Jefferson

Condenas ejemplares

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Parece el sumario de una telenovela. Las operaciones de una cuadrilla de la más alta alcurnia política gobernante que echaba mano de los recursos del Estado para sobornar legisladores y asegurarse la mayoría afloran a la luz pública cuando uno de los comandantes las denuncia. Un vasto esquema de corrupción emerge ante los ojos atónitos de la ciudadanía. Durante siete años desfila ante el público una trama fantástica de sobornos que operaba desde el corazón del poder. Se teme que la justicia sea incapaz de castigar a los responsables. Contra muchos vaticinios, un magistrado negro de origen humilde y acendrada moralidad asume la relatoría del caso y los tribunos reivindican a la clase judicial: declaran culpables a los responsables, en una decisión que devuelve confianza en la justicia.
El bullicio de las elecciones en Venezuela, con efecto notable sobre la política boliviana, no permitió observar en detalle este proceso que acaba de llegar a su epílogo en Brasilia. Los medios del gigante vecino acompañaron a páginas llenas el renacer de la confianza de los brasileños en su sistema judicial. Los magistrados sentaron en el banquillo a uno de los fundadores y articuladores el Partido dos Trabalhadores. José Dirceu de Oliveira era el jefe de gabinete del entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Las oficinas de ambos colindaban. Fueron carne y uña durante mucho tiempo y persiste la interrogante sobre si el mandatario conocía o cuando menos desviaba los ojos ante lo que ocurría. Con él también cayeron el presidente del partido, José Genoino Guimaraes, su tesorero Delubio Soares de Castro, y otras 22 personas, inclusive los que desde el mundo financiero sostuvieron el esquema. Todos han sido declarados culpables y resta la lectura de las condenas.
Situaciones similares se viven en otras latitudes, donde aún no se ha dado un magistrado de la talla de Joaquim Benedito Barbosa Gomes, designado por el ahora ex mandatario pero sin haber abdicado a su independencia ni traicionado su conciencia. Al bajar el telón del “caso mensalao” (o la gran mesada), un sentimiento de decepción prevalece entre los brasileños, como si hubieran vivido el fin de muchas de las ilusiones forjadas al acabar la dictadura militar (1964-85). Lo que leo en los medios del vecino país traduce una decepción hacia gran parte de la clase política de su país, y un caer en el mundo real respecto a un partido y un gobierno que se esperaba que llegase a regir la nación bajo rigurosos preceptos éticos. Desde el gobierno de Lula se dijo que el “mensalao” no había existido y que se trató de una “caja dos”, una gestión y generación paralela de recursos para asuntos de su partido. Los magistrados no compraron esa tesis y subrayaron que la ciudadanía tiene el derecho de exigir que el país sea dirigido por administradores probos y jueces incorruptibles. Recientemente, Lula dijo que se pronunciaría al cierre del caso. Ahora tiene la palabra.
El diputado Roberto Jefferson, presidente del Partido Trabalhista Brasileiro (PTB), denunció el esquema en 2005 y desde entonces la investigación no cesó. En las primeras semanas, los canales privados de TV retransmitieron en vivo las audiencias que emitía la TV oficial de la Cámara Baja. Los brasileños vivieron durante días como hipnotizados pegados a sus pantallas. Muchos no creían lo que escuchaban. Poco antes lo habrían descartado como un mal sueño. Para ellos fue una experiencia penosa, como deshojar una cebolla ante los ojos. Cuando denunció el “mensalao” en una sesión legislativa extraordinaria Jefferson contó que le había dicho a Dirceu: Al final, usted y yo seremos los únicos presos.
Se equivocó en dos docenas.