Flores

Mamá, no puedo con ella

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El estruendo del supuesto atentado contra Nicolás Maduro atenuó la ansiedad causada por la declaración de un funcionario del Fondo Monetario Internacional que, días atrás, proyectó que hasta fines de año Venezuela podría alcanzar una inflación tsunámica de un millón por ciento. Los estudiosos tendrán la tarea de explicar ese apocalipsis, pues el planeta no ha conocido un desastre semejante. Ningún gobierno ha sobrevivido a una inflación disparada, que más pronto que tarde desemboca en cambios radicales a menudo violentos.

Un artículo en El Nacional de Caracas la semana pasada precisaba que la inflación anual venezolana es de 82.766%, con la que los precios se duplican cada 26 días. Ese indicador permite prever una inflación capaz de oscilar entre 600.000% y 1.000.000% en un cuatrimestre.  Estos porcentajes son escalofriantes. Explican sin necesidad de detalles el éxodo más numeroso que conozca América Latina, con cerca de cuatro millones de personas que en el ultimo quinquenio han abandonado su país.

El autor destaca que ese cálculo no consideraba los efectos de las medidas que Maduro ha dicho que dictará este mes: un aumento en los precios de la gasolina, la mecha incendiaria de rebeliones en el continente. Quiere llevar los precios a niveles internacionales. Pese a los enormes riesgos que eso representa, no tiene por dónde escapar.

Las cifras para calcular realidades diarias en Venezuela son alucinantes. Cotizada en el mercado negro, la divisa estadounidense vale 3,5 millones de bolívares. Al precio actual de un bolívar por litro de gasolina de 91 octanos, un tanque de 50 litros podría ser llenado diariamente durante 50 años con el valor de solo un dólar. Serían necesarios varios vehículos y un par de generaciones para consumir todo lo que en combustibles un dólar puede comprar.

El salario mínimo equivale a menos de un dólar diario y aún con los alimentos y servicios públicos subsidiados fuertemente, está lejos de siquiera astillar la barrera de la pobreza extrema, que los venezolanos nunca en su historia imaginaron.

La descomunal calamidad que ocurre en el carro jefe del Socialismo del Siglo XXI explica por sí sola los afanes de los gobiernos de cuño similar por aferrarse al poder. Perciben que su población teme la misma suerte y que el apoyo popular que antes creían tener ahora solo mengua.

La urgencia de aumentar el valor de la gasolina se agravó hace unos días cuando el gobierno, con la producción de petróleo asfixiada, decidió eximir a Petróleos de Venezuela del pago de impuestos. Los que paga PDVSA cubren la mitad del presupuesto nacional y ahora se agravará la figura de la frazada: es demasiado pequeña y al cubrirse una parte se destapa otra. Pocos podrían negar que el gobierno con semejante inflación a cuestas parece cantar el porro colombiano ¨La múcura está en el suelo, Mamá, no puedo con ella…¨

Así, Venezuela llegó al 4 de agosto. Días después del suceso que desencadenó un intercambio informativo frenético entre las cancillerías del hemisferio, lo único evidente son siete soldados heridos, de cuyas condiciones nadie ha informado así como tampoco de las características de sus heridas; al menos media docena de detenidos, y como acusado de capitanear la trama el flamante ex presidente de Colombia Juan Manuel Santos. Rodeada de incongruencias, la trama es aún descrita bajo el escéptico adjetivo de ¨presunta¨, pero ha servido para acusar y perseguir a personalidades políticas prominentes, de oposición, claro.

Las riendas del sorprendente episodio aún están, o lo parecen, en manos de Maduro, a quien se vio trepidar ante el estruendo misterioso, que acentuó la paranoia que recorre toda Venezuela. ¿Está la patria de Bolívar en riesgo como Estado? ¿Qué cálculos hizo Maduro para lanzar la acusación de que Santos había encabezado la trama para acabarlo?

Por provenir de un jefe de Estado, no fue una acusación liviana. Era más grave aún por venir del mayor rival geopolítico de Colombia en el Caribe. Todas las hipótesis tenían cabida pero en un continente ya acostumbrado a balandronadas de ¨me quieren matar¨, la denuncia no ha calado. Pero fue un anticipo de lo que le espera al apenas posesionado Iván Duque, en quien puede haberse afirmado la idea la idea de que con Maduro nada bueno podría esperar. Y viceversa.

No ayudaron para nada al propósito de calmar a la ciudadanía las imágenes de la Guardia Presidencial en estampida segundos después de las explosiones. Y si algo exacerbó los ánimos de las venezolanas fue observar la celeridad con la que la guardia presidencial protegía con sus escudos a Maduro y se olvidaba de Cilia Flores, la primera dama. Era una discriminación de género en el más alto nivel y ante todo el mundo.

Enamorar a Santa Cruz: la comezón del 7mo año

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La revista digital e impresa Nueva Crónica y Buen Gobierno del Instituto Prisma inició la semana pasada una etapa de ediciones de contenido más diverso y presentación más en sitnonia con el universo cibernético. Escribí para esa revista el siguiente artículo:

El Instituto Nacional de Estadísticas anunció a fines de enero algunos resultados básicos del censo nacional de población, vivienda y otros. Tres meses después, tras asimilar los datos que colocaban a Santa Cruz como el departamento más poblado de Bolivia al igual que a su capital como la urbe de mayor concentración demográfica, las autoridades del partido gobernante anuncian un propósito, convertido en mantra que se repite con frecuencia: enamorar a Santa Cruz.

Esta “comezón” en el séptimo año del gobierno del presidente Evo Morales y del MAS evoca, por ahora sólo en el título de esta nota, la obra teatral de George Axelrod llevada al cine en la década de 1950 y una de cuyas escenas es ícono de la industria cinematográfica universal: la falda de Marilyn Monroe se levanta soplada por una ventilación subterránea y la rubia ruborizada exhibe el esplendor impecable de sus piernas.

Acá, en el Estado Plurinacional, hay elementos diferentes y no son una obra de teatro. Hay una comezón aunque no estamos bajo un verano ardiente sino en pleno invierno,  ni hablamos de un marido solitario con una rubia despampanante en el piso de arriba. No hay duda que la nueva comezón, perdón, iniciativa del gobierno ofrece un vasto margen para discurrir.

Para comenzar, el empeño oficialista tiene barreras que tal vez van más allá de la buena voluntad para un romance sincero. La primera y más inmediata es la herida abierta que representa el “Juicio del Siglo” contra 39 personas, que diariamente, ante los ojos de muchos cruceños, apunta a la cúpula superior del gobierno como gestora de un plan para acabar con la dirigencia oriental,  o cuando  menos volverla políticamente inocua. Resulta demoledor para un pretendiente llevar flores a la pretendida cuando hay un clarinete estridente representado por ese juicio que recuerda supuestas malandanzas que lo proyectan como malo, insincero y peligroso para la novia.

Más atrás se yergue otra barrera. Terebinto y las atrocidades cometidas por milicianos indígenas hace medio siglo está vivo en la memoria cruceña. También está la del desdén por el Memorándum de 1904 suscrito por cruceños visionarios que proponían la alternativa de la ruta hacia el Atlántico para romper el cerco que se había levantado en el Pacífico. Ni siquiera mencionado en las aulas de historia nacional, el documento fue totalmente ignorado hasta hace poco, cuando las luchas cívicas lo reflotaron.  A la cadena puede agregarse el desinterés por las ferrovías hasta la segunda mitad del siglo pasado y que ahora, dando la razón a quienes las propusieron, son arterias por las que fluye gran parte del comercio exterior boliviano.

Con esta secuencia se ha forjado una desconfianza histórica entre el oriente y el occidente que no pasa desapercibida y que es difícil superar, salvo entre los sectores mejor educados de ambos hemisferios geográficos nacionales.  En el ramo de flores enviado por el pretendiente pueden aparecer  las legisladoras por Santa Cruz Gabriela Montaño y Betty Tejada,  y  recientes gestos a favor de los clubes favoritos de la región, Oriente Petrolero y Blooming. Ciertamente, habrá más.

Hay muchos que vaticinan que los esfuerzos del presidente Morales y de su partido, ahora y más adelante, no conseguirán seducir al departamento más rico del país. “Puede venir a Santa Cruz cuantas veces quiera,  entrar y recorrer la región. Pero no puede avanzar más allá.  Una cosa es ir a la casa, ser recibido y  hasta tomar un café. Pero no es miembro de la familia.  La familia no lo siente como tal”, me dijo un ex dirigente cívico y activista político connotado. En su visión,  no se trata de una cuestión de hoy sino de  la expresión de diferencias  y rivalidades seculares en muchos otros países y que en Bolivia toma la forma de cambas y collas que el dirigente cree más acentuadas entre los segundos. “Es más difícil que un cruceño entre en el club de La Paz que un paceño en el club 24 de Septiembre”. Su arsenal de ejemplos incluye uno que es difícil no citar: El difunto Max Fernández, “colla” de cepa,  se volvió en Santa Cruz el industrial  más rico de Bolivia y llegó a desfilar en la cruceñísima comparsa carnavalera de Los Tauras,  pero no lo admitieron en las mayores instituciones sociales ni empresariales de La Paz.

El empeño conquistador anunciado por el MAS está atizado por la dote. Con una nueva distribución de escaños legislativos resultante del censo del año pasado, a Santa Cruz le corresponderían por lo menos 29 diputados, cuatro más de los que actualmente tiene y uno más que La Paz.

La magnitud política de esa dote ha sido reconocida estos días. La vicepresidenta del MAS, Concepción Ortiz, fue citada por Erbol diciendo que el flirt con Santa Cruz busca “ampliar la militancia”. Es decir, el MAS se siente en condición secundaria y no debe escatimar esfuerzos en sus escarceos enamoradizos.

Con todo, el sentimiento del MAS hacia Santa Cruz luce a los ojos de muchos cruceños como unilateral.  Que se sepa, Santa Cruz no ha intentado “enamorar” al presidente o a su partido. Lo que lleva a preguntarse otra vez sobre el destino de la picazón del séptimo año.