Lula

Lemings del Siglo XXI

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Los signos no dejan lugar a dudas y despellejan la realidad de un ciclo que llega al final. La ex presidente Cristina Kirchner está a un paso de ir a la cárcel, en medio del asombro de muchos argentinos que no sospechaban de la trama de corrupción que bajo sus narices se tejía. El camino de la ex presidenta hacia la prisión ya fue seguido por Luiz Inacio Lula da Silva y Ollanta Humala. De Fernando Lugo casi nadie se acuerda y a Rafael Correa la justicia le pisa los talones. Tras 23 años con el poder presidencial y presionado por una insurrección cívica, Daniel Ortega no encuentra a dónde ir. Otros de su misma línea en el continente presienten que el final se acerca inexorable y temen correr la misma suerte.

Surgido como una oportunidad de redención tras el fracaso monumental del socialismo real que se instaló durante 72 años en Rusia, el Socialismo del Siglo XXI luce en crisis terminal. Muchos analistas creen que, a menos que reorienten la ruta drásticamente, los sobrevivientes de este prolongado tsunami marchan hacia el final suicida hasta hace poco atribuido a los lemings de Europa del norte. No se conoce de ninguna banda musical auténtica que los acompañe pues el entusiasmo que consiguió congregar alrededor de sus postulados ahora languidece. Los sostiene una esperanza azarosa de que en algún momento la fortuna política les vuelva a sonreir.

El sistema que colapsa también trepida más allá de los límites geográficos inmediatos. Ahora afecta al nervio esencial del socialismo en su segunda versión, Cuba, que también siente que transita un retorno a los tiempos temibles del ¨Período Especial¨ que sobrevino tras la caída de la Unión Soviética, que durante 30 años mantuvo la economía de la isla a razón de unos cinco millones de dólares diarios. Fueron años de grandes sacrificios para los cubanos, en los que hasta los bueyes compensaron la falta de energía que derivaba del petróleo, que en trueques y a precios reducidos, recibía de los soviéticos. En un determinado momento, una legión de 200.000 bueyes arrastraba arados, tractores y propulsaba moliendas de azúcar. La fortuna, sin embargo, aún estaba del lado del régimen de los hermanos Castro.

Hugo Chávez Frías fue ungido presidente tras ganar las elecciones de 1998. Recibió la banda presidencial del mandatario que lo había amnistiado años atrás, Rafael Caldera, cumbre del socialcristianismo mundial. El comandante estuvo dos años en la cárcel del Yare, a unos 70 kilómetros por carretera desde Caracas, donde fue recluido tras la intentona golpista de 1992. Libre, empezó su escalada democrática hacia la presidencia.

En el joven mandatario Cuba encontraría el respaldo económico que perdía con el hundimiento soviético. A Cuba llegaban hasta hace poco unos 90.000 barriles diarios de crudo entregados en condiciones preferenciales y que la isla procesaba o vendía directamente a clientes. Esa cantidad se ha ido reduciendo a medida que la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) también entraba en una crisis sin precedentes y retrocedía en más de medio siglo.

La producción petrolera ahora está en alrededor de 1,5 millón de barriles diarios; las refinerías se paralizan por falta de repuestos y mano de obra calificada, y en ese declive las entregas subsidiadas a Cuba y otras islas del Caribe han sido afectadas o desaparecido por completo.

Los observadores subrayan que ese derrumbe ha repercutido en una de las naciones centroamericanas más favorecidas por el petróleo subsidiado. Contar con petróleo barato y, además, con acceso preferencial al mercado venezolano fue fundamental para que la economía nicaraguense pareciese pletórica de salud, con un crecimiento que bordeó el cinco por ciento anual, el más robusto después del de Panamá. La falta del apoyo venezolano apretó fuertemente el cinturón de la economía y en abril Ortega buscó paliar el déficit fiscal con cambios en el sistema de pensiones. Fue el fulminante para las protestas estudiantiles y las convulsiones políticas que amenazan al régimen. Cualquier parecido con otras realidades no es meramente casual.

El ex comandante guerrillero, aclamado en todo el mundo tras la caída de la dictadura de Somoza, no quiere saber de elecciones anticipadas el año próximo para recortar su mandato, que duraría hasta 2022. Los observadores temen que su intransigencia por mantenerse en el poder lleve a Nicaragua de vuelta a la guerra civil. Es una actitud parecida a la de otros líderes que, al creerse insubstituibles, se comportan como los roedores nórdicos y se enderezan hacia el despeñadero con el riesgo de sacrificar los logros alcanzados por la sociedad que presidieron.

De Mesa y sobre Mesa

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Le consulté directamente para informarme si había algún desliz en la redacción de su nombre, que parecía trampa para caer en la cacofonía y, en todo caso, para conocer cuál era su opción para escribirlo. En los libros que publica y en las notas que escribe en los diarios, es Carlos D. Mesa, donde ¨D¨ es abreviatura de Diego, su segundo nombre. Pero en los últimos días había notado que las crónicas de El Deber lo identifican como Carlos de Mesa, y en segunda y demás referencias como ¨de Mesa¨, con riesgos auditivos como cuando se dice ¨es el punto de vista de de Mesa¨ o ¨de de Mesa se ha dicho¨ que encabeza las preferencias, etc.

He aquí lo que me escribió: ¨El nombre que he heredado de mis padres y que consta en mi carnet de identidad es Carlos Diego de Mesa Gisbert (el ¨de¨ es con minúscula; ponerlo con mayúsculas es incorrecto). Desde muy joven he utilizado, y así firmo mis libros y artículos, Carlos D. Mesa (la D. por Diego), y eliminé el de, que es el herdado. El nombre de mi padre era José de Mesa Figueroa. Lo hice a mis 18 años para ¨diferenciarme¨ de mis padres, en una actitud de rebeldía muy de adolescente. Por eso, toda mi obra aparece con el nombre de esa forma y no lo cambiaré; pero mi nombre legal es el que indico¨.

En el quehacer periodístico suelen presentarse tropiezos al escribir nombres y sobrenombres de personajes de la vida pública. Me pareció interesante que el ¨caso Mesa¨, con o sin de, surgiese en momentos en que el ex presidente está en la cumbre de su popularidad para ser candidato presidencial con fuertes posibilidades de ganar la contienda a despecho de sus reiteradas negativas.  Eso volvía imperativo determinar si era correcto incorporar el ¨de¨, que en Castellano evoca un sello de abolengo en los apellidos.

La aclaración del ex Primer Magistrado trae un dictamen: no es incorrecto mencionar su nombre con ¨de¨, pues así está registrado, pero es claro que su preferencia es omitir ese ¨de¨.  Así lo ha hecho desde la adolescencia.

Recuerdo que hace años, cuando Luiz Inacio Lula da Silva asumió por primera vez la presidencia de Brasil, The Associated Press (AP), de cuya oficina nacional era Director, estaba ante una dificultad. Mencionar el nombre completo, con sus cinco palabras, no era un problema al encabezar una nota. Pero después lo era.

Referirse a Lula da Silva tras el párrafo introductorio era utilizar tres palabras y, especialmente en inglés, traía un esfuerzo adicional para el lector, en tiempos en que la economía de palabras es un mandamiento. Además, había que descifrar la palabra ¨Lula¨para el lector corriente, no solo para el de fuera de Brasil sino también para el de tierra adentro, pues no todos podrían saber que ¨Lula¨ significa calamar y entonces habría que, obligatoriamente, en aras de una buena comunicación, explicar el término, comprensible en la costa pero sin certeza de que lo sería también en el inmenso interior brasileño. Mucho menos lo sería en otros países.

No podíamos llamarlo simplemente ¨Lula¨ en segunda referencia y cargar con el sobrepeso que significaría la explicación del término y las repeticiones posteriores de siquiera tres palabras de su nombre. Decidimos hacerle la pregunta sobre su preferencia a él mismo o al despacho presidencial. En esos días yo estaba en Brasilia y planteé la dificultad al portavoz de la presidencia quien, en una rápida consulta con miembros de la jerarquía presidencial, me dijo: ¨Pueden utilizar indistintamente Lula, el sobrenombre, o Silva, su apellido¨

El tiempo se encargó de restringir palabras. En pocos meses predominaba el ¨Lula¨, que el propio mandatario incorporó a su nombre oficial y como tal quedó registrado. No era más necesario explicar su significado.

De la experiencia surgió la idea para una nota sobre el tema y fui a consultar a la Academia Brasileña de la Lengua, donde descubrí que los términos que expresan afecto son ¨hipocorismos¨. La misma palabra, extraña en el léxico común, existe en el Castellano y en otras lenguas.

El académico al que consultaba en su oficina en Río de Janeiro, me recordó que esos términos de cariño suelen substituir a los nombres oficiales de personas conocidas con tal fuerza que los sofocan. Me dijo sonriente: ¨Vaya por la calle y pregunte a cualquiera que encuentre quién es Arthur Antunes Coimbra. Nadie lo sabrá. Pero si usted dice Zico verá cómo se iluminan los ojos de sus interlocutores¨.

 

Como México no hay dos

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(Nota publicada por El Deber de Santa Cruz el 15 de julio, 2018)

Andrés Manuel López Obrador ha traído vientos renovados para las corrientes de la izquierda en el continente, en momentos en que estaban en retroceso, resultado principalmente de la ineptitud y deshonestidad de los propios gobernantes izquierdistas, de graves violaciones a los derechos humanos de cuyo respeto algunos de ellos juraban que eran campeones, y por la repentina oportunidad que el poder brindó a unos pocos para enriquecerse por generaciones. Una pregunta que recorre el hemisferio es si AMLO, como ahora es universalmente conocido, podrá escapar al estigma que marca a los regímenes que se jactan de distribuir en desmedro de producir y acaban perdidos por propósitos continuístas.

Las primeras imágenes suelen ser las más duraderas. En medio del júbilo de millones que lo veían por televisión, el presidente electo subrayó sus expectativas con una humildad que contrastaba con el abrumador 54% de la votación que acababa de obtener: ¨Quiero pasar a la historia como un buen Presidente de México. No les voy a fallar¨, prometió en su primer discurso tras su elección.

Escucharlo me llevó a evocar a otro personaje que, 15 años antes, acababa de jurar al cargo y se dirigía a una multitud de seguidores. Era Luiz Inacio Lula da Silva, que discurseaba ante miles congregados en la imponente avenida que sirve de cuerpo central para la figura de avión bajo la que fue construida Brasilia.

La llovizna de esa tarde de enero de 2003 no desanimó a la multitud que aguardaba expectante al líder que había ganado la presidencia en segundo turno y abría un período de grandes esperanzas. Lula arrancó lágrimas cuando dijo que su mayor aspiración era concluir su mandato habiendo conseguido que ningún brasileño fuese a dormir con hambre. Al dejar el gobierno ocho años más tarde, con una reelección a cuestas en 2007, pudo jactarse de haber conseguido extraer de la pobreza a unos 30 millones de brasileños e incorporarlos a la categoría de clase media.

No era poco. Esa población triplicaba la de Bolivia o duplicaba la de Chile. Ocurría, sin embargo, en medio de una escalada de precios espectacular para gran parte de las materias primas que daba una sensación de bonanza ilimitada a las arcas brasileñas y que el cielo era el límite. Pero el júbilo no tuvo aliento duradero.  La austeridad no sería el signo de los gastos gubernamentales brasileños en los años que vinieron. La honestidad menos.

Uno de los primeros escándalos ocurrió al ser expuesto un sistema de sobornos a los legisladores que garantizaban al gobierno el pasaje de todos sus proyectos. Fue el ¨mensalao¨, o la mesada que recibían los parlamentarios del Partido de los Trabajadores (PT) y de la coalición aliada por alinearse disciplinadamente con el gobierno. Tiempo después vino la factura, que ahora tiene a Lula en la prisión y a su sucesora, Dilma Rousseff, cerca de hacerle compañía tras haber sido apartada del gobierno por otro mega escándalo, el de maquillaje de las cuentas públicas para mostrar buenos resultados donde las cuentas estaban en rojo. El estigma de la deshonestidad, o del robo y el raterío, en lenguaje mas callejero, han sido marca profunda en regímenes populistas y autoritarios.

En nuestro caso, recordemos que la caída del MNR en 1964 ocurrió bajo una percepción generalizada de que el país había sido tomado por asalto y que la corrupción era un signo transversal y vertical del régimen que se iba; o también el descontento que cundió bajo el régimen militar del general Banzer con el enriquecimiento de muchos de su círculo más estrecho, represión y sobreprecios. Lo que vino y la sucesión de otros escándalos amortiguaron el peso del bagaje de las décadas de 1960 y 1970.

El ámbito regional de AMLO no es muy ejemplar. En el norte sudamericano, Venezuela ha roto todos los parámetros de comportamiento de los estados y el régimen de Nicolás Maduro desfallece sin más aliados que Bolivia, Nicaragua y Cuba. Para el recién llegado AMLO, Nicolás Maduro puede resultar demasiado tóxico para merecer algún gesto de México más allá de decir: ¨Arréglenselas ustedes. Respeto la no intervención y no me meto¨.  El nuevo mandatario mexicano no querría entrar a las aguas turbulentas de Venezuela cuando su posesión ocurrirá en cinco meses, una eternidad cuando se aborda la urgencia de sanear el pantano venezolano. La presencia de Maduro es incómoda en el continente, salvo en aquel trio de países que tampoco pueden hacer mucho por un sistema colapsado.

La sociedad mexicana y, en verdad, todo el mundo, estarán atentos a cómo luchará contra la corrupción, para comenzar con ¨la mordida¨ que gobierna desde gran parte de las relaciones interpersonales hasta los grandes contratos del Estado. ¨No voy a tener la corrupción a raya. La voy a erradicar¨, prometió durante su campaña.

Por lo que espera, la tajada será multimillonaria como para acometer trabajos capaces de convertirse en demostración y tener jactancias tipo¨esto costó tanto y fue financiado con la represión sobre gastos agigantados que se iban a realizar en tales y tales sectores. Los responsables están siendo procesados¨.

¿Un sueño?  Cierto, pero sería el camino ideal que promete AMLO.

Del vecindario izquierdista no será mucha la inspiración que AMLO pueda conseguir. La cruzada que pretende emprender contra la corrupción, que identifica no como un fenómeno cultural mexicano sino resultado de la decadencia de regímenes anteriores, es la que puede emerger como gran contribución mexicana a la cultura del continente y a conferirle brillo.  En un gesto capaz de ruborizar a otros líderes de la región, ha archivado el avión presidencial y se dispone a viajar no solo con modestia y sino a donde su presencia resulte imprescindible.

Con gran simpleza que expuso en sus tweets, dijo que no habla inglés (¨no lo necesito¨) y que con el castellano tiene suficiente. Sin aumentar impuestos ni endeudar al país, todo apuntala su idea aún vaga de una gran revolución dentro de la legalidad, sin efectos desestabilizadores ni pérdida de inversiones. Parece la cuadratura del círculo, pero ante su manera de decirlo trepidan hasta los escépticos.

Su gran reto yace al norte, donde Donald Trump cree que puede moldear el TLCAN a su visión unilateral del mundo.  AMLO tiene una vision distinta de la que tenía hace 20 años cuando era opositor intransigente a la integración comercial con el país a donde ahora van cuatro quintas partes del comercio exterior mexicano.  Ambos con fuertes rasgos populistas podrían encontrar en esas similitudes puentes para entenderse. En ese empeño, AMLO cuenta con una ventaja importante sobre Trump: de su lado estará Canadá, el tercero en el esfuerzo por redibujar el mapa del libre comercio en América del Norte.

 

 

Jornadas de abril

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Nota: En primer párrafo corrige: Comisión, en lugar de Corte, como erróneamente salió.

La audiencia vespertina del martes en el Juicio del Siglo se arrastraba bajo una monotonía agobiante de lectura de pruebas cuando las pantallas de los celuares trajeron la noticia de que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos acogía una denuncia de ejecuciones extrajudiciales y violación de derechos humanos presentada nueve años antes contra el Estado boliviano. De golpe venían a la memoria el asalto armado al hotel Las Américas y la ejecución sumaria y brutal de tres huéspedes que hasta poco antes dormían apaciblemente, desfile de decenas de presos y el comienzo de un episodio tenebroso y atemorizante que para muchos aún no ha restañado.

Las luces de alarma en el gobierno del Movimiento al Socialismo volvieron a encenderse, esta vez con máxima intensidad, pues la admisión significaba poner en el banquillo al Estado Boliviano y quizá a sus máximos representantes, incluso el presidente Evo Morales. La agenda informativa del pais dio un brusco viraje y atrás quedaron otros episodios que hasta entonces ocupaban la atención nacional con prominencia, inclusive el juicio en La Haya por la demanda marítima de la que nadie habló durante días.

Era la primera vez que la Comisión en sus 60 y pico años daba curso a un caso que involucraba al Estado y por ende a las máximas autoridades bolivianas, que la recibieron con desdén.

La fuerza del impacto pudo medirse por las reacciones de las autoridades. El Ministro de Gobierno, Carlos Romero, dijo que el Estado asumiría su defensa y que refrescaría la memoria de lo ocurrido hace casi una década. Las novedades que traería ese refrescamiento provocaban curiosidad, pues en cinco años de juicio oral los acusadores no han logrado comprobar ningún elemento que sostenga la tesis de que desde Santa Cruz se planeaba dividir al país y que la unidad policial armada hasta los dientes que rodeó el hotel había sido ¨injustamente atacada¨ y debió defenderse, como dijo el entonces fiscal Marcelo Soza. Fuera de 51 casquillos de balas contabilizados dese día, una prueba tangible mayor fue una vieja pistola sin cacerinas que uno de los acusados, Juan Carlos Guedes Bruno, vendió a Eduardo Rózsa Flores, con la que éste se armaría para capitanear la gesta magna de rendir al ejército nacional.

El Presidente Morales no argumentó y en un tweet pontificó que admitir la demanda equivalía a defender al terrorismo y separatismo. La afirmación causó  perplejidad entre los defensores de los acusados en el largo trámite del caso. ¨El Presidente no reparó que la misma CIDH que él tilda de favorecer al terrorismo es la que años atrás admitió el caso denunciado por el ahora vicepresidente García Linera cuando estaba preso a fines del siglo pasado. Se debe concluir que ya entonces la Comisión habría estado favoreciendo al terrorismo. Una de muchas conclusiones: el presidente carece de sindéresis, de capacidad de juzgar correctamente¨, dijo con ironía Gary Prado Araúz, abogado defensor.

El Vicepresidente salió desde otra esquina. En Bolivia, dijo, hubo terrorismo e intención de dividir al país que admitieron actores del caso ahora en libertad y algunos fuera del país. El segundo mandatario omitió mencionar que sobrevivientes del asalto policial ahora fuera del país, negaron consistentemente, a lo largo del juicio escenificado en Santa Cruz, que hubiesen pretendido promover una guerra interna y dijeron que, si confesaron culpabilidad, fue para salir en libertad al cabo de más de seis años de prisión y, a escondidas, poder fugar del país.

El memorial de admisión, contenido en decenas de páginas, era un revés a las versiones que el gobierno ofreció desde la madrugada del 16 de abril de 2009.

La noticia de la CIDH era parte de la racha de malas nuevas que golpean al socialismo del Siglo XXI. En Venezuela, Nicolás Maduro estaba cada vez más cercado; en Argentina se acentuaba el sitio judicial sobre la expresidente Cristina Fernández de Kirchner, y en Brasil, el ícono más valioso de esa corriente, el ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva, estaba a horas de ir preso, condenado en dos instancias, por uso indebido de recursos del estado y corrupción. Nunca las llamas que consumen a vecinos izquierdistas habían llegado tan cerca del círculo boliviano en el poder.

La sensación de estar con las barbas en remojo para protegerse del fuego que quemaba a la figura más emblemática de la izquierda latinoamericana se agravaba cada hora. El presidente Morales acudió al tweet para alentar al acosado ex presidente Lula da Silva. ¨Repudiamos la decisión indignante de la justicia de Brasil…Esa sentencia ilegítima es un golpe imstituicional¨. El aliento que enviaba hacia el hermano mayor de los líderes de su línea en la region debe haberse perdido en el fragor de las horas del largo fin de semana brasileño.

La Ley de Murphy (si algo puede salir e quivocado, saldrá equivocado) que ronda el Juicio del Siglo volvió a manifestarse el viernes. El juez Sixto Fernández, que el dia anterior había suspendido las audiencias hasta el 16 de abril, pues el viernes se debatiría un enésimo pedido del ex dirigente juvenil cruceñista Guedes para defenderse desde su domicilio, no notificó al Penal de Palmasola que el reo debía ser trasladado hasta la sala de audiencias. Los custodios policiales concluyeron que al estar suspendidas las audiencias, Guedes no podía salir el penal.  Defensores y acusados aguardaron durante casi una antes que el juez suspendiera el acto hasta el martes 17 de abril.

Las noticias que llegaban de Brasil condimentaron el caldo todo el fin de semana. El rechazo del habeas corpus para Lula y su prisión inminente por lavado de dinero y corrupción, bajo óptica boliviana, era un presagio de lo que podría ocurrir a otros gobernantes. Por eso, la decisión de la CIDH estremeció a más de un alto dignatario boliviano susceptible de acusaciones de  corrupción o de violación de derechos humanos.

La secuencia de noticias no había declinado y en la semana que empieza crecía la ansiedad por descubrir lo que aún trae este mes de abril.

 

Agonía sin fin

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La crisis integral de Venezuela parece otra vez en la etapa final. Se acaban los alimentos, no hay medicinas, la delincuencia toma las calles y hasta los caminos interprovinciales se han vuelto escenario para la delincuencia. Nadie está más seguro. Los países de la región donde jerarcas del régimen creían que encontrarían refugio se cierran con prisa. El más reciente en hacerlo ha sido Costa Rica, que decidió cerrar las puertas para el Ministro de Defensa, Padrino López, y su familia (El Nacional, 7 de febrero).  El oxígeno financiero recibido de China, Rusia e Irán es insuficiente para mantener con vida a un sistema opresivo. Las noticias que llegan de Caracas, de los llanos y de los andes venezolanos llevan a una conclusion: el final del régimen se aproxima a galope y en cualquier momento puede generalizarse el grito de sálvese quien pueda. ¿Será?

Lo mismo pueden haber pensado décadas atrás los españoles con Franco, los portugueses con Salazar, los rumanos con Ceaucescu, los rusos con Beria, Lubianka y los gulags, los propios venezolanos en tiempos de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Todos duraron eternidades. Pero ahora existe una diferencia notable: la comunicación exhibe cada día las trampas del régimen y los abusos de la Guardia Nacional, y se ha creado un estado de conciencia mundial sobre la urgencia de apartar al régimen de Nicolás Maduro y de reinstaurar el camino democrático del que Venezuela fue uno de sus campeones. Si no, que lo digan los argentinos, bolivianos, brasileños, chilenos, ecuatorianos, peruanos, ecuatorianos y centroamericanos que allí encontraron hospitalidad.

La pregunta que surge aquí en los llanos bolivianos es qué puede hacer el gobierno de este país para detener el desenlace o evitarlo: Nada, más allá de expresar simpatías obvias y emitir declaraciones altisonantes. Nadie se atrevería a asegurar que la que impera en Venezuela sea una causa con algún futuro.

Todo concurre para exhibir el ocaso del Socialismo del Siglo XXI, cuyos gobernantes ahora se enfrentan a numerosos traspiés.  La imprudencia del Presidente Morales al responder en Tupiza al reclamo de una mujer que le pedía que no olvidara su promesa de ayudar a quienes han sufrido la peor calamidad de sus vidas le pasó factura inmediata. Un par de días después, Página 7 publicaba una encuesta que le daba la mala noticia de que la aceptación de su gobierno había bajado en picada y que ahora se ubicaba en un 22%. En comparación, habría parecido gran noticia el resultado de la encuesta de Equipos Mori publicada por El Deber que le asignaba un 34%. Ya entonces el bajón mareaba pues parecía una caída libre respecto al año anterior, cuando registraba un 58%.

La a peor noticia política de estos días vino desde la mitad del mundo: en Ecuador murió la iniciativa para instituir la reelección indefinida que propugnaba Rafael Correa. La derrota proclamaba que su amigo Correa no podrá volver a candidatear. La reprobación partia de un 65% de la ciudadanía ecuatoriana, decían los primeros resultados, mientras que solo el 35% aprobaba la iniciativa reeleccionista. Era un revés adicional para Maduro, que perdía otro amigo y una advertencia para el empeño reeleccionista del presidente Morales.

Pocas veces ocurren traspiés tan sucesivos. En Argentina, Rex Tillerson hablaba con autoridades vecinas sobre la situación de Venezuela y sobre sanciones capaces de herir al todavía robusto sector petrolero, la vena yugular de Venezuela.

La crispación en la que vive la patria de Bolívar y Sucre es sentida con particular intensidad en Cuba. En los albores de la revolución cubana, Fidel Castro, urgido de recursos financieros y petróleo, intentó hace 60 años convencer al entonces líder democrático Rómulo Betancourt, de abrir las arcas venezolanas para ayudar a Cuba. Betancourt era un hombre pragmático, con fuertes lazos politicos con Víctor Paz Estenssoro, quien asumía un liderazgo por entonces indisputable en su país. El estadista venezolano le respondió que Venezuela también batallaba por su desarrollo y le urgían todos los recursos de los que podía disponer, y que el petróleo a precios preferenciales debía negociarlo con las compañías productoras que operaban en Venezuela. Volvió a La Habana con las manos vacías, y a los pocos meses desembarcaron en las playas venezolanas guerrilleros de Venezuela y Cuba. Las expediciones guerrilleras fueron derrotadas, pero décadas después, cuando asumió Hugo Chávez, Cuba relanzó el lazo que Betancourt había esquivado y amarró gran parte de su destino económico y politico a Venezuela, con hasta 100.000 barriles de petróleo subsidiado. Con el colapso de los precios hace tres años, aumento de su propia producción y acuerdos con otras naciones, Rusia en especial, la importancia del petróleo venezolano se redujo, pero quedaron decenas de miles de profesionales cubanos por los que Venezuela paga a Cuba en petróleo o al contado. Los profesionales son fuente porimaria  de ingresos para Cuba y esta fuente financiera vital sufriría si ocurriera un cambio de dirección en Caracas.

El gobierno boliviano, socio bandera del Socialismo del Siglo XXI, comparte las tribulaciones venezolanas con una posición incómoda: no puede evitar que muchos bolivianos teman que la Venezuela de estos tiempos anticipe lo que podría esperarle a Bolivia con ese mismo socialismo. Ya sufrieron carestías hace 40 años y no quisieran verlas repetidas o multiplicadas. De alguna forma, el desprestigio del regimen venezolano está en el ánimo de la población, como lo estuvo en muchos de los ecuatorianos que cerraron el paso reeleccionista de Correa. Para muchos es indiscutible que el exígeno de Maduro se agota y que, tiempo más o tiempo menos, se irá del Palacio de Miraflores. ¿A dónde?  Quizá a Rusia. Luiz Inacio Lula da Silva, ahora condenado a la cárcel por la justicia de su país, podría escoger una latitud menos remota para eludir la cárcel. El columnista y reconocido historiador Elio Gaspari especuló esta semana que Lula se vendría a Bolivia.

El fracaso de las negociaciones en República Dominicana es un pésimo augurio. Los desplantes del ex presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, que oficiaba de mediador en las negociaciones gobierno-oposición, fueron vistos como una ruptura de su traje de imparcialidad. Se lo percibía cuadrado con el regimen al presionar a la oposición venezolana para que firmase un acuerdo que aprobaba el gobierno y que ignoraba reclamos básicos de los opositores, como amnistía y liberación de presos politicos, reconocimiento de la Asamblea Nacional elegida en 2015, libre acceso a los medios informativos del estado, y apertura de un canal humanitario para recibir alimentos y medicinas.

En actitud de escapar hacia adelante, el régimen ha convocado a elecciones presidenciales para el 22 de abril. Las especulaciones en las cancillerías tratan de acertar qué ocurrirá hasta entonces.

A solo días del anuncio electoral, Venezuela lucía como un país paria. Europa repudió la convocatoria, en un anticipo de nuevas sanciones sobre jerarcas del régimen. El Grupo de Lima, 12 naciones del hemisferio entre las que no figura Bolivia, declaró que la convocatoria anticipada imposibilitaba elecciones democráticas y este martes se disponía a considerer el caso. Habría que estar ciego y sordo para no percibir que el regimen cruje y que los marineros corren el peligro de hundirse en un naufragio estrepitoso.

Es aceptable creer que la angustia de verse sin horizontes carcome a los comandantes cuyas tropas sostienen al régimen. El que la Corte Penal Internacional (CPI) hubiese dispuesto abrir un examen preliminar sobre abusos y violaciones a los derechos humanos en Venezuela podría parecerles la apertura de un camino hacia un Nuremberg del Siglo XXI.

 

Lula podría asilarse en Bolivia

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El periodista e historiador Elio Gaspari, autor de una de  las obras históricas más importantes de Brasil contemporáneo, dice este fin de semana en su columna en O Globo, Rio de Janeiro (¨Lula puede evitar la prisión asilándose¨):

¿Lula irá preso? ¿Cuándo? Hay otra posibilidad. Ante una prisión inevitable y próxima, Lula entra a alguna embajada latinoamericana, se declara perseguido político y pide asilo diplomático. No hay ningún indicio de que pretenda hacerlo, pero la realidad enseña que ese camino existe.

Por el curso que toman las cosas, Lula será apresado para cumplir la pena dictada por la justicia. Está condenado a 12 años de prisión, y otros dos procesos pueden aumentar la pena.  A los 72 años, pasará algunos años en régimen cerrado antes de acceder a un régimen semiabierto.

Como es preferible llorar en el exterior que reír encarcelado en Curitiba, Lula sabe que tiene el camino del asilo diplomático. Considerándose perseguido politico, conseguiría esa protección por lo menos en dos embajadas, la de Bolivia o la de Ecuador. Pedir protección a los cubanos o a los venezolanos solo arruinaría el episodio.

Para dejar Brasil Lula necesitaría de un salvoconducto del gobierno de Michel Temer. Bastarían unas semanas de trámite y volaría apenas se enfríe el noticiero. Una vez instalado en el país que le otorgue asilo, empezaría a viajar por el mundo. Aunque le retiren el pasaporte, eso sería irrelevante.  Hasta 1976, (cuando murió en un accidente carretero, el ex presidente) Joao Goulart, asilado en Uruguay, viajaba con pasaporte paraguayo.

El asilo de Lula podría ser del agrado del gobierno, pues, preso, sería defendido por una incómoda campaña internacional. (Guardadas las proporciones, como ocurrió con el jefe comunista Juan Carlos Prestes entre 1936 y 1945).

La victimización de Lula perdería un poco de dramatismo, pero las prisiones enseñan que con el tiempo la mobilización se marchita y la soledad de la celda predomina. La conjetura tiene un inconveniente: solo podría retornar a Brasil en las alas de una amnistía.

Tormenta venezolana

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Desde el 1 de septiembre, cuando los venezolanos se volcaron a las calles de Caracas para reclamar en paz su derecho a votar y decidir un cambio de gobierno, el país vecino está envuelto en una amenaza de tormenta de la que alejarse sin descargar tensiones luce como una hazaña sin paralelo en el hemisferio. El campo de maniobra para evitar un cataclismo tiende a encogerse cada día a medida que crecen las penurias de toda índole que agobian a la mayoría de los venezolanos, un tiempo considerados entre los pueblos más felices de América Latina.
A pesar de que el gobierno del Socialismo del Siglo XXI ganó casi todas las elecciones de los últimos tres lustros, el presidente Nicolás Maduro ostenta ahora una desaprobación que abarca a siete de cada 10 venezolanos. Cuánto tiempo más pueda durar esta anomalía es una apuesta de todos los días en el mundo diplomático continental.
Maduro no creyó que sus opositores, congregados en la Mesa de Unidad Democrática, serían capaces de atraer a un millón de venezolanos de todos los rincones de su país y plantearle un reto que no pueden ignorar ni él ni los que lo apoyan. Cuesta arriba, en franco desafío al poder del régimen (las purgas en cargos públicos son cada vez más frecuentes) los observadores independientes señalan que la de aquel día fue la mayor marcha callejera de la historia venezolana reciente.
Para el régimen nada mayúsculo parece haber ocurrido. La mayoría de los observadores coincide en que a menos que estén en curso movimientos de los que nadie parece tener noticia, Venezuela aún continúa en un callejón sin salida.
Perder las elecciones legislativas de diciembre pasado de la forma apabullante en que ocurrió podía haber hecho tambalear a cualquier régimen. La derrota legislativa de Maduro no ha disminuido de manera inmediata ni aparente el poder que ostenta. La Asamblea Legislativa tampoco ha logrado alterar la composición del Poder Judicial, al que las fuerzas opositoras identifican un pivote del régimen. El Tribunal Supremo de Justicia ha obstruido todas las medidas dictadas por los nuevos legisladores. Sin embargo, nadie dudaría en afirmar que la presencia de un Poder Legislativo con mayoría opositora abrumadora transformó el horizonte político del país y ha desgastado aún más al régimen obligándolo a redoblar esfuerzos para cuidarse en todos los flancos.
La pérdida de poder e influencia de Venezuela es visible en el campo internacional. Otrora indispensable en la arquitectura regional, el papel de Venezuela ha sufrido un eclipse progresivo. Su ingreso al Mercosur desde el norte sudamericano fue posible por las coincidencias ideológicas con la Argentina de Cristina Kirchner y el Brasil de Luiz Inacio Lula da Silva, a pesar de la oposición paraguaya. Con ambos ahora alejados del poder y con Dilma Rousseff, la sucesora de Lula, destituida por el congreso, Paraguay ahora parece devolver el golpe. Es el más férreo opositor a que Venezuela asuma la presidencia temporal del grupo (hasta diciembre). En una tentativa de reafirmarse, Venezuela asumió desde Caracas la presidencia del grupo, en un acto más simbólico que efectivo: Brasil y Argentina, los mayores del Mercosur, tienen la misma posición de Paraguay, pero sin estridencias. A juicio de un analista, es como querer dirigir un vehículo sin tener vehículo.
La disputa subraya también la decadencia del que se creyó que sería el eje integrador de las economías del continente y al que aspira sumarse Bolivia. (Se ignora si mantiene el interés, ahora que la brújula ideológica del grupo marca una dirección opuesta a la de la diplomacia boliviana.)
Incluso en el Caribe, donde durante gran parte del siglo pasado Venezuela ha buscado consolidar buenas relaciones para equilibrar la influencia de Guayana, con la que tiene una vieja disputa territorial, su presencia luce opacada por la declinación del factor petróleo.
Los astros que alumbraban a Nicolás Maduro se bambolean y nadie, incluso entre sus más fanáticos seguidores, cree que su régimen pueda escapar de la dinámica desatada el 1 de septiembre.

El mundo que no fue

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La destitución de Dilma Rousseff ha puesto fin a una era que durante 13 años representó las esperanzas de gran parte del mundo en desarrollo. El  ¨sin miedo de ser feliz¨ que presidió el destino del país más grande de América Latina acabó por decisión del senado que, con una mayoría abrumadora, la apartó por completo de la presidencia.

El fin del ciclo PT es un golpe fatal para las izquierdas del continente. Subraya un ocaso melancólico del Foro de Sao Paulo, las agrupaciones marxista-leninistas que intentaron revivir el experimento que durante más de siete décadas asfixió libertades y derechos en Rusia y el este  europeo. Brasil era la esmeralda de la corona para las esperanzas de instalar una versión socialista menos tiránica  que la de los gulags pero en muchos casos implacable en la persecución a la libre expresión y a la disidencia.

La alegría y optimismo naturales de los brasileños arroparon a Luiz Inacio Lula da Silva, en los años en que cundió el mantra de que un mundo nuevo sería posible con el PT. El ex líder metalúrgico ahora está en una senda capaz de llevarlo a la cárcel por enriquecimiento indebido. El mundo que anunciaban sus seguidores no llegó a ser.

El sueño que Rousseff encarnaba empezó a desvanecerse a partir de su reelección por margen mínimo seguida de una ola de descontento popular que sacudió al país con manifestaciones en la mayoría de los 5.400 municipios brasileños.

El nombre de ese descontento es recesión. Luego de años de crecimiento sostenido, a veces excepcionales, la economía se contrajo y el desempleo empezó a cundir. Para este año se pronostica una caída del 4.6% por ciento de su PIB, un fenómeno desconocido en casi dos décadas que mostró la cara fea del mundo que prometía el PT.

El desenlace reafirma que las economías no están blindadas y tumban gobiernos en cuanto situaciones de auge ceden por la ineficiencia o el dispendio. La conclusión de Bill Clinton al debatir con su adversario cuando era candidato presidencial, ¨es la economía, estúpido¨, tiene una notable confirmación. Después de encogerse este año, la economía brasileña podría recuperarse solo en 2018. Con el PIB en crecimiento, otra habría sido la suerte de la ahora ex mandataria.

La decisión de los senadores causó una perplejidad que llegó al embajador británico en Brasil, Alex Ellis, quien vía twitter pidió que le explicaran cómo una presidente podía ser apartada y conservar sus derechos políticos. Entre sarcástico y bienhumorado, un seguidor le dijo que los senadores la habían enjuiciado porque hubo un delito, pero como al enjuiciarla se vio que no lo hubo, se le mantuvieron los derechos políticos.

 

Tribulaciones tempranas

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Fernando Henrique Cardoso solía decir que era inútil querer que su país se comportase como un tigre asiático pues su tamaño en todo sentido lo convertía en una ballena que no podía sino avanzar a ritmo cetáceo pero seguro. El juicio a Dilma Rousseff demoró más de un año en madurar, desde las elecciones de 2014 en las que Aécio Neves perdió por el margen más estrecho ocurrido en Brasil desde la restauración de la democracia al final de la década de 1980. Como en todas las victorias estrechas, al PSDB, la socialdemocracia en oposición, le quedó el sabor de una derrota sospechosa.  La cuña que frenó el que parecía un avance imparable del PT de Luiz Inacio Lula da Silva fue una socialista menuda pero de discurso vibrante y consecuente que venía de los parajes  remotos del Acre, cerca de la frontera con Bolivia: Marina Silva. Arrancó casi el 22% de los votos y privó tanto a Neves como a Rousseff de una victoria en primera vuelta.

Para entonces, era evidente que las aspiraciones de muchos brasileños de ver a la economía de su país crecer a paso de felino eran irreales. Cuando Dilma Rousseff juró por segunda vez al comenzar 2015, empezó a aplicar ajustes económicos que se creía serían los de la socialdemocracia. Y ¨la caja negra¨ de Petrobras, la empresa bandera de Brasil, empezaba a perfilarse como el origen de trampas que habían ayudado a que entrase en crisis justo cuando se aproximaba la tormenta que iba a hundir los precios del petróleo. Una porción importante del escándalo, se supo después, había ocurrido cuando la presidente estaba a cargo de Petrobras.

De ahí, el paso siguiente, el de su enjuiciamiento y separación temporal del cargo, fue solo  una consecuencia que se yergue como un dominó sobre sus sucesores. Michel Temer, el vicepresidente, asumió el 12 de mayo, hace menos de tres semanas, bajo  un inquietante telón de fondo: ¿Son hombres probos los legisladores que determinaron el enjuiciamiento de la presidenta a la que acusan de deshonestidad administrativa? Más de la mitad de los legisladores enfrenta acusaciones de corrupción.

La piedra más notable en el dominó desatado por el proceso que apartó a Rousseff cayó sobre el presidente de la Cámara de Diputados que aprobó el enjuiciamiento por mayoría abrumadora: Eduardo Cunha.

Locutor evangelista de la Asamblea de Dios, a quien el también enjuiciado ex presidente Fernando Collor de Mello (1989-1992) puso al mando de un conglomerado telecomunicaciones en Rio de Janeiro, Cunha fue apartado del cargo legislativo bajo acusación de lavado de dinero y corrupción pasiva que le formuló  el Procurador General  y que la Corte Suprema refrendó con una rara unanimidad de 10-0.

Temer enfrenta a su vez múltiples acusaciones que confirman el escepticismo brasileño en torno a sus líderes nacionales. Es probable, sin embargo, que consiga mantenerse en el timón de la mayor economía del continente hasta el final del mandato asignado a Dilma Rousseff,  el 1 de enero de 2019. Pronósticos de tormenta también amenazan al Presidente del Senado, Renán Calheiros,  investigado bajo sospechas de recibir sobornos.

Los críticos del proceso que ha apartado a Dilma Rousseff y su partido del mando de Brasil afirman que ha ocurrido un ¨golpe legislativo¨, pero con frecuencia ignoran las disposiciones constitucionales que avalan el alejamiento de la presidenta. Un colega muy bien informado menciona desde Brasil la ley de responsabilidad fiscal, que marca límites a los gastos públicos. Dice mi amigo: Las maniobras fiscales, las ¨pedaladas¨, término convertido al léxico común, empujaron el déficit público a 170.000 millones de reales, más de 50.000 millones de dólares el año pasado, casi cuatro veces las reservas que guarda el Banco Central de Bolivia.

Hasta 2013, había un amplio superávit. Solo esa cuenta explicaría gran parte del colapso de la economía brasileña. Aún más, no está clara la participación de la presidente suspendida en la compra de una refinería en California, que los críticos consideraron 100% innecesaria. ¨De este maremoto, dice mi amigo, es posible que no se salve ni el gobierno de Temer. Pero los líderes políticos y económicos del país preferirían Temer a lo incierto¨.

Como en la metáfora del expresidente Cardoso, la ballena desdeña rutas desconocidas y se mueve por rutas ciertas a su propio ritmo.

Idus de Marzo

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Las calles de las principales ciudades brasileñas volvieron a ser este viernes plataforma de protestas en contra y a favor de la presidenta Dilma Rousseff y de su mentor Luiz Inacio Lula da Silva, al agravarse una espiral que parece próxima a un clímax para definir el rumbo institucional del país más grande del continente. Sin un comando efectivo sobre la política y la economía de su país, el gobierno y el Partido de los Trabajadores (PT) parecen haber cedido al descontento el dominio de las calles.

La divulgación de grabaciones telefónicas en las que la presidenta anunciaba a Silva que le enviaba las credenciales que lo convertían en Ministro de la Presidencia enardeció a sus opositores y el expresidente quedó lejos de ser ministro con mando efectivo y menos de estar protegido ante la eventualidad de una orden de arresto. En la tarde del viernes, aún se debatía si llegaría a ejercer funciones. La designación, anunciada en pocas palabras salpicadas de afecto entre ambos líderes, fue vista como un intento de proteger al ex presidente ante investigaciones que apuntan a él y a miembros de su familia en actos de corrupción administrativa. Estos días, los idus de marzo han lucido como en desfile olímpico frente a los dos dirigentes y su partido.

En las horas siguientes, el PT intentaba asumir visibilidad luego de haber sido eclipsado por las concentraciones de millones de brasileños en todo el país que reclamaron la salida de la presidenta. Lucía difícil que pudiese restaurar la imagen de sus dos líderes acosados por la justicia. Las tribulaciones políticas de ambos se agravaron y entraron en un conteo descendente cuando, el jueves, quedó conformada la comisión de 65 miembros que deberá decidir si existen méritos para juzgar a la presidenta.

El informe que emita esa comisión será votado por la Cámara Baja, donde la oposición y los críticos de Rousseff son mayoría. De ser condenatorio y ganar aprobación, el Senado asumiría el juicio y la presidente sería apartada de sus funciones por 180 días. El tribunal juzgador lo presidiría el Presidente de Corte Suprema. De ser culpada, la presidente perdería sus derechos políticos durante ocho años. Una situación así no sería desconocida para los brasileños. Sería una repetición de 1992, cuando Fernando Collor de Mello fue alejado de la presidencia y perdió sus derechos políticos. Ex combatiente clandestina y  ex guerruillera, la presidenta  ha estado en coyunturas difíciles que parecìan insalvables y consiguió sobrevivirlas. Quienes conocen la historia brasileña contemporánea creen que la que le toca enfrentar ahora está entre las más formidables de toda su vida, pues no depende tanto de sí misma ni de su partido ni de sus colaboradores, sino de  gran parte de una sociedad indignada con la corrupción y las deficiencias administrativas e infraestructurales evidentes al cabo de  13 años de gobierno ¨petista¨-.

Los problemas de Brasil han hecho tocar a rebato las campanas de las izquierdas en todo el mundo, que perciben el peligro de extinción del intento de revivir desde el nuevo mundo el socialismo que representó la desaparecida unión Soviética y sus satélites. La angustia de unos no equivale a la felicidad en otros. El universo político del mundo capitalista no logra todavía zafarse de turbulencias del quinquenio anterior, a pesar de las ventajas que ofrece la caída vertiginosa de los precios del petróleo, de los minerales y de los productos agrícolas.

Los informados previenen que un naufragio político en Brasil podría operar con la fuerza de un sifón sobre sus vecinos ideológicos y fronterizos, que difícilmente podrán alejarse del área de turbulencia. Al moverse una ficha fundamental del juego que ha regido sobre gran parte de América del Sur en la primera y segunda década del siglo, el paisaje político del continente ingresaría a un período de cambios bruscos, impensables hace solo pocos años.