Chavez

Más allá de Maduro

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Lo que está en juego en Venezuela va bastante más allá de la geografía y la política doméstica. Pasa por el petróleo y se amarra a las corrientes ideológicas que luchan activas desde hace más de dos siglos. Es la lucha por las riquezas naturales y su control. Y Venezuela posee las mayores reservas petrolíferfas del mundo, entre ellas la faja del Orinoco, un gigantesco cinturón que se extiende por más de 55.000  kilómetros cuadrados, algo así como el 80% del departamento de Pando o un tercio de todo Uruguay.

A los bolivianos nos tocó vivir esas luchas durante muchos años. Estábamos sometidos al yugo colonial cuando en 1545 fue descubierta la montaña argentífera de Potosí y vimos que la plata de ese cerro gigante era extraída para erigir grandeza y poder en otras naciones, encender rivalidades y alimentar discordias de las que los dueños legítimos de la montaña estaban ausentes.

Cuba, carente de grandes recursos naturales, vio a Venezuela con envidia. Fidel Castro intentó aliarse con el  líder demócrata venezolano Rómulo Betancourt, al rayar la década de 1960, pero fue desairado. Décadas más tarde, lo consiguió, a través de Hugo Chávez: Venezuela enviaba petróleo (más de 100.000 barriles diarios) y Cuba retribuía con miles de brigadas de jóvenes profesionales, médicos principalmente, que derivarían en el principal sostén económico de la isla.  Por ellos Cuba cobraba (y todavía lo hace) una porción considerable del que debía ser el sueldo de los profesionales. A éstos se sumaron pronto asesores en una gama amplia de especialidades, en particular seguridad. Estuvieron a cargo de gran parte de los sistemas de identificación de la ciudadanía e instalaron en Venezuela sistemas similares a  los que se habían instalado en Cuba para el control de las personas. Es difícil establecer, viviendo fuera de Venezuela, cuán efectivo fue el intento de convertir a ese país en un régimen policial, pero todos los informes que vienen de allí confirman la instalación de un régimen totalitario bajo el signo del Socialismo del Siglo XXI, en el que milita el gobierno boliviano. El presidente Morales ha estado firme al lado de Maduro todos estos días de crisis, a despecho de la actitud de sus vecinos mayores, especialmente Brasil y Argentina.

Pero ahora aquel sistema languidece, en gran parte debido a sus fracasos económicos, por la corrupción en las élites partidistas y por la represión. La dirigencia esclarecida de los regímenes entiende que el tiempo para ese socialismo se acabó. Venezuela es el peor ejemplo de despilfaro y enriquecimiento ilícito, en muchos casos derivado en nepotismo e incapacidad flagrantes. Infórmense de la vida dispensiosa de los jerarcas socialistas venezolanos y verán en ella una de las razones principales (tal vez la verdadera razón) por las cuales se aferran al poder, incluso la casta de militares que, el jueves, juraron lealtad a Maduro y sellaron su ruptura con las corrientes democráticas de su país. Gran parte del gabinete ministerial está formado por militares, que también dirigen las empresas del estado más rentables, entre ellas Petróleos de Venezuela (PDVSA), un tiempo considerada entre las más ricas y poderosas del mundo. ¿Quién podría sostener que ese gobierno es ¨socialista¨ y de los ¨trabajadores¨?

¿Alguien se atrevería a aproximarse a algún joven venezolano y solicitarle su voto para el partido oficial Partido Socialista Unido de Venezuela? Con cierto optimismo, pasarán décadas antes de que esas corrientes vuelvan a despertar alguna simpatía. Las presentes y futuras generaciones no  podrán olvidar que fue bajo ese signo politico que Venezuela pasó a militar entre los países más pobres del mundo, luego de haber estado en la ruta hacia el primer mundo. Culpables de este desastre también han sido las élites políticas y económicas venezolanas, incapaces de comprender que ninguna sociedad sobrevive mucho tiempo cercada de miseria y con expectativas crecientes atizadas desde los medios audiovisuales y electrónicos de comunicación.

En estos días se juega la suerte no solo de Venezuela. También el futuro de los socialismos que procuraron demostrar que ¨otro mundo es posible¨ y acabaron en el mismo socialismo del que buscaron diferenciarse. Maduro declaró anoche (viernes) que la ruptura que ordenó de las relaciones con Estados Unidos no era, en realidad, una ruptura, pues todo seguiría funcionando igual. Se trataba sin duda de un desvarío. Los venezolanos, que tienen  un agudo sentido de la realidad, le habrán dicho: ¨Chivo que se devuelve se desnuca¨.

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En la huella de la distopía

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La muerte de Fidel Castro ha reproducido lo que durante su vida el comandante sembró: polarización y controversia. La figura, elevada y firme durante gran parte de su vida, y en los últimos años encorvada y decadente, ha recorrido los espacios informativos de todo el mundo. Genio y figura, pocos meses antes de morir manifestó desconfianza hacia el deshielo entre Cuba y Estados Unidos, que busca superar un distanciamiento de más de medio siglo y oxigenar a la isla. Nunca dejó de afirmar que Cuba era un edén en gestación, aunque la realidad le decía que de ningún paraíso la gente escapa a montones dispuesta a sacrificar la vida en el intento. Bajo su vision, Cuba era la utopía realizada pero para gran parte de sus compatriotas ha sido una distopía real donde todo ha resultado tan insoportable que hay que escapar de la isla.
Las muerte del conductor cubano mostró la dificultad de muchos medios y comentaristas de definir al régimen. Nadie dudaría en calificar como dictadores a los generales Pinochet, Videla, Stroessner o Trujillo. Extender la definición al lider cubano, fallecido el viernes 25 de noviembre a los 90 años, ha sido difícil, peor aún subrayar las condiciones opresivas que subsisten en la isla. Fue perceptible el prejuicio cuando medios escritos bolivianos y de otras latitudes titulaban al día siguiente que ¨el mundo llora¨ la muerte del líder cubano. Nadie dudó cuando se dijo que el mundo había llorado el fallecimiento de la Madre Teresa de Calcuta. Atribuir ese sentimiento mundial hacia Fidel Castro fue un exabrupto ni siquiera explicable en la prisa por cerrar la edición.
¿Por qué? Una tentativa de respuesta es la resistencia del ser humano a desengañarse y aceptar que sus ilusiones se han vuelto una pesadilla. Ni siquiera los testimonios de quienes vivían esa realidad convencía a los que cerraban los ojos y seguían creyendo en la vision romántica de una revolución que entusiasmaba en sus primeros años y que acabó en una maquinaria despótica. El fanatismo enceguece, como cuando un articulista ruso pretendía que se le creyera que ¨1984¨, de Orwell, retrataba a Estados Unidos y no a la URSS.
Durante un viaje a la isla hace unos años, conversaba con un vigilante de playas que no admitía que Cuba había dado pasos gigantes en garantizar la salud, en grado envidiable para sus vecinos del continente. El vigilante arqueó las cejas y me dijo: ¨Eso dice la propaganda. Para la mayoría como yo, un hospital es inalcanzable. Usted puede ser atendido y beneficiarse de esa medicina porque va a pagar en dólares. Los cubanos no podemos hacerlo¨.
Dos países sudamericanos fueron foco especial de su atención: Venezuela y Bolivia. Con ambos tuvo los peores desencuentros y las alianzas más fructíferas. Fue a Caracas pocas semanas después de derrocar a Fulgencio Baptista y al presidente socialdemócrata Rómulo Betancourt le pidió un préstamo inmediato de 300 millones de dólares y petróleo subsidiado. Buscaba apoyarse en la riqueza venezolana para catapultar al castrismo por el continente. ¨De esta entrevista depende el futuro de la revolución¨, dijo a quienes lo acompañaban. No recibió nada. Betancourt, que había ganado las primeras elecciones libres venezolanas tras la caída del dictador Pérez Jiménez (1948-1958), le dijo que su país también estaba en aprietos y que para darle petróleo tenía que comprarlo a las compañías petroleras y venderlo a precio menor. Un negocio pírrico para un país que, entonces, ostentaba índices de atraso peores que los de Cuba.
Castro se fue con las manos vacías y en los años sucesivos Betancourt debió enfrentar invasiones guerrilleras apoyadas por La Habana, que pretendían convertir a Venezuela en otra Cuba. El ejército las derrotó y la mayoría de los invasores acabó presa. Más tarde, sus líderes, desencantados con el socialismo real, abrazaron la democracia y algunos llegaron a ser respetables legisladores. Cuarenta años después, al llegar al poder Hugo Chávez, Castro encontró en el teniente coronel venezolano el respaldo que Betancourt no le dio. Con torrentes de petrodólares, Cuba apuntaló su economía y ¨exportó¨ miles de profesionales sin cabida en la economía estrecha de la isla.
Con Bolivia, la apuesta fue también grande. Compró la idea de que, en 1966, Bolivia vivía bajo una dictadura que se desmoronaba y la guerrilla que iba a encabezar Ernesto Che Guevara sería la mecha que incendiaría a un país que suponía ansioso por un sistema de gobierno como el cubano. Fue otro fracaso. La creencia absurda de que en Bolivia sería como en Cuba hundió a la columna, que pasó gran parte de los 10 meses de su odisea en lucha feroz contra la naturaleza, en especial insectos, mosquitos, parásitos y, carente de refugio seguro, bajo un hambre que la acosó incesante. ¨Nuestro problema principal era encontrarlos¨, me dijo el general Gary Prado Salmón, ante cuya compañía Che Guevara se rindió tras gritar ¨no disparen, soy el Che¨.
Cincuenta años después, Castro encontró en Evo Morales uno de sus más grandes admiradores, dispuesto a alcanzar metas de la revolución cubana bajo un sistema recauchutado: el Socialismo del Siglo XXI.

Aniversario en tiempos de tormenta

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A principios de este mes cumplió 73 años una de las expresiones más célebres del periodismo venezolano y una de las ventanas de una lucha obstinada por la libertad de prensa en el universo hispano-parlante. Junto a Tal Cual Digital, El Nacional de Caracas es el medio periodístico de crítica más abierta al régimen de Nicolás Maduro. Y uno de los que ha pagado un precio muy alto por ejercitar esa libertad. Fundado el 3 de agosto de 1943, su aniversario transcurrió como una jornada informativa más en un largo camino de oposición al régimen del Socialismo del Siglo XXI.
Fundado por el novelista Miguel Otero Silva, El Nacional contó, en las historias escritas por sus reporteros y editores, los pasajes más relevantes de la vida contemporánea venezolana. Sus páginas se lucieron con informaciones sobre la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, y el advenimiento de la democracia, en la que alcanzó su mayor esplendor. Sus páginas fueron recorridas por escritores de primera magnitud, Arturo Uslar Pietri, Ramón J. Velásquez y Simón Alberto Consalvi, entre ellos. En los años de las dictaduras en América Latina, este diario, que nunca renunció al formato tradicional, fue una de las pocas luces informativas veraces en el continente.
Y fue también un refugio para quienes subían desde el sur del continente perseguidos por los regímenes de fuerza. En la delantera de estrellas de El Nacional figuró Ted Córdova-Claure, (Catavi, Bolivia 1932-Havelock, USA 2011) una de las figuras más señeras del periodismo boliviano. Firma conocida en las redacciones de los diarios del continente, tras asumir la jefatura de informaciones internacionales, Córdova-Claure confirió al periódico una jerarquía informativa mayúscula. Gracias a la red de amigos y de contactos forjada por este compatriota boliviano, El Nacional estuvo entre los primeros en contar con corresponsales propios en las principales capitales del continente. Desde sus oficinas en el barrio de El Silencio, los regímenes autoritarios y dictatoriales estuvieron en jaque constante. Con Córdova-Claure destacado a Londres y Carlos Silva Valero, subdirector de la sección, a Buenos Aires, la cobertura que ofreció el periódico sobre la guerra de las Malvinas estuvo entre las más completas de los medios de habla hispana.
La posición crítica del periódico respecto a la estructura de poder que dominaba Venezuela durante gran parte de la era democrática lo llevó a apoyar al Tcnl. Hugo Chávez en la elección de 1998. A los pocos años, el régimen del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) empezó a considerarlo un enemigo. Miguel Henrique Otero, hijo del fundador y uno de los periodistas perseguidos por el régimen Nicolás Maduro, es hoy voz itinerante a favor de la democracia en su país. Por ironía, había sido uno de los simpatizantes del régimen del comandante Chávez en sus primeros años.
Bajo una dieta forzosa de papel que impuso el gobierno a la mayoría de los medios impresos, ha dirigido esfuerzos notables a su edición digital. La reproducción de informaciones que el año pasado publicó un periódico español sobre vinculaciones de líderes del régimen con un cartel del narcotráfico le significó un juicio por difamación aún en curso. La noticia que había registrado el diario ABC de Madrid se basaba en informaciones del capitán de corbeta Leamsy Salazar, uno de los encargados de la seguridad de Chávez y también de Nicolás Maduro.
La lucha cuesta arriba que libra el diario se siente en el bolsillo de sus lectores. Un ejemplar de su edición aniversario costaba 700 bolívares, 14 veces los 50 bolívares de Últimas Noticias, uno de sus competidores.
Las dificultades no han empañado su chispa para producir encabezamientos que atrapan al lector. Decía la presentación de una noticia hace un par de días sobre las filas interminables, a veces de más de 30 horas, que deben realizar muchos venezolanos para comprar alimentos:
¨Las largas filas para comprar comida se han convertido en la nueva diversión de un país que estaba acostumbrado a los fines de semanas de fiesta y playa.¨

Vistazo a la oscuridad

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Con síntomas que no auguran un desenlace sin traumas, el tema Venezuela ha vuelto ocupar espacios informativos en todo el mundo con ingredientes cada vez más graves. El mes que ha concluido ha vuelto a exhibir la amplitud del descontento extendido por la geografía venezolana, ahora catapultado por la crisis energética que ha dejado a ciudades enteras sin luz y desatado nuevas ondas de violencia. Maracaibo, Maracay y La Guaira, tres centros económicos estratégicos, fueron estos días escenarios de fuertes confrontaciones entre la policía y vecinos iracundos con la escasez y la inseguridad, agravadas por apagones programados o arbitrarios exasperantes. Cientos de descontentos fueron arrestados y al cerrar la semana no había señales de apaciguamiento de las tensiones en las que está sumergida la que un tiempo fue la economía más rica y promisoria de la región latinoamericana.

En un ajuste sin antecedentes, forzado por la escasez de energía, el gobierno implantó una semana de dos días laborables para todo el sector público. La medida podría haber parecido una extravagancia pero revela la magnitud de la tragedia del país, donde la inflación pronto podría llegar a niveles de hiperinflación y dispararse sin control. A los bolivianos, argentinos, chilenos o brasileños se les eriza la piel, pues saben lo que esas cifras representan.

El colapso energético resulta de años de descuido con la que llegó a ser la presa hidroeléctrica de mayor potencia instalada del continente, antes de que la binacional Itaipú (Brasil-Paraguay) alcanzase toda su capacidad. La presa del Guri, responsable del 75% del consumo de energía del país, llegó a representar la ¨Gran Venezuela¨ de los años de 1970 y principios de 1980. Sus niveles de embalse se encuentran hace tiempo en niveles críticos.

Los descuidos se vieron exacerbados este año con la escasez de lluvias y la reducción de la capacidad de la presa. Primero, el gobierno optó por incluir los viernes en el fin de semana venezolano. La semana pasada decidió agregarle otros dos días de asueto a la semana, y así todas las dependencias del estado durante poco más de dos meses deberán de trabajar solo lunes y martes. Los demás días serán feriados. Quien no conozca antecedentes, tendría la impresión de que Venezuela se ha convertido en el paraíso del tiempo libre. Con el estado pagando la cuenta, nadie dudaría en calificar el fenómeno como una jauja laboral jamás vista.

Muchos venezolanos de sentido práctico hicieron saber que la holgura les permitirá más tiempo para formar colas y aumentar sus posibilidades de comprar algo en los centros de abastecimiento, donde también prevalecen los racionamientos y la escasez.

Bajo la rígida estrechez energética, hoteles y centros comerciales utilizan sus propios generadores, por un número limitado de horas porque también esos generadores consumen combustible. Las restricciones abarcan a todo el aparato productivo, cuyo agotamiento está expuesto en la contracción de la economía que el año pasado se encogió más del 7%. No se espera una mejoría para este año.

Para los analistas, el panorama que ofrece el país de Simón Bolívar es una demostración patética y colosal del fracaso del modelo populista que implantó el coronel Hugo Chávez y que los países del ¨Socialismo del Siglo 21¨ se han empeñado en seguir.

El socialismo venezolano pudo sostenerse mientras había abundancia de petrodólares. La caída severa de los precios fue un despertar amargo para el gobierno de Nicolás Maduro, ahora ante una ofensiva opositora para llevar a cabo un referéndum que lo aparte de la presidencia.

Para llegar a una consulta popular, los proponentes de la revocatoria del presidente deben reunir 1% de firmas del padrón electoral. El porcentaje representa casi 200.000 firmas. Los proponentes dijeron que solo en la primera jornada recolectora  habían reunido cinco veces más. Si el Tribunal Electoral confirma el logro, los proponentes tendrán tres días para saltar una barrera mucho más alta para la convocatoria al referéndum: 20% del padrón electoral, lo que representa 3,9 millones de firmas con huellas digitales. La oposición está segura de reunir esa cantidad. De ahí vendría el salto supremo: contabilizar un voto más de los cerca de 7,5 millones que obtuvo Maduro cuando fue electo en 2013.

Con las oficinas públicas trabajando solo dos días por semana durante los próximos dos meses, y tal vez más, la crisis energética se ha vuelto una cortina más oscura para el porvenir político venezolano.

Una nueva realidad

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Venezuela dio el domingo un viraje gigantesco cuando una mayoría abrumadora de electores rechazó a los candidatos oficiales a la Asamblea Nacional y optó por dirigentes opositores. Por primera vez parece al alcance de la mano la posibilidad de corregir el rumbo del gobierno que instauró el comandante Hugo Chávez al cerrar el siglo pasado. Al acercarse el resultado final, la Mesa de Unidad Democrática había consolidado las condiciones legislativas para colocar una camisa de fuerza en uno de los regímenes que muy pocos dudarían en clasificar entre los más autoritarios del continente.

Las jornadas que han precedido a la debacle han sido las contiendas más crispadas de la vida democrática venezolana moderna,  parte esencial de una historia reciente de tensiones, violencia y de cambios en la composición política, económica y social de la nación petrolera.  Con un eco que retumba en todo el continente, los clarines tocan la retirada en la nación fundadora del Socialismo del Siglo XXI y surge con vigor la perspectiva de suprimir sus aspectos más crueles, liberar a los presos políticos y devolver credibilidad  a la justicia. El telón de fondo principal es la pregunta que angustia a la mayoría de los hogares: ¿Cómo aliviar a corto plazo las colas y normalizar el abastecimiento de alimentos esenciales?

La Mesa de Unidad Democrática ganó en todas las circunscripciones de Caracas, donde el oficialismo se presumía invencible. La victoria abarcó el centro donde había votado Nicolás Maduro, y ratificó el llamado del himno nacional venezolano: “ …seguid el ejemplo que Caracas dio¨. Los resultados del Consejo Nacional Electoral  muestran que los mayores centros agrícolas e industriales no necesitaron del llamado. El oficialismo fue noqueado en casi todos. Incluso el intemperante Diosdado Cabello quedó en segundo lugar en su propio distrito y accedió a un escaño por lista. Un dato dice mucho: La MUD logró el triple de legislaturas uninominales (candidaturas individuales) respecto al oficialismo.

A las 24 horas, en una reunión con dirigentes del Partido Socialista Unido de Venezuela, Maduro anunció  el reaglutinamiento de las fuerzas oficiales para relanzar a su gobierno. El esfuerzo lucía como una autopsia para examinar las causas del deceso.  Las causas las habían dicho los electores que votaron hastiados de la escasez, la carestía de la vida, la represión, la inseguridad, el narcotráfico, la delincuencia, la incapacidad administrativa y la asombrosa corrupción. Y sobre todo, cansados de un lenguaje violento de confrontación reproducido sin retoques del socialismo real y sus similares fascista y nazista durante más de 15 años. Maduro simplificó la derrota en cinco palabras: ¨Circunstancialmente ha triunfado la contrarrevolución¨ y admitió el triunfo opositor. Para su desaliento y perplejidad, le llovieron felicitaciones de todos lados.

Es inevitable encontrar similitudes con la Polonia de hace algo más de un cuarto de siglo, cuando Solidaridad capitalizó el descontento con la  represión, los racionamientos y la extrema vida austera que los polacos debían soportar. En la primera oportunidad para expresarse en libertad votaron en aluviones contra el régimen y entregaron a la oposición que aquel movimiento representaba todos salvo un escaño del Sejm, la Cámara Baja. Lo mismo ocurrió en el senado, donde el régimen comunista consiguió conservar apenas una de 100 representaciones. Los aires rebeldes se esparcieron por los países comunistas y pronto abarcarían a toda la Unión Soviética, que acabó disuelta al cabo de 72 años de dominio. Los dirigentes polacos, y luego los rusos y todos los europeos del este del viejo continente, también se preguntaban por qué. La aspiración de igualdad de derechos había acabado instalando una clase en la que unos, los de la nomenklatura del partido, eran más iguales que el resto.

El propósito hacer de Venezuela otra Cuba nunca logró afincarse, pero estos años los dos países han sido carne y uña. No se vislumbra un alejamiento drástico entre ambos, aunque Cuba está en una ruta que contrasta con la fuerte retórica anti-norteamericana de Maduro.

La mayoría de los análisis coincide en que el triunfo de la MUD fue regido por la convicción  de que votar por los candidatos del gobierno era votar para seguir con lo mismo y acentuar la desesperanza que cunde en el país que durante gran parte del siglo XX había sido tierra de promisión, incluso para decenas de miles de exiliados de otras latitudes.  Es célebre la confesión de García Márquez que en Venezuela vivió ¨feliz e indocumentado¨ y que a veces se afeitaba utilizando agua mineral de Escocia.

La que dio el triunfo legislativo a la MUD fue la Venezuela de la inconformidad, que también había encumbrado a Chávez años antes descontenta con el destino de los torrentes de petrodólares que al país ingresaban sin alterar la división entre los que tenían y los que no tenían. Era obsceno y manifiesto el contraste entre los rancheríos que circundaban las grandes ciudades y sus segmentos modernos, Igual que ahora, después de tres lustros chavistas, con factores agravantes que irritan a todos: mayor criminalidad y escasez aguda de casi todo lo esencial.

En un mundo entrelazado como nunca, los fenómenos de un país repercuten sobre sus vecinos. Marcan una tendencia de las sociedades.  Pretender desconocerlo equivale a querer cubrir el sol con un dedo.

 

Las aguas turbias del norte

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En el norte sudamericano emerge una disputa que eriza los cabellos de las cancillerías de la región. Un nombre que parecía exótico al oído hispanoparlante empieza a ser lugar común y peligroso: Esequibo, una derivación, dicen los historiadores, de Juan de Esquivel,  el navegante hijo de Colón que se aventuró por costas más allá del Caribe y confirió a la región un nombre que cada cierto tiempo equivale a tensiones y trae malos recuerdos del poder colonial inglés.

El cuadrilátero de la disputa tiene a Guyana en  una esquina, y a su lado a todos los países anglófonos del Caribe, incluso algunos integrantes de ALBA, la agrupación geopolítica  forjada por el comandante Hugo Chávez y sustentada por  petrodólares otrora abundantes. En la otra esquina está Venezuela, armada de mucha retórica, sin ningún apoyo externo ostensible y escindida por antagonismos internos que parecen superar los límites para una reconciliación racional.

La disputa incomoda y enmaraña a la región. Cuba, para citar un caso, es aliada íntima del gobierno social-chavista de Venezuela, a donde ha enviado a decenas de miles de médicos y maestros que trabajan en salud, educación y otras áreas, y de donde aún recibe suministros importantes de petróleo subsidiado. (Con la declinación de precios, el subsidio puede haberse evaporado de manera natural, pero no puede prescindir de profesionales con valores contratados que Cuba no tiene condiciones de cambiar.)  Con Guyana, Cuba tuvo  relaciones siempre estrechas, parte de la red de amistades que forjó durante décadas con las islas anglófonas. La Habana sabe que con ellas no debe crear susceptibilidades que generaría un apoyo abierto a Caracas en desmedro de Georgetown.  Aun sus amigos más próximos y beneficiados por la que un tiempo fue la billetera más repleta y abierta del continente trepidan ante una perspectiva de inclinarse por Venezuela, que resultaría como agarrar una granada. Otro ejemplo sería Bolivia: ¿colocarse del lado de Guyana, un campeón del tercermundismo,  y malograr la relación histórica vital que ha tenido con Venezuela? Eso equivaldría a olvidar que Hugo Chávez llegó a decir, para disgusto de Chile, que deseaba tomar sol en playa boliviana del Pacífico? Bajo cualquier análisis, es un asunto complicado.

La disputa plantó raíces hace 116 años, cuando un laudo arbitral internacional adjudicó la región a Gran Bretaña, entonces el mayor poder naval y colonial del mundo. Venezuela no tuvo una representación propia y su lugar en el tribunal de cinco miembros estuvo a cargo de dos magistrados norteamericanos. Los otros eran dos ingleses y un ruso que se suponía neutral.  Hasta ahí, la cuestión parecía acabar. Pero en sus memorias póstumas conocidas (1949) a los 50 años del laudo que fijó los límites de Venezuela con la región entonces bajo dominio inglés, uno de  los abogados denunció que el ruso había presionado a sus colegas norteamericanos para favorecer la posición inglesa y definir los límites adjudicando a Guyana todo el lado oeste del Esequibo. El laudo había sido fraguado.

Venezuela lo declaró sin valor en 1962, pero para entonces el gobierno inglés estaba camino a conceder independencia a Guyana. En contra de los deseos de Venezuela, que quería el entuerto arreglado antes de que su vecino se convirtiese en nación independiente, en 1966 nació Guyana como ente soberano a cargo de una región que Venezuela reclamaba como suya. Fue un momento curioso de inflexión de las percepciones sobre los dos países. Venezuela era hasta entonces vista como una víctima frente al poder inglés que la despojaba de una porción importante de su territorio, unos 150.000 kilómetros cuadrados, casi el tamaño del departamento de La Paz. La riqueza petrolera la convertía en potencia frente a una nación que surgía pobre y de la que pretendía llevarse más de dos tercios de su extensión territorial.

La región de la que Venezuela se siente despojada y por la que Guyana se siente amenazada es rica en petróleo y minerales, inclusive uranio y otros de carácter estratégico. Y no solo en tierra firme. No es fantasía hablar de la riqueza petrolífera potencial de un país vecino de Venezuela, detentora de las mayores reservas del mundo, y Trinidad y Tobago, el mayor productor del Caribe (85.000 barriles diarios). La gigante petrolera Exxon anunció hace poco que ha descubierto petróleo en la plataforma continental que Venezuela considera parte de su reclamación sobre Guyana.  La susceptibilidad de Venezuela tocó las nubes  al saber que entre los concesionarios de áreas ricas en potencia está China, su mayor proveedora de inversiones y créditos.

La escalada de tensiones tuvo hace pocas semanas un momento destacado con el apoyo de  los 15 miembros de Caricom, que dejaron a un lado los años y petrodólares invertidos por Hugo Chávez para granjearse su apoyo o al menos por considerar la posición de Venezuela. Se alinearon con Guyana sin reservas.

Para la nación bolivariana no es un gran momento para encarar el desafío. Corta de recursos y con un petróleo que solo apunta a la baja, la inflación interanual es supera el 200% interanual, a solo pasos de la espiral de vértigo experimentada por Brasil, Argentina y Bolivia en las décadas de 1980 y 1990, cuando los precios subían de una hora para otra. El porcentaje es sólo estimación, pues el Banco Central no emite informes desde hace un ano y medio.

Sin que su causa genere mayores simpatías entre sus vecinos pero con respaldo interno absoluto, Venezuela ha acudido a las Naciones Unidas en busca de  mediación. Con todo el Caribe anglófono en contra y ninguna voz sudamericana equivalente a su favor, la que está en curso parece una partida en la Venezuela luce en terrible desventaja. Pocas veces las aguas tibias del Caribe y norte del Atlántico sudamericano estuvieron tan calientes.

Al vesre

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Las autoridades han logrado una unanimidad sorprendente que ha llevado a todos a hablar del cambio de dirección de las manillas del reloj del Palacio Legislativo de La Paz. La nueva idea, por ahora sólo circunscrita a ese reloj, ha decretado que las agujas giren en dirección a la izquierda, en contraposición con todos los demás miles de millones de marcadores de la hora en el mundo que desde sus orígenes marcharon hacia la derecha. Quienes quieran ver la hora en el reloj legislativo deberán entornar los ojos de otra manera y ajustar el cuello, acostumbrando al cerebro para hacerlo mecánicamente sin mayores preámbulos. El riesgo de una epidemia de tortícolis por ahora se reduce a los visitantes habituales de ese lugar histórico de Bolivia.
Llevar los relojes a la configuración que ahora tiene una excepción en el palacio de los legisladores bolivianos llevó muchos años, quizá milenios, porque el tiempo ha sido medido como una marcha hacia adelante y nunca hacia atrás. En la marcha inexorable del tiempo, a alguien se le ocurrió que ese concepto tenía que ser medido. Más adelante, los capitalistas acuñaron el concepto de que el tiempo es oro y lo convirtieron en la mercancía más valiosa del hombre. Los historiadores aseguran que el primer reloj fue solar pero nadie dice con certeza porqué desde el principio marcaron las horas hacia la derecha y las representaron con los símbolos de los que se sirve el capital para determinar cuánto crece o disminuye su volumen. Quizá porque nuestro lado derecho predominaba en casi todo. Los que escribimos con la mano izquierda siempre tuvimos grandes dificultades de escribir en el pizarrón, ideado sólo para gente que escribe con la derecha. Menos mal que en los diales telefónicos modernos los números pueden ser marcados con cualquier mano. Muchos recordarán que era un tormento discar con la mano izquierda y sostener simultáneamente el auricular con la derecha. O los riesgos de manchar el cuaderno con la tinta cuando ésta era líquida y había que escribir cuidando que la mano izquierda no ensuciase el cuaderno en su rastro de avanzar hacia la derecha.
Las decisiones que desorientan a mucha gente no son patrimonio boliviano. Hace pocos años, al gobierno del entonces presidente venezolano Hugo Chávez se le ocurrió que había que cambiar la hora oficial para permitir un ahorro de energía, algo extraordinario en un país donde la energía es vendida a los precios más bajos del mundo. Uno llena el tanque de gasolina con unos 15 bolivianos. Encontrar el huso horario exacto para establecer la hora oficial de Venezuela, hasta entonces la misma de Bolivia, no era fácil. Chávez decidió desatar el nudo cortándolo: la hora oficial estaría a tres y media horas de la del Meridiano de Greenwich. La diferencia anterior era de cuatro horas redondas. Quienes consultan los horarios oficiales de los partidos de fútbol que se juegan en Brasil notan una diferencia desconcertante de media hora respecto al horario boliviano. Hubo dolores de cabeza agudos cuando se implantó ese horario, especialmente entre las líneas aéreas internacionales.
La iniciativa expresada en el reloj legislativo es menos traumática que si se hubiera tratado de cambiar los polos, la salida y puesta del sol, que el norte fuera sur, o que el corazón humano fuese colocado a la derecha.
Hace un tiempo, era común decir palabras pronunciando las sílabas al revés. Se decía “tisgra” por gratis o “al vesre” por al revés. El jefe de la diplomacia boliviana explicó que el cambio en el reloj era una expresión de creatividad. Lo mismo que decir el canciller del odatse lanoicanirulp, Vidad Acnauheuqoch, el canciller del Estado Plurinacional. No me digan Uds. que esta creatividad no causa mareos.