Obituarios

Periodismo a media asta

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La noticia me vino como un relámpago en cielo despejado. Johnny Zeballos, el amigo de todas las estaciones y colega de tantos años y de tantas coberturas, políticas y deportivas, dentro y fuera de Bolivia, acababa de fallecer en una clínica de La Paz, en donde había sido internado sólo horas antes.

Johnny, tras haberse retirado de las actividades como corresponsal extranjero (fue corresponsal de Reuters en varios países), volvió a Bolivia para vivir aquí muchas primaveras, al lado de Patricia, el pilar de su vida. Vivió esas primaveras intensamente, bajo el desafío de readaptarse a un medio del que había estado ausente muchos años. Lo logró y donde estuvo lo rodearon de afecto, respeto  y simpatía. Hizo lo que sabía hacer -comunicar- c0n la eficiencia de quien sabe que esa condición es el mejor tributo a la propia carrera. El suyo fue un “reimplante” exitoso.

Yo y mi familia  habíamos desembarcado hacía pocas semanas en Brasilia, cuando en 1981 estalló la guerra entre Ecuador y Perú. Por entonces, Johnny era corresponsal titular allí. Brasil, que junto al lado a Estados Unidos, Argentina y Chile, es garante de la paz entre las naciones que en ese momento estaban en guerra, convocó a los países involucrados y a los otros tres garantes. Comenzó una larga jornada en Itamaraty, el palacio diseñado por Oscar Niemayer y una de las joyas de la entonces dormilona capital brasileña. Pasamos toda la noche sentados en los bancos de madera fina y dura del amplio pasillo enmarmolado de la entrada a aquel palacio. Junto a nosotros estaba otro corresponsal boliviano de vara alta en Brasilia, Walter Sotomayor, de la agencia italiana ANSA, y un latinoamericano muy conocedor de Bolivia gracias sus amistades profesionales con bolivianos, Guillermo Piernes, que trabajaba para la UPI. Ninguno se movió del lugar hasta que los dos países decidieron suspender hostilidades y reiniciar el proceso de paz. Curiosamente, era una “legión” de periodistas bolivianos la que había en la capital brasileña. Y Johnny era un experto en cuestiones brasileñas. Esa noche, no habría sido fácil sin su compañía.

Dos años más tarde, coincidimos en Caracas, para los Juegos Panamericanos de 1983, pues Johnny era de los especialistas en deportes con que contaba Reuters. Mucho tiempo después, nos encontramos en Lima, durante uno de los sacudones informativos bajo Alberto Fujimori.

La noticia, transmitida inicialmente por una amiga  común de La Paz, que la repasó a su hermana en Santa Cruz, me dejó mudo. Demoré días antes de sentarme a escribir esta despedida.

Algo que me sorprendió en Juan Javier  (también lo llamábamos así), fue su optimismo en la batalla desigual que todos libramos frente al tiempo, peor aún cuando en las filas adversarias está un enemigo artero y fatal. Pero, más que nada,  me sorprendió gratamente la pasión y valentía con las que supo defender la libre expresión y la libertad de prensa desde la ANP, la entidad que reune a una veintena de medios impresos bolivianos. Nunca se rindió ni dio tregua a quienes agredían a periodistas ni a quienes sostenían que la libertad de expresión es un supuesto dulce sólo para burgueses.  Escudo y espada, fue un portaestandarte de esas libertades en Bolivia. Y portó su propio estandarte en la lucha contra el cáncer que lo aquejaba –me dicen que el cáncer lo tenía  bajo control, y que su fallecimiento se debió a una súbita complicación pulmonar-  sin que, entre sus amigos, nadie le escuchara alguna queja. Siempre abierto a las bromas, tomaba  la decisión inteligente de reír antes que quejarse. Sonreía antes que estallar.

La partida repentina de Johnny deja un vacío grande en las filas de los militantes de la lucha perenne por la libertad de prensa. Los periodistas en particular, sentirán su ausencia. Sin excepciones.

El hombre que venció a Chávez

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Carlos Andrés Pérez (1922-2010) murió en el exilio, en Miami, el día de Navidad. La festividad no contribuyó a que en Bolivia se homenajeara la memoria del político venezolano que con mayor ímpetu hasta entonces  apoyó el reclamo boliviano de una salida al Océano Pacífico. En su primera presidencia, Pérez, en la plenitud de su prestigio político, regaló un barco a Bolivia, en un gesto que simbolizaba su apoyo a este país. Pérez vino a Bolivia en plena dictadura del general Hugo Bánzer, en 1975, y mostró a los bolivianos que lo aplaudían el rostro democrático de un presidente civil, que el país no conocía desde hacía más de una década.

Cumplió sus cinco años de mandato cubierto de un prestigio político que se había robustecido al nacionalizar de una manera pactada las industrias básicas del petróleo y del acero. Era la época de “la Gran Venezuela”, del empleo pleno, de la Fundación Ayacucho que enviaba miles de jóvenes a estudiar al extranjero para capacitarse y traer mayores conocimientos a su país.  Pérez  inscribió su nombre en una epopeya continental: la devolución del Canal de Panamá a la soberanía panameña, a la que contribuyó, al lado de otros gobernantes demócratas del continente. Pérez trabajó activamente con el presidente norteamericano Jimmy Carter para hacer realidad el anhelo histórico de Panamá. Se opuso al dictador nicaraguense Anastasio Somoza y ayudó a mano abierta a los Sandinistas de entonces.

Pero también fue una época de gastos públicos a manos llenas, muchas veces irresponsable, que dejaron al sucesor socialcristiano, Luis Herrera Campins, una pesada deuda externa, difícil de manejar en años en los que el petróleo bajaba de precio y los recursos  menguaban.

Las añoranzas de “los años de oro” de su primera gestión encandilaron a los venezolanos, que lo re-eligieron en 1988, una década después de su primer mandato, pese a las denuncias de corrpción que sobre su gobierno pesaban. Llamado afectuosamente “el Gocho”, sus amigos acuñaron una frase que fue parte de su campaña por la reelección: “Con el Gocho el ochenta y ocho”. Pero una cosa es gobernar en abundancia y otra en escasez. Peor todavía, cuando quienes lo eligieron creían que en poco tiempo sería capaz de revertir las apreturas de la economía. Los números no tienen magia y Pérez tuvo que anunciar, a las pocas semanas de reasumir el cargo, una drástica elevación de precios de la gasolina que, aun con el aumento, seguía siendo la más barata del mundo. Mantuvo las medidas, pero políticamente se desangró.

En el rastro de los disturbios y su pérdida de credibilidad, vinieron dos rebeliones militares de un grupo de oficiales cuyo líder entonces era un desconocido: el teniente coronel de paracaidistas Hugo Chávez. Recuerdo haber escrito que la democracia venezolana, parecía en graves riesgo y que por delante podría experimentar pruebas muy duras. Pérez dijo que yo era un “lunático” que desconocía la realidad venezolana.

Tiempo después, en febrero de 1992, ocurrió la primera intentona de Chávez, seguida de otra en noviembre. Ninguna triunfó, pero dejaron herido de muerte al régimen de Pérez, quien no logró controlar la tormenta política y económica que se había abatido por su país. Enjuiciado por corrupción en el congreso venezolano, tuvo que renunciar.

Es una pena que Pérez, o CAP como era universalmente conocido, no hubiera escrito sus memorias, que podían haber revelado mucho de la Venezuela de hace veinte años y de cómo se abrió la avenida que desembocó en el régimen bolivariano de Chávez,  crecientemente autoritario, como otros gobiernos en América del Sur.  Pese a muchos defectos, era un hombre esculpido bajo ese concepto tan abusado y con frecuencia desconocido y menos aún aplicado: democracia. Curiosamente, falleció bajo el signo de los ocho que lo habían encumbrado: tenía ochenta y ocho años cumplidos.

Adiós al descubridor del “realismo mágico”

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El homenaje de Ted Córdova a Tomás Eloy Martinez: 

Havelock,USA- El periodista argentino Tomás Eloy Martinez era epítome de la intelectualidad progresista suramericana. Murió alos75 años, dejando profunda huella en las letras latinoamericanas.

Nació en la provincia de Tucumán, pero, como profesional, representaba claramente la versatilidad y profunda visión de la vida, como Borges, de los pensadores de esa gran urbe cultural que es Buenos Aires.

En diversas redacciones de principales medios, como la revista Primera Plana, los diarios La Opinión, Clarín y Página12, Tomas Eloy plasmó sus dotes de excelente crítico de cine y de literatura. Escribió mucho sobre libros y autores y abrió para la Editorial Sudamericana el precioso cofre de la literatura que el mismo denominó como “realismo mágico”, cuyo principal autor es el colombiano García Márquez, ganador del Premio Nóbel de Literatura, como principal abanderado de ese realismo mágico que investigó, difundió y posiblemente bautizó Tomas Eloy, en sus crónicas de la revista Primera Plana, que es donde nuestros destinos peridísticos comenzaron a correr paralelos -yo escribía desde Nueva York; luego, en los años 70, cuando yo salí huyendo de la dictadura de Pinochet, pasé a ocupar el cargo de editor internacional de La Opinión.

Cuando nos presentaron, me encontré con su amable sonrisa que nunca olvidaré. Luego transitaríamos por la redacción de El Nacional de Caracas, por entonces dirigido por el historiador Ramón J. Velasquez, quien abrió las puertas al talento profesional sudamericano en momentos en que ciertos dirigentes gremiales oscurantistas se empecinaban en imponer una absurda actitud xenófoba por la afluencia de periodistas del cono sur y de las nuevas tecnologías .

En un articulo de Pagina 12 firmado por Silvina Friera, se lo describió: “Aunque se quejaba de cierta falta de reconocimiento como autor por haber cometido el “pecado” de ser “un excelente periodista”, se lo recordará por La novela de Perón y Santa Evita, donde mezclaba maravillosamente ficción con investigación, tanto como por su paso por las redacciones. Su libro más impactante, según críticos literarios argentinos, es Trelew. Los azares del periodismo lo acercaron con insistencia al tema de la muerte. Hacia mediados de los ’60 advirtió, en Hiroshima y Nagasaki, que “un hombre puede morir indefinidamente, y que la muerte es una sucesión, no un fin”, según señaló en el prólogo de uno de sus mejores libros, El Anfibio lugar común la muerte, publicado durante su exilio en Caracas, en 1978. El escritor y maestro de periodistas Tomás Eloy Martínez murió a los 75 años, tras una larga pulseada contra el cáncer.

De niño, cuando tenía menos de diez años, escribió su primer cuento para burlar el castigo de sus padres, que le habían prohibido leer. Poco a poco el joven encontró en la ficción una forma de rebelión extrema. Por la imperiosa necesidad de ganarse la vida empezó a foguearse en La Gaceta de Tucumán, la ciudad donde había nacido en 1934; pero pasó por muchas redacciones como el semanario Primera Plana, la revista Panorama; dirigió el suplemento cultural del diario La Opinión y creó el primer suplemento literario de Página/12, Primer Plano.

En la madrugada del 22 de agosto de 1972, dieciséis guerrilleros fugados del penal de Rawson y detenidos en la base aeronaval Almirante Zar, de Trelew, fueron fusilados por sus carceleros. Esos disparos sobre prisioneros a disposición del Estado argentino prefiguraron el horror que desataría la represión ilegal durante la dictadura. Un poco más tarde, esa misma madrugada, mientras revisaba los últimos detalles de la edición del semanario Panorama, Tomás Eloy Martínez oyó el repiqueteo de un teletipo. Se acercó a ver qué novedad podía emitir a esa hora la agencia de noticias oficial y encontró un texto incomprensible: “Durante un fallido intento de fuga, quince delincuentes subvers ANULAR ANULAR ANULAR”. Sospechando una ejecución masiva, Martínez cambió la tapa de Panorama. Al día siguiente fue despedido, acusado de difundir una información que oficialmente era falsa. Viajó a Trelew para reconstruir los hechos, y al llegar se encontró en medio de una de las rebeliones populares más encendidas y secretas de la historia argentina.

La ciudad se había alzado contra la detención de un grupo de sus habitantes más respetados, enviados a la cárcel de Villa Devoto por cooperación con los guerrilleros. El pueblo se declaró en estado de comuna y se movilizó día y noche exigiendo la libertad de los vecinos. La Pasión Según Trelew narra la masacre y la rebelión como una misma tragedia, uniendo documentos y personajes en un relato magnífico. Publicada por primera vez en 1973, prohibida a fines de ese año y quemada en una guarnición militar, esta obra mantiene, en esta edición rregida y ampliada, su capacidad para revelar cómo las pequeñas historias de la gente común se entrelazan con la historia mayor del país. Tomas Eloy fue un gran maestro de periodistas y de escritores. Su muerte a los75 anos, en su querido Buenos Aires, después de una larga lucha contra el cáncer, ciertamente evocará los recuerdos quienes lo conocieron y lo apreciaron en Buenos Aires, Caracas y en Nueva York, donde enseñó sobre literatura latinoamericana en la universidad de Rutgers.

BIP teddycordova@gmail.com http://www.tedcor.wordpress.com