Bolivia

¿Hacia otro camino?

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El fin de la era Evo Morales trajo de inmediato una estela de renuncias de al menos 40 altos funcionarios en las primeras  horas de conocida la decisión del mandatario y del Vicepresidente Alvaro García Linera, y subrayó la magnitud del vacío surgido en Bolivia tras casi 14 años de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS). Es el libretto que corresponde a un cambio de gobierno luego de casi tres lustrous.

En las próximas horas pueden surgir aún más dimisiones, pero  un impacto al menos similar ha ocurrido en el área  del Socialismo del Siglo XXI, que pierde una pieza fundamental en el medio de América del Sur. Es  una amputación muy grande y sus  consecuencias deben manifestarse también fuera de las fronteras bolivianas.

Tras la muerte de Hugo Chávez (Venezuela), las derrotas de los gobiernos de izquierda en Chile y Argentina (el nuevo mandatario peronista aún no ha jurado al cargo), han restado fuerza al movimiento que al principio parecía destinado a  la estructurar una URSS Latina, proyecto que ahora agoniza. Su mayor expresión la tiene la formula tibia encarnada por Andrés Manuel López Obrador, en México.

El gobierno de Morales expresó una necesidad social y política sentida en Bolivia, donde se había dado, a mediados de siglo, una fuerte corriente nacionalista, frenada por unas sucesión de regimenes militares que acabaron abriendo la fuerte corriente democrática aún en curso. Uno de los principales beficiarios de la corriente democrática que emergió del ciclo militar fue el Movimiento al Socialismo que encumbró a Morales.

Una de las grandes fallas que llevaron al fin del regimen que presidia Morales fue haber pretendido instaurar un regimen sin fin y con trampas.   Electo en 2005 por una marejada provocada por gobiernos de consenso, constituidos por partidos interesados en obtener tajadas de poder (cargos bucráticos y tajadas de negocios con el estado), Morales prometía, por fin, una manera diferente de hacer política.

Pero al cabo de pocos años, cayó en los mismos vicios que lo habían catapultado al poder. La imagen de honestidad  que buscaba proyectar, fue desdibujada por la mala administración y negociados que, combinados con una inmensa impreparación y carencia de valores del sector que nunca  había accedido al gobierno, acabaron ahogándolo.

La imagen de deshonestidad acabó cubriendo a la administración y casos imposibles de creer solo poco tiempo atrás volvieron una caricatura las promesas de honestidad y eficiencia. Es el caso del Fondo Indígena, una institución fundada en los recursos destinados a los más pobres, que creyeron que sus pequeños ahorros podrían convertirse en viviendas, terrenos, electrodomésticos, un automóvil o materializar esperanzas de mejor educación. Gran parte de los recursos acabó en cuentas bancarias particulares. Aún se desconoce si los responsables, muchos pertenecientes al círculo de amigos y parientes de Morales, han recibido los castigos que dicta la ley.

Y el fraude inocultable en la elección de hace tres semanas.

Cada historia parece un relato de ¨Rebelión en la granja¨, la novela épica de Eric Blair, George Orwell como escritor, en la que los animales, en aras de un futuro mejor, toman la granja donde trabajaban como esclavos. Ese futuro nunca llega y deciden  tomar ellos mismos la conducción del negocio. La administración queda a cargo de los cerdos. La novela acaba con los cerdos brindando con whisky con los propietarios expulsados, y la mirada triste de los animales que desde los ventanales perciben la traición.

El capítulo que acabó este domingo  no tiene parangón histórico. Cubrió todo el territorio. No hubo rincón que no se pronunciara con marchas y concentracoiones cívicas. Nunca ví algo semejante. Fue un movimiento pacífico generalizado y  con solamente cuatro víctimas fatales: dos jóvenes muertos a mansalva en Montero y los otros dos en bloqueos.

 Las cuatro muertes  han sido atribuidas al MAS, pero los casos están aún bajo investigación. Su similitud con la revolución árabe es inexacta, pues aquí, hasta el domingo por la noche, predominaba su aspecto cívico y pacífico, salvo algunas acciones desacertadas como la quema de las viviendas de algunas autoridades, incluso, decían los noticieros de TV, del rector de la UMSA y ex Defensor, Waldo Albarracín, a cargo0 de huestes del MAS.

Es todo para esta nota de domingo.

Kaput!

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La recomendación de los expertos de la OEA en su informe preliminar no admitía dudas: había demasiadas sospechas de que el 20 de octubre se había producido un fraude mayúsculo que permitió cambiar las cifras reales y llevar al Tribunal Supremo Electoral a dictaminar que la candidatura oficial de Evo Morales había ganado, informa en su edición de hoy domingo el matutino paceño Página Siete. Los expertos de la organización recomendaban una segunda vuelta, agrega el informe del periódico.

Al anotarse un enorme golpe informativo, el diario despeja el camino para saber la verdad final sobre qué ocurrió la noche del 20 de octubre. Retira toda base en la que se apoyaba la actitud asumida por Morales y su compañero de fórmula, el Vicepresidente Alvaro García Linera. Ambos se atrincheraron ayer sábado en el Chapare, el bastión donde Morales se hizo fuerte en 2005 y de donde partió para conducir los destinos de Bolivia durante 14 años.

Tomado aquí de la versión digital, el encabezamiento de la historia , que los lectores del diario encontrarán en la primera página de la edición de hoy, dice: La Organización de Estados Americanos (OEA), en base al informe preliminar de auditores, estableció que se deben anular las elecciones del 20 de octubre y convocar a un nuevo proceso electoral con un nuevo Tribunal Supremo Electoral (TSE) porque encontró graves irregularidades en el conteo, en las actas y en el resultado final.

El párrafo siguiente del informe, cuya versión final está prevista para ser divulgada el miércoles, remata: “Teniendo en cuenta las proyecciones estadísticas, resulta posible que el candidato Morales haya quedado en primer lugar y el candidato Mesa en segundo. Sin embargo, resulta improbable estadísticamente que Morales haya obtenido el 10% de diferencia para evitar una segunda vuelta”.

Los lectores del diario paceño aguardarán con avidez las próximas crónicas, pues todos esperan conocer la historia de esta primicia y sus detalles.

En los que tuvieron la oportunidad de leer temprano la noticia quedó atascada la avidez por esos detalles. Es probable que la jornada se llene con noticias relacionadas con la publicación.

En horas recientes se han registrado alejamientos importantes del régimen. Es posible que esa tendencia continúe, mientras el país aguardará algún pronunciamiento del presidente Morales y sus seguidores. Es también posible que muchos prefieran aguardar 48 horas MAS para tener en sus manos el pronunciamiento final de la misión de la OEA.

Entretanto, deberían calmar la ansiedad que ha cundido entre los sectores que apoyan al presidente que creyó con prisa la versión inicial de que había ganado.

El periodismo y la tendencia totalitaria

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En estas últimas semanas, el periodismo en todas sus manifestaciones, ha puesto en evidencia  su condición esencial para la vida democrática.  Nunca como ahora ha sido tan indispensable estar informado sobre lo que ocurre en el país en todos sus rincones. Rara vez ocurre un momento histórico  que tenga a todo el país ávido por informarse y pocas veces se ha dado la oportunidad de informar al instante cada novedad que surge en el turbión en el que el país  se sumerge.

Muchos se preguntan qué sería de la sociedad boliviana sin medios informativos que cuenten lo que ocurre estos días cuando, con raras excepciones, el país está alzado con un propósito principal: poner fin, bajo las reglas democráticas, al régimen del presidente Evo Morales y reencaminar al país, asegurando su cualidad democrática, lejos de tentaciones totalitarias. Esta es una epopeya informativa próxima a cumplir tres semanas.

Haber visto a esta generación de periodistas desplazarse bajo la lluvia de gases lacrimógenos, algunos sin protección alguna pero con el empeño primario de cumplir su mandato informativo, será motivo de análisis y de estudios académicos.   Con seguridad, hay un mundo de anécdotas recurrentes nacidas de este empeño, que, por ahora, está confinado a las redacciones. Nada, sin embargo,  podrá empañar la calidad informativa del periodismo boliviano exhibida estos días. Un tributo especial se debe dar al área audiovisual, por el carácter inmediato y por abarcar todos los sentidos, pero sin desmerecer crónicas y narraciones que, al fragor del conflicto que ruge sobre el país, ayudaron a entender la gravedad profunda de los episodios de estos días.

Las crónicas que se escribirán nos contarán de los esfuerzos para informar, bajo las mirada del todopoderoso Estado. El trabajo periodístico estuvo, con raras excepciones, en guardia y marcó el paso informativo, especialmente este año, del régimen del Movimiento al Socialismo. La mayoría de los medios respondió a sus instintos informativos. Algunos no lo hicieron pero el publico lector, que  conforma un gran Jurado, sabrá premiarlos con su lealtad como público lector.

Al escribir estas líneas, la policía de Cochabamba está alzada en una cadena seguida por otras unidades. La suposición lógica es que el alzamiento no será un disparo al aire, sin consecuencias. Un régimen de casi 14 años puede estar en agonía.

El ejército estuvo confinado a sus cuarteles y la policía decidió no salir a la calle a reprimir. En esas condiciones, sospechar un estado de sitio carecía de todo sentido. Evo Morales parecía solo dispuesto a encontrarse de frente con su destino.

Mucha grente, también rendida por el cansancio, fue a dormir con la idea calada en la mayoría de los que habían observado el desarrollo de la jornada por radio, television y los sitios informativos de los principalres diarios  en todo el país se haber presenciado imagenes  shakespearianas de un epílogo que nunca llegaba.

El pasado que vuelve – II

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Las jornadas vividas por Bolivia estas semanas nos vuelven a un pasado que creíamos superado. Con cauteloso optimismo, muchos creíamos que Bolivia empezaba a alejarse de la ruta salvaje de los bloqueos y gases  lacrimógenos, aunque muchos de  los grandes bloqueadores todavía se encontrasen en las primeras franjas de la jerarquía nacional. Gran parte de la ciudadanía está ahora ante una disyuntiva cuyo costo final es difícil anticipar:  aumentar la presión por la renuncia o abandono de la presidencia por parte del presidente Evo Morales o abrir camino para una salida peligrosa que a nadie gustaría. Sin grandes amigos externos y sin los recursos de los que solía disponer, este último camino luce como peligrosa posibilidad. El gobierno sabe que los tiempos de miel expiraron y que su sobrevivencia política dependerá de la forma racional en que acepte esta nueva realidad.

La razón para este encallamiento estriba en nuestra limitada evolución social y la dificultad de aceptar que solo una mejor educación nos permitirá percibir que nuestras recetas de desarrollo no son únicas, así parezcan excelentes para algunos.  No hay verdades únicas. Con la historia como referencia fundamental, miremos a la ex Unión Soviética, disuelta en 1990 sin que acabaran las filas interminables para comprar un refrigerador o un simple secador de pelo, pese a siete décadas de revolución. Nadie quiere seguir ese camino, que también prometía un futuro luminoso que nunca  llegó.

El asesinato de dos jóvenes en la ciudad norteña de Montero, ha obligado a las organizaciones cruceñas a redoblar la vilancia sobre sus centros de bloqueos, expresivos de la fortaleza de un paro cívico que, al escribir estas líneas, se aproximaba a  la décima cuarta jornada. 

A ratos con jóvenes cantando o absortos en juegos sociales, desde dominó hasta monopolio en algunas zonas, el movimiento ha puesto en jaque a los que habrían querido un paro violento para justificar tentativas de desarticular al movimiento más pacífico, más prolongado y de mayor envergadura surgido en esta región.

Un paro así no es común en el mundo. Hasta ahora es una originalidad boliviana. Su primera victoria ha sido poner en ridículo a quienes, en la vereda del frente, al lado del gobierno, quisieran desarticularlo por la fuerza y de inmediato. El gobierno ya no tiene la fuerza de ayer.

El pasado que quiere reinstalarse está presidido por un gobierno que generó  grandes esperanzas de redención. Durante algunos años contó con recursos que, bien administrados,  le habrían permitido levantar de manera ejemplar a las clases originarias que buscaba redimir.

Estos días, areas enteras de las distintas capitales  se convirtieron en campos de batalla, con pedradas, palazos, petardos y balines. La Bolivia del pasado había retornado a una realidad que despues de un largo tiempo era de nuevo parte de un angustiado diario vivir.

Cada día de estas dos semanas ha traído andanadas de protestas contra el cómputo electoral del 20-10, que toda la oposición  ve como fraudulento. Toda Bolivia vivía una conmoción civil. Una pregunta angustiante era cuánto más podrían resistir el gobierno de Morales y los organismos policiales, entre los cuales podría resultar fatal cualquier ruptura en la cadena de mando.

Esta semana, un multitudinario cabildo en Santa Cuz dispuso reclamar la renuncia del presidente en una carta que se proponía llevar el presidente del Comité Cívico.

El régimen está empeñado en una cuarta presidencia para Morales, con la que podría cumplir veinte años a la cabeza de los destinos del país.

En otros tiempos, esta rebelión   habría provocado renuncias y cambios de gobierno. No recuerdo rebeliones civiles que hayan alcanzado semejante magnitud sin haber determinado cambios politicos.

Poco antes del Dia de Difuntos, la jornada empezó a mostrar el nuevo objetivo principal de la insurrección cívica: la remoción del presidente Morales del gobierno.

La expresión era pecaminosa hasta hace un tiempo, pero ahora se la escucha diariamente. Los analistas explican esa mutación como  resultado del carácter autocrático que atribuyen al presidente. En un medio como el boliviano, con una historia de luchas largas y penosas por una democracia estable y vigorosa, no son un buen augurio las batallas callejeras que enfrenta el gobierno del MAS, que jura que son falsas las críticas de que el 20 de  octubre ocurrió un fraude de magnitud para pavimentar el cuarto período presidencial de Morales. (Publicado en Página Siete, La Paz, 6-11-2019)

De vuelta al pasado

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 Las jornadas vividas por Bolivia esta semana han sido un retorno al pasado que ya casi habiamos olvidado. El país ha sido colocado ante una disyuntiva cuyo costo es difícil estimar: forzar la renuncia o abandono de la presidencia por parte del presidente Evo Morales, o dar paso a una salida  peligrosa que nadie querría, forzándolo a irse. Sin grandes amigos allende fronteras y sin los recursos gigantes de los pudo disponer, este ultimo camino luce ahora como el más probable.

Bolivia ha vivido  jornadas de protestas violentas, que parecían pertenecer al pasado, antes de la reinstalación  de la democracia a fines de 1982, y a los años convulsos que  precedieron al  gobierno del Movimiento al Socialismo de Evo Morales. Entre el lunes y el jueves hubo decenas de heridos y versiones sin confirmación sobre víctimas fatales en diversas zonas del país.

El pasado ha vuelto con ímpetu renovado, presidido por un gobierno que generó muchas esperanzas de redención y que durante algunos años contó con recursos que le habrían permitido, bien administrados, alcanzar una redención ejemplar para las clases originarias que se buscaba redimir. Se le escurrió por las manos la posibilidad de crear una gran normal de normales que educase a los que debían educar a las siguientes generaciones de maestros y a construir los cimientos sobre los que se forjase a las nuevas generaciones.

A mediados de semana, como muestra de que en el país no existe la normalidad, multitudes de campesinos se instalaron en la Plaza Murillo y adyacencias para proteger al gobierno. Testigos de esa actitud  protectora han sido decenas de letrinas instaladas en los alrededores del histórico lugar para que los defensores del gobierno puedan aliviar sus necesidades con cierto pudor. 

Estos días, áreas enteras de las distintas capitales  se han convertido en campos de batalla entre manifestantes rivales, a pedradas, palazos, petardos y balines. La Bolivia del pasado era  un sueño tranquilo y se había retornadeo a una realidad que despues de mucho tiempo era de nuevo parte del diario vivir.

El lunes, martes y miércoles el gobierno estuvo ante la peor andanada de protestas contra el cómputo electoral del domingo, que toda la oposición  ve como fraudulento, para favorecer el cómputo a favor del  gobierno. El regimen está empeñado en una cuarta presidencia para Morales, con la que podría cumplir veinte años a la cabeza de los destinos del país. Las capitales departamentales son los centros de la mayor rebelión civil que enfrenta este gobierno. En otros tiempos, esta rebelión  habría provocado renuncias y cambios de gobierno.

Esa expresión era pecaminosa hasta hace un tiempo, pero ahora se la escucha diariamente, resultado del carácter autocrático y soberbio asumido por el gobierno. En un medio como el boliviano, con una historia de luchas largas y penosas por llegar a una democracia estable y vigorosa, no son un buen augurio las batallas callejeras que encabeza el Movimiento al Socialismo opuesto a las críticas al gobierno acusado de perpetrar fraude.

Lo visto en los últimos días, y lo mostrado por  la TV desde la mayoría de las ciudades, anticipa las dificultades que tendrán el presidente y su partido para gobernar un período más.  Salvo una dictadura plena, con total respaldo militar y de fuerzas extranjeras.  A eso habría que sumar una avalancha de problemas económicos y sociales  que muchos advierten que está tocando las puertas.

¿En el mismo camino?

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 Ni en sus peores pesadillas la sociedad venezolana imaginó que sus insatisfacciones iban a desembocar en el socialismo del siglo XXI al que la ha llevado Nicolás Maduro. Con esta conclusión, resulta sorprendente que haya sociedades vecinas, como la boliviana de Evo Morales y su Movimiento Al Socialismo, aún empeñadas en llegar a ese caos que ha llevado al exilio a cerca de cinco millones de venezolanos. 

La violenta y rápida metamorfosis de la riqueza a  la pobreza ocurrió en el transcurso de una sola generación. Moisés Naím (El fin del poder, minotauros y tigres de papel, entre otras publicaciones) nos expone, dentro de una trama sentimental y política, el escenario en el que se construyó ese fenómeno.

Venezuela tenía todas las condiciones para no caer en el desastre al que ha llegado. La corrupta administración de su riqueza petrolera la hacía creer protegida de los males que aquejaban a sus vecinos del continente. Pero, más bien, apretó el gatillo que echó al suelo su creencia de estar próxima al paraíso de la modernidad que anticipaban las élites políticas. Su experiencia como político (fue ministro del segundo gobierno social-democrático de Carlos Andrés Pérez, que buscaba reconducir a su país)  fue parte del denso bagaje que lo ha convertido en reputado analista internacional, uno de los más versados en su país y temas latinoamericanos.

Dos espías en Caracas (Penguin Random House, Buenos Aires, 380 páginas)  es una ficción en la que se deslizan agentes de la CIA y el G-2 cubano en la capital venezolana. A cargo de Venezuela, los dos jefes de estación se enredan en un romance, a lo largo del cual ocurren muchos incidentes de los últimos años del siglo pasado y comienzos del presente.

Una originalidad de la obra-novela: ninguno de los agentes conoce el trabajo específico del otro y la trama sigue con detalle el curso histórico de los últimos 30 o 40 años de la vida venezolana, con relieve en los episodios que hicieron noticia en todo el mundo. Los episodios cobran vida a  través del espionaje. Los enamorados se mueven en campos opuestos y hacen de toda la trama una versión novelesca que no se puede parar de leer.

Quienes han vivido en Venezuela durante los años en que se desliza la trama, leerán la obra con la avidez generada por episodios conocidos y que el autor, con cuidadosa habilidad, convierte en una novela apasionante. A ratos uno no sabe si está leyendo una obra histórica o una historia convertida en romance.  

Gracias a Librería Litexa, que recientemente abrió una sucursal en Santa Cruz,  me encontré con la obra. Con su nombre ya conocido en gran parte de  los grandes diarios, Naím dio el salto a la novelística con un tema familiar para gran número de latinoamericanos: el crepúsculo democrático venezolano después de haber sido el país que más había practicado la democracia tras la dictadura feroz de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958).

Fue poco a poco pero en relativamente corto tiempo que el comandante Hugo Chávez convirtió a Venezuela  en el primer  país marxista-leninista de América del Sur. Con la ideología y los programas populares, vinieron decenas de miles de cubanos, gracias a acuerdos especiales firmados entre Fidel Castro y el líder venezolano. No se realizó un empeño semejante en educación.

Irónicamente, mientras el comunismo moría en el país donde primero se  instaló, renacía en la nación petrolera más rica del mundo al mando de un arrojado teniente coronel, cuyo país contaba con vastos recursos financieros y las más grandes reservas petrolíferas del planeta. Hugo Chávez tuvo una fortuna adicional: los años de mayores ingresos para Venezuela resultaron de un aumento colosal de los precios del  petróleo, que sólo empezaron a declinar en 2014, un año después  de  la muerte del comandante venezolano.

Naím nos trae  pasajes que reconfirman el nombre de “Venezuela saudita”, que se le dio por los gastos gigantescos y extravagantes , como joyas deslumbrantes que, sin mayor pudor, lucían esposas, novias y parientes de los ricos, así como fiestas que costaban millones de dólares, con invitados traídos desde sus países en aviones especialmente fletados, whisky a raudales de 5.000 dólares la botella y otras golosinas.

Un acápite que parece importante citar está ligado al armentismo venezolano y los aviones supersónicos que Venezuela adquirió de Rusia y que no pudieron hacer el viaje en flota con el comandante. Resulta que no  había pilotos venezolanos entrenados para hacerlo. El comandante –en la novela de Naím y probablemente también en la realidad– no tenía aviadores que supiesen pilotear la versión más moderna de la aviación rusa, pues no habían recibido entrenamiento. ¿El motivo? El comandante, en la novela de Naím, tenía recelo de que los nuevos aviones, con pilotos entrenados, serían un arma poderosa para eventuales conspiradores.

Con Venezuela siempre cerca de la realidad boliviana, la obra de Naím resultará de interés indudable.

Entonces y ahora, la historia se repite

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En julio de 1978 Bolivia vivía momentos cargados de tension. El general Hugo Bánzer Suárez había perdido la batalla diplomática iniciada en Charaña, un poblado inhóspito de la frontera con Chile donde, con el general Augusto Pinochet, restableció relaciones diplomáticas. Habían pasado 13 años años desde la ruptura de 1962, causada por el desvío de las aguas del rio Lauca.  

La derrota de Charaña había colocado la política boliviana sobre un campo minado y el gobierno estaba cercano a un jaque mate. Políticamente, había perdido sustento. Al haber jugado con la  principal aspiración boliviana y perdido la batalla, el regimen parecía  insostenible. Un centro de molestia estaba en las Fuerzas Armadas, cuya razón institucional de ser era la causa marítima.

Al cabo de tres años de gestiones infructuosas, Banzer rompió de nuevo relaciones con su vecino.

El turbión se llevó la dictadura de Banzer, ahora de la mano de un nuevo hombre fuerte: el general de Fuerza Aérea Juan Pereda Asbún. Pero fue solo el comienzo de un nuevo ciclo militar que acabaría solo al ser reinstalada la democracia en Bolivia, a fines de 1982.

El nuevo rompimiento de relaciones con Chile era consecuencia de la frustración que el fracaso de Charaña había causado en toda Bolivia. Ante la demanda  para que renunciara tras el fracaso de su política hacia Chile, exigencia que abarcaba a altos jefes y jóvenes militares, decidió probar su fuerza política y convocó a elecciones generales. El general Juan Pereda Asbún fue su candidato, a la cabeza de Acción Democática Nacionalista (ADN), que Banzer había fundado.

 Pereda ganó la elección con una avalancha de trampas. Papeletas computadas ensusiaban las calles, ánforas rotas en las esquina del lugar donde funcionaba el centro de computación, votación doble y triple, incluso de difuntos, etc. empañaron la elección y marcaron al candidato oficial. Banzer decidió anular las elecciones. Pereda entonces golpeó a Bánzer y, el resto es historia conocida.

Evo Morales decidió reemprender el camino diplomático y al no lograr mayores avances para alcanzar la máxima aspiración diplomática boliviana, se dirigió a La Haya con la esperanza de conseguir apoyo de la corte mundial de justicia.

Esta vez, con la útima carta boliviana y desengañado de las esperanzas que tenía en Michele Bachellet, se jugó conscientemente el todo por el todo. La Haya falló diciendo que Chile no había adquirido ningún compromiso con Bolivia para negociar acuerdo alguno para otorgarle una salida al mar.

Fue la peor derrota diplomática de Bolivia y el cierre de las puertas para negociar una solución para la máxima meta boliviana. La caída anuló más de un siglo de esfuerzos  y triunfos de la diplomacia boliviana. Chile declaró que, en cualquier caso, no negociaría con Morales.  

Morales se limitó a archivar  la derrota boliviana, de la que formalmente no se responsabilizó. Las Fuerzas Armadas, quizá sin evaluar los alcances de la fatalidad, no emitieron ningún pronunciamiento conocido.

A patir de ahí, el mandatario apretó a fondo el acelerador para buscar su reelección como presidente y el domingo, aniversario de la firma del tratado por el cual Bolivia cedió todo su litoral a Chile, Morales acudió a votar por su nueva reelección. Ignoró el 21 de febrero de 2016 que le impedía una nueva reelección

Ahora está en tiempos diferentes. Llegó al gobierno apoyado por gran parte del mundo como líder de un sector marginado desde tiempos coloniales. En una actitud que muchos vieron como reparatoria de esa conducta opresiva, la realeza española, algunos de cuyos exponentes llegaron a preguntarse si debían considerar a los indígenas como seres con alma,  estuvo entre los primeros sectores en brindarle amplio respaldo.

Poco a poco, esa comprensión hacia el líder indígena se fue nublando, ante el carácter autocrático que asumía el gobierno indígena.  La marcha de los indígenas del oriente  y la brutal represión que sufrieron de la policía para impedirles avanzar hacia La Paz, empezó a cambiar la percepción  del mundo  sobre Morales y su regimen.

Para su fortuna, el tema de la derrota en La Haya no fue abordado durante la campaña electoral en la que, como rival de Morales, participó el ex presidente Carlos Mesa, portavoz de la causa boliviana durante la fallida gestión que acabó en octubre del año pasado.

Este 20 de octubre transcurrió concentrado en la votación presidencial. Nadie recordó que ese día, en 1904, Bolivia había puesto punto final a la contienda de la Guerra de la Guerra del Pacífico que le mutiló la salida al mar.

Nadie evocó  la fecha, lo que puede ser excusable por toda la historia que encierra y que nadie en Bolivia querría recordar.

Es cierto que gran parte de la responsabilidad de la derrota diplomática con Chile es de la cancillería, pero no parece razonable que el cabecilla de la gestion que cerró el capítulo más doloroso de la historia boliviana la hubiese ignorado cuando buscaba un nuevo mandato.  Lo mismo vale para sus rivales.