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Dilemas (bolivianos) de la energía

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Las señales han sido persistentes en los últimos meses: está en curso una declinación de los pecios del petróleo. Los picos elevados de casi 150 dólares el barril parecen algo del pasado sin  retorno a la vista y más bien persiste la tendencia a la baja. ¿Y eso tiene algo que ver con Bolivia, que produce y exporta gas natural? Mucho.
Los precios petroleros influencian los del gas natural. En algún momento, cuando llega la renegociación de precios, hacen sentir su peso.  Se trata de energía, y el gas representa más del 20% de la energía que consume el mundo. El petróleo es todavía el rey y el comportamiento de sus cotizaciones refluye sobre muchas otras materias primas y es decisivo para la economía planetaria.
Pero la cuestión que debe interesar a los productores de energía no es tanto la de los precios como la declinación del consumo de petróleo y derivados por parte de los motores de la economía mundial. Estados Unidos ahora produce más y ahorra más energía que hace  unos años, en tanto que la maquinaria de la economía china está disminuyendo el ímpetu asombroso que la caracterizó toda la década pasada. El último trimestre el producto interno bruto de China creció un 7,7%, menor al 8% esperado por la mayoría de los analistas, refería una crónica reciente de The New York Times. El año pasado, en el mismo trimestre su crecimiento fue del 7,9%, y ya venía en descenso respecto a períodos anteriores. En abril, el sector manufacturero de ambos países creció menos de lo esperado, lo que equivale a decir a los proveedores de materias primas: les compraremos menos.
Eso se traduce en una reducción de la actividad en la economía de los países productores. Ahí emerge una de las características odiadas del capitalismo. Cuando surgen los precios, muchos están felices, especialmente los productores de las materias primas apetecidas del momento. Pero cuando la demanda empieza a ceder y los precios caen,  llega el momento de saber si los países que se beneficiaron con la bonanza la aprovecharon y agregaron valor a sus exportaciones. Por lo que vemos, Bolivia, a siete años de la toma de los campos de Petrobras, Bolivia recién empieza a hacerlo. Pero aún no hay moléculas de gas industrializado ni han crecido las reservas heredadas del “neoliberalismo”. De los 53 trillones de pies cúbicos de reservas de los que se hablaba la década antepasada, ahora estamos en un quinto de esa cantidad (11,2 trillones, según la máxima autoridad de YPFB, poco más de 9 trillones, según algunos analistas). Con cualquiera de las cifras, podríamos quedar sin gas para exportar en tres o cuatro años más, a menos que intervengan copiosas inversiones, que el país no está en condiciones de realizar ni empresas privadas muestran interés por hacerlas.
Las autoridades repiten constantemente que los ingresos por las exportaciones se han multiplicado. Pero omiten decir que los precios por los líquidos que importamos se han multiplicado en precio y cantidad, y que la producción de líquidos que teníamos a fines del siglo pasado se ha reducido drásticamente. Una razón principal para esta declinación: no ha habido inversiones suficientes para aumentar reservas y producción.
La ausencia o limitación de recursos para la exploración también resulta del subsidio que se asigna a los carburantes, en especial diesel, que compramos de Venezuela a aproximadamente un dólar el litro, valor del que, en las distribuidoras, pagamos sólo la mitad. El resto lo paga el estado. Este año, la subvención representará 1.060 millones de dólares. Como comparación, el valor de sólo un año es 20% más que los 844 millones de dólares calculados para la planta de amoniaco y urea a construirse en el trópico cochabambino (provincia Carrasco), uno de los mayores proyectos industriales de Bolivia.
Con los subsidios en niveles insoportables para la economía, no es extraño escuchar insinuaciones del gobierno sobre la urgencia de eliminarlos.  Para quienes observan el curso de la industria, los dilemas parecen claros: subsidios o industrialización; subsidios o exploración y explotación. La cosa es quién le pone el cascabel al gato.

País supersónico

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Hace tres domingos, los diarios registraron un llamado a licitación de la Empresa Nacional de Electricidad (ENDE), para el proyecto de energía renovable Misicuni. El llamado solicita propuestas de construcción de la Central Hidroeléctrica Principal de ese proyecto, ahora llamado a ser uno de los principales de Bolivia. La obra será la culminación de uno de los proyectos de más dilatada trayectoria en Bolivia: se la espera desde hace cuatro décadas. Esta fase costará 30 millones de dólares, y es la columna principal del proyecto, cuyo costo final será superior a los 100 millones de dólares, en gran parte financiados por el BID.
De acuerdo a la convocatoria, los ofertantes deberán “presentar ofertas selladas para el diseño, fabricación, transporte y montaje del equipamiento principal” de esa obra hidroeléctrica. El equipo consistirá en dos turbinas tipo Pelton de 40 megavatios. Deberá estar concluido en 30 meses. Aquel tipo de turbinas es de los mejores para la generación de hidroelectricidad y su invento data del último tercio del siglo antepasado, según leo en Wikipedia.
Como puede verse hasta aquí, todo luce perfecto y encomiable, pues la generación de energía debe figurar entre las principales preocupaciones de todo país que aspira a ser autosuficiente en energía en todas las formas económicamente posibles. En momentos en que nuestra capacidad energética en base a hidrocarburos está en graves aprietos, con subvenciones al consumo que penden de un hilo, y cuando ha desaparecido de nuestro horizonte la idea de que éramos el centro aprovisionador de energía para el sur del continente, el que se invierta en proyectos como el de Misicuni es alentador. Más aún, cuando la obra proporcionará agua a los valles centrales, una limitación secular en la región.
Hay industrias en Bolivia capaces de emprendimientos de esa magnitud. Empero, la licitación advierte que las firmas nacionales no serán beneficiadas por ninguna ventaja y concurrirían en igualdad plena de condiciones con las extranjeras.
El último párrafo trae la siguiente condición: “Las ofertas deberán hacerse llegar a la dirección indicada abajo (ENDE, Av. Ballivián 503”, etc.) “a más tardar hasta las 17:30 del 1 de febrero de 2012”. Descontados los feriados, los proponentes tendrían unos 20-25 días hábiles para elaborar y presentar la propuesta. Me pareció que el tiempo era demasiado breve para una operación así, que no considera que muchas empresas conceden vacaciones durante el fin de año, de manera que el tiempo disponible es aún más exiguo.
Consulté a algunas fuentes, que confirmaron mi impresión. ¿Por qué el tiempo tan limitado? No tuvieron una explicación firme, pero de ser efectiva la suspicacia en torno al plazo supersónico para las propuestas, estaríamos ante algo capaz de prestarse a interpretaciones nada benignas y que no contribuyen a la seriedad de las empresas del Estado. Uno no puede apartar el temor de estar ante una manifestación de la frecuente liviandad con la que suelen manejarse los negocios nacionales. En todo caso, aguardemos una explicación plausible de ENDE, que sea capaz de despejar cualquier duda. Invertir en energía es invertir en nuestro presente y nuestro futuro.
Chinos, españoles, argentinos y brasileños están entre los mayores fabricantes de este tipo de turbinas. Empresas de esos países estuvieron entre las proponentes en una licitación anterior que fue cancelada y substituida por la actual, que cubre bloques de la obra y no el conjunto.