Cuba

Otra vez ¨Por ahora¨, Maduro

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La vulnerabilidad bajo la que se mantiene el régimen de Nicolás Maduro, al que apoya el de Bolivia, quedó patente esta semana, con el alzamiento popular que desnudó el sometimiento del régimen respecto a quienes  lo sostienen: los militares, y a quienes los orientan desde Cuba. La embestida no  consiguió  llegar al epílogo y durante el resto de la semana continuaba instalada en las cancillerías la pregunta sobre la capacidad del régimen de soportar nuevas ofensivas.

Salvo la rebelión de principios de siglo que apartó temporalmente de la Presidencia a Hugo Chávez, el régimen no había enfrentado un alzamiento  con participación militar en acciones atrevidas. Oficiales rebeldes actuaron  en coordinación con el líder opositor y presidente interino  Juan Guaidó para liberar a una de las piezas políticas más valiosas de Maduro cuando pusieron en libertad  a Leopoldo López , el politico de Voluntad Popular que encabezó las manifestaciones populares de 2014.

La mayoría de los analistas subraya el silencio de más de 12 horas que mantuvo Maduro ante la rebelión que amenazaba con engullirlo. Solo se pronunció cuando estaba seguro de que saldría airoso de la prueba. Por ahora.

Haber liberado a López fue un golpe de efecto mayor pero la oposición, comenzando por Guaidó, no logró capitalizar esa acción. Maduro y los sectores de inteligencia que garantizan su permanencia en el Palacio de Miraflores actuaron de inmediato, pues ya parecían tener un plan para hacerlo. Es, incluso, probable que toda la trama hubiese estado controlada desde su concepción por los servicios de espionaje que lo apuntalan. Ha quedado  la sensación de que las piezas de la operación eran digitadas pot quiene están a cargo de la seguridad del regimen: Cuba y sus aliados del Medio Oriente. Dicen los analistas que de haber seguido  el camino de dar golpes calculados al régimen, Maduro habría perdido la partida pues más militares se habrían insubordinado hasta producir un quiebre de la unidad su alrededor.

En la nueva jugada mayúscula régimen de Maduro demostró que aún tiene de su lado  a la mayoría de los militares o que los tiene controlados. Fuentes de inteligencia insisten que éstos están condugidos y apoyados por los efectivos cubanos posicionados en Venezuela como piezas de control, conscientes de que con Maduro también se juega el destino de su país.

Dicen también los analistas que lo ocurrido estos días golpea fuertemente la confiabilidad de las fuerzas armadas como garantía de un régimen de derecho.

Esta verificación impondría un cambio de la doctrina militar que ha prevalecido en toda la región durante décadas. En Venezuela, la conducción principal del país es atribuída al régimen de Cuba, guiado por la necesidad de mantener su dominio sobre la rica nación petrolera. El objetivo de agarrar las riendas de control sobre Venezuela ha sido una vieja ambición geopolítica y económica de La Habana.

 Informes de diversas fuentes aseguran que Venezuela, pese a las angustias de su economía, ha seguido suministrando petroleo subsidiado a Cuba. Hasta hace pocos años, entregaba 115.000 barriles diarios, ahora reducidos a la mitad con la caída de la  poducción venezolana. Con todo, se trataría de varios  cientos de millones de dólares anuales que Cuba no podría pagar sin fuertes subsidies como los que le otorga Venezuela. Viene al dedillo la expresión de estar ante un acto de vestir a un santo desvistiendo a otro.

En cualquier parte, encoger el poder militar o anularlo traería traería ahorros considerables para metas fundamentales como  la educación y la salud.

Las normas legales en el continente suelen considerar a las fuerzas armadas como los garantes supremos de las libertades, pero el ejemplo de Venezuela evidencia que, como está concebida, la instuitución militar, no es ninguna garantía para ese fin.

Más bien, provoca envidia la fórmula de Costa Rica, donde una revolución a fines de 1948 suprimió al ejército y acabó con la inestabilidad política que agobiaba al país. Los recursos militares recibieron una dirección diferente y ahora es uno de los paises más prósperos  del continente.

Los analistas creen que un cambio drástico de dirección de las brújulas nacionales puede aproximarse con la reconducción en Venezuela, que parece cada vez más cercana a pesar de las ofensivas fallidas para doblegar a Maduro. Por eso, no es extraña la presencia de Rusia y China en el conflicto sudamericano, con el propósito de consolidar cabezas de playa en la región.

El riesgo es que eso derive en un conflicto mayor, pues Estados Unidos percibe que en esta partida se juega su papel de potencia dominante, al que no esta dispuesto a renunciar.

(jho) https://haroldolmos.wordpress.com

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Más allá de Maduro

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Lo que está en juego en Venezuela va bastante más allá de la geografía y la política doméstica. Pasa por el petróleo y se amarra a las corrientes ideológicas que luchan activas desde hace más de dos siglos. Es la lucha por las riquezas naturales y su control. Y Venezuela posee las mayores reservas petrolíferfas del mundo, entre ellas la faja del Orinoco, un gigantesco cinturón que se extiende por más de 55.000  kilómetros cuadrados, algo así como el 80% del departamento de Pando o un tercio de todo Uruguay.

A los bolivianos nos tocó vivir esas luchas durante muchos años. Estábamos sometidos al yugo colonial cuando en 1545 fue descubierta la montaña argentífera de Potosí y vimos que la plata de ese cerro gigante era extraída para erigir grandeza y poder en otras naciones, encender rivalidades y alimentar discordias de las que los dueños legítimos de la montaña estaban ausentes.

Cuba, carente de grandes recursos naturales, vio a Venezuela con envidia. Fidel Castro intentó aliarse con el  líder demócrata venezolano Rómulo Betancourt, al rayar la década de 1960, pero fue desairado. Décadas más tarde, lo consiguió, a través de Hugo Chávez: Venezuela enviaba petróleo (más de 100.000 barriles diarios) y Cuba retribuía con miles de brigadas de jóvenes profesionales, médicos principalmente, que derivarían en el principal sostén económico de la isla.  Por ellos Cuba cobraba (y todavía lo hace) una porción considerable del que debía ser el sueldo de los profesionales. A éstos se sumaron pronto asesores en una gama amplia de especialidades, en particular seguridad. Estuvieron a cargo de gran parte de los sistemas de identificación de la ciudadanía e instalaron en Venezuela sistemas similares a  los que se habían instalado en Cuba para el control de las personas. Es difícil establecer, viviendo fuera de Venezuela, cuán efectivo fue el intento de convertir a ese país en un régimen policial, pero todos los informes que vienen de allí confirman la instalación de un régimen totalitario bajo el signo del Socialismo del Siglo XXI, en el que milita el gobierno boliviano. El presidente Morales ha estado firme al lado de Maduro todos estos días de crisis, a despecho de la actitud de sus vecinos mayores, especialmente Brasil y Argentina.

Pero ahora aquel sistema languidece, en gran parte debido a sus fracasos económicos, por la corrupción en las élites partidistas y por la represión. La dirigencia esclarecida de los regímenes entiende que el tiempo para ese socialismo se acabó. Venezuela es el peor ejemplo de despilfaro y enriquecimiento ilícito, en muchos casos derivado en nepotismo e incapacidad flagrantes. Infórmense de la vida dispensiosa de los jerarcas socialistas venezolanos y verán en ella una de las razones principales (tal vez la verdadera razón) por las cuales se aferran al poder, incluso la casta de militares que, el jueves, juraron lealtad a Maduro y sellaron su ruptura con las corrientes democráticas de su país. Gran parte del gabinete ministerial está formado por militares, que también dirigen las empresas del estado más rentables, entre ellas Petróleos de Venezuela (PDVSA), un tiempo considerada entre las más ricas y poderosas del mundo. ¿Quién podría sostener que ese gobierno es ¨socialista¨ y de los ¨trabajadores¨?

¿Alguien se atrevería a aproximarse a algún joven venezolano y solicitarle su voto para el partido oficial Partido Socialista Unido de Venezuela? Con cierto optimismo, pasarán décadas antes de que esas corrientes vuelvan a despertar alguna simpatía. Las presentes y futuras generaciones no  podrán olvidar que fue bajo ese signo politico que Venezuela pasó a militar entre los países más pobres del mundo, luego de haber estado en la ruta hacia el primer mundo. Culpables de este desastre también han sido las élites políticas y económicas venezolanas, incapaces de comprender que ninguna sociedad sobrevive mucho tiempo cercada de miseria y con expectativas crecientes atizadas desde los medios audiovisuales y electrónicos de comunicación.

En estos días se juega la suerte no solo de Venezuela. También el futuro de los socialismos que procuraron demostrar que ¨otro mundo es posible¨ y acabaron en el mismo socialismo del que buscaron diferenciarse. Maduro declaró anoche (viernes) que la ruptura que ordenó de las relaciones con Estados Unidos no era, en realidad, una ruptura, pues todo seguiría funcionando igual. Se trataba sin duda de un desvarío. Los venezolanos, que tienen  un agudo sentido de la realidad, le habrán dicho: ¨Chivo que se devuelve se desnuca¨.

Fechas para anotar

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En poco más de dos semanas ocurrirán dos momentos marcantes para América Latina. El 1 de enero, en pleno Año Nuevo, asumirá el Cap. Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, ungido por todas las condiciones de un líder democrático. Con 63  años, llega al timón de la nación más grande, más poblada y económicamente más fuerte de la región  con un respaldo macizo de más del 55% de la votación de la segunda vuelta, once puntos porcentuales de ventaja sobre su rival Fernando Haddad. El ciclo de gobiernos de izquierda representado por el Partido dos Trabalhadores queda marginado del poder y su historia de comando de la nación retorna a fojas cero. Para la mayoría de los analistas, el encumbramiento de Bolsonaro, del pequeño Partido Conservador Social Liberal con el que llegó al congreso en 1990,  parece destinado a dividir la historia de la región en antes y después de Bolsonaro. Nadie disputaría la idea de que, con el peso descomunal de Brasil sobre la región, el 1 de enero empieza una etapa en la que los regímenes del Socialismo del Siglo XXI (Nicaragua, Venezuela, Bolivia y Cuba) deberán desplazarse con el  máximo cuidado para evitar ser avasallados por la corriente dominante que ahora recorre la región.  

Venezuela fue excluída de la invitación a las ceremonias de inauguración del nuevo gobernante, un gesto que anuncia mayores apreturas para el régimen de Nicolás Maduro. El gobierno boliviano, aliado carnal del de Maduro, estará presente, dispuesto a soportar la soledad que lo aguardaría pero sin posibilidad de rehusar la oportunidad de pasar el Año Nuevo en Brasilia pues es demasiado grande lo que está en juego. Brasil es el principal mercado para el gas natural de Bolivia desde hace un cuarto de siglo y aún cuando el país ahora tenga que negociar nuevos contratos con los estados e industrias consumidoras en vez de hacerlo con un solo interlocutor (Petrobrás no es más monopolio),  mantener satisfechos a los clientes es vital, aunque contrario a la lógica que hasta hace poco prevalecía entre los líderes bolivianos. Al rayar el nuevo año empezará una nueva forma de jugar en la diplomacia de los dos países, que comparten más de 3.400 kilómetros de frontera. Las preferencias del nuevo gobernante respecto a sus vecinos del hemisferio estaban claras a pocos días de su posesión: ¨desinvitó¨a Maduro, excluyó a Cuba y canceló la invitación al nicaraguense Daniel Ortega. El Socialismo del Siglo XXI tenía a Evo Morales como único representante en las ceremonias de posesión. (Ver la entrada siguiente).

El 10 de enero marca otra fecha crítica en las relaciones interamericanas. Ese día expira el mando que tomó Maduro y, con gran  parte de la opinión internacional adversa, pretende haber ganado las elecciones hace solo unos meses para una Asamblea Constituyente en las que participó solamente una fracción opositora, la liderizada por Henri Falcón, de tendencia social-cristiana. La abstención bordeó el 60%, una de las más altas de la historia venezolana. Maduro, de dudosa legitimidad pues fue designado a dedo por el comandante Chávez cuando el líder venezolano agonizaba bajo un cancer que no consiguió contener, buscaba su reelección. La elección constituyente, en contraste con la que se celebraron días antes para designar a un nuevo Poder Legislativo, tuvo una participación esmirriada, visible por la limitada afluencia ciudadana a los centros de votación. Los centros electorales debieron cerrar temprano a causa de la poca concurrencia. En cambio, los electores para renovar el Poder Legislativo pocos días antes concurrieron en masa y los centros de votación cerraron tarde.

No obstante, Maduro entorpeció cuanto pudo las funciones de la nueva legislatura y magnificó los poderes de la ANC pero tampoco logró avances significativos en sus metas de neutralizar a la oposición. Al contrario, irritó  aún más a los críticos de su gobierno que, en el exterior, ganaron una vanguardia poderosa con el Grupo de Lima, que le planteó jaques sucesivos y sin matiz de ningún tipo ahora lo designa  ¨dictador¨. Ninguno de los 12 países que conforman ese grupo asistirá a las ceremonias del 10 de enero y sus cancillerías estarán atentas a los desplazamientos de los escasos países amigos de Maduro. El grupo ostenta una simpatía ostensible de países de la Unión Europea y de Estados Unidos, que no disimulan su desagrado con Maduro. Ese desagrado tiende a ser cada vez menos tenue con los amigos del dictador.

Nicaragua también ¨desinvitada¨

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Este domingo, el presidente electo de Brasil Jair Bolsonaro, quien jurará al cargo el 1 de enero, decidió ¨desinvitar¨ a las ceremonias de inauguración en Brasilia al presidente de Nicaragua Daniel Ortega. La decisión configura una secuencia de ¨desinvitaciones¨ que afecta también a Cuba y Venezuela, y reafirma la alianza estrecha del nuevo presidente brasileño con los Estados Unidos y su presidente Donald Trump.

Las ¨desinvitaciones¨ (retiro de la invitación ya cursada) subrayan  la política exterior que seguirá Bolsonaro, equidistante de la que abrazan los países ¨desinvitados¨, que militan en el Socialismo del Siglo XXI  que, con apoyo  cubano, puso en marcha el fallecido comandante Hugo Chávez Frías a comienzos de siglo.

La noticia circulaba profusamente en las cancillerías de la región y en las redes, que subrayaron la declaración del futuro canciller Ernesto Araujo en su cuenta twitter, en la que anunciaba el marginamiento de Nicaragua de las ceremonias de posesión.  El diario nicaraguense La Prensa, anunció que Ortega  no será recibido por la nueva autoridad brasileña debido a las violaciones a los derechos humanos cometidas por régimen nicaraguense contra sus ciudadanos.

Los tres países excluidos forman, junto a Bolivia, el bloque socialista Siglo XXI del continente.

La cancillería brasileña cursó, inicialmente, invitaciones a todos los países con los que mantiene relaciones diplomáticas. Pero, a pedido de las autoridades entrantes, retiró las invitaciones a Venezuela y Cuba. Este domingo amplió el retiro a las autoridades de Nicaragua.

Lemings del Siglo XXI

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Los signos no dejan lugar a dudas y despellejan la realidad de un ciclo que llega al final. La ex presidente Cristina Kirchner está a un paso de ir a la cárcel, en medio del asombro de muchos argentinos que no sospechaban de la trama de corrupción que bajo sus narices se tejía. El camino de la ex presidenta hacia la prisión ya fue seguido por Luiz Inacio Lula da Silva y Ollanta Humala. De Fernando Lugo casi nadie se acuerda y a Rafael Correa la justicia le pisa los talones. Tras 23 años con el poder presidencial y presionado por una insurrección cívica, Daniel Ortega no encuentra a dónde ir. Otros de su misma línea en el continente presienten que el final se acerca inexorable y temen correr la misma suerte.

Surgido como una oportunidad de redención tras el fracaso monumental del socialismo real que se instaló durante 72 años en Rusia, el Socialismo del Siglo XXI luce en crisis terminal. Muchos analistas creen que, a menos que reorienten la ruta drásticamente, los sobrevivientes de este prolongado tsunami marchan hacia el final suicida hasta hace poco atribuido a los lemings de Europa del norte. No se conoce de ninguna banda musical auténtica que los acompañe pues el entusiasmo que consiguió congregar alrededor de sus postulados ahora languidece. Los sostiene una esperanza azarosa de que en algún momento la fortuna política les vuelva a sonreir.

El sistema que colapsa también trepida más allá de los límites geográficos inmediatos. Ahora afecta al nervio esencial del socialismo en su segunda versión, Cuba, que también siente que transita un retorno a los tiempos temibles del ¨Período Especial¨ que sobrevino tras la caída de la Unión Soviética, que durante 30 años mantuvo la economía de la isla a razón de unos cinco millones de dólares diarios. Fueron años de grandes sacrificios para los cubanos, en los que hasta los bueyes compensaron la falta de energía que derivaba del petróleo, que en trueques y a precios reducidos, recibía de los soviéticos. En un determinado momento, una legión de 200.000 bueyes arrastraba arados, tractores y propulsaba moliendas de azúcar. La fortuna, sin embargo, aún estaba del lado del régimen de los hermanos Castro.

Hugo Chávez Frías fue ungido presidente tras ganar las elecciones de 1998. Recibió la banda presidencial del mandatario que lo había amnistiado años atrás, Rafael Caldera, cumbre del socialcristianismo mundial. El comandante estuvo dos años en la cárcel del Yare, a unos 70 kilómetros por carretera desde Caracas, donde fue recluido tras la intentona golpista de 1992. Libre, empezó su escalada democrática hacia la presidencia.

En el joven mandatario Cuba encontraría el respaldo económico que perdía con el hundimiento soviético. A Cuba llegaban hasta hace poco unos 90.000 barriles diarios de crudo entregados en condiciones preferenciales y que la isla procesaba o vendía directamente a clientes. Esa cantidad se ha ido reduciendo a medida que la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) también entraba en una crisis sin precedentes y retrocedía en más de medio siglo.

La producción petrolera ahora está en alrededor de 1,5 millón de barriles diarios; las refinerías se paralizan por falta de repuestos y mano de obra calificada, y en ese declive las entregas subsidiadas a Cuba y otras islas del Caribe han sido afectadas o desaparecido por completo.

Los observadores subrayan que ese derrumbe ha repercutido en una de las naciones centroamericanas más favorecidas por el petróleo subsidiado. Contar con petróleo barato y, además, con acceso preferencial al mercado venezolano fue fundamental para que la economía nicaraguense pareciese pletórica de salud, con un crecimiento que bordeó el cinco por ciento anual, el más robusto después del de Panamá. La falta del apoyo venezolano apretó fuertemente el cinturón de la economía y en abril Ortega buscó paliar el déficit fiscal con cambios en el sistema de pensiones. Fue el fulminante para las protestas estudiantiles y las convulsiones políticas que amenazan al régimen. Cualquier parecido con otras realidades no es meramente casual.

El ex comandante guerrillero, aclamado en todo el mundo tras la caída de la dictadura de Somoza, no quiere saber de elecciones anticipadas el año próximo para recortar su mandato, que duraría hasta 2022. Los observadores temen que su intransigencia por mantenerse en el poder lleve a Nicaragua de vuelta a la guerra civil. Es una actitud parecida a la de otros líderes que, al creerse insubstituibles, se comportan como los roedores nórdicos y se enderezan hacia el despeñadero con el riesgo de sacrificar los logros alcanzados por la sociedad que presidieron.

Ocaso sandinista

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La tensión bajo la que vive Nicaragua desde hace mas de un mes escaló estos días con nuevos enfrentamientos y al rondar la cota de un centenar de víctimas fatales la crisis parece encaminarse a desenlaces capaces de hacer temblar la geopolítica continental. Un ícono de la izquierda mundial está ante un jaque que quizá ni el genio de Capablanca pueda resolver.

Los disturbios que estallaron el 18 de abril cuando multitudes salieron a las calles para protestar contra un nuevo régimen de seguridad social que había dictado el gobierno Sandinista de Daniel Ortega fueron solo una chispa para las protestas que ahora han tomado un cariz insurreccional. La oposición creciente a la medida, que buscaba equilibrar los gastos fiscales con recorte de pensiones, forzó a las autoridades a anularla. Para entonces, estudiantes y organizaciones cívicas que tomaban las calles habían redoblado la apuesta con una demanda mayor: la salida del régimen con nuevas elecciones generales. El régimen Sandinista, que encantó a gran parte del mundo al cerrar la década de 1970 para dar paso a una larga era de romanticismo politico forjado tras la caída de Anastasio Somoza, luce en el ocaso y quizá ante un anochecer inevitable.

El reclamo de los jóvenes apunta al relevo de Ortega y su esposa Rosario Murillo, dirigente Sandinista poderosa que ostenta anillos lujosos en cada dedo de las dos manos, y a quien muchos ven como la gran rectora de la política nicaraguense. Ortega estuvo en el gobierno hasta 1990, como coordinador de la Junta de Reconstrucción Nacional que se instaló tras la caída de Somoza. La demanda para alejarlo del poder es el mayor desafío enfrentado por el sandinismo, que retomó el poder presidencial en 2007 al ganar las elecciones ese año. En 2016 venció por tercera vez consecutiva y muchos creen que buscará una cuarta y una quinta oportunidad, pues bajo su aliento fue instaurada la reelección indefinida. Siempre que logre pasar incólume la barrera de los disturbios ahora esparcidos por las principales ciudades del país.

Hasta hace mes y medio, Nicaragua parecía el más tranquilo de los países regidos por gobiernos de izquierda. Con un respetable 4,7% de crecimiento de su producto interno bruto el año pasado, su gobierno confiaba en tener firmes las riendas del país.  Nada  parecía amenazar al régimen, hasta que grupos de estudiantes universitarios y de secundaria comenzaron a protestar, indignados porque a sus padres o a sus abuelos se les reducirían las pensiones que para muchos de ellos sustentaban sus hogares. El régimen creyó que con lanzarles gases lacrimógenos a profusion y golpearlos a palos los controlaría. Fue un pésimo cálculo, pues 11 años de Ortega, con fuerte control policial y limitadas libertades políticas, habían agotado la paciencia de un gran número de jóvenes que veían sus esperanzas diluirse en un país donde un tercio de la  población de seis millones vive debajo de la línea de pobreza (menos cuatro dólares por día).

La confrontación jóvenes versus gobierno recrudeció el 30 de mayo, el Día de La Madre en Nicaragua, cuando la policía y turbas sandinistas reprimieron a los primeros, que gritaban consignas antigubernamentales. Solo en esa jornada murieron 15 personas y decenas de otras resultaron heridas. Hasta entonces, el gobierno se negaba a reconocer que las víctimas de más de un mes de disturbios fuesen más de 15. Ese día, la cifra official dio un salto y dobló para 30.  Para entonces, el número de muertos que registraba la Cruz Roja Internacional era de 84. El total de 99 (en los dos días que siguieron hubo otras dos víctimas) exhibía sin dudas la magnitud del conflicto que el gobierno ya no podría minimizar y menos ignorar. El reclamo por elecciones generales anticipadas levantó un signo de interrogación sobre el futuro del gobierno de la pareja Ortega, cuyas tribulaciones son seguidas con angustia por las cancillerías del hemisferio, especialmente por las de Cuba, Bolivia y Venezuela, militantes del Socialismo del Siglo XXI. Los cuatro sostienen una plataforma de la que retirar una de las patas provocaría desequilibrios en el resto.

Aún no hay una cuantificación de los daños que la ola de disturbios ha acarreado para la economía nicaraguense, ya sacudida por la reducción de la asistencia de Venezuela, cuyas propias tribulaciones han disipado la idea de que a fuerza de petróleo el socialismo se irradiaría por todo el continente. Los observadores consideran que es aún demasiado temprano para esa cuantificación, sobre todo cuando el proceso está en pleno desarrollo y quizá haya con muchos capítulos por delante.

Sin salida

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Una porción importante de la sociedad venezolana acude este domingo a las urnas, en una elección controvertida convocada por una Asamblea Constituyente cuyos miembros fueron designados a dedo por el gobierno de Nicolás Maduro, bajo el repudio de los principales partidos políticos opositores y con la advertencia de una mayoría de naciones que la considera ilegítima y que ha dicho que desconocerá sus resultados. Para gran parte del mundo, el gobierno que emerja de esta elección será un esperpento muerto.

Bajo la peor crisis económica de su historia, que ha encogido a la mitad su producto interno bruto en dos décadas de régimen Socialista Siglo XXI, es muy poco lo que los venezolanos encuentran que Nicolás Maduro puede ofrecerles. No ofrece ningún paraíso y las expectativas son de más represión y privaciones en aras de un régimen que muy pocos trepidan en llamar de dictadura militar con apoyo civil. Para muchos, la dictadura parece buscar tiempo para alejar siquiera temporalmente el espectro de los juicios y castigos que le sobrevendrían a sus hombres apenas el sistema sea apartado del poder.  Los sociólogos se preguntan qué incentivo puede tener el acto de votar cuando la única perspectiva cierta es que todo será peor.

El acto electoral ocurre cuando la vena yugular de la economía se cierra. La gigante petrolera ConocoPhillips apretó esta semana sus tenazas para cobrarse los 2.000 millones de dólares que le asignó un tribunal arbitral como compensación por la nacionalización de sus activos en Venezuela en 2007. Al parecer, la transnacional tuvo asesoramiento legal más eficiente que PDVSA. Con sus finanzas diezmadas bajo el régimen, el conglomerado venezolano no tuvo músculo financiero para contrarrestar la ofensiva legal de la transnacional que, de acuerdo a expertos bien informados, pagó mejor a sus asesores y ahora parece a punto de apoderarse de las refinerías de PDVSA en la isla vecina de Curacao. Es como una subasta gigantesca en cuya mira están incluso los tanqueros que transportan petróleo venezolano, en un proceso que se encamina a la asfixia completa de la empresa venezolana, un tiempo entre las líderes del mundo.

A esto se sumó hace poco la información de que, para cumplir compromisos con Cuba, Venezuela está comprando petróleo del mercado internacional para entregarlo a la isla a cuenta de convenios que incluyen el pago a miles de profesionales cubanos incorporados a las llamadas ¨Misiones Sociales¨. Las misiones permiten a Cuba remesas millonarias que apuntalan su economía. La operación resulta una paradoja en momentos en que Venezuela está urgida de recursos y sufre un éxodo constante de miles de personas que se van del país en busca de mejores destinos. Cortar ese trueque petrolero estaría entre las nuevas medidas que el régimen de Donald Trump aplicaría contra el de Maduro.

Un momento de definciones pareció estallar el miércoles con el amotinamiento de unos 300 presos en El Helicoide, la mayor prisión política del régimen en Caracas, donde se encuentran recluídas algunas de las figuras más destacadas de la oposición venezolana. Era gigante el desafío que planteaban los amotinados, que hasta el viernes controlaban el penal.

La rebelión configuraba un jaque para las pretensiones de Maduro de celebrar las elecciones ¨truene, llueva o relampaguee¨. Al escribir esta nota, persistía el temor de una retoma militar violenta del lugar, construído bajo el gobierno dictatorial de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958) para ser un salón de exposición de automóviles que nunca llegó a inaugurarse.  Ahora es sede del SEBIN, el temible sistema de inteligencia del gobierno. Desde la prisión, los detenidos se las arreglaron para emitir llamados a la población para alzarse contra el regimen. Sus gritos conmovieron a la audiencia que presenciaba las escenas que presentaba la CNN, con detenidos apiñados en uno de los recodos sofocantes del lugar y algunos parientes que desde las afueras del lugar les manifestaban cariño y una solidaridad angustiada e impotente.

Con la producción petrolera en niveles críticos (menos de la mitad de 3.3 millones de barriles cuando Hugo Chávez recibió el mando de Rafael Caldera en 1999), la vida económica de Venezuela lucía en un proceso de declinación incontenible. Los observadores sostienen que la probable confirmación de Maduro, en comicios viciados de parcialidad, luce destinada a acelerar la descomposición de un régimen que hace tiempo perdió toda esencia democrática.