Navidad

El surgimiento del cristianismo

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Comparto con Uds. la  más reciente entrega del diplomático Ramiro Prudencio Lizón:

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Hace pocos días se celebró un nuevo aniversario de la Navidad de Jesucristo y sería pertinente recordar la forma cómo surgió y se expandió la religión cristiana en el mundo; religión que hoy es profesada por un tercio de la humanidad.

Cabe señalar que la primera referencia al cristianismo entre los historiadores antiguos se halla en la persecución ordenada por el emperador Nerón contra los cristianos asentados en Roma.  Fue el historiador Tácito (hacia el año 100 DC) quien hizo mención de ello comentando que ese emperador buscó supuestos culpables del gran incendio de la ciudad ocurrido el año 65, y eligió a “aquéllos detestados malhechores a quienes el vulgo llama cristianos, por el nombre de Cristo, que bajo el reinado de Tiberio fue crucificado por el procurador Poncio Pilatos”.  Luego agrega: “Esta semilla quedó entonces sofocada; pero cobró vigor no sólo en Judea, donde había nacido, sino también en Roma, donde abundan a porfía y adquieren celebridad todas las cosas atroces y repugnantes”.

Al mencionar a tales “malhechores”, Tácito se hace intérprete de los rumores que corrían en Roma, según los cuales, las comunidades cristianas sacrificaban seres humanos en sus liturgias y comían su carne.  Dichos relatos parece que surgieron de una torcida interpretación pagana de la doctrina cristiana de la “presencia” en la Eucaristía del cuerpo y sangre de Jesús.

No se tienen otras fuentes antiguas, salvo el historiador Josefo, sobre el más importante movimiento espiritual del mundo.  En cuanto a las referencias de los primeros cristianos, la mayor parte fue transmitida por vía oral y sólo cuando se necesitó precisar algún punto del ‘nuevo testamento’ (el nuevo pacto con Dios), se usó el idioma griego en su forma más sencilla.  Con el tiempo, este ‘libro popular’ se convirtió en el ‘Libro’ de todos los pueblos, ya que de ningún otro en el mundo se ha editado tantos ejemplares ni se ha traducido a tantos idiomas.

Después de Cristo, Mesías salvador y columna vertebral de la nueva doctrina, se debe destacar a otra figura extraordinaria, como lo fue Saulo, el cual tomó el nombre de Pablo, y quien fuera el principal propagador del cristianismo en el mundo y gestor de la ruptura con la antigua ley mosaica.

Sabemos que el cristianismo surgió del judaísmo como una de muchas otras sectas que existían antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos.  Pero por instigación de Pablo, se rompió el cordón umbilical que unía al cristianismo con la religión judía materna.

Para Pablo, “el justo se salva por la fe” y, por tanto, el cumplimiento de la ley antigua no era fundamental.  En consecuencia, no se debía exigir la circuncisión a los feligreses pertenecientes al mundo de los gentiles.  Esto dio lugar a que los judíos ortodoxos, que consideraban esta ceremonia como la base del pacto de Dios con los hombres, rechazaran definitivamente toda relación con la doctrina de Jesús.

Desde ese momento, el cristianismo se convirtió en una religión autónoma, y con el tiempo, hasta antagónica con la judía, lo cual produjo una histórica aversión entre ellas que duró hasta el pasado siglo.  Y fue la labor de los últimos papas, sobre todo de  Juan Pablo II, lo que determinó que la religión judía y cristiana se reconciliaran e intentaran mantener estrechos vínculos basados precisamente en su común origen.

Corresponde por último, hacer referencia a la rápida propagación del cristianismo por todo el imperio romano.  A este respecto,  cabe señalar que la principal causa fue que los súbditos del imperio esperaban de la religión algo más que las ceremonias de un culto oficial en que no creían ni siquiera los que lo celebraban.   Y el cristianismo respondió precisamente a las aspiraciones del alma humana, porque propugnaba la igualdad de los hombres ante Dios, la solidaridad entre ellos, el perdón de los pecados, y la promesa de una felicidad eterna siguiendo una doctrina sencilla y maravillosa, condensada en un solo mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Papá Noel y la sociedad de consumo

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Cuento Navideño

Es la más reciente entrega del padre Gregorio Iriarte, o.m.i., muy adecuada a esta temporada y gustoso la comparto con Uds.

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Lo cierto era que ese  viejito  barbudo y panzón, vestido de rojo y con un ridículo  sombrero que le tapaba hasta  la frente,  no le caía simpático a nuestro  amigo  Juanito, un niño, inteligente y perspicaz, pero un niño, al fin y al cabo, como los demás.

Papá Noel, conociendo  la antipatía que su presencia  navideña suscitaba en Juanito, se acercó a él para decirle  en tono de cariñoso reproche:

-“¿Qué te pasa, Juanito?  Me han dicho que tú no me quieres. Esto me extraña y me entristece mucho.  ¿Cómo puede ser que  la  gran mayoría de los niños del  mundo me quieran tanto y tú, un chico bueno si los hay, muestres tanta  indiferencia y hasta desprecio hacia  mí…?”

Juanito, un tanto desconcertado ante esta lógica reacción del Papá Noel, respondió:

  “- No es que yo  no le quiera a Ud. que me parece un abuelito bonachón, lleno de ternura para con los niños e incapaz de hacer mal a nadie… pero, pero… su presencia  en estos días de preparación para la  Navidad  me hace pensar en que  hay otras ocultas intenciones   en su misión, que, por cierto, no tienen nada que ver con el  auténtico espíritu de la Navidad.”

“-Pero Juanito ¿cómo puedes pensar de ese modo?, contestó  sorprendido el Papá Noel. Yo me gano la vida honestamente, derrochando cariño y generosidad a todos los niños,  sin distinción”….

Sin  embargo, Juanito, muy seguro de sí mismo, le contestó:

   “-No, no para todos sin distinción, …  Ud. da mucho a  quienes tienen mucho y poco, o nada, a quienes no tienen nada.  Ud. parece un hombre bueno, pero no es justo. Ud. discrimina a los niños y provoca resentimientos y envidias  entre ellos… y encima, lo hace en la Navidad, cuando su mensaje  debería  ser de unión, de solidaridad y de amor entre todos.  Ud anda dando vueltas por el centro de la  ciudad, frente a las grandes  tiendas  y en los lugares de mayor diversión, pero nunca le he visto  visitando un barrio pobre.   ¿Quién  le paga y le manda a Ud.? ¿“Es, acaso, la  Estrella de Belén….? No serán  los  grandes dueños de los comercios  que  quieren engañar con su  figura a los  niños y  vender  más caros sus productos…?

  Mire, Sr. Papa Noel, le voy a decir  una cosa  muy importante que le escuché a la  catequista  que nos prepara para  la  Confirmación:

El Papa Noel es expresión de la sociedad de consumo”. Me la aprendí  de memoria porque  creo que dice una gran verdad.”

El pobre  Papá Noel quedó  pensativo y hasta sorprendido  de la lección que un niño le había dado y comenzó a darle  vueltas  a esa frase misteriosa : “Papa Noel, producto de la sociedad de consumo. ¿Seré yo ese producto de la  sociedad de consumo…?, se preguntaba a sí mismo el pobre  Papá Noel.

Ya entrada la noche, y con   gran tristeza y amargura  de su corazón,  el hombre que  hacía de  Papa Noel se fue caminando, pensativo,  hacia su casa. Vivía en un barrio muy pobre y alejado. Entró en su casa, una  vivienda de lo más humilde e incómoda. Le esperaban su  mujer y sus  tres pequeños hijos. Puso sobre la mesa  el mísero salario que  las casas comerciales  le habían pagado por hacer de Papa Noel y,  ante la sorpresa de su mujer, repitió la frase que le torturaba su corazón: “Papa Noel, expresión de la sociedad de consumo….”   Su  humilde  señora y sus hijitos no acertaban a comprender el sentido de la  frase, ni la angustia del Papá Noel.  Él, trató de  explicarles la terrible contradicción  de su vida…Por un lado, repartiendo regalos y, sin embargo, viviendo en extrema pobreza toda su familia. .¿No es, acaso, un verdadero engaño que él, tan pobre, hiciera de Papa Noel?  ¿No tenía razón ese niño que le interpeló  en la calle…?

La señora comenzó a percibir el problema  de conciencia de su marido y vio  que dos  lágrimas se asomaban en  ojos del Papá Noel,  mientras el buen hombre  seguía  reprochándose a sí mismo : “ Es triste y contradictorio que yo, tan pobre, sea expresión de  la sociedad de consumo…como me ha dicho  ese  niño….No. Buscaré otro trabajo. No quiero seguir engañándome a mí mismo y engañando a los demás.” 

La Navidad de Jesús

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Comparto con Uds. una bonita lección de historia del diplomático Ramiro Prudencio Lizón:

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Este fin de semana se recuerda la Navidad, como se lo ha hecho desde hace 1500 años.  En efecto, el monje Dionisio el Exiguo, quien creó el calendario cristiano en el siglo sexto de nuestra era, señaló que Jesucristo había nacido el 25 de diciembre del año 1 DC, correspondiendo al año 533 de la fundación de Roma.

Dionisio eligió el 25 de diciembre simplemente porque en su nuevo calendario se cumplía en la noche del 24 al 25, el solsticio de invierno, que dos siglos antes el emperador Constantino había decretado que coincidiera con el nacimiento del Salvador del mundo.  Antes de ese emperador, el  solsticio se constituía en una gran festividad pagana que celebraba el nacimiento del sol.  Constantino consideró más apropiado festejar ese día el nacimiento del Mesías, ya que éste era el verdadero sol de la humanidad.

Pero Dionisio se equivocó en su calendario.  No sólo en lo relativo al solsticio, que corresponde a la noche del 21 al 22 de diciembre, sino en algo más importante aún, en el año del nacimiento de Jesús.  Ahora se sabe que eso no sucedió en el año uno de nuestra era, sino siete años antes.

Es interesante conocer cómo se llegó a esta conclusión tan precisa.  Primeramente se tiene el dato que Cristo nació en tiempos de Herodes el Grande, y este rey murió cuatro años antes de la era cristiana.  Pero además, existe el enigma de la estrella de Belén.  Esta estrella que, según el evangelio de Mateo, fue vista por unos magos del oriente llegados a Israel para adorar a un niño que sería el rey de los judíos.

Al respecto, el gran astrónomo Kepler, observó hace cuatro siglos, desde Praga, la maravillosa conjunción de Júpiter con Saturno en la constelación de Piscis.  Basándose en sus cálculos, determinó que ese mismo fenómeno debió verificarse en el año 7 AC.  Confirmando estos cálculos, en el siglo veinte se ha comprobado que efectivamente en el año 7 AC se realizó esta conjunción, la cual se vio con máxima claridad en el mar Mediterráneo.  Lo increíble es que esa aparición celeste, que tiene lugar cada 794 años, y una sola vez, en el año 7 AC se dio tres veces, lo cual constituye un verdadero prodigio astronómico.

Sólo resta señalar el lugar del nacimiento de Jesús.  De acuerdo a los evangelios de Mateo y Lucas, nació en Belén de Judá.  ¿Es ello posible?  En el siglo diecinueve, muchos investigadores que se preocuparon del Jesús histórico, rechazaron por lo general que éste fuese originario de Belén.  Consideraban que un empadronamiento como el que refiere Lucas, no era motivo valedero para que José y María hubiesen salido de Nazareth y para dirigirse hasta la ciudad cuna del rey David.  Los censos romanos no obligaban a las personas a viajar a su país de origen, sino que establecían el número de habitantes de una localidad para cobrar el respectivo impuesto.

Felizmente, con los manuscritos del Mar Muerto, ahora se tiene conocimiento de que había en los años anteriores al nacimiento de Jesús, una profunda convicción de que la venida del Mesías estaba muy cerca, y que éste debía ser descendiente de David y nacer en Belén.  Por lo tanto, es posible que muchos de los judíos que creían descender de ese gran rey y que eran varios cientos, ya que los reyes de Israel eran polígamos, se trasladaran hacia la ciudad de Belén cuando iban a tener su hijo primogénito.  Y así debió hacer José, ya que como señala el evangelio de Mateo, se consideraba del linaje de David y, además, el hijo esperado era su primogénito.

En consecuencia, se puede llegar a la conclusión de que Jesús nació en Belén, en el año 7 AC.  Y lo fundamental del nacimiento ocurrido en ese pueblo, es que probaría que Jesús pudo ser el Mesías esperado por los profetas, lo cual como sabemos, se confirmó posteriormente con difusión universal de su pasión y su doctrina;  vida y obra tan espectacular y maravillosa que no sólo lo consagró como el Cristo (el ungido), sino que lo elevó hasta ser considerado y reverenciado como el mismo Dios.

 

NAVIDAD

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Tomado de

LA PALABRA DEL DÍA

Por Ricardo Soca

en

http://www.elcastellano.org/palabra.php

Cuando compramos los regalos de Navidad, decoramos el árbol o nos reunimos con la familia alrededor de la cena navideña, raramente nos detenemos a pensar cómo se fueron formando esas tradiciones milenarias, algunas de ellas mucho más antiguas que el propio cristianismo.

La conmemoración del nacimiento de Jesús, la fiesta más universal de Occidente, se celebró por primera vez el 25 de diciembre de 336 en Roma, pero hasta el siglo V, la Iglesia de Oriente siguió conmemorando el nacimiento y el bautismo del niño Dios de los cristianos el 6 de enero. El nombre de la fiesta Navidad, proviene del latín nativitas, nativitatis “nacimiento”, “generación”.

En siglos posteriores, las diócesis orientales fueron adoptando el 25 de diciembre y reservando el 6 de enero para recordar el bautismo de Cristo, con excepción de la Iglesia armenia, que hasta hoy conmemora la Navidad en esa fecha de enero.

No se conoce con certeza la razón por la cual se eligió el 25 de diciembre para celebrar la fiesta navideña, pero los estudiosos consideran probable que los cristianos de aquella época se hubieran propuesto reemplazar con la Navidad la fiesta pagana conocida como natalis solis invicti (festival del nacimiento del sol invicto), que correspondía al solsticio de invierno en el hemisferio norte, a partir del cual empieza a aumentar la duración de los días y el sol sube cada día más alto por encima del horizonte.

Una vez que la Iglesia oriental instituyó el 25 de diciembre para la Navidad, el bautismo de Jesús empezó a festejarse en Oriente el 6 de enero, pero en Roma esa fecha fue escogida para celebrar la llegada a Belén de los Reyes Magos, con sus ofrendas de oro, incienso y mirra.

A lo largo de los siglos, las costumbres tradicionales vinculadas a la Navidad se desarrollaron a partir de múltiples fuentes. En esas tradiciones, tuvo considerable influencia el hecho de que la celebración coincidiera con las fechas de antiquísimos ritos paganos de origen agrícola que tenían lugar al comienzo del invierno.

Así, la Navidad acogió elementos de la tradición latina de la Saturnalia, una fiesta de regocijo e intercambio de regalos, que los romanos celebraban el 17 de diciembre en homenaje a Saturno.

Y no hay que olvidar que el 25 de diciembre era también la fiesta del dios persa de la luz, Mitra, respetado por Diocleciano, y que había inspirado a griegos y romanos a adorar a Febo y a Apolo.

En el Año Nuevo, los romanos decoraban sus casas con luces y hojas de vegetales, y daban regalos a los niños y a los pobres en un clima que hoy llamaríamos “navideño” y, a pesar de que el año romano comenzaba en marzo, estas costumbres también fueron incorporadas a la festividad cristiana.

Por otra parte, con la llegada de los invasores teutónicos a la Galia, a Inglaterra y a Europa Central, ritos germánicos se mezclaron con las costumbres celtas y fueron adoptados en parte por los cristianos, con lo que la Navidad se tornó desde muy temprano una fiesta de comida y bebida abundante, con fuegos, luces y árboles decorados.

La Navidad que celebramos hoy es, pues, el producto de un milenario crisol en el que antiguas tradiciones griegas y romanas se conjugaron con rituales célticos, germánicos y con liturgias ignotas de misteriosas religiones orientales.

 
La Navidad que celebramos hoy es, pues, el producto de un milenario crisol en el que antiguas tradiciones griegas y romanas se conjugaron con rituales célticos, germánicos y con liturgias ignotas de misteriosas religiones orientales.