Día: agosto 13, 2018

Mamá, no puedo con ella

Posted on Actualizado enn

El estruendo del supuesto atentado contra Nicolás Maduro atenuó la ansiedad causada por la declaración de un funcionario del Fondo Monetario Internacional que, días atrás, proyectó que hasta fines de año Venezuela podría alcanzar una inflación tsunámica de un millón por ciento. Los estudiosos tendrán la tarea de explicar ese apocalipsis, pues el planeta no ha conocido un desastre semejante. Ningún gobierno ha sobrevivido a una inflación disparada, que más pronto que tarde desemboca en cambios radicales a menudo violentos.

Un artículo en El Nacional de Caracas la semana pasada precisaba que la inflación anual venezolana es de 82.766%, con la que los precios se duplican cada 26 días. Ese indicador permite prever una inflación capaz de oscilar entre 600.000% y 1.000.000% en un cuatrimestre.  Estos porcentajes son escalofriantes. Explican sin necesidad de detalles el éxodo más numeroso que conozca América Latina, con cerca de cuatro millones de personas que en el ultimo quinquenio han abandonado su país.

El autor destaca que ese cálculo no consideraba los efectos de las medidas que Maduro ha dicho que dictará este mes: un aumento en los precios de la gasolina, la mecha incendiaria de rebeliones en el continente. Quiere llevar los precios a niveles internacionales. Pese a los enormes riesgos que eso representa, no tiene por dónde escapar.

Las cifras para calcular realidades diarias en Venezuela son alucinantes. Cotizada en el mercado negro, la divisa estadounidense vale 3,5 millones de bolívares. Al precio actual de un bolívar por litro de gasolina de 91 octanos, un tanque de 50 litros podría ser llenado diariamente durante 50 años con el valor de solo un dólar. Serían necesarios varios vehículos y un par de generaciones para consumir todo lo que en combustibles un dólar puede comprar.

El salario mínimo equivale a menos de un dólar diario y aún con los alimentos y servicios públicos subsidiados fuertemente, está lejos de siquiera astillar la barrera de la pobreza extrema, que los venezolanos nunca en su historia imaginaron.

La descomunal calamidad que ocurre en el carro jefe del Socialismo del Siglo XXI explica por sí sola los afanes de los gobiernos de cuño similar por aferrarse al poder. Perciben que su población teme la misma suerte y que el apoyo popular que antes creían tener ahora solo mengua.

La urgencia de aumentar el valor de la gasolina se agravó hace unos días cuando el gobierno, con la producción de petróleo asfixiada, decidió eximir a Petróleos de Venezuela del pago de impuestos. Los que paga PDVSA cubren la mitad del presupuesto nacional y ahora se agravará la figura de la frazada: es demasiado pequeña y al cubrirse una parte se destapa otra. Pocos podrían negar que el gobierno con semejante inflación a cuestas parece cantar el porro colombiano ¨La múcura está en el suelo, Mamá, no puedo con ella…¨

Así, Venezuela llegó al 4 de agosto. Días después del suceso que desencadenó un intercambio informativo frenético entre las cancillerías del hemisferio, lo único evidente son siete soldados heridos, de cuyas condiciones nadie ha informado así como tampoco de las características de sus heridas; al menos media docena de detenidos, y como acusado de capitanear la trama el flamante ex presidente de Colombia Juan Manuel Santos. Rodeada de incongruencias, la trama es aún descrita bajo el escéptico adjetivo de ¨presunta¨, pero ha servido para acusar y perseguir a personalidades políticas prominentes, de oposición, claro.

Las riendas del sorprendente episodio aún están, o lo parecen, en manos de Maduro, a quien se vio trepidar ante el estruendo misterioso, que acentuó la paranoia que recorre toda Venezuela. ¿Está la patria de Bolívar en riesgo como Estado? ¿Qué cálculos hizo Maduro para lanzar la acusación de que Santos había encabezado la trama para acabarlo?

Por provenir de un jefe de Estado, no fue una acusación liviana. Era más grave aún por venir del mayor rival geopolítico de Colombia en el Caribe. Todas las hipótesis tenían cabida pero en un continente ya acostumbrado a balandronadas de ¨me quieren matar¨, la denuncia no ha calado. Pero fue un anticipo de lo que le espera al apenas posesionado Iván Duque, en quien puede haberse afirmado la idea la idea de que con Maduro nada bueno podría esperar. Y viceversa.

No ayudaron para nada al propósito de calmar a la ciudadanía las imágenes de la Guardia Presidencial en estampida segundos después de las explosiones. Y si algo exacerbó los ánimos de las venezolanas fue observar la celeridad con la que la guardia presidencial protegía con sus escudos a Maduro y se olvidaba de Cilia Flores, la primera dama. Era una discriminación de género en el más alto nivel y ante todo el mundo.

Palacios

Posted on Actualizado enn

Ir a la oficina de correos de Santa Cruz de la Sierra es una experiencia que no provoca ninguna inspiración. Apiñada en una calle a solo 70 metros de la Plaza Principal, sin cartel ni señal de la calidad requerida para identificarla, se encuentra la oficina principal del servicio de correos. Es tan humilde y olvidada que nunca recibió un título de oficina central de correos ni fungió de ¨palacio¨.

Contigua a un banco próspero y a pocos pasos de áreas culturales que identifican a la ciudad, la que debía ser una oficina postal es un despropósito hacia la urbe más poblada del país y cuya región genera más dinero para las arcas del estado que ninguna otra. Reducida al mínimo por años de restricciones financieras, y con traslados inconclusos que debían avanzar hacia una infraestructura moderna, la atención que brinda al público el escaso personal es impecable, pero el lugar carece delas condiciones para el servicio que está destinado a brindar y grita de abandono. Desolado, apenas iluminado y polvoriento, lo que en otras ciudades es un punto de encuentro y de referencia, aquí solo provoca cumplir con rapidez el motivo para llegar al lugar e irse cuanto antes sin mirar atrás.

Es cierto que en todo el mundo los inmuebles del servicio postal son reliquias de un pasado que la avalancha cibernética se llevó, pero quedan aún áreas en las que es esencial. En nuestro medio, ¿a dónde iría Ud. para despachar un libro o una ¨encomienda¨ a Cobija, Puerto Suárez o Villamontes? Los servicios de correspondencia rápida como DHL o Federal Express están presentes en casi todo el mundo, pero no suelen transportar lo que en Bolivia todavía se envía por correo: ropa, zapatos y hasta enlatados. En todo caso, las tarifas que el usuario pagaría en aquellas oficinas serían superiores a las del servicio tradicional de correos.

Es inevitable contrastar la pobreza abrumadora de una oficina vital no solo en Santa Cruz sino en la mayoría de los centros urbanos bolivianos con el edificio del Palacio de Gobierno que, con una ¨fiesta¨ bulliciosa, bebidas en exceso y repleta de convidados, acaba de ser inaugurado, a un costo básico de 34,4 millones de dólares. ¿Cuántas oficinas de correos podrían ser habilitadas con todo ese dinero?

La parafernalia y la publicidad para la inauguración, han contribuido a que las 29 plantas enclavados en la Plaza Murillo dejen un fuerte sabor a dispendio, de dinero mal utilizado ante otras necesidades del país y agraven la tentación de extrapolar el ejemplo de Santa Cruz a muchas otras obras del gobierno.