Convit

Muerto en combate

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Uno de los grandes héroes de la medicina, Jacinto Convit García  murió 12 de mayo en Caracas. En septiembre habría cumplido 101 años, gran parte de  ellos dedicados a investigar y combatir una de las enfermedades más estigmatizadas de todos los tiempos: la lepra.

Este científico, de hablar pausado y seguro de sus metas, elaboró una medicina que detenía la enfermedad y  trabajaba en pos de una vacuna contra el cáncer. El tratamiento que desarroló fue experimentado con éxito en todo el mundo y el gobierno venezolano lo postuló para el Premio Nobel en 1988. No ganó la distinción, ese año otorgada a una investigadora neoyorquina y a otro escocés. Con sencillez explicable en la magnitud de su servicio a la humanidad, una vez comentó: “No me quita el sueño no ganar el Nobel, pero sí me lo quita buscar la cura para el cáncer”. El último de los cientos de trabajos que produjo fue publicado a poco de llegar a la centuria.

Ignorado en muchos lugares del continente donde tuvo su campo de batalla, Convit concibió la idea fundamental de su cruzada estudiando a los armadillos, portadores de la bacteria, y relacionándola con la baja temperatura del cuerpo de esos mamíferos. En una entrevista en su laboratorio del barrio La Pastora, en Caracas, el investigador me mostró diapositivas que exhibían, gracias al tratamiento que desarrollaba, la remisión de células de personas enfermas.  La remisión no llegaba a las porciones perdidas del cuerpo, pero la recomposición celular era asombrosa. Su trabajo ha llevado alivio a muchos leprosorios y  contribuido a hacer de la lepra una enfermedad controlable.

El héroe asistente de este combate fue el quirquincho, con cuyo caparazón algunos artesanos en Bolivia fabrican charangos de acústica envolvente y profunda melancolía que admiran los que se sienten fascinados por la música andina. Originario de América del Sur, representa una de la veintena de especies dotadas de armadura.

Convit fue el ejemplo de la ciencia que, con escasos recursos y voluntad enorme, se mantiene en pie. Su fe en que las enfermedades pueden ser detenidas tenía en él un sello mayor: no cobraba a sus pacientes y, si podía, regalaba las medicinas.

Entre muchas actividades académicas que tuvo a su cargo, enseñó en las universidades de Stanford, California, y en el hospital Jackson Memorial, de la Universidad de Miami. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) lo declaró “Héroe de la Salud Pública”.

Sinónimo de pobreza y atraso, la lepra aún mata hasta 30.000 personas al año en el mundo, pero, gracias los esfuerzos de investigadores como Convit,  es menor  el estigma que la acompañaba. El investigador estuvo activo hasta sus últimos días. Hace pocas semanas afirmaba que no está lejos la curar del cáncer, en cuyo combate era un legionario.  

 

Tercermundismo

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“…ha tomado aspecto de evidencia que no requiere demostración la hipótesis de que el capitalismo y la consiguiente occidentalización del mundo en los últimos doscientos años están en el origen de todos los males, de modo que la salvación final de la humanidad se producirá con la derrota y la extinción de un “Lucifer” llamado imperialismo…”  La frase es una de muchas de Carlos Rangel (1929-1988), un ensayista poco conocido en los niveles académicos de gran parte del continente, todavía permeado por un fervor tercermundista que, de acuerdo al autor, contamina el pensamiento  socio-político de la región y esconde el debate de ideas de fondo sobre cómo  superar eficazmente el atraso (“Tercermundismo”, Monte Ávila Editores, 1982, Pág. 63-64). Se trata de su obra cumbre (“Del Buen salvaje al Buen Revolucionario”, fue otro de sus ensayos) pero que por razones fáciles de adivinar no alcanzó la divulgación similar que habrían merecido pensadores de la izquierda que contaban con una base  mundial de propaganda.

Vaya Ud. a una de las librerías y pregunte por esas obras.  Probablemente  tendrá que ordenarla de algún proveedor extranjero, pero improbablemente de la Venezuela de estos  días. Hace 40 años, Rangel  destacaba que ya no era suficiente la erradicación del  analfabetismo ni que de las universidades egresen legiones de médicos si no había cómo ofrecerles un empleo digno. Aún ahora, sin la libre iniciativa del despreciado capitalismo,  muchos de esos profesionales no logran la ubicación que soñaron y acaban trabajando fuera de lo que aprendieron. Desde hace años, muchos integran las  “misiones”  que vienen a países como Venezuela, Brasil o Bolivia en programas de asistencia pagados de gobierno a gobierno. Eso lo perciben muy claro los estudiantes venezolanos.

La poca divulgación de autores como Rangel exhibe el desconocimiento que con frecuencia se tiene de Venezuela. No es gran cosa lo que se ha leído de Rómulo Gallegos (“Doña Bárbara”), también nombre del premio literario que catapultó a Mario Vargas Llosa. Menos aún de Jacinto Convit, el notable  investigador cuyo aporte fue indispensable para ayudar a curar la lepra. Ya retirado, es una de las grandes figuras de la ciencia venezolana.

Periodista acucioso, Rangel fue un crítico implacable del “tú eres rico porque  me has robado” y defensor incansable de las que consideraba ventajas netas del capitalismo  sobre el socialismo. Con el “neotercermundismo” de estos días, releer sus obras es como escuchar las crónicas de la jornada.