Día: octubre 27, 2019

¿En el mismo camino?

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 Ni en sus peores pesadillas la sociedad venezolana imaginó que sus insatisfacciones iban a desembocar en el socialismo del siglo XXI al que la ha llevado Nicolás Maduro. Con esta conclusión, resulta sorprendente que haya sociedades vecinas, como la boliviana de Evo Morales y su Movimiento Al Socialismo, aún empeñadas en llegar a ese caos que ha llevado al exilio a cerca de cinco millones de venezolanos. 

La violenta y rápida metamorfosis de la riqueza a  la pobreza ocurrió en el transcurso de una sola generación. Moisés Naím (El fin del poder, minotauros y tigres de papel, entre otras publicaciones) nos expone, dentro de una trama sentimental y política, el escenario en el que se construyó ese fenómeno.

Venezuela tenía todas las condiciones para no caer en el desastre al que ha llegado. La corrupta administración de su riqueza petrolera la hacía creer protegida de los males que aquejaban a sus vecinos del continente. Pero, más bien, apretó el gatillo que echó al suelo su creencia de estar próxima al paraíso de la modernidad que anticipaban las élites políticas. Su experiencia como político (fue ministro del segundo gobierno social-democrático de Carlos Andrés Pérez, que buscaba reconducir a su país)  fue parte del denso bagaje que lo ha convertido en reputado analista internacional, uno de los más versados en su país y temas latinoamericanos.

Dos espías en Caracas (Penguin Random House, Buenos Aires, 380 páginas)  es una ficción en la que se deslizan agentes de la CIA y el G-2 cubano en la capital venezolana. A cargo de Venezuela, los dos jefes de estación se enredan en un romance, a lo largo del cual ocurren muchos incidentes de los últimos años del siglo pasado y comienzos del presente.

Una originalidad de la obra-novela: ninguno de los agentes conoce el trabajo específico del otro y la trama sigue con detalle el curso histórico de los últimos 30 o 40 años de la vida venezolana, con relieve en los episodios que hicieron noticia en todo el mundo. Los episodios cobran vida a  través del espionaje. Los enamorados se mueven en campos opuestos y hacen de toda la trama una versión novelesca que no se puede parar de leer.

Quienes han vivido en Venezuela durante los años en que se desliza la trama, leerán la obra con la avidez generada por episodios conocidos y que el autor, con cuidadosa habilidad, convierte en una novela apasionante. A ratos uno no sabe si está leyendo una obra histórica o una historia convertida en romance.  

Gracias a Librería Litexa, que recientemente abrió una sucursal en Santa Cruz,  me encontré con la obra. Con su nombre ya conocido en gran parte de  los grandes diarios, Naím dio el salto a la novelística con un tema familiar para gran número de latinoamericanos: el crepúsculo democrático venezolano después de haber sido el país que más había practicado la democracia tras la dictadura feroz de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958).

Fue poco a poco pero en relativamente corto tiempo que el comandante Hugo Chávez convirtió a Venezuela  en el primer  país marxista-leninista de América del Sur. Con la ideología y los programas populares, vinieron decenas de miles de cubanos, gracias a acuerdos especiales firmados entre Fidel Castro y el líder venezolano. No se realizó un empeño semejante en educación.

Irónicamente, mientras el comunismo moría en el país donde primero se  instaló, renacía en la nación petrolera más rica del mundo al mando de un arrojado teniente coronel, cuyo país contaba con vastos recursos financieros y las más grandes reservas petrolíferas del planeta. Hugo Chávez tuvo una fortuna adicional: los años de mayores ingresos para Venezuela resultaron de un aumento colosal de los precios del  petróleo, que sólo empezaron a declinar en 2014, un año después  de  la muerte del comandante venezolano.

Naím nos trae  pasajes que reconfirman el nombre de “Venezuela saudita”, que se le dio por los gastos gigantescos y extravagantes , como joyas deslumbrantes que, sin mayor pudor, lucían esposas, novias y parientes de los ricos, así como fiestas que costaban millones de dólares, con invitados traídos desde sus países en aviones especialmente fletados, whisky a raudales de 5.000 dólares la botella y otras golosinas.

Un acápite que parece importante citar está ligado al armentismo venezolano y los aviones supersónicos que Venezuela adquirió de Rusia y que no pudieron hacer el viaje en flota con el comandante. Resulta que no  había pilotos venezolanos entrenados para hacerlo. El comandante –en la novela de Naím y probablemente también en la realidad– no tenía aviadores que supiesen pilotear la versión más moderna de la aviación rusa, pues no habían recibido entrenamiento. ¿El motivo? El comandante, en la novela de Naím, tenía recelo de que los nuevos aviones, con pilotos entrenados, serían un arma poderosa para eventuales conspiradores.

Con Venezuela siempre cerca de la realidad boliviana, la obra de Naím resultará de interés indudable.

Entonces y ahora, la historia se repite

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En julio de 1978 Bolivia vivía momentos cargados de tension. El general Hugo Bánzer Suárez había perdido la batalla diplomática iniciada en Charaña, un poblado inhóspito de la frontera con Chile donde, con el general Augusto Pinochet, restableció relaciones diplomáticas. Habían pasado 13 años años desde la ruptura de 1962, causada por el desvío de las aguas del rio Lauca.  

La derrota de Charaña había colocado la política boliviana sobre un campo minado y el gobierno estaba cercano a un jaque mate. Políticamente, había perdido sustento. Al haber jugado con la  principal aspiración boliviana y perdido la batalla, el regimen parecía  insostenible. Un centro de molestia estaba en las Fuerzas Armadas, cuya razón institucional de ser era la causa marítima.

Al cabo de tres años de gestiones infructuosas, Banzer rompió de nuevo relaciones con su vecino.

El turbión se llevó la dictadura de Banzer, ahora de la mano de un nuevo hombre fuerte: el general de Fuerza Aérea Juan Pereda Asbún. Pero fue solo el comienzo de un nuevo ciclo militar que acabaría solo al ser reinstalada la democracia en Bolivia, a fines de 1982.

El nuevo rompimiento de relaciones con Chile era consecuencia de la frustración que el fracaso de Charaña había causado en toda Bolivia. Ante la demanda  para que renunciara tras el fracaso de su política hacia Chile, exigencia que abarcaba a altos jefes y jóvenes militares, decidió probar su fuerza política y convocó a elecciones generales. El general Juan Pereda Asbún fue su candidato, a la cabeza de Acción Democática Nacionalista (ADN), que Banzer había fundado.

 Pereda ganó la elección con una avalancha de trampas. Papeletas computadas ensusiaban las calles, ánforas rotas en las esquina del lugar donde funcionaba el centro de computación, votación doble y triple, incluso de difuntos, etc. empañaron la elección y marcaron al candidato oficial. Banzer decidió anular las elecciones. Pereda entonces golpeó a Bánzer y, el resto es historia conocida.

Evo Morales decidió reemprender el camino diplomático y al no lograr mayores avances para alcanzar la máxima aspiración diplomática boliviana, se dirigió a La Haya con la esperanza de conseguir apoyo de la corte mundial de justicia.

Esta vez, con la útima carta boliviana y desengañado de las esperanzas que tenía en Michele Bachellet, se jugó conscientemente el todo por el todo. La Haya falló diciendo que Chile no había adquirido ningún compromiso con Bolivia para negociar acuerdo alguno para otorgarle una salida al mar.

Fue la peor derrota diplomática de Bolivia y el cierre de las puertas para negociar una solución para la máxima meta boliviana. La caída anuló más de un siglo de esfuerzos  y triunfos de la diplomacia boliviana. Chile declaró que, en cualquier caso, no negociaría con Morales.  

Morales se limitó a archivar  la derrota boliviana, de la que formalmente no se responsabilizó. Las Fuerzas Armadas, quizá sin evaluar los alcances de la fatalidad, no emitieron ningún pronunciamiento conocido.

A patir de ahí, el mandatario apretó a fondo el acelerador para buscar su reelección como presidente y el domingo, aniversario de la firma del tratado por el cual Bolivia cedió todo su litoral a Chile, Morales acudió a votar por su nueva reelección. Ignoró el 21 de febrero de 2016 que le impedía una nueva reelección

Ahora está en tiempos diferentes. Llegó al gobierno apoyado por gran parte del mundo como líder de un sector marginado desde tiempos coloniales. En una actitud que muchos vieron como reparatoria de esa conducta opresiva, la realeza española, algunos de cuyos exponentes llegaron a preguntarse si debían considerar a los indígenas como seres con alma,  estuvo entre los primeros sectores en brindarle amplio respaldo.

Poco a poco, esa comprensión hacia el líder indígena se fue nublando, ante el carácter autocrático que asumía el gobierno indígena.  La marcha de los indígenas del oriente  y la brutal represión que sufrieron de la policía para impedirles avanzar hacia La Paz, empezó a cambiar la percepción  del mundo  sobre Morales y su regimen.

Para su fortuna, el tema de la derrota en La Haya no fue abordado durante la campaña electoral en la que, como rival de Morales, participó el ex presidente Carlos Mesa, portavoz de la causa boliviana durante la fallida gestión que acabó en octubre del año pasado.

Este 20 de octubre transcurrió concentrado en la votación presidencial. Nadie recordó que ese día, en 1904, Bolivia había puesto punto final a la contienda de la Guerra de la Guerra del Pacífico que le mutiló la salida al mar.

Nadie evocó  la fecha, lo que puede ser excusable por toda la historia que encierra y que nadie en Bolivia querría recordar.

Es cierto que gran parte de la responsabilidad de la derrota diplomática con Chile es de la cancillería, pero no parece razonable que el cabecilla de la gestion que cerró el capítulo más doloroso de la historia boliviana la hubiese ignorado cuando buscaba un nuevo mandato.  Lo mismo vale para sus rivales.