Flynn

Enredo americano

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El presidente Donald Trump no logra salir del embudo forjado por su formación y experiencia de ejecutivo opulento y mandón.  Al torbellino de su presidencia, arreciado por despidos record de asesores, se sumó estos días una disputa en la que nada ganará.  Está enfrentado a las grandes ligas de beisbol y todos los deportes mayores desde que dijo que era un ¨hdp¨ y debía ser despedido sumariamente el jugador que no reverenciase de la manera usual a los emblemas patrios como el himno nacional durante competencias deportivas.  Nadie ha hecho caso a sus estridencias y ha fracasado en impedir que jugadores negros se arrodillen ante las notas del himno, actitud con la que protestan contra la discriminación racial que ven atizada por Trump. Todos los jugadores de color se han sentido aludidos y han ganado la simpatía inmediata de sus compañeros blancos, incluso de los dirigentes de clubes que el domingo antepasado repudiaron al mandatario arrodillándose con sus equipos.

Las jornadas siguieron a otras desagradables para el mandatario, agobiado por los desplantes norcoreanos y por las investigaciones sobre sus nexos con Rusia, que estos días abarcaron a su familia, con algunos de sus miembros involucrados en negocios con la tierra de Vladimir Putin.

Trump tenía apenas tres semanas de gobierno cuando debió a apartar de su grupo de asesores al general Michael Flynn, a quien The New Yorker llamó General Caos por la amplitud de su red de negocios. Flynn se enredó cuando no logró explicar sus vinculaciones con los rusos y el papel de sus contactos para sabotear a Hillary Clinton y favorecer a Trump en la elección del año pasado. No solo con los rusos. Estaba en planillas turcas con millonarias asesorías e iba a ser un as de diamantes de la política externa de Estados Unidos.

Su salida fue como abrir compuertas de un dique. En marzo, abril, mayo y junio hubo una dimisión por mes. La rutina tuvo un brusco ascenso en julio, con cinco despidos, incluida la salida de Sean Spicer, el portavoz de la Casa Blanca. Parecía un record imbatible, pero en agosto las dimisiones fueron seis, contada la de Steve Bannon, su articulador de estrategias. En septiembre quedó en suspenso la salida del procurador general Jeff Sessions, un protegido del Vicepresidente Mike Pence sobre el que Trump ha tenido expresiones denigrantes.

Bajo este escenario, nadie dudaría de estar ante un enredo descomunal cuyo final puede ser estrepitoso.

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Perlas de la libertad de prensa

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En la segunda semana de febrero, cuando la administración de Donald Trump aún se instalaba, The Washington Post y The New York Times trajeron la primicia sobre los vínculos extranjeros de un asesor de la Casa Blanca en seguridad nacional. En pocos días, el general (r) Michael Flynn era alejado de uno de los cargos más influyentes del mundo, en un sismo cuyos remezones demolieron el miércoles pasado el mandato del director del FBI, James Comey, y elevaron la adrenalina en la política estadounidense como pocas veces en su historia.
Es raro que un alto funcionario de la inteligencia o, mejor, del espionaje, sea relevado de modo tan sumario y que la noticia le llegue por un ayudante que le dijo que las pantallas a su espalda, en el salón donde dictaba una conferencia, anunciaban un hecho real y no una broma como creía: Trump lo había destituido.
Solo días antes, el mandatario había elogiado al funcionario, en un zig-zag de opiniones desconcertantes en las que Comey pasaba de repente de héroe a villano y viceversa, de ¨persona maravillosa¨ a ineficiente. Al despedirlo, el mandatario dijo que no hacía buen trabajo y que el FBI le había perdido confianza. Para su desazón, el director encargado tras la destitución encomió el trabajo del destituído y ante un subcomité que lo examinaba aseguró que la institución nunca le perdió confianza. Algo más grave parecía rodear el despido. El FBI investigaba, bajo el funcionario despedido, a qué grado habría llegado la supuesta interferencia informática rusa en las elecciones del año pasado en detrimento de Hillary Clinton y en favor de Trump.
Antes que Comey, la Procuradora General encargada, Sally Yakes, había tropezado con el mandatario al decidir que los fiscales a su cargo no apoyarían la orden genérica de bloquear el ingreso de ciudadanos de países musulmanes a USA porque era una orden illegal. Más tarde había tratado de llegar a Trump para exponerle el peligro de la presencia en su círculo más estrecho de una persona con fuertes vínculos con Rusia que, además, había trabajado para el gobierno turco, del que había recibido honorarios cuantiosos. Le iba a hablar de Flynn. Fue un esfuerzo suicida pues acabó dimitida. Al igual que Comey, Yakes supo de su despido de modo indirecto: por los medios.
Todavía en desarrollo y en suspenso creciente, estos episodios han llegado al público con gran detalle gracias a los medios informativos estadounidenses, que estos meses evidencian su valor en sociedades modernas y abiertas, donde son considerados como expresión de un derecho primario. Para los demócratas, la tarea investigativa rigurosa y profesional de los medios es el mejor antídoto contra autocracias, dictaduras y cualquier sistema de naturaleza prorroguista.