FARC

Entre el arco y las urnas

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Los colombianos tendrán fresco el sabor de lo ocurrido el sábado en Belo Horizonte en el partido frente a Grecia cuando hoy domingo concurran a las urnas para decidir entre dos formas de encarar la paz que desde hace décadas elude a la nación andino- caribeño-amazónica. El titular Juan Manuel Santos busca repechar la ventaja que le sacó Oscar Iván Zuluaga en la primera vuelta hace tres semanas y vencerlo. Como agarrado de un peñasco para evitar el precipicio, Santos pretende continuar gobernando a su país en medio de un creciente descrédito del proceso de paz que lanzó hace casi dos años para encaminar a las guerrillas de las FARC por un sendero democrático.  A la desconfianza de muchos colombianos exhiben hacia una reconciliación institucional con la guerrilla que este año cumple medio siglo, se opone un temor creciente por el retorno a una lucha aún más encarnizada del “vale todo” para combatir a la insurgencia.

Desde que Manuel Marulanda, el legendario “Tiro Fijo”, lanzó la guerrilla en 1964 y la dirigió hasta su muerte en 2008, el movimiento se mantiene como eje orientador en la política colombiana.  Muchos colombianos dicen: “Combatamos a los guerrilleros, pero no de esa manera”. Otros no menos numerosos reflexionan: “No queremos la paz a cualquier precio y los insurgentes que cometieron crímenes deben pagar ante la justicia”.

Esos dos sentimientos opuestos juegan hoy en pos de la decisión del votante, en el que predomina a tendencia a la abstención. Pueden votar unos 33 millones de colombianos, pero quienes no lo hicieron en la primera ronda representaron casi el 60 por ciento de la población habilitada, un récord temible en cualquier democracia.

La decisión repercute mucho más allá de los límites geográficos de Colombia.

En Venezuela, la elección es vista con el interés de un fenómeno muy vecino, cuando no local.No solamente por la tradicional rivalidad geopolítica o por el  hecho de que Venezuela cobija a un gran número de emigrantes colombianos.  También porque ha sido bajo presidentes liberales que los dos países tuvieron sus peores roces en los últimos años. Bajo Virgilio Barco, estuvieron cerca de la guerra, en 1987, cuando una corbeta colombiana se estacionó en aguas del Golfo de Venezuela que Caracas considera suyas. En represalia, Venezuela envió dos submarinos que se ubicaron al fondo del golfo, debajo de la corbeta, y dieron un ultimátum para que fuese retirada o sería hundida. Colombia la retiró. El anterior presidente colombiano, Álvaro Uribe, quien apadrina políticamente a Zuluaga, chocó con Hugo Chávez acusándolo de complicidad con las unidades de a FARC que operaban sobre la frontera con Venezuela. De modo que, a desgano, Caracas vería con menos celo la continuidad de Santos que una llegada de Zuluaga. Esta visión, sin embargo, se empaña cuando los venezolanos en rebelión masiva contra el régimen de Nicolás Maduro notan que Santos tiende a ser tolerante con las infracciones venezolanas a los derechos humanos y que su defensa de los valores democráticos languidece cuando lidia con quienes ahora conducen la patria de Bolívar.

Un triunfo de Zuluaga intranquilizaría a Maduro, al igual que a los demás regímenes sudamericanos alineados con el llamado “socialismo del siglo 21”, entre ellos Bolivia, que tiene en Colombia el destino de gran  parte de sus exportaciones agrícolas. Como en un juego de dominó en el que una pieza condiciona a otras, el cambio de mando sería sentido en La Habana, sede de las conversaciones de paz con las FARC emprendidas por Colombia desde fines de 2012. Los colombianos que están contra Santos le acusan de guiarse por los  intereses de La Habana antes que por los de Bogotá, y ha sido gravemente erosionada la confianza que esas conversaciones tenían entre los colombianos. En este marco, Cuba y, por extensión, todas las izquierdas, se sienten más confortables con Santos que con Zuluaga.

Cualquiera que sea el sabor dejado por el encuentro con Grecia (que ha sido dlce, de victoria), la perspectiva del encuentro siguiente de los colombianos en Brasilia con Costa de Marfil el jueves no apagará las repercusiones a corto, mediano y largo de la decisión que hoy emerja de las urnas.

 

Octubre caliente

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En pocos días más ocurrirá un trío de procesos políticos que concentrará la atención latinoamericana: las elecciones presidenciales en Venezuela y las municipales en Brasil, ambas el 7 de octubre, y las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC), al día siguiente, en Noruega. Es mucho lo que estará en juego en los tres procesos. Sus resultados pueden influir en la configuración política del continente. Revisten importancia, incluso para Ud. que puede estar leyendo las noticias mientras se sirve un café.
Los comicios en Venezuela pondrán en la balanza de apuestas al modelo socialista de Hugo Chávez, a quien el gobierno boliviano tiene como faro esencial de orientación, y al candidato único de oposición, Henrique Capriles, que promete una administración distinta de los ingentes recursos financieros del rico país petrolero: Nada de ayudas generosas o gratuitas, especialmente a los amigos de esa corriente. Bolivia, Cuba, Nicaragua y Ecuador están conspicuamente entre esos amigos. El modelo chavista ha contado con una montaña de dólares y Chávez asegura que si pierde, habrá una guerra civil. Su rival Henrique Capriles le dice que no será así y como se trata de una especulación sin forma inmediata de verificar, le reprocha que pese al alud de dinero, Venezuela sea todavía subdesarrollada, agobiada por la inseguridad y sin esperanzas de revertir esa condición en el corto plazo. Parte importante de la riada de ingresos se ha ido hacia programas sociales que el presidente candidato dice que su contendor suprimirá. Capriles reitera que no está loco para borrar todo lo hecho Chávez y viene con un ímpetu que asusta al comandante. La proximidad de los rivales ha exacerbado la guerra electoral que prevalece en ese país. En Bolivia, al igual que en Cuba y Nicaragua, los ojos de los analistas estarán fijos también en los precios que marquen las estaciones de servicio para carburantes que llegan de Venezuela, diesel, en nuestro caso. Una derrota de Chávez, o un triunfo por márgenes estrechos, podría alterar esos precios.
En Brasil no es menos trascendente la elección en 5.565 municipios, entre ellos los de Río de Janeiro, Sao Paulo y Belo Horizonte. En Río la reelección de Eduardo Paes, del Partido del Movimiento Democrático Brasileiro, parece escrita en la pared. Consolidará a su partido, parecido al MNR boliviano, como fuerza dominante en la ciudad tarjeta postal brasileña. En Sao Paulo, el ex candidato presidencial socialdemócrata José Serra lucha desde una incómoda tercera posición en las encuestas, atrás del gobiernista y ex ministro de educación Fernando Haddad, y del popular reportero de TV y líder evangélico Celso Russomanno, que encabeza la disputa. Serra, derrotado dos veces en las contiendas presidenciales por Luiz Inacio Lula da Silva, llevaría su carrera política al ocaso si pierde esta elección. La ciudad de Sao Paulo es la tercera economía de Brasil, precedida sólo por la de todo el país y la del estado de Sao Paulo. Fue Serra quien calificó como “transcocalera” la carretera proyectada a través del TIPNIS. Es obvio que no simpatiza con el gobierno boliviano, menos con el de Venezuela. En Belo Horizonte, el socialdemócrata Aécio Neves, tampoco amigo de Chávez, parece rumbo a una victoria segura, lo que le dará impulso para disputar la presidencia de Brasil en 2014.
El tercer foco de atención será Oslo, la capital noruega donde se reunirán el gobierno colombiano y representantes de las FARC, las fuerzas armadas revolucionarias de Colombia, la guerrilla que lucha en la selva desde hace medio siglo. El presidente Manuel Santos cree que esta vez llegará la paz. En un consistente crecimiento económico, su país es la tercera fuerza económica sudamericana, después de Brasil y Argentina. A fines de octubre, las negociaciones se irán a La Habana, en una expresión importante del interés cubano por la paz colombiana y por ofrecer una imagen pacifista, lejos de la de confrontación que lo marcó. Este octubre será un mes para no olvidar.