De vuelta al pasado

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 Las jornadas vividas por Bolivia esta semana han sido un retorno al pasado que ya casi habiamos olvidado. El país ha sido colocado ante una disyuntiva cuyo costo es difícil estimar: forzar la renuncia o abandono de la presidencia por parte del presidente Evo Morales, o dar paso a una salida  peligrosa que nadie querría, forzándolo a irse. Sin grandes amigos allende fronteras y sin los recursos gigantes de los pudo disponer, este ultimo camino luce ahora como el más probable.

Bolivia ha vivido  jornadas de protestas violentas, que parecían pertenecer al pasado, antes de la reinstalación  de la democracia a fines de 1982, y a los años convulsos que  precedieron al  gobierno del Movimiento al Socialismo de Evo Morales. Entre el lunes y el jueves hubo decenas de heridos y versiones sin confirmación sobre víctimas fatales en diversas zonas del país.

El pasado ha vuelto con ímpetu renovado, presidido por un gobierno que generó muchas esperanzas de redención y que durante algunos años contó con recursos que le habrían permitido, bien administrados, alcanzar una redención ejemplar para las clases originarias que se buscaba redimir. Se le escurrió por las manos la posibilidad de crear una gran normal de normales que educase a los que debían educar a las siguientes generaciones de maestros y a construir los cimientos sobre los que se forjase a las nuevas generaciones.

A mediados de semana, como muestra de que en el país no existe la normalidad, multitudes de campesinos se instalaron en la Plaza Murillo y adyacencias para proteger al gobierno. Testigos de esa actitud  protectora han sido decenas de letrinas instaladas en los alrededores del histórico lugar para que los defensores del gobierno puedan aliviar sus necesidades con cierto pudor. 

Estos días, áreas enteras de las distintas capitales  se han convertido en campos de batalla entre manifestantes rivales, a pedradas, palazos, petardos y balines. La Bolivia del pasado era  un sueño tranquilo y se había retornadeo a una realidad que despues de mucho tiempo era de nuevo parte del diario vivir.

El lunes, martes y miércoles el gobierno estuvo ante la peor andanada de protestas contra el cómputo electoral del domingo, que toda la oposición  ve como fraudulento, para favorecer el cómputo a favor del  gobierno. El regimen está empeñado en una cuarta presidencia para Morales, con la que podría cumplir veinte años a la cabeza de los destinos del país. Las capitales departamentales son los centros de la mayor rebelión civil que enfrenta este gobierno. En otros tiempos, esta rebelión  habría provocado renuncias y cambios de gobierno.

Esa expresión era pecaminosa hasta hace un tiempo, pero ahora se la escucha diariamente, resultado del carácter autocrático y soberbio asumido por el gobierno. En un medio como el boliviano, con una historia de luchas largas y penosas por llegar a una democracia estable y vigorosa, no son un buen augurio las batallas callejeras que encabeza el Movimiento al Socialismo opuesto a las críticas al gobierno acusado de perpetrar fraude.

Lo visto en los últimos días, y lo mostrado por  la TV desde la mayoría de las ciudades, anticipa las dificultades que tendrán el presidente y su partido para gobernar un período más.  Salvo una dictadura plena, con total respaldo militar y de fuerzas extranjeras.  A eso habría que sumar una avalancha de problemas económicos y sociales  que muchos advierten que está tocando las puertas.

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