Biblia

Quema biblias

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El espectáculo  intolerante de hace un par de semanas da para hacer comparaciones con Fahrenheith 451, de Ray Bradbury, el novelista estadounidense que, con ese título, imaginó un mundo en el que un gobierno tiránico combatía las fuentes del conocimiento y la cultura. Odiaba los libros y los había prohibido pues, como transmitían conocimiento, eran sus enemigos. Por eso sus hordas quemaban los libros dondequiera que los encontraban. No se salvaban bibliotecas publicas ni privadas. En ese mundo se formaron grupos para preservar obras básicas. La misión de cada miembro del grupo era leer un libro y aprendérselo de memoria antes que desapareciese calcinado por las hordas anti-conocimiento. Y luego repetirlo en sesiones secretas para que ese conocimiento no desapareciese. Por eso, cada personaje llevaba el nombre del libro que había leído y conseguido memorizar.

Evoqué a Bradbury y su famosa obra de ficción cuando me enteré que en La Paz, tras la declaratoria del 12 de octubre como un día de luto, un grupo de intolerantes había quemado ejemplares de la Biblia al pie del monumento a Cristóbal Colón. El acto no fue sólo un ultraje a la obra más difundida y más fecunda de la historia humana. Fue también una forma de agredir a los católicos, que suman casi el 80% de la población boliviana, y a un 15%-18% de miembros de religiones cristianas no católicas. Todos tienen como común denominador algún conocimiento de la biblia, y casi no existe hogar cristiano que no conserve un ejemplar en algún lugar privilegiado de la casa.

El acto profano del 12 de octubre me llevó buscar una opinión en la secretaría del Arzobispado de Santa Cruz, sede del Cardenal Primado Julio Terrazas.  Se me dijo que “el caso ya es de conocimiento del Señor Cardenal y de los obispos de Bolivia”, quienes “lamentan estos casos de intolerancia y falta de respeto al pueblo católico”.

El acto cometido en La Paz es considerado sacrílego y sobre sus ejecutores ha caído la excomunión. Pues si al profanar la Eucaristía se comete un acto sacrílego, hacerlo con la Palabra, expresada en la Biblia, es también un acto sacrílego.

No es preciso ser un gran analista para suponer de dónde vienen estos ataques a obras religiosas y del pensamiento religioso universal, ni desde dónde son alentados.

En Fahrenheit 451, temperatura bajo la cual el papel arde y se vuelve cenizas, el principal cruzado anti-conocimiento ve una realidad diferente cuando una joven le cuenta cómo era el mundo cuando la gente leía libremente y no vivía perseguida ni aterrorizada. Se vuelve, entonces, defensor de los libros, pero tiene que vivir escapando de aquellos a quienes antes comandaba.

En el caso de los “quema biblias”, éstos no deberán recibir la comunión pues se encuentran en lo que la moral católica considera “pecado mortal”.  Están excomulgados. Protagonistas y mandantes.