Bolivia

El pasado que vuelve – II

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Las jornadas vividas por Bolivia estas semanas nos vuelven a un pasado que creíamos superado. Con cauteloso optimismo, muchos creíamos que Bolivia empezaba a alejarse de la ruta salvaje de los bloqueos y gases  lacrimógenos, aunque muchos de  los grandes bloqueadores todavía se encontrasen en las primeras franjas de la jerarquía nacional. Gran parte de la ciudadanía está ahora ante una disyuntiva cuyo costo final es difícil anticipar:  aumentar la presión por la renuncia o abandono de la presidencia por parte del presidente Evo Morales o abrir camino para una salida peligrosa que a nadie gustaría. Sin grandes amigos externos y sin los recursos de los que solía disponer, este último camino luce como peligrosa posibilidad. El gobierno sabe que los tiempos de miel expiraron y que su sobrevivencia política dependerá de la forma racional en que acepte esta nueva realidad.

La razón para este encallamiento estriba en nuestra limitada evolución social y la dificultad de aceptar que solo una mejor educación nos permitirá percibir que nuestras recetas de desarrollo no son únicas, así parezcan excelentes para algunos.  No hay verdades únicas. Con la historia como referencia fundamental, miremos a la ex Unión Soviética, disuelta en 1990 sin que acabaran las filas interminables para comprar un refrigerador o un simple secador de pelo, pese a siete décadas de revolución. Nadie quiere seguir ese camino, que también prometía un futuro luminoso que nunca  llegó.

El asesinato de dos jóvenes en la ciudad norteña de Montero, ha obligado a las organizaciones cruceñas a redoblar la vilancia sobre sus centros de bloqueos, expresivos de la fortaleza de un paro cívico que, al escribir estas líneas, se aproximaba a  la décima cuarta jornada. 

A ratos con jóvenes cantando o absortos en juegos sociales, desde dominó hasta monopolio en algunas zonas, el movimiento ha puesto en jaque a los que habrían querido un paro violento para justificar tentativas de desarticular al movimiento más pacífico, más prolongado y de mayor envergadura surgido en esta región.

Un paro así no es común en el mundo. Hasta ahora es una originalidad boliviana. Su primera victoria ha sido poner en ridículo a quienes, en la vereda del frente, al lado del gobierno, quisieran desarticularlo por la fuerza y de inmediato. El gobierno ya no tiene la fuerza de ayer.

El pasado que quiere reinstalarse está presidido por un gobierno que generó  grandes esperanzas de redención. Durante algunos años contó con recursos que, bien administrados,  le habrían permitido levantar de manera ejemplar a las clases originarias que buscaba redimir.

Estos días, areas enteras de las distintas capitales  se convirtieron en campos de batalla, con pedradas, palazos, petardos y balines. La Bolivia del pasado había retornado a una realidad que despues de un largo tiempo era de nuevo parte de un angustiado diario vivir.

Cada día de estas dos semanas ha traído andanadas de protestas contra el cómputo electoral del 20-10, que toda la oposición  ve como fraudulento. Toda Bolivia vivía una conmoción civil. Una pregunta angustiante era cuánto más podrían resistir el gobierno de Morales y los organismos policiales, entre los cuales podría resultar fatal cualquier ruptura en la cadena de mando.

Esta semana, un multitudinario cabildo en Santa Cuz dispuso reclamar la renuncia del presidente en una carta que se proponía llevar el presidente del Comité Cívico.

El régimen está empeñado en una cuarta presidencia para Morales, con la que podría cumplir veinte años a la cabeza de los destinos del país.

En otros tiempos, esta rebelión   habría provocado renuncias y cambios de gobierno. No recuerdo rebeliones civiles que hayan alcanzado semejante magnitud sin haber determinado cambios politicos.

Poco antes del Dia de Difuntos, la jornada empezó a mostrar el nuevo objetivo principal de la insurrección cívica: la remoción del presidente Morales del gobierno.

La expresión era pecaminosa hasta hace un tiempo, pero ahora se la escucha diariamente. Los analistas explican esa mutación como  resultado del carácter autocrático que atribuyen al presidente. En un medio como el boliviano, con una historia de luchas largas y penosas por una democracia estable y vigorosa, no son un buen augurio las batallas callejeras que enfrenta el gobierno del MAS, que jura que son falsas las críticas de que el 20 de  octubre ocurrió un fraude de magnitud para pavimentar el cuarto período presidencial de Morales. (Publicado en Página Siete, La Paz, 6-11-2019)

De vuelta al pasado

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 Las jornadas vividas por Bolivia esta semana han sido un retorno al pasado que ya casi habiamos olvidado. El país ha sido colocado ante una disyuntiva cuyo costo es difícil estimar: forzar la renuncia o abandono de la presidencia por parte del presidente Evo Morales, o dar paso a una salida  peligrosa que nadie querría, forzándolo a irse. Sin grandes amigos allende fronteras y sin los recursos gigantes de los pudo disponer, este ultimo camino luce ahora como el más probable.

Bolivia ha vivido  jornadas de protestas violentas, que parecían pertenecer al pasado, antes de la reinstalación  de la democracia a fines de 1982, y a los años convulsos que  precedieron al  gobierno del Movimiento al Socialismo de Evo Morales. Entre el lunes y el jueves hubo decenas de heridos y versiones sin confirmación sobre víctimas fatales en diversas zonas del país.

El pasado ha vuelto con ímpetu renovado, presidido por un gobierno que generó muchas esperanzas de redención y que durante algunos años contó con recursos que le habrían permitido, bien administrados, alcanzar una redención ejemplar para las clases originarias que se buscaba redimir. Se le escurrió por las manos la posibilidad de crear una gran normal de normales que educase a los que debían educar a las siguientes generaciones de maestros y a construir los cimientos sobre los que se forjase a las nuevas generaciones.

A mediados de semana, como muestra de que en el país no existe la normalidad, multitudes de campesinos se instalaron en la Plaza Murillo y adyacencias para proteger al gobierno. Testigos de esa actitud  protectora han sido decenas de letrinas instaladas en los alrededores del histórico lugar para que los defensores del gobierno puedan aliviar sus necesidades con cierto pudor. 

Estos días, áreas enteras de las distintas capitales  se han convertido en campos de batalla entre manifestantes rivales, a pedradas, palazos, petardos y balines. La Bolivia del pasado era  un sueño tranquilo y se había retornadeo a una realidad que despues de mucho tiempo era de nuevo parte del diario vivir.

El lunes, martes y miércoles el gobierno estuvo ante la peor andanada de protestas contra el cómputo electoral del domingo, que toda la oposición  ve como fraudulento, para favorecer el cómputo a favor del  gobierno. El regimen está empeñado en una cuarta presidencia para Morales, con la que podría cumplir veinte años a la cabeza de los destinos del país. Las capitales departamentales son los centros de la mayor rebelión civil que enfrenta este gobierno. En otros tiempos, esta rebelión  habría provocado renuncias y cambios de gobierno.

Esa expresión era pecaminosa hasta hace un tiempo, pero ahora se la escucha diariamente, resultado del carácter autocrático y soberbio asumido por el gobierno. En un medio como el boliviano, con una historia de luchas largas y penosas por llegar a una democracia estable y vigorosa, no son un buen augurio las batallas callejeras que encabeza el Movimiento al Socialismo opuesto a las críticas al gobierno acusado de perpetrar fraude.

Lo visto en los últimos días, y lo mostrado por  la TV desde la mayoría de las ciudades, anticipa las dificultades que tendrán el presidente y su partido para gobernar un período más.  Salvo una dictadura plena, con total respaldo militar y de fuerzas extranjeras.  A eso habría que sumar una avalancha de problemas económicos y sociales  que muchos advierten que está tocando las puertas.

¿En el mismo camino?

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 Ni en sus peores pesadillas la sociedad venezolana imaginó que sus insatisfacciones iban a desembocar en el socialismo del siglo XXI al que la ha llevado Nicolás Maduro. Con esta conclusión, resulta sorprendente que haya sociedades vecinas, como la boliviana de Evo Morales y su Movimiento Al Socialismo, aún empeñadas en llegar a ese caos que ha llevado al exilio a cerca de cinco millones de venezolanos. 

La violenta y rápida metamorfosis de la riqueza a  la pobreza ocurrió en el transcurso de una sola generación. Moisés Naím (El fin del poder, minotauros y tigres de papel, entre otras publicaciones) nos expone, dentro de una trama sentimental y política, el escenario en el que se construyó ese fenómeno.

Venezuela tenía todas las condiciones para no caer en el desastre al que ha llegado. La corrupta administración de su riqueza petrolera la hacía creer protegida de los males que aquejaban a sus vecinos del continente. Pero, más bien, apretó el gatillo que echó al suelo su creencia de estar próxima al paraíso de la modernidad que anticipaban las élites políticas. Su experiencia como político (fue ministro del segundo gobierno social-democrático de Carlos Andrés Pérez, que buscaba reconducir a su país)  fue parte del denso bagaje que lo ha convertido en reputado analista internacional, uno de los más versados en su país y temas latinoamericanos.

Dos espías en Caracas (Penguin Random House, Buenos Aires, 380 páginas)  es una ficción en la que se deslizan agentes de la CIA y el G-2 cubano en la capital venezolana. A cargo de Venezuela, los dos jefes de estación se enredan en un romance, a lo largo del cual ocurren muchos incidentes de los últimos años del siglo pasado y comienzos del presente.

Una originalidad de la obra-novela: ninguno de los agentes conoce el trabajo específico del otro y la trama sigue con detalle el curso histórico de los últimos 30 o 40 años de la vida venezolana, con relieve en los episodios que hicieron noticia en todo el mundo. Los episodios cobran vida a  través del espionaje. Los enamorados se mueven en campos opuestos y hacen de toda la trama una versión novelesca que no se puede parar de leer.

Quienes han vivido en Venezuela durante los años en que se desliza la trama, leerán la obra con la avidez generada por episodios conocidos y que el autor, con cuidadosa habilidad, convierte en una novela apasionante. A ratos uno no sabe si está leyendo una obra histórica o una historia convertida en romance.  

Gracias a Librería Litexa, que recientemente abrió una sucursal en Santa Cruz,  me encontré con la obra. Con su nombre ya conocido en gran parte de  los grandes diarios, Naím dio el salto a la novelística con un tema familiar para gran número de latinoamericanos: el crepúsculo democrático venezolano después de haber sido el país que más había practicado la democracia tras la dictadura feroz de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958).

Fue poco a poco pero en relativamente corto tiempo que el comandante Hugo Chávez convirtió a Venezuela  en el primer  país marxista-leninista de América del Sur. Con la ideología y los programas populares, vinieron decenas de miles de cubanos, gracias a acuerdos especiales firmados entre Fidel Castro y el líder venezolano. No se realizó un empeño semejante en educación.

Irónicamente, mientras el comunismo moría en el país donde primero se  instaló, renacía en la nación petrolera más rica del mundo al mando de un arrojado teniente coronel, cuyo país contaba con vastos recursos financieros y las más grandes reservas petrolíferas del planeta. Hugo Chávez tuvo una fortuna adicional: los años de mayores ingresos para Venezuela resultaron de un aumento colosal de los precios del  petróleo, que sólo empezaron a declinar en 2014, un año después  de  la muerte del comandante venezolano.

Naím nos trae  pasajes que reconfirman el nombre de “Venezuela saudita”, que se le dio por los gastos gigantescos y extravagantes , como joyas deslumbrantes que, sin mayor pudor, lucían esposas, novias y parientes de los ricos, así como fiestas que costaban millones de dólares, con invitados traídos desde sus países en aviones especialmente fletados, whisky a raudales de 5.000 dólares la botella y otras golosinas.

Un acápite que parece importante citar está ligado al armentismo venezolano y los aviones supersónicos que Venezuela adquirió de Rusia y que no pudieron hacer el viaje en flota con el comandante. Resulta que no  había pilotos venezolanos entrenados para hacerlo. El comandante –en la novela de Naím y probablemente también en la realidad– no tenía aviadores que supiesen pilotear la versión más moderna de la aviación rusa, pues no habían recibido entrenamiento. ¿El motivo? El comandante, en la novela de Naím, tenía recelo de que los nuevos aviones, con pilotos entrenados, serían un arma poderosa para eventuales conspiradores.

Con Venezuela siempre cerca de la realidad boliviana, la obra de Naím resultará de interés indudable.

Entonces y ahora, la historia se repite

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En julio de 1978 Bolivia vivía momentos cargados de tension. El general Hugo Bánzer Suárez había perdido la batalla diplomática iniciada en Charaña, un poblado inhóspito de la frontera con Chile donde, con el general Augusto Pinochet, restableció relaciones diplomáticas. Habían pasado 13 años años desde la ruptura de 1962, causada por el desvío de las aguas del rio Lauca.  

La derrota de Charaña había colocado la política boliviana sobre un campo minado y el gobierno estaba cercano a un jaque mate. Políticamente, había perdido sustento. Al haber jugado con la  principal aspiración boliviana y perdido la batalla, el regimen parecía  insostenible. Un centro de molestia estaba en las Fuerzas Armadas, cuya razón institucional de ser era la causa marítima.

Al cabo de tres años de gestiones infructuosas, Banzer rompió de nuevo relaciones con su vecino.

El turbión se llevó la dictadura de Banzer, ahora de la mano de un nuevo hombre fuerte: el general de Fuerza Aérea Juan Pereda Asbún. Pero fue solo el comienzo de un nuevo ciclo militar que acabaría solo al ser reinstalada la democracia en Bolivia, a fines de 1982.

El nuevo rompimiento de relaciones con Chile era consecuencia de la frustración que el fracaso de Charaña había causado en toda Bolivia. Ante la demanda  para que renunciara tras el fracaso de su política hacia Chile, exigencia que abarcaba a altos jefes y jóvenes militares, decidió probar su fuerza política y convocó a elecciones generales. El general Juan Pereda Asbún fue su candidato, a la cabeza de Acción Democática Nacionalista (ADN), que Banzer había fundado.

 Pereda ganó la elección con una avalancha de trampas. Papeletas computadas ensusiaban las calles, ánforas rotas en las esquina del lugar donde funcionaba el centro de computación, votación doble y triple, incluso de difuntos, etc. empañaron la elección y marcaron al candidato oficial. Banzer decidió anular las elecciones. Pereda entonces golpeó a Bánzer y, el resto es historia conocida.

Evo Morales decidió reemprender el camino diplomático y al no lograr mayores avances para alcanzar la máxima aspiración diplomática boliviana, se dirigió a La Haya con la esperanza de conseguir apoyo de la corte mundial de justicia.

Esta vez, con la útima carta boliviana y desengañado de las esperanzas que tenía en Michele Bachellet, se jugó conscientemente el todo por el todo. La Haya falló diciendo que Chile no había adquirido ningún compromiso con Bolivia para negociar acuerdo alguno para otorgarle una salida al mar.

Fue la peor derrota diplomática de Bolivia y el cierre de las puertas para negociar una solución para la máxima meta boliviana. La caída anuló más de un siglo de esfuerzos  y triunfos de la diplomacia boliviana. Chile declaró que, en cualquier caso, no negociaría con Morales.  

Morales se limitó a archivar  la derrota boliviana, de la que formalmente no se responsabilizó. Las Fuerzas Armadas, quizá sin evaluar los alcances de la fatalidad, no emitieron ningún pronunciamiento conocido.

A patir de ahí, el mandatario apretó a fondo el acelerador para buscar su reelección como presidente y el domingo, aniversario de la firma del tratado por el cual Bolivia cedió todo su litoral a Chile, Morales acudió a votar por su nueva reelección. Ignoró el 21 de febrero de 2016 que le impedía una nueva reelección

Ahora está en tiempos diferentes. Llegó al gobierno apoyado por gran parte del mundo como líder de un sector marginado desde tiempos coloniales. En una actitud que muchos vieron como reparatoria de esa conducta opresiva, la realeza española, algunos de cuyos exponentes llegaron a preguntarse si debían considerar a los indígenas como seres con alma,  estuvo entre los primeros sectores en brindarle amplio respaldo.

Poco a poco, esa comprensión hacia el líder indígena se fue nublando, ante el carácter autocrático que asumía el gobierno indígena.  La marcha de los indígenas del oriente  y la brutal represión que sufrieron de la policía para impedirles avanzar hacia La Paz, empezó a cambiar la percepción  del mundo  sobre Morales y su regimen.

Para su fortuna, el tema de la derrota en La Haya no fue abordado durante la campaña electoral en la que, como rival de Morales, participó el ex presidente Carlos Mesa, portavoz de la causa boliviana durante la fallida gestión que acabó en octubre del año pasado.

Este 20 de octubre transcurrió concentrado en la votación presidencial. Nadie recordó que ese día, en 1904, Bolivia había puesto punto final a la contienda de la Guerra de la Guerra del Pacífico que le mutiló la salida al mar.

Nadie evocó  la fecha, lo que puede ser excusable por toda la historia que encierra y que nadie en Bolivia querría recordar.

Es cierto que gran parte de la responsabilidad de la derrota diplomática con Chile es de la cancillería, pero no parece razonable que el cabecilla de la gestion que cerró el capítulo más doloroso de la historia boliviana la hubiese ignorado cuando buscaba un nuevo mandato.  Lo mismo vale para sus rivales.

En la turbulencia

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Santa Cruz cumplió esta semana cinco días de paro cívico indefinido, en un movimiento nacional de resistencia a la intención del presidente Evo Morales de alzarse con un nuevo período gubernamental de cinco años, y de reafirmación del propósito de extender su gobierno sine die.

Hasta ahora, es uno de los bloqueos más dilatados de la historia nacional y, en su dimensión nacional, uno de los más  prolongados del mundo. El movimiento solo tiende a agravarse y a cobrar mayor vigor en todo el país, que este fin de semana, tras la decisión de La Paz de bloquear sus vías de transporte, era una nación bloqueda por entero.  

Cochabamba está bloqueada desde el miércoles. Su condición de centro geográfico del país, cierra todo el transporte nacional. Con decisiones similares puestas en marcha  por Potosí, Chuquisaca, Oruro, Tarija y Beni, el país entero quedó bloqueado. En comparación, eran juego de niños los bloqueos que se dieron en los años de 1990 y comienzos de este siglo al mando del actual presidente.

La gran pregunta que dominaba el país era si el mandatario cederá y dará  lugar a una nueva elección bajo la tutela de nuevas autoridades electorales.La designación de un nuevo Tribunal Electoral es una demanda que crece y se expande por doquier en el país.

Puesto que la fuerza policial  no ha conseguido intimidar y sofocar el estado de rebelión civil nacional contra los propósitos del gobierno,  la carta que quedaría por jugar sería la que involucraría a las Fuerzas Armadas.

Pero incluso esa mera posibilidad, que muchos ven como demencial y sin destino, estaría descartada de antemano tras la decisión de la OEA y la Unión Europea.  Ambas organizaciones se  han inclinado por una solución que conlleve una nueva elección y han dejado al Estado Plurinacional sin espacios geopolíticos para moverse, a menos que busque apoyos en Rusia, Irán, China, Cuba o Venezuela. Pero eso motivaría el ingreso al escenario de manera directa de Estados Unidos, Brasil o de la OEA y la Unión Europea. El cuadro es totalmente improbable.

En el lugar  donde ha llegado el régimen del Presidente Morales no  aparece una salida de vencedor, como solía ocurrir en otras crisis. Ahora parece estar entrando a un área de arena movediza en la que se hunde más cada vez que intenta movimientos para salir a su manera. De las escasas cartas que le quedan en la baraja, solo están las que implican perder más o menos honrosamente. Ellas incluyen la salida propuesta por la UE y la OEA.

Si bien el  paro  indefinido no puede prolongarse demasiado, el gobierno tampoco puede aguantar una situación que lo lleva a perder cada vez más adeptos y que hacen más probable los choques violentos que los analistas sostienen que no le darán victoria.

Este fin de semana y los  primeros de la próxima tienen rostro de  jornadas decisivas.

Persiste la tensión

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A pocas horas de que el Tribunal Supremo Electoral concluyese el conteo de votos de la elección presidencial del domingo, la tensión política en Bolivia aumentaba y no se veía en el horizonte una salida pacífica al antagonismo en que está sumido el país. Repetidos incidentes a lo largo del día han vuelto más difícil la tarea asumida por observadores de organismos internacionales y de los propios diplomáticos de cuyos informes dependerá mucho de lo que sus gobiernos decidan respecto al ganador de los comicios. Evo Morales y sus seguidores mantienen la seguridad de que ganaron la elección, si bien las denuncias de un un fraude monumental los ensombrece.

Las denuncias incomodan a los diplomáticos bolivianos que el miércoles deberán defender a su país en una asamblea del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA), convocado a solicitud de varios países de la región para discutir la crisis en que está envuelto el país.

La policía se vio acosada en todas las ciudades por grupos de ciudadanos, especialmente estudiantes, que protestaban frente a los edificios de las cortes departamentales y tuvo que disparar gases lacrimógenos en abundancia para dispersar a los manifestantes y defenderse. En Riberalta, al noroeste boliviano, un grupo de manifestantes derribó una estatua de Hugo Chávez y la apedreó con intención de destruirla. La misma estatua había sido derribada otras veces pero nunca arrancada de su pedestal. Esta vez fue aún peor, pues degollaron la estatua y, en una motocicleta, llevaron la cabeza a la residencia del alcalde del lugar.

Chávez era uno de los principales amigos del presidente Morales y bajo su primer gobierno fue financiada y asfaltada una carretera de 100 kilómetros con la ciudad vecina de Guayaramerín, frente a la frontera con Brasil. Fue la primera carretera asfaltada en todo el noroeste boliviano.

La misión de observadores de la OEA sembró multitud de dudas sobre la limpieza del escrutinio al señalar, en un informe preliminar, que le sorprendía la tendencia que colocaba al rival de Morales, el ex presidente Carlos Mesa, con una votación muy cercana a consolidarlo como ganador en la primera vuelta, con una diferencia de poco más del 10 por ciento de los votos.

La inquietud ciudadana con la incertidumbre política se trasladó durante toda la jornada a los supermercados y centros de abasto a los que miles de consumidores acudieron para comprar alimentos. El movimiento de consumidores se acentuó ante la decisión del Comité Cívico pro Santa Cruz de declarar un paro regional indefinido a partir de las 10 de la noche de hoy. La extrema medida ha sido pocas veces impuesta en esta ciudad, el centro económico de Bolivia.

En la noche, por un correo electrónico se divulgó la noticia de queMorales había sido reelecto con lo justo para imponerse (46.8 pc vs 36.7 pc de la votación). La información era atribuída a CubaDebate.

Evo asegura nuevo quinquenio

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De manera sorpresiva, el Tribunal Supremo Electoral dio esta tarde la victoria al presidente Evo Morales y le aseguró cinco años más en el mando de Bolivia, hasta 2025, en la tensa disputa que lo enfrentaba al ex presidente Carlos Mesa.  Morales ganó su cuarta elección presidencial por poco más de 10 puntos porcentuales, de acuerdo a un sistema de conteo rápido que evita el lento conteo tradicional. Fue la victoria más estrecha desde que llegó a la presidencia por primera vez, con el 54 por ciento de la votación.

Morales triunfó, de acuerdo a los datos del TSE, gracias a  los votos rurales, que le permitieron una ventaja matemáticamente inalcanzable. El único anterior conteo oficial brindado anoche por el TSE cubría solo el 85 por ciento de la votación y el segmento que quedaba correspondía al voto campesino. Para asegurar un triunfo que cerrase la puerta para la hasta entonces inminente segunda vuelta, Morales tenía que ganar casi todo el remanente por recontar. Lo obtuvo. Y se declaró ganador sin que el TSE lo proclamara.

Que el conteo hubiese sido suspendido a esa altura del cómputo la noche anterior, ocasionó multiples especulaciones y sospechas de fraude electoral entre sus opositores. Ha habido casos similares en América Latina y el conteo cambió de dirección. Los defraudadores tuvieron dificultades para gobernar.

En varias ciudades hubo manifestaciones adversas a la cuestionada victoria del líder campesino y choques con fuerzas de la policía desplegadas para proteger los recintos electorales. 

Las tensiones políticas en Bolivia parecían intensificarse esta noche.

Torbellino

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Estos días se escucha con frecuencia afirmar que los regímenes autoritarios no se van del gobierno con votos. Se van a la fuerza. Mucho más si a su alrededor se ha levantado un gran cerco que han hecho creer al líder que todos los sectores populares lo idolatran, incluso empresarios privados y banqueros le dicen que es imprescindible, que sin él sobrevendrá el caos, incluso desaparecerán la luna y el sol. Quiere solo ¨un período más¨ después de tres consecutivos con un total que, por ahora, son 14 años.  Eso implica que la sociedad civil debe organizarse para asegurar el respeto a las vías democráticas.  

El presidente Evo Morales dijo anoche que no reconocería victoria que no sea la propia y que esperaría el conteo de todos los votos, que hasta esta mañana había llegado al 83 por ciento. Eso significaba esperar unos dos o tres  días más, pues hay votos remotos en la selva amazónica y en el altiplano que supone que lo favorecerán,  lo que evidenciaba su inclinación por la confrontación:  ¿aceptará perder?

Bolivia vivía estas horas momentos de alta tension, como anticipo de un torbellino político.

En todos estos años el presidente y su Partido repitieron machaconamente el concepto plrinacional, pero ahora cuando llega la hora suprema de la prueba, se resiste a aceptar derrotas. Plurinacional implica también transferir el poder, en un marco democrático con predominio de la mayoría

La posición, que huele la hipocresía, estaba bajo análisis en las principales cancillerías del continente. El presidente que ha favorecido la confrontación cuando estaba seguro de ganarla, nunca sospechó que gran parte del país se votaría contra sus metas reeleccionistas.

¨Ganamos una vez más¨, proclamó el domingo en la noche.  ¨Vamos a esperar el ultimo escrutinio. Confiamos en el voto del campo¨. Su rostro exteriorizaba cierta verguenza por no haber ganado, hasta ese momento, la primera vuelta.

Parte fundamental del problema que vive Bolivia es que hay bastante más en este juego que el que representan el propio presidente y su partido. Es que está en juego un gran esquema politico mundial que incluye a Cuba, Nicaragua y Venezuela en el hemisferio.

Si el presidente Morales tuviera que ceder la presidencia se debilitarían, Venezuela (aún más) lo mismo que Nicaragua y Cuba. Eso equivaldría a una hecatombe para  la izquierda mundial.

Así como los movimientos izquierdo-comunistas corrieron en 1990 para organizar el Foro de Sao Paulo cuando la izquierda mundial se desplomaba con el derrumbe de la Unión Soviética y sus satélites, ahora tratan de proteger a Morales. Como las patas de una mesa, su separación del gobierno, desequilibraría todo. La mesa no podría sostenerse firme y todo el movimiento internacional quedaría gravemente afectado.

La elección democrática es la mayor amenaza para las dictaduras. En Cuba hay elecciones, pero solo con candidatos designados por un Consejo de Estado, cuyos 31 miembros pertenecen al Partido comunista.  Cuando hubo elecciones libres para designar a la primera asamblea nacional en Polonia,  el PC ganó solo uno de los 100 escaños del cuerpo legislativo. Fue el campanazo al que siguió la caída plena de la Unión Soviética.

El capítulo que vive Bolivia aún no ha alcanzado un desenlace. En la mejor hipótesis, vendría una nueva elección el 15 de diciembre.

Actualización vespertina

En medio de una tension política creciente en todo su territorio, Bolivia continuaba sin conocer los resultados finales de la elección del domingo, con dos líderes reclamando Victoria para sus candidaturas. De la corriente Socialismo del Siglo XXI Evo Morales, quien resiste la posibilidad de medirse con Carlos Mesa en una segunda Vuelta, parecía al borde de proclamarse vencedor de la contienda, que le permitiría mantenerse con las riendas del país por un quinquenio más, fuera de  los 14 años que lleva conduciendo a Bolivia. Mesa, favorito para la segunda vuelta si Morales no logra vencerlo de manera categórica en la disputa electoral cuyo escrutinio aún  está indefinido, confía en doblegar al líder tropical-cocalero.

El arma principal de Mesa, a quien el propio Evo designó portavoz de la demanda marítima de Bolivia ante Chile, disputa sesquicentenaria ganada por Chile el año pasado en La Haya, sería su capacidad oratoria y su dominio de historia boliviana, frente a la retórica sindicalista de su rival.

Ante las urnas

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A solo horas de ir a votar en una nueva elección presidencial, el país oscila entre un humor oficialista propulsado por un optimismo desproporcionado, y el temor a un fraude monumental capaz de ahogar la voluntad ciudadana. No existe en Bolivia un antídoto contra el fraude salvo el que deviene de una educación ciudadana,  capaz de estimular en la conciencia del elector una votación responsable, que dicta que el fraude es malo, lo mismo que robar,  mentir o estafar. Peor todavía: que es una manera, en escala individual, de acribillar la democracia.

Estas elecciones se han convertido en una apuesta gigantesca. Las que hoy celebramos se presentan como uno de los momentos decisivos de la historia nacional. Con un pasado en que los fraudes electorales, hasta el advenimiento de  la democracia, en 1982,  eran sello característico de los gobiernos y partidos populistas. Al aproximarse la hora de las urnas todavía se levanta la pregunta incómoda sobre si los bolivianos hemos conseguido desterrar ese vicio.

La cita  llega precedida del cabildo gigante del viernes antepasado en Santa Cruz, con bastante más de un millón de participantes, uno de los más concurridos de nuestra historia y entre los mayores en América Latina. El celebrado en La Paz días después tuvo similar dimension, lo mismo que el de Cochabamba, en su propia magnitude, al igual que en otras ciudades.

Uno de sus propósitos fundamentales de esas concentraciones ha sido la defensa de la democracia que se opone a la imposición de candidaturas prohibidas por ley. En la defensa de la normas democráticas no caben ¨el pueblo me lo pide¨, o ¨necesito un período más¨.

Sumadas las partipaciones ciudadanas, nadie podría negar que las que demandaron respeto al voto ciudadano han sido notoriamente mayores  respecto a las que las que lograron las concentraciones promovidas, en muchos casos como obligación,  en favor de la candidaura del gobierno. Aquellas  han levantado una muralla cívica que resultaría peligroso desafiar.  

Más peligroso es todavía anunciar resistencia armada a cualquier triunfo que no sea el de la candidatura oficial. Se pone así en evidencia una tendencia absolutista, típica de regímenes dictatoriales con los que Bolivia no comulga. Esas tendencias, una vez alcanzada la meta de alcanzar el poder, suelen  amarrarse a él y no cederlo por vías democráticas. Más todavía: Queda en evidencia el temor de perder que ha empezado a abrirse paso en filas gubernamentales.

Cualquier tendencia que se imponga debe tener muy claro que democracia es actuar de acuerdo a las normas legales. Y, sobre todo, respetar los derechos de la mayoría, así como éstas deben respetar los de las minorías.  

Hacia el federalismo

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El cabildo del viernes en Santa Cruz ha colocado la piedra fundamental para erguir el sistema federal, que incrementa la libertad de acción y autonomía de las instituciones que constituirían Bolivia. De aquí en adelante,  nadie podrá ignorar que bastante más de un millón de bolivianos dio un paso para ejecutar el útimo intento de dotar al país de un sistema de gobierno estable, con el que se camine con más energía hacia un desarrollo  económico y social equilibrado de toda la nación. Es el  desafío institucional más grande que se plantean los bolivianos en casi dos siglos de historia.

A solo dos semanas de las elecciones presidenciales, la decisión cruceña coloca una piedra gigante en el camino de la candidatura del presidente Morales, empeñado en su tercera reelección, o cuarto mandato. Si consiguiese la meta, que le permitiría estar a la cabeza del gobierno durante veinte años contínuos, período sin precedentes en Bolivia y con raros ejemplos en el mundo actual, tiene de antemano numerosas interrogantes. El primero se refiere a su futuro político: partiría de antemano con más de un millón de opositores solamente en Santa Cruz. Si, en hipótesis, se sumara a la oposición de los demás departamentos, con todo el apoyo que pudiese tener, para el presidente equivaldría a equilibrarse sobre una plataforma rodante. No podría gobernar.

Mucho menos cuando el mundo bajo el que llegó al gobierno ha cambiado y es cada vez mayor el repudio hacia regímenes autoritarios, de los que salen los mayores amigos de la Bolivia actual: Rusia, China, Irán, Turquía, Nicaragua y Cuba. Ha cambiado también la suerte de los precios de las materias primas, con los cuales el país se gana la vida. Los ingresos por exportaciones declinan desde hace más de cuatro años y han perdido un 20% a 25% respecto a los valores récord de 2014, cuando el Instituto Boliviano de Comercio Exterior contabilizó 16.970 millones de dólares. Preguntémosle a cualquier empleado público qué haría si le rebajan al sueldo ese porcentaje.

Por todo lo visto, la del viernes ha sido una de la mayores concentraciones en la historia nacional. Poblaciones enteras de las ciudades aledañas, especialmente de Montero y Warnes, se  volcaron  hacia Santa Cruz.

Siempre al ataque a sus opositores, esta vez el presidente permaneció mudo. Se concentró en su campaña e ignoró las imágenes que mostraba la mayoría de los canales de TV.

Si se agrega la contrariedad que ha causado la tenacidad del presidente en negarse a declarar desastre nacional por la tragedia que vive la Chiquitania, que facilitaría el acceso de ayuda humanitaria del exterior, la animosidad cruceña hacia su gobierno y su partido, la oposición ha crecido en espiral. La tragedia, aunque en escala menor, ha azotado también a regiones del Beni, Tarija, La Paz y Pando. Ya pocos creían en la encuesta que asignó al presidente y su partido un crecimiento que colocaría al oficialismo muy cerca de ganar la contienda en primera vuelta. El descrédito del sondeo ya era mayúsculo antes del viernes del cabildo.  Hay que imaginar cómo lo es en estas horas.

El cabildo decidió asignar a cada uno de los asistentes la responsabilidad de gestionar asistencia externa para aliviar el desastre. Cómo resultará esa orden, no es previsible pero con seguridad derivará en una contrariedad adicional para el gobierno.

No es casualidad sino característica de regímenes de izquierda evitar ayuda externa en tiempos de desgracias naturales. Hugo Chávez hizo lo mismo a principios de siglo, cuando la costa occidental venezolana desapareció en mares de lodo. Tras un intercambio telefónico con Fidel Castro, mandó de vuelta a un trio de barcos norteamericanos que se dirigía a Venezuela.

Tampoco será fácil de cumplir el ultimatum que dio el presidente del comité cívico, Luis Fernando Camacho, el orador principal del cabildo, quien dio un  plazo de cinco días para derogar medidas que facilitaron los incendios y para que el INRA desaloje asentamientos ilegales hasta este lunes 7 de octubre al mediodía. La contrapartida sería desconocer en todo el departamento las normas dictadas por el gobierno.