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Tiempo electoral – Sin debate

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La temporada de elecciones ha empezado rauda está a las puertas y empiezan a aparecer objeciones a loa debates públicos, fruto de la mala costumbre y del desconocimiento de las normas que rigen una democracia  en la que el debate entre candidatos es una norma esencial.

Nadie puede negar que los debates ayudan a contrastar las opiniones de  los candidatos que pretendan ganar preferencias del electorado. En una Sociedad como  la nuestra, con limitaciones para un acceso amplio a la información y a las ideas primordiales que sustentan el pensamiento de quienes aspiran a ganar el apoyo popular, eludir el debate equivale no solo a menospreciar a los adversarios –  menosprecio extensivo a toda la Sociedad-, sino también  a esconder el temor ante una supuesta superioridad del rival siquiera en algunos temas fundamentals. Eso puede ser un disparo en el propio pie, pues a ningún elector le agradaría que su candidato rehuya competir con ideas ni que su candidato aparezca débil a los ojos de  los electores ni tampoco que se sienta temeroso  de perder ante los miradas del público, pues eso equivaldría  a perder los debates de antemano.

Al cabo de década y media en el poder, no es admisible que el presidente Evo Morales y su partido pretendan rehuir un debate franco para que el elector juzgue la calidad de quienes pretenden su voto. Al cabo de quince años en el poder, resulta incomprensible que el presidente Evo Morales y su Partido pretendan rehuir un debate franco para que el elector juzgue la calidad de quienes pretenden su voto. Esta premisa es válida para todos los candidatos a cargos electivos. En un juego auténticamente democrático, no hay excusas para rehuir la confrontación civilizada de  ideas.

La importancia de los debates presidenciales emergió como fórmula imprescindible para cotejar ideas y percepciones el debate que sostuvieron Richard Nixon y John F. Kennedy. Fue el primer debate televisivo nacional transmitido en Estados Unidos. Curiosamente, no fueron las ideas las que definieron el favor del público. Por todos los registros históricos, fue la apariencia de los  candidatos. En la televisión, el candidato republicano Nixon no tuvo mayor cuidado con su apariencia y lució mal afeitado, frente al cuidado impecable que lució el demócrata Kennedy. No fue solamente eso. Jugó un papel de primer orden la locuacidad del demócrata al articular sus ideas de manera convincente y directa para un público que por primera vez asistía a un debate de ese nivel.

Al presidente Morales no se lo ha visto debatir públicamente con sus rivales en las elecciones nacionales, salvo en 2002, cuando hace 17 años debatió con Gonzalo Sánchez de Lozada.  La teleaudiencia vio como ganador del debate  a Sánchez de Lozada, (El Diario, 5 de junio 2019).

En las demás ocasiones, rehusó el debate. El argumento más difundido ha sido que los candidatos opositores carecen de un ¨programa¨ de gobierno con miras  al bicentenario de la República, en 2025. El argumento es difícilmente sustentable pues no es necesaria una gran imaginación para identificar las necesidades más apremiantes, especialmente en educación, salud y obras de infraestructura. Si a estas alturas hay alguna razón para que alguna organización que aspire a conducir los destinos del  país las desconozca, de hecho estaría descalificada. A menos que pueda  comprometerse, bajo un escrutinio periódico, a avanzar resueltamene en campañas educativas y aspire a premios de prestigio internacional que pongan de relieve la calidad de la educación nacional.

Otros razonamientos a menudo repetidos son saludos a la arrogancia que, por ser tales, carecen de sustento.

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Elecciones con sabor legislativo

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Todo parece indicar que tendrán un fuerte carácter legislativo las elecciones a celebrarse en octubre, cuando el gobierno decida la mejor fecha, pues no desea una sobreposición con las elecciones presidenciales en Argentina, donde en las más recientes elecciones hubo unos 100.000 sufragantes bolivianos. Debido a la disputa aún no zanjada definitivamente en torno a la recandidatura del presidente Evo Morales, que los principales partidos opositores se rehusan a aceptar, las principales organizaciones se preparan para una justa en la que por primera vez el principal trofeo puede no ser la presidencia de la república, sino la mayoria de las cámaras legislativas. Desde ellas se habrá de gobernar más que desde la presidencia durante el período 2020-2025, vaticinan politólogos y entendidos en cuestiones electorales.

El Partido de gobierno da por descontado que sus candidatos ganarán la elección. Pero esa premisa aún tiene un camino largo por recorrer debido a la oposición a una nueva candidatura del presidente Morales, que empieza a ser juzgada como una anomalía también en el exterior.

Con el gobierno de Nicolás Maduro tambaleante, o con los dias contados, como aseguran autoridades estadounidenses, resulta prematuro dar por asegurada la candidatura del líder boliviano cuando la corriente que lo lleva, el Socialismo del Siglo XXI, yace en la lona. La camiseta de esa corriente solo la visten el venezolano Maduro y el presidente Morales. De ella ya se apartaron los mandatarios de Argentina, Chile, Paraguay, Brasil y Ecuador, solo en América del Sur. Nadie duda que de persistir en su candidatura, tendrá que remontar una cuesta extenuante muy empinada. Nadie ignora las dificultades de gobernar en esas condiciones, bajo un ambiente externo crecientemente adverso.

La experiencia de perder para el oficialismo la gran mayoría de los escaños parlamentarios ha resultado nefasta para las fuerzas opositoras, que, como imbuídas de un impulso disgregador, han optado por caminos individuales contrario a unir sus fuerzas en un solo frente, sin esperar una todavía supuesta segunda vuelta presidencial basada en la creencia de que el candidato oficial no será capaz de ganar de un solo envión. Eso supondría un cálculo frágil, dicen los entendidos, un todo o nada peligroso para sus proponentes y sus seguidores cuando en muchos ciudadanos persisten dudas sobre la pureza del padrón electoral, al que se atribuye contener registros ilegales correspondientes a difuntos y duplicaciones, entre otros, capaces de alterar resultados.

Aún está pendiente un pronunciamiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Comisión Interamericana de DDHH sobre la legalidad de una nueva candidatura del presidente Morales. Ésta fue rechazada por el referendum de febrero de 2016 pero reimpuesta por un fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional que dictaminó que la re-elección, inclusive ad infinitum, es un  derecho humano  individual que se sobrepone a un derecho colectivo como el emanado del referendum.

La espera por el dictamen de ambas instituciones sobre el entredicho luce interminable.¨Estas instituciones deberían actuar de oficio sin siquiera esperar una denuncia¨, me dijo Rubén Dario Cuéllar, quien preside la Fundación Observatorio de Derechos Humanos y Justicia, que pidió el pronunciamiento de las cortes regionales.

¨El silencio que se empecinan en mantener sobre Bolivia, ronda la complicidad sobre la violación denunciada¨. Realcó que el fallo del TCP a favor de las reelecciones indefinidas ¨desconoce la voluntad del soberano expresada el 21F¨ e ignora la CPE que dicta que el presidente y el vicepresidente ¨solo pueden ser reelegidos por una sola vez¨.

Con la candidatura oficial aun en entredicho, los esfuerzos de los partidos que concurrirán a las elecciones de octubre deberán volcarse hacia los pretendientes a cargos legislativos. La campaña que se asoma puede ser una de las más reñidas de la historia.

Con Bolsonaro al lado

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A partir de este domingo puede quedar consolidada una perspectiva que  hasta no hace mucho  ningún gobierno quería tomar en serio. Que a la cabeza de Brasil llegue a imponerse un presidente decididamente de derecha, parecía una fantasia estrafalaria a la que ningún estudioso asignaba seriedad. Con todas las encuestas con más de una decena de puntos porcentuales a su favor frente a la cifras de Fernando Haddad, del PT, la inminencia de la victoria de Jair Bolsonaro ha tenido estas horas a las cancillerías de la región con la respiración contenida.

El Brasil que todos los líderes politicos conocieron parece ahora encaminado raudo hacia nuevos rumbos. Los gobiernos que antagonizan con las líneas de Bolsonaro estarían por buen camino si se mantienen bajo un silencio discreto. Es ostensible la antipatía de Bolsonaro hacia el régimen de Nicolás Maduro, en los últimos meses agravada por un flujo masivo de emigrantes venezolanos que abandonan de su país empujados por las falencias del régimen marca Socialismo Siglo XXI en que está embarcada la patria de Simón Bolívar.

Maduro ha evitado agriar más el relacionamiento bilateral, aún más tenso desde que hace dos meses Brasil envió miles de soldados para resguardar la frontera, sobre el estado de Roraima donde acampa el grueso de los emigrantes.

Con una geografía que ocupa casi la mitad de toda América del Sur y a cargo de la octava economía más grande del mundo, nadie discute el impacto de los rumbos del gigante latinoamericano sobre el continente. Como comparación, México es la décima quinta economía y Argentina la número 53.

Para Bolivia, las relaciones comerciales con Brasil son especialmente sensibles por el gas natural, sustento básico de la economía nacional.  En el diseño original, cuando se discutía la construcción del gasoducto entre  los dos países, Bolivia iba a proporcionar energía no solo para Sao Paulo, el nervio industrial brasileño, sino para otras regiones fuertes de la economía brasileña.

En los diseños que los estudiosos de la geopolítica, Brasil sería un nexo estratégico para acelerar el desarrollo económico e industrial de Bolivia. Tras la modificación de los términos de los contratos con la nacionalización de los campos bolivianos, el interés brasileño declinó y desaparecieron del escenario planes para plantas termoeléctricas, complejos petroquímicos y de fertilizantes para las necesidades del vecino boliviano.

Ganar hoy la elección en esta segunda vuelta puede ser la parte fácil. Lo difícil vendría a partir del día siguiente o en el momento en que, al mando de su país, Bolsonaro tuviere que tomar decisiones capaces de exhibir su carácter temperamental. Muchos analistas lo ven como un ¨Trump tropical¨, con el que sus vecinos, especialmente los que no comulgan con sus ideas, deberán tener el máximo cuidado. Al igual que su colega del norte, Bolsonaro ha tenido expresiones deprecatorias para la mujer.

Con un esmirriado crecimiento económico del 1% de su PIB tras dos años de recesión (-3,5  en 2015, y un retroceso similar en 2016), los economistas esperan una recuperación más firme de la economía brasileña a partir de 2019.

En la decisión de este domingo, en gran parte del electorado estará presente la violencia causante de más de 60.000 muertes por año. No menos importante será el desempleo, que tiene a cerca del 13% de la fuerza laboral sin trabajo. En ambos frentes, el nuevo presidente tendrá dos de sus principales desafíos.

Católicos en su mayoría a pesar de los avances de confesiones evangélicas y de sectas protestantes, para muchos estará presente la fé religiosa al momento de votar. No por nada, suelen jactarse de que ¨Deus é brasileiro¨.

Agonía sin fin

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La crisis integral de Venezuela parece otra vez en la etapa final. Se acaban los alimentos, no hay medicinas, la delincuencia toma las calles y hasta los caminos interprovinciales se han vuelto escenario para la delincuencia. Nadie está más seguro. Los países de la región donde jerarcas del régimen creían que encontrarían refugio se cierran con prisa. El más reciente en hacerlo ha sido Costa Rica, que decidió cerrar las puertas para el Ministro de Defensa, Padrino López, y su familia (El Nacional, 7 de febrero).  El oxígeno financiero recibido de China, Rusia e Irán es insuficiente para mantener con vida a un sistema opresivo. Las noticias que llegan de Caracas, de los llanos y de los andes venezolanos llevan a una conclusion: el final del régimen se aproxima a galope y en cualquier momento puede generalizarse el grito de sálvese quien pueda. ¿Será?

Lo mismo pueden haber pensado décadas atrás los españoles con Franco, los portugueses con Salazar, los rumanos con Ceaucescu, los rusos con Beria, Lubianka y los gulags, los propios venezolanos en tiempos de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Todos duraron eternidades. Pero ahora existe una diferencia notable: la comunicación exhibe cada día las trampas del régimen y los abusos de la Guardia Nacional, y se ha creado un estado de conciencia mundial sobre la urgencia de apartar al régimen de Nicolás Maduro y de reinstaurar el camino democrático del que Venezuela fue uno de sus campeones. Si no, que lo digan los argentinos, bolivianos, brasileños, chilenos, ecuatorianos, peruanos, ecuatorianos y centroamericanos que allí encontraron hospitalidad.

La pregunta que surge aquí en los llanos bolivianos es qué puede hacer el gobierno de este país para detener el desenlace o evitarlo: Nada, más allá de expresar simpatías obvias y emitir declaraciones altisonantes. Nadie se atrevería a asegurar que la que impera en Venezuela sea una causa con algún futuro.

Todo concurre para exhibir el ocaso del Socialismo del Siglo XXI, cuyos gobernantes ahora se enfrentan a numerosos traspiés.  La imprudencia del Presidente Morales al responder en Tupiza al reclamo de una mujer que le pedía que no olvidara su promesa de ayudar a quienes han sufrido la peor calamidad de sus vidas le pasó factura inmediata. Un par de días después, Página 7 publicaba una encuesta que le daba la mala noticia de que la aceptación de su gobierno había bajado en picada y que ahora se ubicaba en un 22%. En comparación, habría parecido gran noticia el resultado de la encuesta de Equipos Mori publicada por El Deber que le asignaba un 34%. Ya entonces el bajón mareaba pues parecía una caída libre respecto al año anterior, cuando registraba un 58%.

La a peor noticia política de estos días vino desde la mitad del mundo: en Ecuador murió la iniciativa para instituir la reelección indefinida que propugnaba Rafael Correa. La derrota proclamaba que su amigo Correa no podrá volver a candidatear. La reprobación partia de un 65% de la ciudadanía ecuatoriana, decían los primeros resultados, mientras que solo el 35% aprobaba la iniciativa reeleccionista. Era un revés adicional para Maduro, que perdía otro amigo y una advertencia para el empeño reeleccionista del presidente Morales.

Pocas veces ocurren traspiés tan sucesivos. En Argentina, Rex Tillerson hablaba con autoridades vecinas sobre la situación de Venezuela y sobre sanciones capaces de herir al todavía robusto sector petrolero, la vena yugular de Venezuela.

La crispación en la que vive la patria de Bolívar y Sucre es sentida con particular intensidad en Cuba. En los albores de la revolución cubana, Fidel Castro, urgido de recursos financieros y petróleo, intentó hace 60 años convencer al entonces líder democrático Rómulo Betancourt, de abrir las arcas venezolanas para ayudar a Cuba. Betancourt era un hombre pragmático, con fuertes lazos politicos con Víctor Paz Estenssoro, quien asumía un liderazgo por entonces indisputable en su país. El estadista venezolano le respondió que Venezuela también batallaba por su desarrollo y le urgían todos los recursos de los que podía disponer, y que el petróleo a precios preferenciales debía negociarlo con las compañías productoras que operaban en Venezuela. Volvió a La Habana con las manos vacías, y a los pocos meses desembarcaron en las playas venezolanas guerrilleros de Venezuela y Cuba. Las expediciones guerrilleras fueron derrotadas, pero décadas después, cuando asumió Hugo Chávez, Cuba relanzó el lazo que Betancourt había esquivado y amarró gran parte de su destino económico y politico a Venezuela, con hasta 100.000 barriles de petróleo subsidiado. Con el colapso de los precios hace tres años, aumento de su propia producción y acuerdos con otras naciones, Rusia en especial, la importancia del petróleo venezolano se redujo, pero quedaron decenas de miles de profesionales cubanos por los que Venezuela paga a Cuba en petróleo o al contado. Los profesionales son fuente porimaria  de ingresos para Cuba y esta fuente financiera vital sufriría si ocurriera un cambio de dirección en Caracas.

El gobierno boliviano, socio bandera del Socialismo del Siglo XXI, comparte las tribulaciones venezolanas con una posición incómoda: no puede evitar que muchos bolivianos teman que la Venezuela de estos tiempos anticipe lo que podría esperarle a Bolivia con ese mismo socialismo. Ya sufrieron carestías hace 40 años y no quisieran verlas repetidas o multiplicadas. De alguna forma, el desprestigio del regimen venezolano está en el ánimo de la población, como lo estuvo en muchos de los ecuatorianos que cerraron el paso reeleccionista de Correa. Para muchos es indiscutible que el exígeno de Maduro se agota y que, tiempo más o tiempo menos, se irá del Palacio de Miraflores. ¿A dónde?  Quizá a Rusia. Luiz Inacio Lula da Silva, ahora condenado a la cárcel por la justicia de su país, podría escoger una latitud menos remota para eludir la cárcel. El columnista y reconocido historiador Elio Gaspari especuló esta semana que Lula se vendría a Bolivia.

El fracaso de las negociaciones en República Dominicana es un pésimo augurio. Los desplantes del ex presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, que oficiaba de mediador en las negociaciones gobierno-oposición, fueron vistos como una ruptura de su traje de imparcialidad. Se lo percibía cuadrado con el regimen al presionar a la oposición venezolana para que firmase un acuerdo que aprobaba el gobierno y que ignoraba reclamos básicos de los opositores, como amnistía y liberación de presos politicos, reconocimiento de la Asamblea Nacional elegida en 2015, libre acceso a los medios informativos del estado, y apertura de un canal humanitario para recibir alimentos y medicinas.

En actitud de escapar hacia adelante, el régimen ha convocado a elecciones presidenciales para el 22 de abril. Las especulaciones en las cancillerías tratan de acertar qué ocurrirá hasta entonces.

A solo días del anuncio electoral, Venezuela lucía como un país paria. Europa repudió la convocatoria, en un anticipo de nuevas sanciones sobre jerarcas del régimen. El Grupo de Lima, 12 naciones del hemisferio entre las que no figura Bolivia, declaró que la convocatoria anticipada imposibilitaba elecciones democráticas y este martes se disponía a considerer el caso. Habría que estar ciego y sordo para no percibir que el regimen cruje y que los marineros corren el peligro de hundirse en un naufragio estrepitoso.

Es aceptable creer que la angustia de verse sin horizontes carcome a los comandantes cuyas tropas sostienen al régimen. El que la Corte Penal Internacional (CPI) hubiese dispuesto abrir un examen preliminar sobre abusos y violaciones a los derechos humanos en Venezuela podría parecerles la apertura de un camino hacia un Nuremberg del Siglo XXI.

 

La angustia de las urnas

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El recorrido del gobierno para consolidar su ruta hacia la re3 (tercera reelección) para luego conferirle un carácter  indefinido se ha vuelto más espinoso tras las concentraciones del 10 de octubre en todo el país. Con miles de ciudadanos en las calles, las demostraciones exhibieron para el presidente  y la cúpula gobernante que una gran parte de la ciudadanía  quiere respeto al ordenamiento constitucional y repudia la noción del líder único indispensable para regir la nación.

Los observadores coinciden en que las concentraciones del martes son una muestra de la urgencia que se siente en el país por un cambio  de líderes, y  el reclamo por una administración austera y responsable. Lo ocurrido el martes no podrá ser ignorado por el Tribunal Supremo de Justicia que en días más deberá pronunciarse sobre la constitucionalidad de la pretensión de una re3.

La presión indudable que ahora existe sobre la máxima institución de la justicia, que gran parte de la ciudadanía percibe como dócil a los requerimientos del gobierno, es incompatible con la noción de que  los jueces deben decidir libres de presiones.

A esta coyuntura se ha llegado tras la aceptación que hace dos semanas anunció el tribunal de considerar la demanda del partido de gobierno para dejar sin efecto los preceptos constitucionales que prohíben una nueva reelección del Presidente Evo Morales. Esta aceptación acentuó el desaliento de quienes aún quieren creer en la imparcialidad de los jueces supremos. La expectativa sobre el fallo que debe pronunciar el Tribunal es creciente por  las actitudes del propio presidente, quien en otras ocasiones aseguró que no volvería a candidatear y que al final del periódo de gobierno en curso se iría a cultivar su hato de coca en el Chapare.

La coyuntura ha agravado la impresión de muchos de que gobiernos del Socialismo del Siglo XXI solo ceden poder si los reclamos vienen acompañados por avalanchas de votos.  El régimen de Nicolás Maduro ha resistido incluso a la derrota legislativa de 2015, y se las arregló para conservar su poder apoyado en la fuerza militar. En las elecciones regionales de este domingo, en Venezuela están en juego las 23 gobernaciones del país. Con índices de aprobación de 20-25 por ciento, no es mucho lo que Maduro y su partido podrían esperar pero habrán logrado una tregua que, por todo lo visto, puede ser muy efímera.

Una razón principal por la que dirigentes del Socialismo Siglo XXI se aferran al mando puede yacer en tropelías cometidas  en el ejercicio ilegal de ese poder y el temor a rendir, algún día, cuentas ante una justicia cuyas reglas nunca sospecharon que podían volcarse contra sus propios diseñadores.

La semana antepasada el gobierno nacional quemó uno de sus últimos cartuchos cuando no consiguió ningún respaldo en la OEA para la original tesis de que al Presidente Morales se le violan sus derechos de ser humano a través de la CPE de 2009, algunos de cuyos artículos prohiben la reelección que buscan el mandatario y su partido. La oposición ha acudido a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para que aclare si es correcta la interpretación del gobierno que asegura que la CPE interfiere los derechos humanos del presidente al impedir su re3. La corte deberá dar su veredicto en las semanas próximas.

El empeño reeleccionista amenaza con restar brillo a la gestión del presidente y afectar áreas no vinculadas necesariamente a sus acciones internas. No son pocos los que creen que tras ese empeño  yace un temor al futuro. Salvo algún pacto nacional creíble, nadie estaría en condiciones de garantizar, en los límites nacionales,  un retorno no traumático de los hombres del gobierno a la vida fuera del poder. En eso estriba la angustia de las urnas presente en los últimos regímenes de la izquierda del siglo 21.

Un choque de oscurantismo

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Gran parte del mundo aún retiene la respiración para ver los efectos reales de la elección de Donald Trump. De inmediato, es cada día mayor la ansiedad por determinar el grado de oscurantismo que podría recaer sobre una administración cuyo jefe se ha manifestado contra casi todo lo forjado por y con Estados Unidos durante el pasado medio siglo. En ese amplio abanico de insatisfacciones ingresan desde la Alianza Atlántica con la que Estados Unidos ganó la Guerra Fría hasta los elogios del ahora presidente electo a Vladimir Putin y su rechazo a los tratados de libre comercio, en especial al NAFTA que coaliga el comercio de su país con México y Canadá. En el limbo han quedado las causas ecológicas que Estados Unidos abrazó, y los acuerdos contra la contaminación, incluso los programas en los que la participación financiera de Estados Unidos es esencial. Hasta el respaldo a la Organización de las Naciones Unidas (22% de su presupuesto) está en entredicho pues en algunos discursos el mandatario electo le restó utilidad.

Tras la aceptación con sobria dignidad del triunfo de su rival bajo el sistema de votos electorales, Hillary Clinton ha pasado a un segundo plano, pero con una estela de civismo ejemplar. Muchos dicen que reconocimiento de la vitoria de Trump el miércoles está entre los mejores mejores discursos de su larga carrera democrática y que con él dio un mensaje muy claro sobre cuál debe ser el comportamiento de un líder al perder una elección.  Lejos de reclamar una nueva elección, Clinton dijo a sus seguidores que le dolía haber perdido pero que Trump va a ser ¨nuestro presidente¨ y que debía dársele una mirada fresca. En una de sus frases más repetidas dijo: ¨Esta derrota duele, pero nunca dejemos de creer que vale la pena luchar por lo que es correcto¨.

América Latina estuvo fuera de los debates pre-electorales y no se espera que ingrese a áreas de interés para el nuevo gobernante, salvo casos muy especiales. Con México se avecina una pugna fuerte por la inmigración y el NAFTA, al que Trump responsabiliza por el decaimiento del empleo en algunos centros industriales. Esa visión luce para muchos economistas como de un simplismo extremo. No toma en cuenta que de ser producido en Estados Unidos, un refrigerador como el que produce México costaría dos o tres veces más. Tampoco cuantifica cuánto más deberían pagar los consumidores por defender el sello Made in USA versus el Made in China o Made in Brazil. El acceso al consumo que han tenido millones tiene un pilar fundamental en el libre comercio que apuntaló el progreso de las naciones en los útimos 50 años.

Dentro de la sombra gris que proyecta el resultado de la elección está también la relación con Cuba, que apenas empieza a florecer luego de un divorcio de más de medio siglo. Con la mirada más al sur, los observadores señalan que los gobiernos izquierdo-populistas de Venezuela, Ecuador y Bolivia, en ese orden, deberán moverse como si pisaran arenas calientes. Respecto a Colombia, señalan que Juan Manuel Santos deberá utilizar todo su buen juicio para mostrar que los acuerdos con la FARC son convenientes.

El asombro por la elección de Trump es equivalente a la decepción causada por la derrota de la candidata demócrata. Las manifestaciones callejeras que ocurrieron en las noches después de la elección en unas dos docenas de ciudades dice mucho del humor prevaleciente entre los ciudadanos ante los cambios en la brújula a la vuelta de la esquina.

El tabloid New York Post hizo notar el jueves que el Colegio Electoral deberá reunirse el 19 de diciembre en cada capital de estado y que, en teoría, nada impediría que un elector cambie de dirección.  Esto ya ocurrió este siglo, en 2004, cuando un elector declinó votar por el demócrata John Kerry y optó por su compañero de formula John Edwards.  En el lenguaje politico estadounidenses, a los defectores se los llama ¨faithless¨, sin fe o, más preciso, apóstatas. Las apostasías están prohibidas en solo 29 de los 50 estados de la union y el Post hizo notar que si un elector abdicase del candidato republicano bastarían otros 20 para mudar el curso de toda la elección.

La posibilidad luce remota pero es probable que la idea también ha martilleado la cabeza de las multitudes que han salido en manifestaciones nocturnas a protestar contra Trump.

El desenlace

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Una de las carreras presidenciales a la Casa Blanca más salvajes de las que se tenga memoria llega este martes a su fin. Gran parte de los sondeos hasta hoy vaticinan un triunfo de Hillary Clinton por estrecho margen, pero nadie se atrevería a apostar por el resultado de una carrera en la que la que gran parte de los ciudadanos de la más numerosa democracia del mundo ha sido persuadida por maquinarias propagandísticas implacables de que, en verdad, van a votar entre lo malo y lo peor.
En verdad, la credibilidad de las encuestas ha caído por un tobogán en todas partes. ¿Recuerdan que daban por seguro el rechazo británico a la salida de la Unión Europea? ¿O que el Sí a los acuerdos de paz en Colombia se impondría por amplia mayoría? ¿O que los bolivianos le garantizarían a Evo Morales una repetición que le permitiría gobernar hasta un cuarto de siglo contínuo? Pero a falta de otra referencia, solo las encuestas apoyan los vaticinios.  Pronto podrá verse cuán acertadas estuvieron.
Habrá que esperar hasta mucho más allá de esta medianoche para estimar con cierta aproximación el mundo que empezará a emerger a partir de mañana.
El problema mayor será el legado de estas elecciones. Nunca en 240 años de vida democrática la sociedad norteamericana vio su sistema tan desacreditado por el portaestandarte oficial de uno de los dos partidos con mayor representación. Donald Trump ha dicho que si la decisión del electorado fuese contraria sus pretensiones, habrá habido fraude y que no estaría dispuesto a reconocer la eventual victoria de su rival.
No es difícil anticipar el peligro que representa una posición así. El mundo estaría frente a un anuncio de rechazo radical a uno de los pilares más esenciales de la convivencia y de la vida democrática. Para los países aliados de Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial un triunfo de Trump sería una notificación de que el mundo que surgió después de la guerra llegó a su fin. Qué ocurrirá después de eso ni siquiera Trump lo ha explicado.
Solo en los días que vendrán será posible determinar el impacto de sus expresiones libidinosos sobre las mujeres, sus opinions desdeñosas sobre los inmigrantes, en especial los mejicanos y musulmanes, y falsedades injuriosas como la que Barack Obama no nació en Estados Unidos.
Para una carrera que muchos consideraban ganada por la candidata demócrata, Hillary Clinton llega a la última ronda lejos de las expectativas de un knock-out temprano. No consiguió despejar el lastre negativo dejado por su uso de servidores no oficiales para sus correos electrónicos mientras fue Secretaria de Estado ni consolidar su mensaje de que representa el mejor liderazgo para dirigir su país en un momento de grandes desafíos en todos los flancos. El resultado de meses de campaña y tres debates televisados es que su elección podría ser ¨menos peor¨ para la región. En cambio, en gran medida gracias a su rival republicano, la candidata demócrata puede estar segura de contar con una porción considerable de los votantes hispánicos, que suman más de 25 millones (un 17% de toda la población). Ese número podría darle la victoria.
Para la mayoría de los observadores, el cambio de comando puede resultar sensible para ciertos países de la region más que para otros. El tono de los debates y discursos de campaña ha subido tanto que quien asuma la Casa Blanca no podrá ignorar la retórica de anti-norteamericana sentida en la región en los últimos años.