Colombia

Nuevas realidades

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La elección de Iván Duque para presidir Colombia y  la victoria que las encuestas asignan a Andrés Manuel López Obrador el 1 de julio, colocarán a América Latina ante nuevas realidades geopolíticas que obligarán a un reacomodamiento en toda la región. Duque, consciente de que la magnitud de su victoria con más de 10,4 millones de votos frente a ocho millones de su adversario Gustavo Petro, no es un cheque en blanco, deberá conducirse sin alteraciones mayores sobre el camino heredado de su predecesor, el saliente Juan Manuel Santos.

Los observadores ven razones de sobra para esa afirmación, pues nadie en Colombia aceptaría retornar a la zozobra de la insurgencia armada, a su vez resultado de las fuertes desigualdades de la sociedad colombiana con las que Duque deberá lidiar. Pero hay una expectativa creciente por conocer los ¨ajustes¨que el presidente electo ha anunciado que se propone aplicar para que ¨la paz brille¨. Muchos pagarían para saber de antemano cómo será ese brillo.

Si bien obtuvo un número récord de votos, su rival también lo tuvo, pues nunca antes el perdedor en una segunda vuelta llegó a contar con tantos como Petro. Nadie ve equivocado que hubiera dicho que no se consideraba perdedor en una elección en la que nunca votaron tantos colombianos. Pese a la avalancha de sufragios (19,6 millones de un universo de más de 36 millones habilitados), el porcentaje estuvo lejos del promedio de sufragantes del 70% del total de habilitados que registran las sociedades democráticas.

Casi nadie duda que el ascenso de Duque apretará más las válvulas que aún le quedan a Nicolás Maduro para subsistir. Con cientos de miles de venezolanos que, en un éxodo histórico, salieron de su país para asilarse o instalarse en Colombia o pasar a otras naciones, la situación política venezolana es prioridad número uno para los dirigentes colombianos, cualquiera que sea el signo politico que los orienta. En algunas cancillerías se teme que un cierre mayor de los escasos vínculos que aún existen entre los dos países sería catastrófico, como el estallido de un globo pernicioso sobre toda la región. Eso explica la dinámica de las relaciones entre Washington y Bogotá cuyos diplomáticos, civiles y militares, exprimen sus neuronas buscando soluciones para prevenir una crispación más grave. La clave parece aún en manos de los militares.

Nada parece apuntar hacia una reversión del cuadro devastador que ofrece la patria de Bolívar y Sucre. Lo que queda en pié del que un tiempo fue un vigoroso sector privado (cientos de miles de empresas se han cerrado desde que se hizo cargo del país el Socialismo del Siglo XXI) también luce rumbo al colapso.

Un reciente informe periodístico decía que los trabajadores de un complejo de refinación de petróleo en El Tigre, oriente del país, están ¨canibalizando¨ las instalaciones y robando partes y piezas para venderlas para conseguir comida. Como decía hace algunos días, la pregunta no es más si el régimen de Maduro va a caer, sino cuándo. Ahora se agrega un angustioso cómo.

Con un mandatario norteamericano que tiene a México entre ceja y ceja, la cautela deberá ser un rasgo predominante en el líder centro-izquierdista que asumiría el mando de la segunda economía latinoamericana después de la de Brasil. AMLO, como conocen sus compatriotas a Andrés Manuel López Obrador, habría recibido un 54% de los sufragios si las elecciones hubiesen sido hace un mes. Las encuestas sugieren que la avalancha de votantes a su favor, distante de sus tres rivales en la contienda, también le daría un margen legislativo holgado como para ejecutar sus planes de gobierno. Sería la culminación de sus esfuerzos desde que hace 18 años se lanzó por primera vez en pos de la presidencia.

Quienes observan el panorama politico mexicano aseguran que el mandato que recibiría el ex popular alcalde de Ciudad de México sería contundente como para aplicar sin dificultades su plan de gobierno, una de cuyas bases es tan necesaria que nadie se atreve a contestarla ni a oponerle alternativas: combate a muerte a la corrupción. Como práctica generalizada, la proverbial costumbre de ¨la mordida¨ tendría los días contados, para satisfacción de una mayoría abrumadora de mexicanos.

AMLO ha dicho que de la supresión de coimas, sobreprecios, obras sin licitación, gastos suntuarios y muchas otras granjerías recibiría un espinazo financiero suficientemente sólido como para acometer obras inmediatas, desde las de infraestructura hasta las urgencias más apremiantes de la salud pública y la vivienda.

Armado de esa gruesa armadura ética y un amplio respaldo ciudadano que reconfiguraría el mapa politico nacional, AMLO tendría fuerza suficiente para enfrentar la ¨amenaza externa¨ representada por un gobierno como el de Donald Trump que muchos creen que naturalmente le sería hostil.

No estaría solo. Canadá, también acosado por el neo-proteccionismo de Trump, estaría de su lado en las negociaciones dentro del TLCAN, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Un respaldo y una simpatia por nada menores estaría en la Unión Europea, también afectada por los embates ¨trumpistas¨.

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Nunca es tarde

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Muchos han celebrado una confesión reciente del presidente Morales cuando dijo hace unos días que entendió la importancia de la educación solo al llegar al gobierno, al cabo de más de una década de vida política intensa para alcanzar la presidencia. La declaración fue un abandono oficial de la idea, profunda en gran parte de sus allegados, de que el mejor aprendizaje lo imparten las arrugas de los abuelos. El daño causado por ese atavismo, romántico pero irreal, en especial entre niños campesinos, puede haber sido grande. Una cosa sería que algo así lo dijeran los mayores de los niños o sus padres. Pero venido de las más altas autoridades, ante quienes los niños tienen un respeto reverencial, equivalía a un mandato. Al subrayar, durante la entrega de premios a bachilleres sobresalientes, que ahora reconoce ¨la importancia de la educación¨, puede estar intentando reparar aquel daño, cuyos efectos nocivos nunca podrán ser cuantificados.
Otra sorpresa ocurrió cuando instó a los estudiantes a aprender inglés, la lengua global y oficial del imperio. Los especialistas coinciden en que el aprendizaje de una lengua esencial ensancha el horizonte de los jóvenes, pues obtienen una herramienta que les ayuda a percibir mejor el mundo moderno, aún más donde hay grandes segmentos de la población desprovistos de una noción esencial de modernidad.
Los pedagogos creen que aún más provechosa habría sido la recomendación presidencial si incluía hablar y escribir mejor el español antes de lanzarse a la aventura de aprender la lengua imprescindible del mundo globalizado. Países vecinos ya tienen al inglés entre las materias de vencimiento obligatorio. En la carrera diplomática, es imposible avanzar sin un dominio pleno de esa lengua y la cultura que la rodea.
Fue auspicioso que la declaración presidencial coincidiera con el anuncio del país ganador de las pruebas PISA (programa de evaluación internacional de estudiantes). Ganaron los estudiantes de Singapur, la pequeña isla-estado del sudeste asiático (5.4 millones de habitantes) independiente desde 1965. De esencia capitalista de la que no tiene intención de renegar, y uno de los países más ricos del mundo, el idioma oficial de Singapur es el inglés, junto al malayo, tamil y mandarin.
La evaluación es trianual entre adolescentes de 15 años en más de 70 países. De Sudamérica, Bolivia y Venezuela no participan. Hace un par de años Bolivia justificó su ausencia diciendo que eran pruebas ¨neoliberales. La evaluación mide el conocimiento en ciencias, matemáticas y lectura, disciplinas a las que no es fácil atribuir cualquier sesgo político. Las autoridades correspondientes tendrían que explicar dónde es neoliberal la trigonometría o el cálculo de la base de una pirámide. (¨La regla de cálculo no tiene ideología¨, me decía un viejo profesor.)
Una revelación de la pruebas este año fueron las mejorías de Colombia y Perú respecto a la anterior, cuando figuraron entre los peores. Esta vez ocuparon las posiciones 57 (67) y 64 (71), aún insuficientes para salir de la cola en que están los países latinoamericanos. El mejor desempeño latinoamericano fue el de Chile: del puesto 48 pasó al 44, entre 76 participantes.

Las cartas de Santos

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La disputa entre Venezuela y Colombia muestra estos días variantes en la que parecía una rutina: Caracas decidía y actuaba y Bogotá reaccionaba. Desde la semana pasada el presidente Juan Manuel Santos ha empezado a lanzar sus cartas propias sobre la mesa: se ha desplazado por la frontera caliente, ha denunciado a Venezuela como violadora del espacio aéreo colombiano y le ha dicho que no quiere reunirse ¨para la foto¨ sino para acuerdos que resuelvan el problema de verdad y restablezcan la normalidad cuya alteración ha llevado a más de 20.000 colombianos a salir de Venezuela. Nicolás Maduro no ha dejado de lanzar nuevas cartas pero ahora tiene que tomar nota también de las de Santos.
En la variante de estos días persiste la actitud autista de gran número de gobiernos de la región. Orientados por una solidaridad automática que los lleva a cuadrarse al lado de todo lo que les parece representar izquierda, y a ignorar errores y fechorías, no se atreven a dar siquiera un paso que contraríe a Venezuela. En ellos persiste la idea de que en Venezuela hay un régimen progresista, aunque el adjetivo conlleve costos inadmisibles para los derechos humanos, asfixia de la democracia, empobrecimiento de muchos y el envilecimiento de la economía, un tiempo entre las pocas de América Latina con medios para superar las barreras del subdesarrollo.
Las inconsistencias de esa posición quedaron expuestas con los traspiés de algunos países. La canciller venezolana Delcy Rodríguez anunció una reunión de Unasur el lunes, en Montevideo, solo para ser desmentida por el propio Uruguay, que aseguró que no había fecha para tal encuentro. En cuestión de horas el tablero registró un desplazamiento mayor: los presidentes de los dos países en disputa sí se reunirían este lunes, pero en Quito. El anuncio fue un balde de agua fría para Panamá, que intentaba recuperar protagonismo tras impedir que en agosto se reuniesen los cancilleres de todo el hemisferio para discutir la crisis fuera de foros donde Venezuela tiene influencia mayor.
La reunión en Quito puede ser una de las últimas oportunidades para evitar un agravamiento mayor de las tensiones. Es posible que se vuelva a ver en el escenario a un Maduro desafiante pero ahora acosado por previsiones de una derrota catastrófica en las elecciones legislativas del 6 de diciembre, y a un Santos cuyo país representa una economía que crece y se diversifica mientras la de su rival se achica. Eso puede pesar mucho en la cita de hoy.

La frontera caliente

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Una de las fronteras latinoamericanas más dinámicas, con un intercambio comercial de más de 1.000 millones de dólares anuales hasta el año pasado, se ha convertido  en uno de los focos más tensos de la región, con una escalada cuyo desenlace luce imprevisible. Tras el fracaso de las cancilleres de Colombia y Venezuela en conseguir una distensión, los dos países han llamado a sus embajadores y ahora crece la presión sobre Unasur, la organización regional fundada en 2008 que excluye a Centroamérica, México y el Caribe, con predominio de naciones con regímenes enlazados por la izquierda del Siglo XXI. Colombia y Perú, eran entonces islas políticas circundadas por vecinos izquierdistas. La capacidad de la organización para apagar la beligerancia está ante su mayor prueba. Si no logra apaciguar a dos fundadores, ¿en qué queda su misión integradora?

El origen próximo de la tensión fue un choque violento entre bandas de narcotraficantes con mandos atribuidos a jefes venezolanos de la policía y la Fuerzas Armadas. Tres militares y un civil resultaron heridos, el gobierno de Nicolás Maduro ordenó el cierre de la frontera, el comercio fronterizo se desplomó y la tensión se disparó.

No es la primera vez que las tensiones bilaterales alcanzan altas temperatura. Años antes de ir al exilio arrollado por una  insurrección civil-militar, Marcos Pérez Jiménez comandó una operación naval y plantó soberanía venezolana sobre un conjunto de islotes a la entrada del Golfo de Venezuela, escenario de una disputa territorial con Colombia. Casi 40 años después, los ejércitos de los dos países se movilizaron en pie de guerra por el incidente que causó una corbeta que se posicionó en el golfo. Un submarino venezolano fue colocado debajo de la corbeta y el presidente venezolano Jaime Lusinchi llamó a su colega colombiano Virgilio Barco. ¨Ordenas que se vaya o te la hundo¨, dijo a su interlocutor el gobernante social-demócrata.

Esos términos los narró Lusinchi a un corresponsal durante una conversación en una recepción. En las tensas negociaciones fue clave un personaje esencial de la democracia venezolana: Simón Alberto Consalvi, amigo de Bolivia y de sus luchas democráticas fallecido hace un par de años.

Venezuela movilizó 100.000 hombres y Colombia otro tanto. Hubo un ultimátum de 24 horas de Caracas a Bogotá y el belicismo se apoderó de las cancillerías de los dos países. Predominó la cordura y Barco ordenó el repliegue de la corbeta, sobre la que con frecuencia sobrevolaban F-16 venezolanos, los más modernos caza-bombarderos de la época en América Latina. Venezuela acababa de comprar de Estados Unidos 24 unidades al contado, en una operación estimada en 2.000 millones de dólares.

Nunca se supo claramente la intención del gobierno colombiano, pero el incidente ratificó una constante básica de la política venezolana: contar con poder disuasivo sobre Colombia y librar una guerra con posibilidades militares de ganar al hermano siamés del que se separó en 1830, cuando ambos formaban La Gran Colombia que había creado Bolívar.

Con la economía venezolana en aprietos desconocidos en el país asentado sobre las reservas petrolíferas más abundantes del mundo, es una incógnita determinar hasta qué punto Nicolás Maduro podrá escalar las tensiones con su vecino Juan Manuel Santos, a tres meses de elecciones legislativas que pueden hacer tambalear su régimen.

Pero con certeza están lejanos los días de exuberancia cuando Venezuela ordenaba compras militares que hacían aguar la boca de sus vecinos. Si esta realidad puede contribuir a enfriar la frontera, o calentarla más bajo cálculos políticos ante el descontento creciente de los venezolanos con su régimen, es otra incógnita.

Entre el arco y las urnas

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Los colombianos tendrán fresco el sabor de lo ocurrido el sábado en Belo Horizonte en el partido frente a Grecia cuando hoy domingo concurran a las urnas para decidir entre dos formas de encarar la paz que desde hace décadas elude a la nación andino- caribeño-amazónica. El titular Juan Manuel Santos busca repechar la ventaja que le sacó Oscar Iván Zuluaga en la primera vuelta hace tres semanas y vencerlo. Como agarrado de un peñasco para evitar el precipicio, Santos pretende continuar gobernando a su país en medio de un creciente descrédito del proceso de paz que lanzó hace casi dos años para encaminar a las guerrillas de las FARC por un sendero democrático.  A la desconfianza de muchos colombianos exhiben hacia una reconciliación institucional con la guerrilla que este año cumple medio siglo, se opone un temor creciente por el retorno a una lucha aún más encarnizada del “vale todo” para combatir a la insurgencia.

Desde que Manuel Marulanda, el legendario “Tiro Fijo”, lanzó la guerrilla en 1964 y la dirigió hasta su muerte en 2008, el movimiento se mantiene como eje orientador en la política colombiana.  Muchos colombianos dicen: “Combatamos a los guerrilleros, pero no de esa manera”. Otros no menos numerosos reflexionan: “No queremos la paz a cualquier precio y los insurgentes que cometieron crímenes deben pagar ante la justicia”.

Esos dos sentimientos opuestos juegan hoy en pos de la decisión del votante, en el que predomina a tendencia a la abstención. Pueden votar unos 33 millones de colombianos, pero quienes no lo hicieron en la primera ronda representaron casi el 60 por ciento de la población habilitada, un récord temible en cualquier democracia.

La decisión repercute mucho más allá de los límites geográficos de Colombia.

En Venezuela, la elección es vista con el interés de un fenómeno muy vecino, cuando no local.No solamente por la tradicional rivalidad geopolítica o por el  hecho de que Venezuela cobija a un gran número de emigrantes colombianos.  También porque ha sido bajo presidentes liberales que los dos países tuvieron sus peores roces en los últimos años. Bajo Virgilio Barco, estuvieron cerca de la guerra, en 1987, cuando una corbeta colombiana se estacionó en aguas del Golfo de Venezuela que Caracas considera suyas. En represalia, Venezuela envió dos submarinos que se ubicaron al fondo del golfo, debajo de la corbeta, y dieron un ultimátum para que fuese retirada o sería hundida. Colombia la retiró. El anterior presidente colombiano, Álvaro Uribe, quien apadrina políticamente a Zuluaga, chocó con Hugo Chávez acusándolo de complicidad con las unidades de a FARC que operaban sobre la frontera con Venezuela. De modo que, a desgano, Caracas vería con menos celo la continuidad de Santos que una llegada de Zuluaga. Esta visión, sin embargo, se empaña cuando los venezolanos en rebelión masiva contra el régimen de Nicolás Maduro notan que Santos tiende a ser tolerante con las infracciones venezolanas a los derechos humanos y que su defensa de los valores democráticos languidece cuando lidia con quienes ahora conducen la patria de Bolívar.

Un triunfo de Zuluaga intranquilizaría a Maduro, al igual que a los demás regímenes sudamericanos alineados con el llamado “socialismo del siglo 21”, entre ellos Bolivia, que tiene en Colombia el destino de gran  parte de sus exportaciones agrícolas. Como en un juego de dominó en el que una pieza condiciona a otras, el cambio de mando sería sentido en La Habana, sede de las conversaciones de paz con las FARC emprendidas por Colombia desde fines de 2012. Los colombianos que están contra Santos le acusan de guiarse por los  intereses de La Habana antes que por los de Bogotá, y ha sido gravemente erosionada la confianza que esas conversaciones tenían entre los colombianos. En este marco, Cuba y, por extensión, todas las izquierdas, se sienten más confortables con Santos que con Zuluaga.

Cualquiera que sea el sabor dejado por el encuentro con Grecia (que ha sido dlce, de victoria), la perspectiva del encuentro siguiente de los colombianos en Brasilia con Costa de Marfil el jueves no apagará las repercusiones a corto, mediano y largo de la decisión que hoy emerja de las urnas.

 

Cerca del precipicio

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A UNASUR, la organización creada hace seis años al fragor de la influencia de Venezuela en América del Sur, le ha tocado comprometerse con virtudes que muchos en el continente juzgan que en su breve existencia no ha creído. Tres de sus integrantes han sido designados para trabajar por un diálogo con el que el gobierno de Nicolás Maduro espera superar una tormenta que sólo ha arreciado en los últimos 45 días y  ha exhibido la faz feroz de las tensiones bajo el régimen instalado hace 15 años.

Brasil, Ecuador y Colombia tienen la misión de tender puentes para que Maduro y sus rivales en la oposición conversen y traten de mostrar sí existen fórmulas para una pacificación efectiva que incluyan la permanencia del régimen vigente.  A juzgar por la persistencia de las protestas y la dureza de los militares, esa posibilidad equivalía este fin de semana a buscar el círculo cuadrado.

La UNASUR tuvo una gestión que en Bolivia lució deplorable. Se inauguró con el informe de un súbdito argentino que echó toda la culpa de los sucesos sangrientos de Porvenir en 2008 sobre el entonces prefecto Leopoldo Fernández, las autoridades que gobernaban Pando y quienes se oponían al gobierno nacional.  Para UNASUR, que endosó el Informe Mattarollo sin reservas, lo que ocurrió en aquel remoto lugar del noroeste boliviano fue parte de una “ofensiva racista” promovida por una “oposición fascista”.   El informe colocaba al gobierno del presidente Morales como víctima. Su lista de víctimas fatales incluía a personas que estaban vivas.

UNASUR también se comprometió hace dos años a enviar a Venezuela una  “comisión de la verdad” que investigaría hechos violentos y tensiones que ocurrían en la patria de Bolívar. No se supo que la comisión se hubiese siquiera formado. Tampoco es mucho lo que se conoce de los trabajos y proyectos de la entidad.

Con la seriedad comprometida y la idea de que se trata de una organización formada al calor de gobiernos populistas de la región, UNASUR tiene otra dificultad: los líderes opositores han colocado al régimen de Maduro como una dictadura sostenida con la fuerza militar y una masiva presencia cubana. Esa identificación se extiende al aumentar el número víctimas fatales que ahora se cuenta en docenas. Este fin de semana, líderes opositores negaban idoneidad a la organización para buscar un diálogo genuino.

Los países del grupo sudamericano  tienen también que lidiar con “condiciones previas” que exige la oposición, entre ellas la desarticulación de las bandas paramilitares y la liberación inmediata de Leopoldo López, los alcaldes tachirenses Daniel Ceballos y Enzo Scarano y los estudiantes detenidos. No hay elementos que permitan creer que el régimen venezolano esté dispuesto a desarmarse y el presidente Maduro no acepta precondiciones. Tampoco se sabe con certeza si la ciudadanía que está en las calles estará de acuerdo con quienes asuman su representación.

Una pequeña pero combativa organización radical, Bandera Roja, que respaldaba al régimen en sus orígenes, emitió el jueves una declaración instando a persistir en las protestas callejeras. Con ellas, afirmó, “la careta que barnizaba al régimen como democrático, como defensor de  los pobres, como socialista o comunista, o por lo menos a favor de los derechos humanos y el progreso, ha rodado por el suelo”.  Se ignoraba si Bandera Roja estaria entre las organizaciones a ser convocadas por el trío de UNASUR.  

Con su génesis matriz bajo sospecha de obedecer más a un ferviente antinorteamericanismo que a una disputada (debatible) representación continental, la misión de UNASUR se encuentra ante la condición que se atribuía a la mujer de César: debe no sólo ser pura y casta sino también parecerlo. Puede poseer los dos primeros atributos; en cuanto al tercero, muchos creen que no se ha empeñado en  adquirirlo.

Nota: Una falla mia en la digitación hizo aparecer, en el párrafo anterior, la palabra indisputada cuando debía haber dicho disputada, o  más correctamente, debatible, como acabo de colocar entre paréntesis. Pido disculpas.

Reclamo desprestigiado

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El gobierno se hizo el desentendido con la creencia de que esquivando los problemas se los resolvía. Después comprobó  que el mundo real no funciona de esa manera y que nada se logra con querer esconder la realidad que, tarde o temprano, aparecerá. Ante la evidencia de  la declaración del Ministerio de Defensa de Brasil,  no le quedó otra opción sino reconocer que sí hubo aviones brasileños que Bolivia inspeccionó, al menos uno de ellos sin el consentimiento del vecino país. Hoy, el resultado es que la exigencia boliviana de satisfacciones y explicaciones por el incidente que tuvo por escenario los cielos de cuatro países europeos está desprestigiada. Con todos  los  elementos que ya son públicos, habría que preguntarse  qué harían las autoridades nacionales si mañana se realizara la reunión (disminuida) de UNASUR que se solidarizó con  Bolivia y condenó al grupo de países europeos con profusas alusiones a Estados Unidos por una supuesta o presumida responsabilidad principal en todo el incidente. ¿Habría el mismo resultado?

Nada es más dañino en las relaciones entre estados y entre personas que la sospecha de una  mentira o de verdades incompletas admitidas a regañadientes. Bolivia se quejaba de  lo que antes había hecho ella misma y nadie se lo había reprochado públicamente. En ese marco, el reclamo lucía como una actitud con olor a hipocresía. En tesis, Brasil tuvo la poco agradable tarea de decir al gobierno: Ustedes inspeccionaron tres aviones de la Fuerza Aérea Brasileña pero en aras de  las buenas relaciones colocamos paños fríos sobre la cadena de incidentes.  Ahora  nos toca decir basta.

Brasil fue uno de los cuatro países que no tuvieron a sus presidentes en la reunión de UNASUR. Perú Colombia y Chile encontraron razones para ausentarse de la cita convocada con prisa con el eco de la protesta boliviana por  el trato humillante dispensado a su máximo representante.  Pero para el gobierno no fueron  suficientes los pedidos de disculpas, y sus exigencias crecieron hasta abarcar una  investigación que traiga la afiliación completa de todos  los involucrados. Era aparente que se apuntaba a Estados Unidos con propósitos ni objetivos claros. Algunos países puede haberse preguntado: ¿A dónde se quiere llegar?

Las relaciones de Bolivia con Brasil han sido con frecuencia difíciles en los años del gobierno actual. Deberían haber sido idílicas. Brasil es el  mayor comprador de gas natural de Bolivia, suficiente para procurar un empeño sostenido por elevarlas al mejor nivel. No ha sido así.

En2006, en  una reunión de Mercosur en Paraguay , en la que estaba presente Bolivia como país observador, hubo  un encuentro tenso entre los presidentes Morales y Luiz Inacio Lula da Silva. En la narración que hizo ante  el congreso brasileño el entonces canciller y actual Ministro de la Defensa, Celso Amorím, el brasileño le reprochó al boliviano haber ejecutado la nacionalización de  los campos que operaba Petrobrás con el despliegue militar que ocurrió. “Eso no se hace con un país amigo”, le dijo airadamente Lula a Evo.  Para Lula resultaba más  incomprensible el hecho de que la  medida hubiese venido de un gobierno con el que sentía cierta afinidad. Del relato que hizo Amorím, se deduce que el ahora fallecido presidente Hugo Chávez  (testimoniaba el encuentro) intervino para ayudar al acosado presidente boliviano. Brasil absorbió el golpe, pues tampoco podía asumir una actitud que critica a las grandes potencias por su comportamiento con naciones menores. Pero los planes que tenía para elevar las relaciones comerciales con Bolivia fueron archivados, entre ellos plantas petroquímicas y termoeléctricas en base al gas natural. Es también plausible suponer que las autoridades vecinas optaron por mantener las inversiones de Petrobras sólo en un nivel suficiente para garantizar el contrato de suministros que acaba en 2019.