A bajarse los pantalones

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Uno podría creer que no hay nada más para escribir respecto al juicio del siglo.  No es así. Solo en los últimos dos meses han ocurrido escenas rocambolescas equivalentes a un proceso que lleva seis años desde su traslado a Santa Cruz en 2013, a cuatro de los acontecimientos violentos  que  le dieron origen, en 2009.  Incluídas las actas ordinarias, hay miles de páginas escritas, (yo he escrito ¨Labrado en la memoria¨, un recuento de más de 800 páginas presentado en la Feria del Libro de Santa Cruz en 2017) y aun quedarían muchas  para ser registradas. Algunas dicen toneladas de quienes  actúan desde lejos o actuaron desde la testera del juicio, en el tercer piso del edificio de la corte de  justicia en Santa Cruz.  Algunos episodios han ocurrido en  los dos últimos meses con fuerte impacto en las sesiones,  con vocabularios y entonaciones cercanas al mejor estilo de las  peleas en los tambos.

A comienzos de  junio, una de  las jurados renunció al equipo del juez Sixto Fernández, diciendo a viva voz que no podía soportar más la presencia de la secretaria del tribunal, ¨la doctora Chávez¨, según la llamó, y anunció que se retiraba del juicio. ¨Esa señora no debería estar aquí¨, espetó con indignación a punto de desbordarse. Con alguna fórmula  persuasiva que no detalló, el juez logró convencerla que continuase presente. Fue la segunda vez  que la juez ciudadana amenazaba públicamente con irse. Era obvio que entre las dos funcionarias había un abismo insalvable y desconocido para la mayoría en la sala de audiencias.

Incidentes aún mayores derivaron la semana que pasó en una situación extraña, cuando un reo tuvo que bajarse  los pantalones y doblarse boca abajo, mientras el forense, en la sala vaciada minutos antes por orden del juez, dispuso que  el acusado Alcides Mendoza Masavi, exhibiera cuanto pudiese la gravedad de una hemorroides que afectaba al ex dirigente de la Unión Juvenil Cruceñista. El juez había ordenado un examen ocular a cargo del forense para determinar si el caso ameritaba una cirugía, y por consiguiente un retraso del juicio que preside, basado en una supuesta conspiración, con derrota del ejército nacional y la instalación de  una nueva nación en el continente sudamericano.

La revisión y  los incómodos malestares del acusado contrariaban el propósito de llevar el juicio con celeridad, en un trayecto que ya lleva media docena de años. El examen y  la cirugía eran otro traspié en el dilatado calendario del juez.

En un ambiente en el que las humillaciones frecuentes sobre los sometidos a la justicia boliviana son ofensas de todos los días que ni siquiera dan lugar a reclamos y rara vez son registrados en la prensa escrita, Alcides Mendoza, que días despues cumpliría 53 años, soportó la que describió como la humillación mayor de su vida con todo el estoicismo que le fue posible reunir. Dijo que estuvo en el área que sobresale en la sala y que opera como  tarima desde la cual el  juez, los fiscales, el jurado y la defensa presiden las sesiones en el segundo piso del Palacio de Justicia.

Para contariedad mayor, la opinion del forense fue que el avance agresivo de la hemorroides requería de una  cirugía,  pero no había hospital público disponible pues los medicos ingresarían al día siguiente a un paro de 48 horas.  Se esperaba que esta semana fuese atendido.

El  juez había negado que el examen ocular ocurriese en algún hospital próximo y escogió su perímetro de mayor poder: su propia área en las audiencias. La cirugía se realizaría esta semana en el hospital San Juan de Dios, a  unas cuatro cuadras del Palacio de Justicia.

En las sesiones siguientes Mendoza permaneció en la sala apoyándose sobre una almohada circular, adecuada al tipo de dolencia que lo aquejaba. Las cámaras que registran  todas las ocurrencias, deben haber grabado el episodio, incluso las horas que estuvo acompañado del almohadón sobre el que podía aliviar el incómodo malestar.

No ha sido el único caso de hemorroides que perturba el juicio penal más dilatado de la historia boliviana. Tiempo atrás, una de las jueces había sufrido el mal, pero pudo hacerse curar en un hospital de La Paz, con todo lo necesario para asegurar un  tratamiento y convalescencia normales.

Nadie del Jurado, el juez y las jueces que lo acompañan, ha sido immune a las dolencias. El propio juez Fernández estuvo internado algunas semanas por las complicaciones en su salud y las sesiones tuvieron que ser suspendidas.

(*) Crónica publicada en el diario paceño Página Siete, 7/25/2019

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