Inflación

¡Abajo cadenas!

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En solo dos años, de 2015 a 2017, 2,3 millones de venezolanos abandonaron su país forzados por las penurias acarreadas por el Socialismo del Siglo XXI. Ahora viven en latitudes que jamás sospechadas y muchos aportan sus conocimientos y habilidades para el beneficio de otras sociedades. Al Jazeera, la agencia noticiosa árabe, ha traído en estos días datos sobre el éxodo venezolano, reflejo de la magnitud de la sangria de la nación que hasta no hace mucho era la sociedad latinoamericana más rica, más cercana al primer mundo.

Con números actualizados hasta agosto, los emigrantes siguieron los siguientes destinos:  Colombia (870.093), Perú (354.421), Estados Unidos 290.224, España (208.333), Chile (105.756), Argentina (95.000), Panamá (75.990), Brasil (55.000), Italia (49.831),  Ecuador (39519),  Mexico (32.582),  República Dominicana  (25.872),  Portugal  (24.603),  Canada  (24.775),  Costa Rica (8.892),  Uruguay (8.589), Bolivia (5.194) , Trinidad y Tobago (4.000), Paraguay (449).

En aquellos dos años ocurrieron las protestas de mayor magnitud conocidas en Venezuela, con un saldo de más de un centenar de muertos, en su mayoría jóvenes que fueron a las calles a protestar contra la carestía de la vida y la falta de oportunidades.

Los venezolanos sienten la reación internacional como insuficiente y tardía, no concordante con la actitud libertaria de su país en tiempos de las guerras independentistas, cuando las milicias llaneras cruzaron los andes hasta expulsar a todas las fuerzas realistas.  

Todos los países de la region han extendido auxilio en favor de los venezolanos, Colombia y Perú en mayor grado, aunque no en la medida en que la mayoría venezolana aguardaba pero sí dentro de lo posible en una región siempre con el cuello apenas arriba del agua.

Además de la represión, todos escapan de la inflación, que para estos días habría alcanzado la cifra espantosa de un millón por ciento. Es decir, las unidades de bolívares que usted necesitaba para comprar cualquier bien a comienzos de año, habría que multiplicarlas por un millón para comprar lo mismo estos días.

Se calcula que de la tierra de Bolívar y Sucre han salido unos cuatro millones de personas, desde la instauración del régimen del Socialismo Siglo XXI, la ruta que también sigue el gobierno boliviano.  

Como en todos los fenómenos de esta naturaleza, salieron primero los mejor preparados, los con mayores posibilidades de ubicarse.  En la segunda década del siglo el éxodo asumió caraterísticas masivas, en una magnitud nunca conocida por el continente. De los millones de emigrantes, unos 13.000 son médicos. En números parecidos se ubican ingenieros, arquitectos, investigadores, talentos que quién sabe si alguna vez emprenderán la ruta del retorno.

El otro día, como muestra casual de lo que ofrece la Venezuela del exilio, en casa de unos amigos en Santa Cruz los anfitriones nos invitaron una delicadeza de la culinarian de ese país: El pan de jamón, que todos comieron con avidez. Sin haber llegado a las hallacas ni al pernil, dejé la reunión con nostalgia de esa tierra. Imagino que ese pan de jamón representa una historia de suceso de pequeños emporendedores que no se dejan abatir y aún en tierras lejas gritan con su himno nacional: ¡Abajo cadenas!

La última vuelta

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La disolución de la Asamblea Nacional venezolana, dispuesta por la Corte Suprema de Justicia (que después se retractó), ha desatado una tormenta que muchos observadores creen que convirtió a Nicolás Maduro, con la suma de todos los poderes, en un monarca, rareza que se creía erradicada del continente hacía más de dos siglos.
Un antecedente esencial para examinar lo que ocurre está en el derrumbe del petróleo hace dos años. Con el astro de las materias primas en 120 dólares o más el barril, no habría ocurrido el desplome politico e institucional que ahora agobia al país. Pero el grado del gasto venezolano era tan exótico que incluso en ese nivel las arcas nacionales estaban en déficit respecto a las importaciones. Con los ingresos en solo un tercio de niveles desbordantes que en una década llegaron a producir para Venezuela alrededor de un billón (doce ceros) de dólares, la cubrecama resulta ahora demasiado estrecha. El petróleo representa el 96% de los ingresos venezolanos por exportaciones y la abrupta caída de precios le costó el año pasado una tajada brutal del 11,3% de su producto interno bruto. El año anterior había sufrido una contracción parecida.
No todo el dispendio de esos años fue en vano. Petrocaribe, una de las formas de cooperación venezolana para afirmar simpatías en el Caribe, repartió ayudas y subsidios ahora transformados en una deuda que cálculos técnicos estiman en 10.000 millones de dólares de difícil recuperación. Eso explica en gran medida la lealtad de la media docena de islas caribeñas que respalda al régimen de Maduro con firmeza y que hace una semana lo protegió durante el Consejo Permanente de la OEA. Poco después de esa reunión en la que, a pesar de Caracas, se habló de la situación venezolana, vino el golpe sobre la Asamblea Legislativa y la amputación de atribuciones transferidas al Poder Judicial. Con excepciones contadas, el golpe ha sido repudiado en gran parte del hemisferio.
La anulación de la Asamblea Legislativa no fue original pero los ejemplos tampoco son para sentirse feliz. Entre otros casos, la medida evoca a Alberto Fujimori en Perú y a Juan María Bordaberry en Uruguay, ambos de memoria ingrata para los demócratas.
Atenazados por una inflación que este año llegaría a 1.660%, un récord mundial, y una violencia que cobra 28.000 vidas anualmente, es fácil entender porqué tantos venezolanos buscan salir de su país, en una reversion de lo que ocurría a mediados del siglo pasado, cuando los aeropuertos desbordaban de inmigrantes.
El colapso en que se encuentra el país de Bolívar y Sucre exhibe el fracaso de un régimen socialista que generó expectativas pues se creía que con tanto dinero no podría sino resultar exitoso. Su prueba suprema ocurrió en las elecciones legislativas de diciembre de 2015, cuando siete de cada diez venezolanos votaron por candidatos de la oposición, que obtuvo una mayoría abrumadora. En medio de una tension creciente, llevó horas al Consejo Nacional Electoral (CNE) anunciar los resultados. En esos momenbtos llegó a decirse que hubo presión militar para reconocer la voz de las urnas.
Los críticos subrayan que los regímenes socialistas o pro socialistas reconocen la voluntad popular de las urnas a plenitud solo cuando éstas los favorecen. Apenas instalada la nueva asamblea, comenzó un forcejeo que derivó en el marginamiento de tres diputados del remoto estado Amazonas, acusados de cometer fraude. Fueron apartados de la asamblea pero, dicen los opositores a Maduro, nunca se les instruyó un sumario ni cosa parecida, ni tampoco se convocó a nuevas elecciones para designar a nuevos representantes por su distrito. Los legisladores marginados han asegurado que en caso de nuevas elecciones los perdedores serían de nuevo los candidatos del gobierno.
Para los observadores, el desmantelamiento de la Asamblea Legislativa es una infracción a la democracia demasiado grave y ostensible para tolerarla. Inclusive si, como de hecho ocurrió la noche del viernes, el Tribunal Supremo de Justicia reculase. Pocos creen que los magistrados venezolanos actuaron sin interferencias del poder Ejecutivo. La marea que estos días se ha levantado contra Maduro y su régimen luce como el desafío más difícil para el régimen socialista del que es responsable desde hace cuatro años. Una pregunta decisiva es si los militares al lado de Maduro seguirán identificándose con el régimen.

Un presente griego

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Henrique Capriles y Nicolás Maduro están en campaña a toda máquina para presidir el país con las más grandes reservas petrolíferas del mundo y  al vencedor le aguarda un presente griego a punto de estallar. Es la herencia del comandante Hugo Chávez, cuya imagen puede languidecer ante la magnitud de los problemas que han colocado a la economía venezolana ante un pantano.

Presidente encargado y candidato, Maduro no podrá eludir las explicaciones que exige gran parte de la sociedad venezolana sobre el secretismo que rodeó la enfermedad del líder fallecido.  Una de las primeras preguntas probablemente será cómo fue que sólo días antes de morir el mandatario despachó durante 5 ½ horas (lo dijo Maduro el 2/23), discutió temas urgentes y estaba en recuperación acelerada, o por qué se fue a Cuba, donde la medicina puede ser solidaria pero insuficiente y sólo parapetó  electoralmente al  comandante. Chávez decidió morir en manos cubanas, pero queda por conocerse el trayecto de su enfermedad, por lo visto un calvario que llegó a su última estación en Caracas.

Que el ex chofer de buses hubiera sido ungido por Chávez en la última aparición pública del malogrado comandante, en diciembre, no disipa las dudas sobre la legalidad de su designación. Chávez no llegó a jurar al cargo para el que había sido re-electo (la Corte Suprema, en una decisión que generará debates durante mucho tiempo, decidió que el militar podía ignorar el detalle del juramento) y su salud le impidió ratificar a Maduro como su vicepresidente. Es imposible no citar a Mariano Melgarejo: ¡“Quien monta, manda, y cartuchera al cañón!”.

No son menores las tormentas económicas que nublan el horizonte inmediato. Una ya está en curso y se llama inflación, entre las más altas del mundo, que con más del 20% anual erosiona los ingresos de todos, especialmente de los más pobres. Al lado está el precio ridículo de la gasolina: 20 litros cuestan siete bolivianos.  Con las finanzas de Petróleos de Venezuela  insuficientes para la voracidad de los gastos públicos, no hay recursos para las enormes inversiones que necesita la industria. Un reajuste de precios luce inminente. ¿Notan algún parecido con otras latitudes?

Agregamos la escasez de alimentos y la violencia, una de las peores del mundo (más de 20.000 muertes por año, con lo que Santa Cruz sería un edén), y la combinación es explosiva.

Nadie sin una unanimidad gigante y compacta podrá asumir la herencia del comandante. Maduro también brama pero no es Chávez y es obvio preguntarse si la oposición que comanda Capriles podrá.

Tras la victoria del comandante

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Vencer la elección del domingo pasado puede haber sido la parte fácil para este nuevo sexenio del presidente Hugo Chávez. No fue la victoria arrolladora con 10 millones de votos que había buscado (obtuvo ocho millones frente a 6,4 millones de Henrique Capriles), pero a partir de ahora su mayor compromiso será responder a las expectativas de los venezolanos, que quieren convertidos en “vivir bien” los enormes recursos que el país recibe por sus exportaciones petroleras. Para esa tarea ha prometido extender la mano a la oposición de una minoría inmensa que no comparte su visión de gobierno y que resultó ser, pese a considerarla escuálida, casi la mitad del país. Chávez ha procurado exhibir un rostro pacificador pero eso no ha sido suficiente para despejar el temor de que pronto reasuma la actitud belicosa que lo ha caracterizado estos años y persista en su empeño de volver irreversible su forma de gobierno.
Los análisis independientes coinciden en que el comandante deberá desplazarse sobre un camino estrecho, flanqueado por la inflación y la inseguridad ciudadana. Pasados los festejos, el gobierno del comandante estará de nuevo ante realidades que estuvieron sólo disimuladas durante el período electoral. Y ha vuelto una pregunta: ¿Podrá el comandante hacer en seis años lo que no ha logrado en catorce?
Con una tasa de asesinatos de 67 por cada 100.000 habitantes, casi el triple que la de México (24) y cuatro veces la que existía en 1998, informa Time Magazine, la seguridad plantea uno de los mayores desafíos al gobierno. Los esfuerzos contra la criminalidad han sido insuficientes para una violencia que, como en muchas otras partes, decreta un toque de queda en gran parte de las grandes ciudades apenas anochece.
Pese a todos los recursos a su alcance, el gobierno no ha logrado domar la inflación, que ostenta una de las tasas más elevadas del mundo (23,2% para este año). Es el más grave talón de Aquiles de una sociedad con gobiernos tradicionalmente manirrotos. La necesidad de sincerar la economía puede traer una devaluación, perspectiva desagradable para cualquier país, especialmente cuando está acostumbrado a un abultado gasto público, que cobija a 2,4 millones de empleados, proporcionalmente más que Brasil, con una población siete veces mayor. La inflación está aparejada con las deficiencias de un sector público que come recursos pantagruélicamente. PDVSA, la empresa ganapán de Venezuela, dedica gran parte de sus ingresos a una planilla de más de 104.000 personas, el triple de las que tenía antes de la llegada de Chávez al gobierno, a fines del siglo pasado. Su deuda externa es casi cinco veces la de cuando el comandante tomó las riendas nacionales ($7.200 millones vs. $34.500 millones). La tendencia debe continuar ante la necesidad de aumentar la producción como antídoto para crecientes gastos de planilla e inversión. Allí también (como aquí) una caída abrupta de precios del petróleo causaría descalabros. Muy poco de las políticas sociales emprendidas por el gobierno habría sido posible con los precios del petróleo deprimidos, como lo estuvieron en las dos décadas que precedieron su llegada al gobierno.
La extraordinaria máquina oficial pudo más que el entusiasmo que arropó a Henrique Capriles Radonski. El candidato opositor “siguió disciplinadamente una estrategia, pero Chávez sigue contando con los votos de los más pobres, a pesar de un pésimo gobierno”, escribió Fausto Masó, destacado comentarista de El Nacional, de Caracas. La frase contiene volúmenes de verdad que deberán ser estudiadas también en otras latitudes.
Las victorias no son fáciles y administrarlas puede ser más difícil. Vale la pena recordar que a las grandes victorias también pueden suceder grandes derrotas (Paz Estenssoro, 1964; Carlos Andrés Pérez, 1993; Alberto Fujimori, 2000).