Latinoamérica

No vuelvo a leerlo

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El autor “Las venas abiertas de América Latina”, uno de los ensayos más difundidos de América Latina, y por décadas sustento líder de la idea de que las inversiones extranjeras eran nocivas y que el continente pagaba por ellas tributos coloniales, ha hecho una declaración que erizó la piel de muchos. En la reciente Bienal del Libro de Brasilia donde fue el homenajeado principal, Eduardo Galeano dijo que carecía de formación económica cuando escribió la obra y que él mismo no la volvería a leer.

Al reseñar la declaración, originalmente difundida en portugués, el diario caraqueño Tal Cual Digital dijo que, a los 43 años de haber publicado la primera edición, Galeano (73) se había dado el gusto de matar su obra más conocida.  A partir de ahí parece haber recuperado eco la declaración para ahora repercutir en otras latitudes, incluso en su propio país, Uruguay.    

Lanzada en 1971, la obra de Galeano ha recorrido el mundo como un catecismo incuestionable de las izquierdas. Traducido a una veintena de idiomas, también está en gran parte de las librerías nacionales, inclusive en su versión trucha (fotocopiada). Figura como libro de cabecera de muchos personajes de la política en todo el continente y no son pocos los que aseguran haberlo leído sin siquiera haber hojeado sus páginas.

La revista CartaCapital, una de las mayores de Brasil, citó al escritor en una conferencia de prensa tras llegar a Brasilia a principios de abril: “Después de tantos años, no me siento tan apegado a ese libro como cuando lo escribí. El tiempo pasó, comencé a abordar otras cosas, a aproximarme más a la realidad humana en general y en especial a la economía política. ‘Las venas abiertas’ trató de ser un libro de economía política, sólo que entonces yo no tenía la formación necesaria. No estoy arrepentido de haberla escrito, pero es una etapa superada. No sería capaz de volver a leer ese libro. Me desmayaría. Para mí esa prosa de izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría”.

La Agencia Brasil citó otro párrafo de esa declaración, muy poco divulgada en Bolivia: “La realidad cambió mucho. Yo cambié mucho. Mis espacios de penetración en la realidad crecieron tanto fuera como dentro de mí. Dentro de mí esos espacios crecieron en la medida en la que iba escribiendo nuevos libros y redescubriéndome, viendo que la realidad no es solo aquella en la que yo creía”. 

La obra no necesitaba de mayor publicidad cuando el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez la escogió para ofrecerla a Barack Obama, en la cumbre de Trinidad y Tobago de 2009 en un gesto que probablemente propulsó nuevas ediciones. Preguntado en Brasilia  sobre si Obama entendería la obra, Galeano respondió con calculada picardía: “Ni Obama ni Chávez”.  

Sí, nos importa

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La semana ha sido pródiga para comentaristas que hablaron sobre la elección del martes en Estados Unidos. Algunos sostuvieron que esa elección no representaba nada para Bolivia y que cualquiera que hubiese sido el resultado, ningún cambio ocurriría en las maltrechas relaciones bilaterales. Es cierto que América Latina estuvo casi totalmente ausente de la campaña. Pero una cosa es no tener mayor significación para la superpotencia que ocupa gran parte del hemisferio norte. Otra cosa es negar que los actos de nuestro vecino en el barrio también nos puedan afectar. Sólo por un instante imaginemos como real una hipótesis absurda: que los norteamericanos decidan no tomar café. Las exportaciones de Brasil se verían golpeadas y nuestro vecino, con menos ingresos, se vería forzado a comprar menos gas de Bolivia. Es fácil ver la bola de nieve que se formaría. No estamos ubicados ni en la Luna ni en Marte. La buena relación que Estados Unidos tiene con Chile, Paraguay, Perú, Colombia y Brasil proyecta, por vía de comparación, la mala relación que existe con nosotros. Eso ya es un efecto que no debemos ignorar. No podemos jactarnos de carecer de un buen relacionamiento con la principal potencia económica y militar del planeta. Mucho menos de que ese relacionamiento sea malo, en el peor nivel de la historia bilateral.
Una victoria de Mitt Romney habría privado a Barack Obama de alcanzar lo que dos predecesores notables de su partido lograron: Franklin D. Roosevelt (electo cuatro veces) y Bill Clinton. La economía estuvo en la cabeza de los votantes como cuestión prioritaria. Los 57,6 millones que votaron por el candidato perdedor quieren que la economía sea reactivada más rápida y más sólidamente. Quieren lo mismo los 60,5 millones que votaron por Obama, pero no a costa de reducir impuestos a los más ricos o con una política exterior agresiva a la que atribuyen gran parte de los problemas económicos que se han abatido sobre la única superpotencia y que afectan a todo el mundo.
Es natural suponer que los movimientos de la política externa de Obama persistirán en el énfasis sobre China (por razones económicas), en Irán (por su programa nuclear) y Corea del Norte (por razones de seguridad). La lista de interés mantendrá en la cima a los aliados tradicionales de Estados Unidos en Asia, África, Europa y el Oriente Medio y a los países de América Latina con los que mantiene una relación fuerte, política y comercialmente (México, Brasil, Chile, Perú y Colombia, entre otros). Con Cuba no se deben esperar variaciones significativas, salvo cambios internos en la isla. Como están las cosas, es improbable un cambio en la relación con Venezuela, menos con Bolivia (persiste el desagrado con la afirmación de que las relaciones con Estados Unidos son “una c…”, agregada a una cadena de declaraciones inamistosas o disparatadas, incluso la más reciente: Quienes eligen son los empresarios, concepto también utilizado por Mahmoud Ahmadinejad, de Irán.)
La victoria de Obama tiene algunas lecciones adicionales sobre las que los analistas aconsejan reflexionar. Una es que el llamado “voto latino” no es el que algunos comentaristas se regodeaban en destacar como factor que apuntalaría una victoria del candidato republicano. Fue al revés. Es un grupo importante, con cerca de 20 millones de votantes, más de ocho veces la magnitud de hace sólo unos años y representa el 11% del electorado, sólo un par de puntos porcentuales debajo de los afro-americanos, la primera minoría. Pero dos de cada tres latinos votaron por el demócrata Obama y pusieron en jaque a los grupos conservadores de origen latino que viven en Florida, estado que acabó en la bolsa del lado victorioso. Esta elección también subraya que una mayoría de latinos votó con la mirada puesta en asuntos internos inmediatos (inmigración, salud, desempleo) más que en la patria distante.