Diario – Julio 5,2007

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Diary, July 5, 2007

La erupción de conflictos que ha ocurrido en los últimos días es la peor en todo el año. Áreas clave en las carreteras más importantes están bloqueadas por diversos motivos. En Santa Cruz están bloqueadas la carretera hacia Cochabamba-La Paz y la vía férrea hacia Puerto Suárez-Corumbá. Esta última por grupos de campesinos guaraníes que presionan sobre la Asamblea Constituyente para que incluya entre sus normas la autonomía de los pueblos indígenas. Yapacani, una población nudo con el trópico cochabambino, los campesinos reclaman títulos territoriales individuales , nada de propiedades comunitarias, y bloquean esa ruta que conecta a Santa Cruz con el occidente. Con profusión de gases lacrimógenos, la policía rompió esta tarde el bloqueo entre La Paz y Oruro que habían impuesto grupos de trabajadores mineros. No hubo heridos, dicen las autoridades, pero es importante subrayar que el gobierno asumió su papel al restablecer el orden y reabrir una carretera de importancia fundamental. Habrá que ver si actúa con igual energía para desbloquear otras vías y si es capaz, a título de reimplantar el orden, de colocarse al frente de grupos que originalmente le dieron apoyo. Es una ironía se vuelva contra Evo Morales su método favorito de presión antes de ser electo presidente. Ahora el brote de conflictos pone al gobierno en un dilema: impone su autoridad y pierde simpatías o se convierte en prisionero de los movimientos que lo apoyan. En ambos casos, se enfrenta a una dinámica adversa. Parece encontrarse en arenas movedizas y cualquier acción agrava su situación.

Uno de los conflictos en plena gestación es la protesta creciente por el alza del costo de la vida. Las mujeres cruceñas se disponen a marchar dentro de una semana para reclamar contra la subida de precios delos alimentos, especialmente del pan. Hasta hace pocos días, un peso boliviano compraba cinco unidades de pan popular. Ahora compra tres. El descontento se ha agravado por una declaración desafortunada del Ministro de Finanzas. Sugirió que la población empiece a comer yuca en vez de pan. Este tubérculo es popular en Santa Cruz y todo el oriente boliviano, donde se lo come como acompañamiento. Pero el ministro no percibió que su precio es mucho más alto que el de la harina de trigo. La declaración fue cuando menos de mal gusto y exhibió la facilidad con la que la gente del gobierno se crea problemas.

Lo cierto es que la inflación, que en América Latina tiene historia de tumbar gobiernos, empieza a asomar como una grave amenaza para la economía popular. En seis meses ya suma más del 3,5% supera en más de la mitad la meta del 5% para este año. Anualizada, la inflación se aproxima al 7% y parece encaminarse a los dos dígitos. El porcentaje parece bajo, pero no es así en un país que durante los últimos 10 años tuvo índices primermundistas de menos del 5%.

En la jornada continuó la controversia sobre el proyecto de estatuto autonómico generado por la prefectura de Santa Cruz. Esta vez, las autoridades cruceñas fueron puestas a la defensiva. Algo tan importante como las normas que regirían la región fue leído ante el público que se concentró el lunes en la plaza principal como un documento oficial que, por lo que se sabe, no había sido discutido ni debatido. Pareció un acto de ligereza. El gobierno recibió de bandeja un arma para atacar al Comité Cívico y a la Prefectura de Santa Cruz. De hecho, las autoridades han estado repitiendo que el documento es sólo un borrador.

Diario -4 de Julio, 2007

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Diary – July 4, 2007

Los acontecimientos de los últimos días confirman algunas presunciones:

  1. El gobierno indigenista del presidente Evo Morales ha perdido la iniciativa política, ahora desplazada hacia el oriente, con epicentro en Santa Cruz. El gobierno simplemente reacciona a las decisiones que adoptan los cuatro departamentos pro-autonomía. Un ejemplo ocurre con un Estatuto de la Autonomía, leído durante una concentración multitudinaria (cuando menos unas 20.000 personas) el día lunes 2 de julio por un representante de la Prefectura de Santa Cruz. El gobierno, que hace rato sólo se mueve políticamente cuando los organismos cívicos de Santa Cruz se pronuncian, esta vez llamó de sedicioso (grave acusación para una manifestación que en su mayoría, por lo que vi, estaba formada por jóvenes y muchos niños!) el borrador autonómico. Esta dinámica no hace sino favorecer al movimiento autonómico y, por reflejo, debilitar políticamente al gobierno. Éste se enfrenta a un movimiento irreversible, que no puede contener. No tiene alternativas capaces de seducir a las multitudes plegadas al lado del autonomismo. Y presiento que sus propias filas se irán debilitando pues sólo consigue ofrecerles más de lo mismo.
  2. El fuego oficial contra las demandas autonomistas ha rebotado donde más lastima y mayores daños causa al gobierno: la capital plena que ahora reclama Sucre. Me temo que sólo haber planteado el tema, que hasta hace poco tiempo era tabú, ha abierto el cauce para que La Paz pierda la condición de sede de gobierno como la ostentado desde hace más de un siglo. Probablemente no será mañana ni el próximo año, pero con el andar del tiempo irá ganando fuerza la idea ahora en marcha de que Sucre debe retomar su condición de capital plena. Y quizá ninguna de las dos ciudades se adjudique el trofeo. Pues si primase la geopolítica como razón para tener la capital más al centro, más epicéntrica respecto al resto del país, Sucre tampoco luciría como opción viable. Mejores condiciones básicas las tendría Cochabamba, o alguna otra ciudad que represente mejor el centro geopolítico boliviano respecto a sus vecinos. Difícilmente La Paz volverá a tener el mismo espíritu de los últimos 100 años. El virus de la descapitalización de La Paz y la capitalización de Sucre ha prendido, si bien su marcha será de larga maduración.

Chavez, Lula y Mercosur

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Chávez, Lula y Mercosur (Posted on July 14, 2007)

Por HAROLD OLMOS

Mucho antes que el siglo pasado llegara a la mitad, un insigne venezolano acuñó una frase que aguijonearía a su país a lo largo de la centuria, y aun después. ” Hay que sembrar el petróleo”, dijo Arturo Uslar Pietri. No le hicieron caso. Después, en los años de 1980, cuando los precios del petróleo se disparaban incendiados por las guerras en el Medio Oriente, Uslar recordaba que las arcas de Venezuela, entre 1970 y 1983, habían recibido más dinero que el que recibió toda Europa occidental del Plan Marshall, lanzado por Estados Unidos para la reconstrucción del viejo continente. Europa se levantó y alcanzó a Estados Unidos en bienestar. Pero Venezuela no había cambiado como se podía haber supuesto con tanta infusión de dinero. Tampoco parecían levantados los soportes requeridos para un crecimiento sustentado en el tiempo. Por esa época era impresionante la vista de los rancheríos al recorrer la carretera construida por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez desde La Guaira hasta Caracas. El dinero que ingresaba a raudales no había conseguido hacer de Venezuela un país homogéneamente moderno, menos aún igualitario. Sobre esa incapacidad administrativa, sumada a una colosal corrupción, cabalgó el descontento sobre el que se montó el teniente coronel Hugo Chávez para llegar a la presidencia.

En estos últimos años, el petróleo ha batido de nuevo todos los récords. Antes, pensar en un petróleo a 50 dólares el barril era una pesadilla. A estas alturas, con el barril encima de los $70, aquel precio de pesadilla sería una bendición para los consumidores, ricos y pobres. Con un precio conservador de $40-50 el barril (2,1 millones de barriles de exportación diaria en 2004), los ingresos de Venezuela serían ahora de casi $100 millones diarios, o 3.000 millones al mes y 36.000 millones de dólares al año. Dinero, entonces, hay de sobra. Pero los indicadores sociales de Venezuela continúan configurando al país como nación en desarrollo.

“Venezuela –dice el periodista y economista Norman Gall, en un denso estudio sobre aquel país- sirve como un ejemplo sobre los costos de la degradación y del fracaso de las instituciones públicas. La historia de Venezuela muestra el impacto de la oleada de los ingresos petroleros sobre instituciones débiles. ..Venezuela inspira tristeza, miedo e indignación frente a lo que este desorden pueda traer.”

El estudio (www.braudel.org.br) es raro en la abundancia de detalles que ilustran muchas de las peculiaridades venezolanas y de Chávez en particular que, a su vez, explican algunos de los temores del congreso de Brasil y de Paraguay para aprobar el ingreso de ese país al Mercosur. Entre ellos, la compulsiva tendencia de Chávez a involucrarse en asuntos de otros países.

Hace algún tiempo, el presidente Luiz Inacio Lula da Silva comentó a un periodista que hablaba mucho con su colega venezolano Hugo Chávez y que solía aconsejarle comportarse de modo que no crease problemas a otros países. Era la época en que Chávez se preparaba para plantear su ingreso a Mercosur. Ahora, la cautela de los congresos de los dos países en franquear el acceso venezolano ha irritado al líder de ese país. Chávez dijo que si hasta septiembre ese ingreso no está expedito, no le interesará más ser parte del grupo. Con Venezuela dentro, Mercosur ganaba un poder financiero formidable (un PIB de 172.000 millones de dólares , 20 veces el de Bolivia, que se sumaba a los de Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay para conformar una pastel holgadamente superior al billón de dólares, o al trillón, en la medida estadounidense.) La respuesta no se hizo esperar. El canciller brasileño Celso Amorím dijo que Chávez debería pedir disculpas al congreso de su país, que no acepta, dijo, ultimátum alguno de nadie. Y el senador paraguayo Juan Carlos Ramírez, de la comisión de relaciones externas, consideró las declaraciones de Chávez “un insulto”. Anunció que Paraguay se tomaría todo el tiempo necesario para pronunciarse. Chávez puede sentarse a esperar y entretanto arreglar las valijas que apenas había abierto.

Las relaciones entre el Brasil de Luiz Inacio Lula da Silva y la Venezuela de Chávez han pasado de una condición de mutuo afecto a un progresivo enfriamiento. Para felicidad de sus industriales, Brasil encontró en Venezuela un mercado pródigo para sus exportaciones, pero eso no ha evitado que, poco a poco, el tono cordial que predominaba bilateralmente se convirtiese en lenguaje de confrontación. La Bolivia de Evo Morales no es extraña a ese proceso. Su inicio puede ser demarcado el 1 de mayo de 2006, cuando Bolivia nacionalizó (¿será?) Petrobras y ocupó militarmente, en un despliegue de fuerza innecesario, sus instalaciones. Mientras Venezuela puso a PDVSA “a la orden”, Petrobras y las demás empresas acusaron recibo del golpe y congelaron sus planes de inversiones. Resultado: hay incertidumbre sobre la industria hidrocarburífera boliviana. Puede Bolivia expandir sus mercados (Brasil no quiere comprar más allá de lo contratado)? Puede cumplir los compromisos actuales con Brasil y los futuros con Argentina y a la vez cubrir su demanda interna? Cuál es el nivel real de sus reservas, al parecer en acelerada declinación?

Poco a poco se vuelve evidente que Bolivia nunca debió malograr la relación con Brasil, el único vecino capaz de incorporarla a la economía global. Morales prefirió privilegiar las relaciones con la distante Venezuela y sacrificar las que existían con Brasil. Hoy las ventajas iniciales de la nueva política petrolera se diluyen comparadas con las oportunidades perdidas.

Qué efecto tendría sobre la Bolivia de Morales que Chávez se aparte de Mercosur? Del bloque Bolivia es sólo un socio de sus cuatro miembros y perdería al aliado íntimo, que podría haberle servido de puente de diálogo con el grupo. Crecería su aislamiento ante los dos bloques regionales, pues Chávez ya dispuso la salida de Venezuela de la Comunidad Andina. En suma, como en el lenguaje militar, aparecería un nuevo “daño colateral”.

De la idea absurda del Separatismo

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Apuntes  del  retorno

Poco antes del 17 de julio de 1980, en el semanario Apertura que un grupo de periodistas consiguió traer a la vida  durante tres meses, escribí un artículo central en la que sería la última edición del semanario antes que sobreviniese el  tsunami brutal que sepultó el renaciente proceso democrático boliviano. En “Por qué no debe haber golpe” delineaba  razones elementales que convertirían  una nueva aventura militar en el equivalente a lanzarse a una piscina sin agua.  El entorno internacional, la campaña mundial por los derechos humanos, la vulnerabilidad económica y financiera de Bolivia y sus fronteras patéticamente porosas, todo contribuiría a estrangular al gobierno que surgiese apoyado en la fuerza bruta. La lógica del razonamiento era sólida, pero nada pudo ante la irracionalidad suicida de los militares de entonces, que no trepidaron en poner a prueba  -sin éxito- la fortaleza de sus cráneos lanzándose a   esa piscina sin agua… clavados y de cabeza. El resultado está ahí: Dos años después eran un ejército en desbande precipitado que capitulaba incondicionalmente ante las formas democráticas que el país había escogido. Sus dos cabecillas yacen acurrucados en sus prisiones, el uno en Chonchocoro,   en El Alto, y el otro en un presidio de seguridad de Estados Unidos.

 Para quien retorna a su país con la memoria fresca delos acontecimientos de hace más de dos décadas y su bufonesco final, resulta inquietante escuchar la ligereza con la que con frecuencia se habla de de separatismo o independencia de algunas regiones bolivianas. A los que tan livianamente patrocinan esa idea, les haría bien dar una mirada a su país desde el espacio. Tal vez podrían percibir la magnitud de los condicionamientos geográficos, a los que se suman los condicionamientos provocados por su pobreza y subdesarrollo. Cercada por cinco fronteras, sus opciones de vinculación con el resto del mundo no son autónomas: deben pasar por cualquiera de esas fronteras. Esta realidad debería habernos empujado hace mucho tiempo a ser lo que de boca para afuera se postuló pero que nunca se concretó: convertirnos en país de contactos.  Si las palabras hubiesen sido suficientes, ya tendríamos concluida la carretera Corumbá-Santa Cruz, habríamos derrotado la adversidad geográfica y los rieles nos habrían amarrado como una locomotora poderosa de desarrollo con la unión ferroviaria oriente y occidente; habríamos sacado del papel por lo menos dos ramales carreteros adicionales modernos con Brasil: por el  oriente, hacia San Matias, y por el noroeste, por Riberalta-(Guayaramerín) Cobija-Santa Rosa-La Paz.   Y esa condición de país “bisagra” en medio del continente subraya que para nuestros cinco vecinos resulta más interesante tener un solo país, -y un país estable- al centro de América del Sur.

Dos países, o la desintegración balcánica de Bolivia no son del interés de nadie, ni en Sudamérica ni fuera de ella. Para comenzar, Brasil trabaja por una América del Sur fuerte e integrada económica e infraestructuralmente. Para poder crecer y avanzar como potencia mundial, necesita de un ambiente próspero y tranquilo. Con grandes y difíciles problemas internos,  lo que menos quiere son conflictos que distraigan su atención y sus energías, ni que provoquen recelos con sus vecinos (Argentina y Venezuela, para citar dos) ni suspicacias de Estados Unidos, que ven Brasil,  –dicen los estudiosos- su rival de aquí a 40 o 50 años.  Y por extensión, de Europa, que frecuentemente lo acosa con cuestiones ambientales.  Es decir, la intangibilidad de las fronteras sudamericanas interesa a todo el mundo, especialmente a los actores principales del ajedrez mundial  (entre los que no está Bolivia) y está por encima (y prescinde) de los pequeños actores nacionales. 

Yo creo que el gobierno sabe de eso (o debería saberlo), y los departamentos que  respaldan la autonomía, también.  Germán Antelo, cuando era presidente del Comité pro Santa Cruz, me dijo:  “Queremos que toda Bolivia tenga el desarrollo de Santa Cruz. Así todos seremos fuertes.” Insistir en el tema separatista es jugar con fuego. Y es caminar hacia el trampolín para caer en una piscina sin agua, como hace más de 20 años. O aún peor.

 

Postdata: 1) La controversia con los petrocontratos continúa en medio de la ignorancia de la mayoría de los bolivianos que no sabe qué es lo que se discute.  Los medios,  en su mayoría, que yo sepa, no han sido capaces de descifrar de una manera comprensible para el común de los mortales el contenido de esos documentos ni las diferencias entre los originalmente aprobados por el congreso y los que surgieron después.  Algo tan importante para Bolivia debería ser conocido como el ABC. Pero eso parece interesar a pocos. 2) Los avales. Habría querido ver estos días una ejemplificación de todo el escándalo (un aplauso para el partido de gobierno: no es común que los partidos corten en su propia carne), con el caso de algún fulano, en el partido tantos años,  que consiguió su empleo con una remuneración de tanto gracias a una recomendación de otro fulano.  Etcétera. Será que es tan difícil?  * Harold Olmos, recientemente de vuelta a Bolivia  tras más de 26 años en el exterior, ha sido director de la Associated Press en Venezuela y en Brasil.    

Vuelta a Bolivia

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APUNTES DEL RE-ENTRONQUE

Los párrafos que siguen son apuntes rápidos al cabo de pocas semanas en Bolivia como observador de los acontecimientos del país.

Lo primero que llama mi atención es la frecuencia con que se habla del “dinamismo” de los procesos políticos en Bolivia. Hay que subrayar que en sociedades con fundamentos institucionales débiles, las experiencias transcurren con una rapidez mayor que en sociedades con bases institucionales sólidas. En las últimas, las experiencias tienden a ser procesadas con detenimiento y profundidad. En las primeras, las experiencias son más efímeras pues su debilidad les impide desmenuzarlas y examinarlas en cada una de sus peculiaridades. A causa de esa debilidad los procesos no son “asimilados” o metabolizados para formar parte del organismo social. Esto es clave para entender la realidad de tal supuesto dinamismo.

Por qué unas “procesan” las experiencias mejor que otras? Hay una respuesta fundamental: educación. Las sociedades desarrollan bases sólidas cuando sus componentes, especialmente sus dirigentes, están mejor preparados. Las experiencias pasan a través de todas las capas interesadas, que las discuten, debaten, extraen conclusiones y muestran sus objeciones y sus preferencias. Esos debates tienen lugar en los centros de estudio, en las organizaciones de todo nivel y, sobre todo, en los medios. Si éstos no favorecen el debate ni el análisis, o lo hacen superficialmente, ejercitan sólo a medias el papel específico de su existencia. Pero los medios son un reflejo de la sociedad en la que actúan. Entonces, por dónde romper este círculo? No hay educación, no hay cómo forjar instituciones sólidas; no hay instituciones sólidas y toda la construcción del estado es frágil y colapsa con facilidad..

Por eso en Bolivia suele ocurrir que un año transcurre como un mes. Es uno de los países donde los gobiernos se agotan más prematuramente y por lo general acaban en una vorágine de violencia. No es casual que en cuatro años Bolivia hubiese tenido a Sánchez de Lozada, Carlos Mesa, Eduardo Rodríguez y, ahora, Evo Morales. Chile y Uruguay fueron los últimos en caer en la sombra de las dictaduras militares en los años de 1970. No es casual que hubiesen sido los países con instituciones más sólidas en el continente y su población gozaba (y aún goza) de niveles de educación envidiables para sus vecinos en la región. Una vez me dijeron que la debilidad institucional se expresaba en que era más fácil convencer de dar un golpe de estado a un militar boliviano que a un chileno o un uruguayo.

En estos tiempos el gobierno de Morales quiere imponer una constitución a su imagen y semejanza, dicen sus opositores, pero lo cierto es que la mayoría aún desconoce el proyecto constituyente del mandatario indio. Lo apoya, teóricamente, poco más de una mitad de los bolivianos. Pero también hay un poco menos de la mitad que le ha negado apoyo. Bastan pocos puntos porcentuales para convertir ese apoyo mayoritario en rechazo mayoritario. Si no entiende esta simple matemática, si no actúa para ganarse a los sectores que lo ven con un recelo que, basado en algunos detalles parece razonablemente justificado, su desgaste será tan acelerado como el de sus antecesores inmediatos: el lado de los que no lo apoyan tenderá a crecer, pronto tendrá la marea en contra, y no seria raro que los bolivianos en poco tiempo más tengan que designar nuevas autoridades (en la hipótesis más benigna).

A la reversión de la marea que lo llevó a ser presidente con casi el 54% de los votos, contribuye el torbellino de contradicciones o de indisimulada parcialidad nociva para su imagen de mandatario nacional en el que con frecuencia se hunde. Resulta que en Cochabamba, en el más reciente ciclo de violencia, hubo por lo menos dos víctimas. Morales sólo habló de investigar y castigar la muerte de un dirigente cocalero, pero no la del estudiante acuchillado y estrangulado, lo cual exhibe la doblez y parcialidad que le atribuyen sus adversarios. Como cuando ataca a la Iglesia Católica y luego se aproxima a sus obispos para apagar incendios provocados por el propio gobierno o por sus seguidores; o cuando gestiona concesiones comerciales de Estados Unidos e impone visa a los estadounidenses que quieran visitar Bolivia sin siquiera evaluar los daños que eso puede provocar a miles de familias que dependen de la industria turística. O como cuando, hace sólo unos días, ante sus colegas sudamericanos exhibe un torpe desconocimiento de la realidad colombiana, no consigue articular ningún concepto claro y provoca una elegante y demoledora respuesta de su colega Alvaro Uribe. (Poco he leído en Bolivia sobre este episodio, uno de los peores gaffes de la diplomacia boliviana en los últimos tiempos). En menos de un año, ya perdió la credibilidad de cuatro regiones –y tal vez de cinco, si se incluye a Cochabamba. Muy pocos son los líderes capaces de perder tanto en tan poco tiempo y sobrevivir hasta cumplir el mandato para el que fueron elegidos. A estas alturas, llegar a fin de año con el gobierno intacto parece un espejismo. Verlo cumplir cinco años luce como una fantasía. El cambio reciente de ministros puede ser el inicio de una inflexión hacia maneras menos controvertidas de gobernar, pero nada parece hasta ahora abonar esa expectativa.

Tal vez nunca como con Morales Bolivia tuvo la oportunidad de tener al mundo de su lado para respaldar grandes tareas transformadoras. En educación, por ejemplo, el área crítica de Bolivia desde la cual se puede apuntalar sólidamente la institucionalidad, Morales pudo convocar a una gran cruzada para programas de educación universal intensiva, para el mejoramiento de la formación de maestros, para acelerar el acceso de millones al Siglo 21. Pudo haber sido un movimiento motivador a lo largo y ancho de toda la sociedad boliviana. UNESCO, naciones vecinas, España y toda la Comunidad Europea, México y Estados Unidos, todos habrían visto con simpatía una cruzada semejante y la habrían apoyado. Bolivia podría haber puesto el pie en el acelerador para cumplir las Metas del Milenio fijadas para al 2015 y haberse efectivamente ubicado en el camino del cambio. Pero Morales perdió el tren de la simpatía universal que causó su advenimiento como el primer presidente indio de América del Sur. En vez de mirar al futuro él y su entorno se preocuparon en retrotraer el reloj al 11 de octubre de 1492, alimentar resentimientos atávicos y propugnar tonterías como la de revolucionar el desayuno escolar y suprimir la leche por mate de coca con la disparatada afirmación de que los indígenas vivían cientos de años en base a esa dieta fabulosa (nadie se preocupó en preguntarle al ministro que lanzó la iniciativa por qué el promedio de vida en el agro boliviano no llegaba, hasta no hace mucho tiempo, a los cincuenta años o si era capaz de demostrar documentalmente cuánto vivieron sus propios padres.)

He intentado, en las cuatro semanas que llevo procurando entroncarme (en el buen sentido) en Bolivia, entender a Morales para así entender mejor lo que ocurre en mi país al cabo de 26 años de ausencia profesional. He quedado frecuentemente perplejo ante los desplazamientos zigzagueantes del responsable de las riendas del país. He concluido que intentar entenderlo desde mi lógica es dar un paso en falso. Morales es errático –para mi punto de vista- por naturaleza. Esto no implica un juicio de valor sino el reconocimiento de una realidad con la cual es necesario aprender a lidiar.

La oposición política tampoco ha contribuido a aclarar el horizonte ni a enriquecer cualquier debate, pues parece incapaz de entender que en Bolivia ha ocurrido un movimiento tectónico descomunal. Todas las marcas orientadoras previas sucumben ante la magnitud del cambio político que se ha operado. La historia política de Bolivia parece ahora escindida entre antes y después de la llegada de un indio al gobierno como lo fue entre antes y después de la revolución de1952.

Se destaca a favor del gobierno la percepción de que es honesto en el manejo de los recursos públicos. No he leído ni creo que se ha sabido de negocios ilícitos ni de la aparición inexplicada de fortunas de la noche a la mañana. En estos días hay un ex ministro preso y dos parientes muy próximos de un ex presidente han sido convocados por un juez para aclarar si tuvieron participación en un caso ostensible de desvío de dineros públicos. Todo esto constituye un punto muy importante al cabo de una tradición de cinismo y deshonestidad de los políticos en general. En lo económico ha sido sensato al no tocar los fundamentos macroeconómicos. En eso ha sido ayudado por el ascenso de los ingresos petroleros gracias a una nacionalización cuyo mayor pecado fue su forma envalentonada, que puede haber provocado un descalabro en las relaciones a largo plazo con Brasil además de poner en jaque nuevas inversiones de la magnitud que requiere la industrialización del gas sobre el que yace, por ahora, el destino económico de Bolivia.

* Harold Olmos, recientemente de vuelta a Bolivia tras más de 26 años en el exterior, ha sido director de la Associated Press en Venezuela y en Brasil.

De vuelta en Bolivia

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APUNTES DEL RE-ENTRONQUE

Los párrafos que siguen son apuntes rápidos al cabo de pocas semanas en Bolivia como observador de los acontecimientos del país.

Lo primero que llama mi atención es la frecuencia con que se habla del “dinamismo” de los procesos políticos en Bolivia. Hay que subrayar que en sociedades con fundamentos institucionales débiles, las experiencias transcurren con una rapidez mayor que en sociedades con bases institucionales sólidas. En las últimas, las experiencias tienden a ser procesadas con detenimiento y profundidad. En las primeras, las experiencias son más efímeras pues su debilidad les impide desmenuzarlas y examinarlas en cada una de sus peculiaridades. A causa de esa debilidad los procesos no son “asimilados” o metabolizados para formar parte del organismo social. Esto es clave para entender la realidad de tal supuesto dinamismo.

Por qué unas “procesan” las experiencias mejor que otras? Hay una respuesta fundamental: educación. Las sociedades desarrollan bases sólidas cuando sus componentes, especialmente sus dirigentes, están mejor preparados. Las experiencias pasan a través de todas las capas interesadas, que las discuten, debaten, extraen conclusiones y muestran sus objeciones y sus preferencias. Esos debates tienen lugar en los centros de estudio, en las organizaciones de todo nivel y, sobre todo, en los medios. Si éstos no favorecen el debate ni el análisis, o lo hacen superficialmente, ejercitan sólo a medias el papel específico de su existencia. Pero los medios son un reflejo de la sociedad en la que actúan. Entonces, por dónde romper este círculo? No hay educación, no hay cómo forjar instituciones sólidas; no hay instituciones sólidas y toda la construcción del estado es frágil y colapsa con facilidad..

Por eso en Bolivia suele ocurrir que un año transcurre como un mes. Es uno de los países donde los gobiernos se agotan más prematuramente y por lo general acaban en una vorágine de violencia. No es casual que en cuatro años Bolivia hubiese tenido a Sánchez de Lozada, Carlos Mesa, Eduardo Rodríguez y, ahora, Evo Morales. Chile y Uruguay fueron los últimos en caer en la sombra de las dictaduras militares en los años de 1970. No es casual que hubiesen sido los países con instituciones más sólidas en el continente y su población gozaba (y aún goza) de niveles de educación envidiables para sus vecinos en la región. Una vez me dijeron que la debilidad institucional se expresaba en que era más fácil convencer de dar un golpe de estado a un militar boliviano que a un chileno o un uruguayo.

En estos tiempos el gobierno de Morales quiere imponer una constitución a su imagen y semejanza, dicen sus opositores, pero lo cierto es que la mayoría aún desconoce el proyecto constituyente del mandatario indio. Lo apoya, teóricamente, poco más de una mitad de los bolivianos. Pero también hay un poco menos de la mitad que le ha negado apoyo. Bastan pocos puntos porcentuales para convertir ese apoyo mayoritario en rechazo mayoritario. Si no entiende esta simple matemática, si no actúa para ganarse a los sectores que lo ven con un recelo que, basado en algunos detalles parece razonablemente justificado, su desgaste será tan acelerado como el de sus antecesores inmediatos: el lado de los que no lo apoyan tenderá a crecer, pronto tendrá la marea en contra, y no seria raro que los bolivianos en poco tiempo más tengan que designar nuevas autoridades (en la hipótesis más benigna).

A la reversión de la marea que lo llevó a ser presidente con casi el 54% de los votos, contribuye el torbellino de contradicciones o de indisimulada parcialidad nociva para su imagen de mandatario nacional en el que con frecuencia se hunde. Resulta que en Cochabamba, en el más reciente ciclo de violencia, hubo por lo menos dos víctimas. Morales sólo habló de investigar y castigar la muerte de un dirigente cocalero, pero no la del estudiante acuchillado y estrangulado, lo cual exhibe la doblez y parcialidad que le atribuyen sus adversarios. Como cuando ataca a la Iglesia Católica y luego se aproxima a sus obispos para apagar incendios provocados por el propio gobierno o por sus seguidores; o cuando gestiona concesiones comerciales de Estados Unidos e impone visa a los estadounidenses que quieran visitar Bolivia sin siquiera evaluar los daños que eso puede provocar a miles de familias que dependen de la industria turística. O como cuando, hace sólo unos días, ante sus colegas sudamericanos exhibe un torpe desconocimiento de la realidad colombiana, no consigue articular ningún concepto claro y provoca una elegante y demoledora respuesta de su colega Alvaro Uribe. (Poco he leído en Bolivia sobre este episodio, uno de los peores gaffes de la diplomacia boliviana en los últimos tiempos). En menos de un año, ya perdió la credibilidad de cuatro regiones –y tal vez de cinco, si se incluye a Cochabamba. Muy pocos son los líderes capaces de perder tanto en tan poco tiempo y sobrevivir hasta cumplir el mandato para el que fueron elegidos. A estas alturas, llegar a fin de año con el gobierno intacto parece un espejismo. Verlo cumplir cinco años luce como una fantasía. El cambio reciente de ministros puede ser el inicio de una inflexión hacia maneras menos controvertidas de gobernar, pero nada parece hasta ahora abonar esa expectativa.

Tal vez nunca como con Morales Bolivia tuvo la oportunidad de tener al mundo de su lado para respaldar grandes tareas transformadoras. En educación, por ejemplo, el área crítica de Bolivia desde la cual se puede apuntalar sólidamente la institucionalidad, Morales pudo convocar a una gran cruzada para programas de educación universal intensiva, para el mejoramiento de la formación de maestros, para acelerar el acceso de millones al Siglo 21. Pudo haber sido un movimiento motivador a lo largo y ancho de toda la sociedad boliviana. UNESCO, naciones vecinas, España y toda la Comunidad Europea, México y Estados Unidos, todos habrían visto con simpatía una cruzada semejante y la habrían apoyado. Bolivia podría haber puesto el pie en el acelerador para cumplir las Metas del Milenio fijadas para al 2015 y haberse efectivamente ubicado en el camino del cambio. Pero Morales perdió el tren de la simpatía universal que causó su advenimiento como el primer presidente indio de América del Sur. En vez de mirar al futuro él y su entorno se preocuparon en retrotraer el reloj al 11 de octubre de 1492, alimentar resentimientos atávicos y propugnar tonterías como la de revolucionar el desayuno escolar y suprimir la leche por mate de coca con la disparatada afirmación de que los indígenas vivían cientos de años en base a esa dieta fabulosa (nadie se preocupó en preguntarle al ministro que lanzó la iniciativa por qué el promedio de vida en el agro boliviano no llegaba, hasta no hace mucho tiempo, a los cincuenta años o si era capaz de demostrar documentalmente cuánto vivieron sus propios padres.)

He intentado, en las cuatro semanas que llevo procurando entroncarme (en el buen sentido) en Bolivia, entender a Morales para así entender mejor lo que ocurre en mi país al cabo de 26 años de ausencia profesional. He quedado frecuentemente perplejo ante los desplazamientos zigzagueantes del responsable de las riendas del país. He concluido que intentar entenderlo desde mi lógica es dar un paso en falso. Morales es errático –para mi punto de vista- por naturaleza. Esto no implica un juicio de valor sino el reconocimiento de una realidad con la cual es necesario aprender a lidiar.

La oposición política tampoco ha contribuido a aclarar el horizonte ni a enriquecer cualquier debate, pues parece incapaz de entender que en Bolivia ha ocurrido un movimiento tectónico descomunal. Todas las marcas orientadoras previas sucumben ante la magnitud del cambio político que se ha operado. La historia política de Bolivia parece ahora escindida entre antes y después de la llegada de un indio al gobierno como lo fue entre antes y después de la revolución de1952.

Se destaca a favor del gobierno la percepción de que es honesto en el manejo de los recursos públicos. No he leído ni creo que se ha sabido de negocios ilícitos ni de la aparición inexplicada de fortunas de la noche a la mañana. En estos días hay un ex ministro preso y dos parientes muy próximos de un ex presidente han sido convocados por un juez para aclarar si tuvieron participación en un caso ostensible de desvío de dineros públicos. Todo esto constituye un punto muy importante al cabo de una tradición de cinismo y deshonestidad de los políticos en general. En lo económico ha sido sensato al no tocar los fundamentos macroeconómicos. En eso ha sido ayudado por el ascenso de los ingresos petroleros gracias a una nacionalización cuyo mayor pecado fue su forma envalentonada, que puede haber provocado un descalabro en las relaciones a largo plazo con Brasil además de poner en jaque nuevas inversiones de la magnitud que requiere la industrialización del gas sobre el que yace, por ahora, el destino económico de Bolivia.

* Harold Olmos, recientemente de vuelta a Bolivia tras más de 26 años en el exterior, ha sido director de la Associated Press en Venezuela y en Brasil.