Juan Carlos -salazar

Una historia aún fresca

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El cierre debía ser temporal pero hoy, 18 años después, nadie se atrevería a decir que lo fue. El 2 de junio de 2001 se cumplieron 18 años del cierre de ¨Presencia¨, la publicación que durante casi cinco décadas, primero como semanario y después como como diario, fue uno de los mayores faros informativos que tuvo la sociedad boliviana.

Está en circulación ¨Presencia, una escuela de ética y buen periodismo¨, (Plural, 319 páginas), producto de una veintena de periodistas que tuvieron la fortuna de trabajar en ese medio durante algunas de las épocas de la vida del periódico. Bajo visiones individuales de quienes estuvieron vinculados directamente al periódico, el libro cuenta la historia de la publicación católica que, en los hechos, con vicisitudes y alegrías, llegó a representar la voz más creíble de la sociedad boliviana en el tiempo que le tocó vivir.  La obra es una de las novedades de la Feria Internacional del libro abierta hace unos días en Santa Cruz.

El cierre debía ser temporal, según el anuncio de la Conferencia Episcopal. Pero se tornó permanente, y  es ahora un registro de una de una época trascendental de  la historia boliviana. En el medio siglo de la vida del periódico,  se nacionalizaron las minas, se implantó el voto universal y se otorgó ciudadanía a más de la mitad de la población boliviana; también ocurrió el auge y caída de dictaduras para desembocar en el cauce democrático más prolongado de la vida democratica nacional.

Además de  las victorias y percances del periódico, algunos contribuyentes relatan momentos poco difundidos de esta historia.  Mario Frías Infante, el último director que tuvo ¨Presencia¨, menciona, por ejemplo, intentos de utilizar al periódico para fines al menos cuestionables, cuando ya era cooperativa con participación prominente de una industria privada de Cochabamba. El capítulo deja vacíos importantes al no abordar este tema con cierto detalle, indispensable dada la magnitud del caso y por tratarse de una institución de la Iglesia Católica.

La contribución de ¨Redacción de Presencia¨, con capítulos que abarcan períodos amplios de los últimos años del periódico, son de lectura imprescindible para comprender parte de su agonía en años de dificultades.

El editor responsable de la obra, Juan Carlos Salazar, me dijo que se trata de capítulos escritos para ocasiones memorables anteriores, como la de las Bodas de Plata, a los 25 años, en 1977, O a los 40 (1992) bajo la gestión de Ana María Campero (+), con ¨Pasión, muerte y resurrección de la democracia¨.

Todo el que estuvo cerca del periódico, siente la falta de testimonios como el de Francisco Roque-Bacarreza,  el incansable Jefe de Informaciones, primero, y de Redacción, después,  durante lo peor de las dictaduras militares, en la década del ´80, o el de Carlos Arze Castedo que trabajaba a todo pulmón para lograr noticias primiciales, en especial del ámbito militar, lo mismo que Germán Cassasa, quien temprano se vino a Santa Cruz para dirigir otros medios. No menos notable fue el aporte de Norah Claros, ¨norita´¨para sus colegas, en las páginas de ¨Sociales¨ y en la recolección de noticias que solo su delicadeza y tacto femenino podían lograr. Las citas resultarían demasiado extensas para una nota que busca ser apenas una reseña.

El libro, forzoso para estudiantes de comunicación, no pretendió abarcar sino pinceladas de una obra construida a lo largo de medio siglo. Haber empezado desbrozar el camino ya es una hazaña. 

Sombras y luces del pasado

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Sombras y luces del pasado
La guerrilla que contamos, de José Luis Alcázar, Humberto Vacaflor y Juan Carlos Salazar. Plural, 280 páginas
  
Durante 30 años fue uno de los secretos mejor guardados de la historia del siglo pasado hasta que en 1997 un equipo de forenses cubanos y argentinos puso fin al misterio al anunciar que los restos de Ernesto Che Guevara habían sido desenterrados de un rincón de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Vallegrande. La certeza sobre la autenticidad de los restos duró una década y hacia 2007 un agente de la CIA, hoy retirado, ensombreció la versión al declarar que él mismo había enterrado los restos junto a los de otros dos guerrilleros.  Es decir, había enterrado tres cadáveres y no siete, como los forenses dijeron haber encontrado, entre ellos el del Che. 
La controversia ha vuelto a cobrar vigor con la obra de los periodistas Humberto Vacaflor, Juan Carlos Salazar y José Luis Alcázar. ¨La guerrilla que contamos¨, construida con reminiscencias de los tres sobre la cobertura que realizaron de la campaña insurgente para los medios en que trabajaban: Presencia, el diario de la Iglesia Católica cuya extinción a principios de siglo dejó un enorme vacío aún sentido en la vida periodística e informativa de Bolivia, y la entonces naciente Agencia de Noticias Fides.
¨El Che fue enterrado en la madrugada del 11 de octubre,…la inhumación se la disputan algunos militares, incluyendo al agente de la CIA Gustavo Villoldo que revela que él fue quien dirigió la ¨operación entierro¨ en la pista de aterrizaje vallegrandina¨. La cuarentena de palabras abre paso a uno de los episodios más intrigantes ocurridos con los restos del guerrillero.
Detras del Che desde que el guerrillero salió de Cuba para perseguir sus propios planes, el cubano-norteamericano Villoldo fue un personaje destacado en la historia de la campaña de siete meses de acción en Bolivia.  No es mucho lo que en el país se ha conocido sobre su participación en ese movimiento, pero medios informativos extranjeros, en especial estadounidenses, han registrado de manera recurrente declaraciones del hombre de camisa oscura y camiseta blanca que aparece sobre el lado derecho del cadaver del guerrillero. Es autor de una obra detallada sobre la odisea de los restos del comandante: ¨Vivo o muerto¨, obra en la que Villoldo relata sus propias experiencias para llegar hasta el guerrillero, al que logra alcanzar cuando ya está muerto.
En un párrafo angular de la narración de Alcázar se lee: ¨El ex agente de la CIA, en diversas entrevistas y artículos escritos por él, explicó que el general Alfredo Ovando Candia ordenó el 10 de octubre (1967) al coronel (Joaquín) Zenteno Anaya que enterrara el cadáver del Che y que la operación estuviera a cargo de Villoldo. Éste contó que pidió a Zenteno una volqueta, un pequeño camión y un tractor y el personal necesario. A la 1:30 del 11 de octubre Villoldo ordenó, en el hospital del Señor de Malta, (que) se recogieran tres cadáveres: del Ché, del boliviano Willy y del peruano Chino Chang. Los tres fueron depositados en el camión y partieron a la pista de aterrizaje de Vallegrande, zona colindante con el cementerio¨.
Autor de la primera obra narrativa sobre la campaña guerrillera en Bolivia, Alcázar recalca que tras anotar las coordenadas del lugar donde los restos del trio de cadaveres yacerían, Villoldo contó los pasos para ubicarlos cuando fuere necesario.  El entierro ocurrió poco más de una hora después. ¨Fueron tres cadáveres, repito: Ernesto Che Guevara, Willy Cuba y Chino Chang¨, subrayó Villoldo en la cita reproducida por Alcázar.
El periodista boliviano subraya: ¨La insistencia del cubano de que solo excavó una tumba para tres cadaveres contradice el descubrimiento del equipo cubano-argentino de una sepultura con siete cadaveres. Además, Villoldo dijo que enterró al Che en la parte sur de la pista y al oeste del cementerio, y el equipo encontró la tumba con siete osamentas al norte del cementerio¨. La pregunta que surge intrigante la presenta el propio autor: ¿Es el Che el de Santa Clara? (donde fueron enterrados los restos encontrados en el cementerio vallegrandino.)
Los capítulos de Humberto Vacaflor y Juan Carlos Salazar son anécdotas inéditas de los esfuerzos de estos periodistas por cumplir con sus medios y con el público de éstos, que vale la pena leer y conservar. Corresponden a una época en la que la calidad era una exigencia inclaudicable que partía desde las cabezas de los medios y se proyectaba con rigor sobre los reporteros de entonces.  
¿Quién fue el primero en dar la primicia? Se afirma que fue el periodista estadounidense Jon Lee Anderson. Pero muchos apuntan en otra dirección y sostienen que fue hazaña de un boliviano. Ted Córdova-Claure, una de las raras firmas periodísticas bolivianas con amplio registro internacional, me aseguró que la había publicado en el periódico que dirigía en La Paz, Última Hora, pues obtuvo la noticia de la misma fuente de su colega norteamericano: un día antes.