Guri

Oscuridad en pleno día

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Al  mediados de semana, Venezuela  había desbordado las 120 horas de oscuridad, cuando las consecuencias de años de descuido y mal mantenimiento se volcaron sobre las turbinas y las líneas de transmisión de la presa hidroeléctrica del Guri, la tercera en el mundo en capacidad instalada, que dejaron de operar regularmente, y al menos una de su decena de turbinas colapsó y quedó reducida a escombros. Millones de dólares fueron convertidos en trozos inservibles de metal a la vera de la laguna artificial gigante, equivalente en superficie a la mitad del lago Titicaca, y millones de venezolanos perdieron acceso a la fuente que suministraba hasta el 70 por ciento de toda la energía consumida por su país.

En 1986, después de 25 años de construcción, cuando todas sus turbinas quedaron instaladas, el costo de la obra era calculado en 5.800 millones de dólares, una cantidad gigantesca que pocos países habrían podido desembolsar. Todavía bajo el proyecto de construir ¨la Gran Venezuela¨, un conjunto de obras faraónicas, el país pagó al contado casi todo. Fue la segunda presa hidroeléctrica más grande del mundo después de la egipcia de Aswan. (La de Itaipú es más grande, posee más turbinas y su producción es mayor, pero es binacional, de Brasil y Paraguay. )

Pero mucho antes del 7 de marzo, Venezuela ya vivía los prolegómenos del apagón al que la ha llevado el Socialismo del Siglo XXI, en el que también milita Bolivia. El sistema eléctrico trabajaba al máximo; sus técnicos aseguran que el mantenimiento era insuficiente, y que gran parte de sus  mejores empleados se había retirado.

Desde otras latitudes, la historia de este colapso nos la contó de antemano Eric Blair, el nombre real de Arthur Koestler, el novelista húngaro que en la década de 1940 entregó al mundo su mayor obra, ¨El cero y el infinito¨ o, también, ¨Oscuridad al Mediodía¨,  (¨Darkness at noon¨). Traducida a casi todos los idiomas, el impacto de la novela basada en el mundo en que al autor le tocó vivir fue tan brutal que nadie creyó que la historia que el novelista contaba podría repetirse jamás en la realidad posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Pero la historia no conoce el ¨jamás¨ y el 7 de marzo, hace muy pocos días, la sociedad venezolana empezó a vivir un apagón contínuo que de golpe y porrazo  la llevó 300 años atrás.

El desastre trajo muy rápido a la memoria la obra cumbre contada por Koestler sobre el régimen comunista que se  instauró en su país.

La versión ¨moderna¨ del Siglo XXI se presentaba como redentora del ¨socialismo real¨que habían vivido los países de Europa central y Rusia. Aquel fue un sistema identificado universalmente con Lubianka, la célebre prisión rusa que representaba el terror del stalinismo que Nikita Khruschev tuvo el coraje de denunciar (en 1956, tres años después de la muerte de Stalin, claro), en el vigésimo congreso del PC ruso.

Millones de venezolanos han vivido  estos años brutalidades asociadas al Socialismo del Siglo XXI (escasez de todo y violencia del poder y de las bandas delincuenciales vinculadas a él) como una materialización del sistema al que conducen, tarde o temprano,  los regímenes surgidos bajo esa corriente.  Ninguno de los principales jerarcas del gobierno nacional ha afirmado de forma contundente que esa no es receta para Bolivia ni que es meta del partido gobernante. Tampoco alguno de sus contrincantes de otros partidos lo ha exigido.

No parecen haber conmovido a ningún jerarca algunas imágenes notables de estos días, como la de la joven madre que llevaba en brazos a su hija muerta de inanición. Fue mostrada estos días en fotografías y por muchos canales de TV. Caminaba por calles soleadas de Valencia, estado Carabobo, con los despojos de la criatura en los brazos. Parecía una autómata, absorta en su dolor e incapaz de derramar lágrimas ni, aún menos, de articular palabras para describir sus sentimientos. El llanto se le  había acabado y no tenia dónde reposar su abandono.

Ella también era retrato del hambre que se había llevado a su hija y no tenia dónde dejar sus restos.  Era el retrato de un proyecto politico que se derrumbó.

Vistazo a la oscuridad

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Con síntomas que no auguran un desenlace sin traumas, el tema Venezuela ha vuelto ocupar espacios informativos en todo el mundo con ingredientes cada vez más graves. El mes que ha concluido ha vuelto a exhibir la amplitud del descontento extendido por la geografía venezolana, ahora catapultado por la crisis energética que ha dejado a ciudades enteras sin luz y desatado nuevas ondas de violencia. Maracaibo, Maracay y La Guaira, tres centros económicos estratégicos, fueron estos días escenarios de fuertes confrontaciones entre la policía y vecinos iracundos con la escasez y la inseguridad, agravadas por apagones programados o arbitrarios exasperantes. Cientos de descontentos fueron arrestados y al cerrar la semana no había señales de apaciguamiento de las tensiones en las que está sumergida la que un tiempo fue la economía más rica y promisoria de la región latinoamericana.

En un ajuste sin antecedentes, forzado por la escasez de energía, el gobierno implantó una semana de dos días laborables para todo el sector público. La medida podría haber parecido una extravagancia pero revela la magnitud de la tragedia del país, donde la inflación pronto podría llegar a niveles de hiperinflación y dispararse sin control. A los bolivianos, argentinos, chilenos o brasileños se les eriza la piel, pues saben lo que esas cifras representan.

El colapso energético resulta de años de descuido con la que llegó a ser la presa hidroeléctrica de mayor potencia instalada del continente, antes de que la binacional Itaipú (Brasil-Paraguay) alcanzase toda su capacidad. La presa del Guri, responsable del 75% del consumo de energía del país, llegó a representar la ¨Gran Venezuela¨ de los años de 1970 y principios de 1980. Sus niveles de embalse se encuentran hace tiempo en niveles críticos.

Los descuidos se vieron exacerbados este año con la escasez de lluvias y la reducción de la capacidad de la presa. Primero, el gobierno optó por incluir los viernes en el fin de semana venezolano. La semana pasada decidió agregarle otros dos días de asueto a la semana, y así todas las dependencias del estado durante poco más de dos meses deberán de trabajar solo lunes y martes. Los demás días serán feriados. Quien no conozca antecedentes, tendría la impresión de que Venezuela se ha convertido en el paraíso del tiempo libre. Con el estado pagando la cuenta, nadie dudaría en calificar el fenómeno como una jauja laboral jamás vista.

Muchos venezolanos de sentido práctico hicieron saber que la holgura les permitirá más tiempo para formar colas y aumentar sus posibilidades de comprar algo en los centros de abastecimiento, donde también prevalecen los racionamientos y la escasez.

Bajo la rígida estrechez energética, hoteles y centros comerciales utilizan sus propios generadores, por un número limitado de horas porque también esos generadores consumen combustible. Las restricciones abarcan a todo el aparato productivo, cuyo agotamiento está expuesto en la contracción de la economía que el año pasado se encogió más del 7%. No se espera una mejoría para este año.

Para los analistas, el panorama que ofrece el país de Simón Bolívar es una demostración patética y colosal del fracaso del modelo populista que implantó el coronel Hugo Chávez y que los países del ¨Socialismo del Siglo 21¨ se han empeñado en seguir.

El socialismo venezolano pudo sostenerse mientras había abundancia de petrodólares. La caída severa de los precios fue un despertar amargo para el gobierno de Nicolás Maduro, ahora ante una ofensiva opositora para llevar a cabo un referéndum que lo aparte de la presidencia.

Para llegar a una consulta popular, los proponentes de la revocatoria del presidente deben reunir 1% de firmas del padrón electoral. El porcentaje representa casi 200.000 firmas. Los proponentes dijeron que solo en la primera jornada recolectora  habían reunido cinco veces más. Si el Tribunal Electoral confirma el logro, los proponentes tendrán tres días para saltar una barrera mucho más alta para la convocatoria al referéndum: 20% del padrón electoral, lo que representa 3,9 millones de firmas con huellas digitales. La oposición está segura de reunir esa cantidad. De ahí vendría el salto supremo: contabilizar un voto más de los cerca de 7,5 millones que obtuvo Maduro cuando fue electo en 2013.

Con las oficinas públicas trabajando solo dos días por semana durante los próximos dos meses, y tal vez más, la crisis energética se ha vuelto una cortina más oscura para el porvenir político venezolano.