Día: abril 2, 2019

La vida en un país que agoniza

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POR Claudio Nazoa. Tomado de El Nacional, edición de hoy, 2 de abril. Esta vivencia no requiere de presentación alguna.

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Quienes me conocen saben que soy un guerrillero del optimismo y que seguiré siéndolo hasta el último día de mi vida. No hay ni habrá forma de convertirme en pesimista. El pesimismo y la desesperanza, son las armas más efectivas del diablo.

Soy consciente de que en medio de esta debacle soy afortunado porque tengo algunos ahorritos, un automóvil, un lugar donde vivir y la mínima posibilidad de resistir a este desastre de la ultraizquierda internacional porque, hablemos claro, Venezuela es víctima del imperialismito cubano que nos coloniza. Cuba, sin discusión, es un gobierno parásito que vive de las miserias que aún nos quedan.

Comencemos la historia. En uno de los múltiples apagones que hemos tenido en Venezuela, me tocó vivir algo que años atrás había escrito. Me cito: “Llegará el momento en el que aun teniendo dinero en el bolsillo, no podremos comprar nada…”. Juro que lo escribí sin tan siquiera imaginar que realmente me iba a pasar.

Pues, así fue. Me acosté durante un apagón nacional que comenzó a las 9:00 de la noche, día previo a mi cumpleaños, y que continuó la aciaga mañana del día siguiente. Todos sabemos que cuando se va la luz, se va el agua. Por eso fue que teniendo cocina eléctrica, sin agua y sin tener provisiones en la nevera, ya que para evitar que la comida se descompusiera la vacié dejando solo lo necesario, no tenía cómo preparar el desayuno por más humilde que este fuera.

Así que el día de mi cumpleaños, sin ser felicitado por nadie ya que no había comunicaciones de ninguna especie, decidí salir a la calle en mi automóvil con tan solo 1/4 de gasolina. La ciudad parecía un pueblo abandonado del Lejano Oeste. Los semáforos no funcionaban. Todo estaba cerrado y, por supuesto, las bombas de gasolina tampoco prestaban servicio. De vez en cuando, durante mi recorrido, me topé con algunas personas que con aspecto de zombies cargaban botellones vacíos y hacían colas enormes ante cualquier misterioso suministro de agua callejera, en un intento desesperado por tratar de llenar un bidón.

A las 10:00 de la mañana tenía hambre porque no había cenado la noche anterior. A esa hora, ni un café había logrado tomar. Lo único que había conseguido era gastar la poca gasolina que tenía. En mi cartera solo había un par de billetes de baja denominación en bolívares, pues en Venezuela hace tiempo que escasea el efectivo y sin electricidad no hay manera de que funcione ningún punto de venta para pasar las tarjetas.

De mi bolsillo saqué los últimos 200 dólares que había atesorado para una emergencia. Bueno, la emergencia llegó y de nada me sirvió ese dinero ni me habrían servido 1.000.000 de dólares si los hubiera tenido. ¡No había dónde comprar ni agua! Todo estaba cerrado. Ni siquiera pude pagarle al único vendedor callejero que vi los cambures que estaba vendiendo.

Frustrado y con hambre, regresé a casa. Eran las 10:45 de la mañana y se me ocurrió pedirle ayuda al Gallego Félix, un buen vecino y mejor amigo que casualmente también cumple años el mismo día que yo.  Al llegar, después de felicitarnos mutuamente, apenado, le dije:

—Gallego, no me lo vas a creer. Pero tengo hambre y no he podido tomarme ni un café.

El buen Gallego me preparó el café y compartió conmigo un bizcocho con un pedacito de queso. Les confesaré algo, conozco algo de gastronomía y no exagero al decirles que este fue uno de los mejores desayunos de mi vida y que jamás había valorado tanto el aroma y el sabor del café.

¿Qué más puedo contarles, queridos lectores? He pensado tanto en las miles de personas que literalmente están muriendo por hambre, sed y falta de medicinas en Venezuela y solo me queda decirles que no debemos acostumbrarnos a este infierno comunista.

Hablen con sus hijos. Cuéntenles que la vida hermosa existe y, sobre todo, resistan haciendo bien lo que cada uno sabe hacer. No permitan que la desilusión invada su alma. La vida normal y la felicidad son posibles y la vamos a recuperar junto con la luz que hoy no tenemos.

A luchar. No debemos rendirnos. El tiempo de despertar de esta pesadilla depende de nosotros. De todos, no solo de quienes valientemente están arriesgando su pellejo abiertamente para lograr el regreso de la democracia.