, se reunieron en uno de los estacionamientos y decidieron fortalecer las trancas.

El tercer ataque sucedió cerca de las 6 de la tarde y fue tan imprevisto como cruento.  Brutalmente, una tanqueta irrumpió a la entrada de la urbanización y un verdadero ejército represor arrasó con todo a su paso: los vidrios de los apartamentos y casas de toda el área externa de la urbanización y la integridad personal de una comunidad que se respeta a sí misma. Desde mi ventana, podía escuchar gritos, detonaciones y pedidos de poner a salvo a las personas vulnerables.  Casi  inmediatamente empezaron, como parece haberse hecho costumbre, a disparar contra los apartamentos; luego apareció el gas lacrimógeno y fue entonces cuando el padre de El Cotufa, entero y con carácter aun a sus 86 años, salió a enfrentar a la Guardia.

Solo les pidió no arrojar bombas lacrimógenas a las casas de las veredas y  quiso explicar por qué.

Don Homero fue la víctima más sentida de este último ataque. Fue golpeado, cayó al piso frente a su casa y allí tuvo que aguantarse el dolor de una bota militar sobre su rostro; pero, no fue el único: La Sra. Mireya, otra vecina de siempre, fue detenida y llevada a la tanqueta donde la golpearon un rato para dejarla en libertad “aleccionada” (para que aprenda, contaron que dijo el guardia que la liberó) y en algún apartamento, como también parece haberse convertido en costumbre, un chico de 17 años fue atendido de las heridas causadas por perdigones. Una piedra equivocada golpeó el pómulo de uno de los muchachos y tres jóvenes más fueron retenidos por un rato en la tanqueta, aunque solo apresaron a uno.

Se fueron con la misma furia que habían llegado; pero antes, para dejar muy claro que, para la Guardia Nacional Bolivariana, nosotros somos sus enemigos, quemaron la enorme bandera tricolor que ha sido emblema de esta magnífica comunidad desde el inicio de su lucha.

El Cotufa está ocupándose de restablecer la salud física de su padre, a quien según hemos sabido, los golpes no han hecho sino templarle el carácter un poco más y ya fue dado de alta. La Sra. Mireya considera su paso por la tanqueta como una herida menor de esta guerra libertaria y los demás están muy curtidos como para preocuparse por un perdigonazo.

Pero, el sentido de integridad de esta urbanización modelo, formada  por lo mejor de la clase media-media y lo mejor de lo mejor de la clase obrera, ha sido íntimamente herido. La bandera quemada  por la Guardia Nacional Bolivariana en su furioso repliegue se ha convertido en una ofensa mucho más imperdonable que la colección de golpes que hoy,  a sus 86 años, suma Don Homero a su experiencia de vida, pues esos sanarán fortaleciendo su alma de señor decente y honorable; de aquí, de Los Sauzales,  de toda la vida.

Publicado por Juan Carlos Liendo en 8:24:00  

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Etiquetas: ataqueGNBmeridaprotestas

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