Japon

Efectos colaterales

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Fue durante el primer ataque a Irak, a principios de 1990, que escuché por primera vez de modo reiterado el término “daños colaterales”, para referir a las víctimas no militares del conflicto. Era un eufemismo para no decir bajas civiles, o inocentes. Ahora, el sismo-tsunami de Japón y los ataques sobre Libia nos han traído de nuevo esos términos.

En el primer caso, resulta de los daños del fenómeno que ha cortado de cuajo unos $US 200.000 millones de dólares a Japón y cuya reparación demorará algunos años. La noticia es mala sin atenuantes para los japoneses, que tendrán   que soportar un período largo de estrechez, cuando su economía empezaba a dar algunos respiros de recuperación. Es muy probable que las grandes industrias japonesas en el exterior remitan hacia Japón sus ganancias y dejen poco para la re-inversión. La capacidad de competir en precios con las industrias similares de Estados Unidos y Europa se reducirá.

Dicho de otra forma, con capitales limitados para la reinversión en industrias de ultramar, las partes y piezas de origen japonés tendrán a encarecerse, lo que aumentará la inflación en los países dependientes de la industria japonesa, como Indonesia, Filipinas, Tailandia y otros “tigres” de la región. Esa es una primera conclusión del Banco Mundial, en un estudio que calcula que si el PIB japonés se contrae en un 0.25% o en un 0,50%, en la región de su influencia la contracción puede ser el triple. Las industrias competidoras, de su parte, tratarán de aumentar sus ventas de tractores, vehículos de transporte liviano y  pesado y artículos de la línea blanca en regiones antes dominadas por la industria japonesa.

¿Qué significa esto para países lejanos de Japón como el nuestro? Una inevitable conclusión es que si existía una mano abierta japonesa hacia Bolivia y otros países, ésta ya no estará tan llena. Eso podrán sentirlo los miles de compatriotas que inteligente, si bien sacrificadamente, optaron por un mejor destino y volvieron a la tierra de sus padres y sus abuelos para hacer sus vidas con un porvenir más prometedor que el de su tierra natal. Significa también que los esfuerzos que realizaban por remitir capital –en pequeña escala- hacia Bolivia, les será más difícil porque la holgura de los sueldos –si la hubo- será más estrecha.

Desconozco cuál fue la reacción de las autoridades bolivianas ante sus pares japoneses, pero indudablemente era una oportunidad para ofrecerles campos para que los japoneses que quieran emigrar, vengan a Bolivia, que los acogería como a las primeras oleadas inmigratorias de principios del siglo pasado y finales del antepasado. El legado de esos inmigrantes está a la vista: autosuficiencia en arroz, con márgenes de exportación, lo mismo que de soja y otros granos, cuyo destino sería el propio Japón.

Japón ha mostrado siempre una extraordinaria capacidad de recuperación. Leo que el terremoto de Kobe, en el sur, en 1995, le costó el 2% de su PIB de entonces, unos 100.000 millones de dólares. La devastación demoró la recesión y bajo crecimiento, pero no lo rindió.

En caunto a Libia, la partida de Gadaffi es sólo cuestión de tiempo. Pese al empeño de Hugo Chávez y los líderes de Bolivia, Cuba y Nicaragua, el Consejo de Seguridad de la ONU rechazó la moción para una reunión destinada tratar el caso y establecer un cese de fuego. Una salida del líder libio del escenario mundial será un revés –un efecto colateral- para las naciones del grupo bolivariano.

Abrir las puertas a Japón

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La tragedia que se ha abatido sobre Japón, una catástrofe posiblemente mayor que la que causaron las bombas sobe Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial, presenta a Bolivia la oportunidad de ofrecer extender la mano a uno de los pueblos que mayor solidaridad ha tenido con el nuestro.

Los ejemplos los tenemos a la vista. San Juan y Okinawa son colonias ejemplares que hay apuntalado el desarrollo de la agroindustria de Bolivia. Cientos de japoneses, tal vez miles, vinieron a Bolivia, desde su patria lejana, desde Brasil (desde Tomé Acu,  a 90 kms. de Belém, ya les contaré esta historia), Perú y otras latitudes. Fue una inmigración positiva. Estos valientes y persistentes trabajadores de sol a sol hicieron su tierra allí donde los recibieron. En Riberalta sembraron y diseminaron las verduras y las legumbres en general. Llenaron los mercados y cambiaron la dieta del lugar.  Sus descendientes sobresalieron en la mayoría de los emprendimientos que llevaron a cabo. Conocimos algo de su historia y aprendimos a conocer mejor la nuestra. Gustamos del sushi y del sake y, sobre todo, admiramos su trabajo tesonero.

Cuando llegaron a estas tierras dijeron “Aquí me quedo”. Y se quedaron. Es hora de decir a quienes ahora desean venir a esta tierra que los recibimos con los brazos abiertos.

Kamikazes

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Por estos dias, hace 63 años, resonaba por todo Japón el grito de guerra “un pueblo de cien millones unido y listo para morir por la nación”. Y de hecho los japoneses iban muriendo. La inmolación impuesta por el Vicealmirante Takijiro Onishi de morir destruyendo y matando ya había mostrado su eficacia mortífera en Okinawa. Tomar la isla  había costado a las fuerzas estadounidenses un tercio del total de bajas que habían tenido durante la guerra.  Llegar hasta el corazón de Japón les costaría unas 300.000 vidas más, sólo en los primeros días de ataque, calculaban los estrategas. Los líderes estadounidenses eran conscientes de que la capacidad de lucha de Japón se desplomaba, pero los más interesados, los propios dirigentes japoneses, no lo veían así.

“Parecía que toda la nación estaba siendo movilizada para una batalla suicida. Inclusive los niños recibían órdenes de afilar sus dardos de bambú para matar norteamericanos”, dice el erudito historiador petrolero Daniel Yerguin en The Prize (Touchstone, Simon & Schuster, p. 365). Aun después del lanzamiento de dos bombas atómicas, Japón estaba dividido entre la rendición y la muerte colectiva. En la noche del 14 de agosto, 1945, un grupo de soldados intentó detener el mensaje grabado de rendición que el Emperador iba a difundir. Fueron vencidos , recuerda Yerguin,  no sin antes asesinar al jefe de la guardia imperial.

Cito estos pasajes porque el gobierno boliviano, especialmente el presidente Evo Morales, no parece percibir que su experimento tiene límites y que si quiere salvarlo tiene que modificar el rumbo. Esto parece imposible, pues iría contra su naturaleza. Su entorno, desde los tiempos en que sembraba coca, ha hecho que se forme una imagen incompleta de sí mismo. Le hace creer que casi toda Bolivia está a su lado y que en contra están sólo unos cuantos. Él es sólo una representación de la Bolivia andina, a favor de la cual hay que realizar enormes esfuerzos para poder avanzar armónicamente como nación. Miren sus limitaciones, sus “metidas de pata” internacionales, su lenguaje primario. Y todo eso en  un personaje que logró levantar cabeza desde un lugar perdido del interior de Oruro para ascender y llegar, apoyado en monumentales bloqueos de caminos, hasta la primera magistratura. Imagínense las condiciones de cientos de miles como él o peor que él.

Pero la ceguera en reconocer la realidad lleva a él y su gobierno a actuar como los kamikazes. El proyecto socialista que encarnan es una ilusión mal concebida.  Primero, la historia no puede retroceder 500 años en busca de un socialismo idílico que nunca existió. El que existió a partir desde 1917 se derrumbó hace 20 años aplastado en su ineficiencia despótica. Salvo en el plano militar, no logró ser competencia para el capitalismo (neoliberalismo, para utilizar un neologismo) que con la llegada de la era electrónica acabó vencedor sin disparar un cohete. El socialismo de Cuba es un socialismo de museo.  El que quiere implantar Venezuela ni cuenta, pues se guía a medias por el agónico modelo cubano.  Restan Corea del Norte e Irán. No conozco de filas de ciudadanos, ni en Bolivia ni en parte alguna del mundo, que quieran irse a cualquiera de esos países ni como turistas. Los que se van, viajan con destino a Italia, España, Inglaterra, Estados Unidos, los del “neoliberalismo” que tanto vitupera el residente Morales y que le inyectan sangre en divisas a la economía boliviana.

 Aún es posible una paz honorable, que preserve los principios nobles que dieron origen al gobierno de Morales.  Pero persistir en la ruta en que está empeñado es como emprender el vuelo de un kamikaze. Obviamente, sin pasaje de vuelta, porque no había gasolina para el retorno.

 

 

El culpable

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El presidente Evo Morales ha culpado al capitalismo por los fenómenos del Niño y La Niña y la cadena de desastres climáticos como la que se ha abatido sobre América del Sur. Washington ya está preparado para este tipo de críticas. En las Naciones Unidas, en Septiembre, el presidente habló contra erl libre mercado. Ahora el presidente deberá apuntar el dedo también hacia China, que comparte con Estados Unidos las primeras posiciones entre los países emisores de contaminación, y hacia Japón, del que, según informa ABI, acababa de recibir una donación de 8,1 millón de dólares en maquinaria pesada para reparar carreteras y reparar los desastres de las riadas.

“Los fenómenos climáticos ya no es por culpa de ninguna autoridad, pero sí por culpa de un modelo económico, el capitalismo, que trae estas consecuencias climatológicas, cambios climáticos, que finalmente la gente pobre debe pagar”, dijo, textualmente, citado por ABI.

Hay que imaginarse que la maquinaria recibida es producto del sistema capitalista japonés.