Mes: agosto 2018

Lemings del Siglo XXI

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Los signos no dejan lugar a dudas y despellejan la realidad de un ciclo que llega al final. La ex presidente Cristina Kirchner está a un paso de ir a la cárcel, en medio del asombro de muchos argentinos que no sospechaban de la trama de corrupción que bajo sus narices se tejía. El camino de la ex presidenta hacia la prisión ya fue seguido por Luiz Inacio Lula da Silva y Ollanta Humala. De Fernando Lugo casi nadie se acuerda y a Rafael Correa la justicia le pisa los talones. Tras 23 años con el poder presidencial y presionado por una insurrección cívica, Daniel Ortega no encuentra a dónde ir. Otros de su misma línea en el continente presienten que el final se acerca inexorable y temen correr la misma suerte.

Surgido como una oportunidad de redención tras el fracaso monumental del socialismo real que se instaló durante 72 años en Rusia, el Socialismo del Siglo XXI luce en crisis terminal. Muchos analistas creen que, a menos que reorienten la ruta drásticamente, los sobrevivientes de este prolongado tsunami marchan hacia el final suicida hasta hace poco atribuido a los lemings de Europa del norte. No se conoce de ninguna banda musical auténtica que los acompañe pues el entusiasmo que consiguió congregar alrededor de sus postulados ahora languidece. Los sostiene una esperanza azarosa de que en algún momento la fortuna política les vuelva a sonreir.

El sistema que colapsa también trepida más allá de los límites geográficos inmediatos. Ahora afecta al nervio esencial del socialismo en su segunda versión, Cuba, que también siente que transita un retorno a los tiempos temibles del ¨Período Especial¨ que sobrevino tras la caída de la Unión Soviética, que durante 30 años mantuvo la economía de la isla a razón de unos cinco millones de dólares diarios. Fueron años de grandes sacrificios para los cubanos, en los que hasta los bueyes compensaron la falta de energía que derivaba del petróleo, que en trueques y a precios reducidos, recibía de los soviéticos. En un determinado momento, una legión de 200.000 bueyes arrastraba arados, tractores y propulsaba moliendas de azúcar. La fortuna, sin embargo, aún estaba del lado del régimen de los hermanos Castro.

Hugo Chávez Frías fue ungido presidente tras ganar las elecciones de 1998. Recibió la banda presidencial del mandatario que lo había amnistiado años atrás, Rafael Caldera, cumbre del socialcristianismo mundial. El comandante estuvo dos años en la cárcel del Yare, a unos 70 kilómetros por carretera desde Caracas, donde fue recluido tras la intentona golpista de 1992. Libre, empezó su escalada democrática hacia la presidencia.

En el joven mandatario Cuba encontraría el respaldo económico que perdía con el hundimiento soviético. A Cuba llegaban hasta hace poco unos 90.000 barriles diarios de crudo entregados en condiciones preferenciales y que la isla procesaba o vendía directamente a clientes. Esa cantidad se ha ido reduciendo a medida que la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) también entraba en una crisis sin precedentes y retrocedía en más de medio siglo.

La producción petrolera ahora está en alrededor de 1,5 millón de barriles diarios; las refinerías se paralizan por falta de repuestos y mano de obra calificada, y en ese declive las entregas subsidiadas a Cuba y otras islas del Caribe han sido afectadas o desaparecido por completo.

Los observadores subrayan que ese derrumbe ha repercutido en una de las naciones centroamericanas más favorecidas por el petróleo subsidiado. Contar con petróleo barato y, además, con acceso preferencial al mercado venezolano fue fundamental para que la economía nicaraguense pareciese pletórica de salud, con un crecimiento que bordeó el cinco por ciento anual, el más robusto después del de Panamá. La falta del apoyo venezolano apretó fuertemente el cinturón de la economía y en abril Ortega buscó paliar el déficit fiscal con cambios en el sistema de pensiones. Fue el fulminante para las protestas estudiantiles y las convulsiones políticas que amenazan al régimen. Cualquier parecido con otras realidades no es meramente casual.

El ex comandante guerrillero, aclamado en todo el mundo tras la caída de la dictadura de Somoza, no quiere saber de elecciones anticipadas el año próximo para recortar su mandato, que duraría hasta 2022. Los observadores temen que su intransigencia por mantenerse en el poder lleve a Nicaragua de vuelta a la guerra civil. Es una actitud parecida a la de otros líderes que, al creerse insubstituibles, se comportan como los roedores nórdicos y se enderezan hacia el despeñadero con el riesgo de sacrificar los logros alcanzados por la sociedad que presidieron.

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Mamá, no puedo con ella

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El estruendo del supuesto atentado contra Nicolás Maduro atenuó la ansiedad causada por la declaración de un funcionario del Fondo Monetario Internacional que, días atrás, proyectó que hasta fines de año Venezuela podría alcanzar una inflación tsunámica de un millón por ciento. Los estudiosos tendrán la tarea de explicar ese apocalipsis, pues el planeta no ha conocido un desastre semejante. Ningún gobierno ha sobrevivido a una inflación disparada, que más pronto que tarde desemboca en cambios radicales a menudo violentos.

Un artículo en El Nacional de Caracas la semana pasada precisaba que la inflación anual venezolana es de 82.766%, con la que los precios se duplican cada 26 días. Ese indicador permite prever una inflación capaz de oscilar entre 600.000% y 1.000.000% en un cuatrimestre.  Estos porcentajes son escalofriantes. Explican sin necesidad de detalles el éxodo más numeroso que conozca América Latina, con cerca de cuatro millones de personas que en el ultimo quinquenio han abandonado su país.

El autor destaca que ese cálculo no consideraba los efectos de las medidas que Maduro ha dicho que dictará este mes: un aumento en los precios de la gasolina, la mecha incendiaria de rebeliones en el continente. Quiere llevar los precios a niveles internacionales. Pese a los enormes riesgos que eso representa, no tiene por dónde escapar.

Las cifras para calcular realidades diarias en Venezuela son alucinantes. Cotizada en el mercado negro, la divisa estadounidense vale 3,5 millones de bolívares. Al precio actual de un bolívar por litro de gasolina de 91 octanos, un tanque de 50 litros podría ser llenado diariamente durante 50 años con el valor de solo un dólar. Serían necesarios varios vehículos y un par de generaciones para consumir todo lo que en combustibles un dólar puede comprar.

El salario mínimo equivale a menos de un dólar diario y aún con los alimentos y servicios públicos subsidiados fuertemente, está lejos de siquiera astillar la barrera de la pobreza extrema, que los venezolanos nunca en su historia imaginaron.

La descomunal calamidad que ocurre en el carro jefe del Socialismo del Siglo XXI explica por sí sola los afanes de los gobiernos de cuño similar por aferrarse al poder. Perciben que su población teme la misma suerte y que el apoyo popular que antes creían tener ahora solo mengua.

La urgencia de aumentar el valor de la gasolina se agravó hace unos días cuando el gobierno, con la producción de petróleo asfixiada, decidió eximir a Petróleos de Venezuela del pago de impuestos. Los que paga PDVSA cubren la mitad del presupuesto nacional y ahora se agravará la figura de la frazada: es demasiado pequeña y al cubrirse una parte se destapa otra. Pocos podrían negar que el gobierno con semejante inflación a cuestas parece cantar el porro colombiano ¨La múcura está en el suelo, Mamá, no puedo con ella…¨

Así, Venezuela llegó al 4 de agosto. Días después del suceso que desencadenó un intercambio informativo frenético entre las cancillerías del hemisferio, lo único evidente son siete soldados heridos, de cuyas condiciones nadie ha informado así como tampoco de las características de sus heridas; al menos media docena de detenidos, y como acusado de capitanear la trama el flamante ex presidente de Colombia Juan Manuel Santos. Rodeada de incongruencias, la trama es aún descrita bajo el escéptico adjetivo de ¨presunta¨, pero ha servido para acusar y perseguir a personalidades políticas prominentes, de oposición, claro.

Las riendas del sorprendente episodio aún están, o lo parecen, en manos de Maduro, a quien se vio trepidar ante el estruendo misterioso, que acentuó la paranoia que recorre toda Venezuela. ¿Está la patria de Bolívar en riesgo como Estado? ¿Qué cálculos hizo Maduro para lanzar la acusación de que Santos había encabezado la trama para acabarlo?

Por provenir de un jefe de Estado, no fue una acusación liviana. Era más grave aún por venir del mayor rival geopolítico de Colombia en el Caribe. Todas las hipótesis tenían cabida pero en un continente ya acostumbrado a balandronadas de ¨me quieren matar¨, la denuncia no ha calado. Pero fue un anticipo de lo que le espera al apenas posesionado Iván Duque, en quien puede haberse afirmado la idea la idea de que con Maduro nada bueno podría esperar. Y viceversa.

No ayudaron para nada al propósito de calmar a la ciudadanía las imágenes de la Guardia Presidencial en estampida segundos después de las explosiones. Y si algo exacerbó los ánimos de las venezolanas fue observar la celeridad con la que la guardia presidencial protegía con sus escudos a Maduro y se olvidaba de Cilia Flores, la primera dama. Era una discriminación de género en el más alto nivel y ante todo el mundo.

Palacios

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Ir a la oficina de correos de Santa Cruz de la Sierra es una experiencia que no provoca ninguna inspiración. Apiñada en una calle a solo 70 metros de la Plaza Principal, sin cartel ni señal de la calidad requerida para identificarla, se encuentra la oficina principal del servicio de correos. Es tan humilde y olvidada que nunca recibió un título de oficina central de correos ni fungió de ¨palacio¨.

Contigua a un banco próspero y a pocos pasos de áreas culturales que identifican a la ciudad, la que debía ser una oficina postal es un despropósito hacia la urbe más poblada del país y cuya región genera más dinero para las arcas del estado que ninguna otra. Reducida al mínimo por años de restricciones financieras, y con traslados inconclusos que debían avanzar hacia una infraestructura moderna, la atención que brinda al público el escaso personal es impecable, pero el lugar carece delas condiciones para el servicio que está destinado a brindar y grita de abandono. Desolado, apenas iluminado y polvoriento, lo que en otras ciudades es un punto de encuentro y de referencia, aquí solo provoca cumplir con rapidez el motivo para llegar al lugar e irse cuanto antes sin mirar atrás.

Es cierto que en todo el mundo los inmuebles del servicio postal son reliquias de un pasado que la avalancha cibernética se llevó, pero quedan aún áreas en las que es esencial. En nuestro medio, ¿a dónde iría Ud. para despachar un libro o una ¨encomienda¨ a Cobija, Puerto Suárez o Villamontes? Los servicios de correspondencia rápida como DHL o Federal Express están presentes en casi todo el mundo, pero no suelen transportar lo que en Bolivia todavía se envía por correo: ropa, zapatos y hasta enlatados. En todo caso, las tarifas que el usuario pagaría en aquellas oficinas serían superiores a las del servicio tradicional de correos.

Es inevitable contrastar la pobreza abrumadora de una oficina vital no solo en Santa Cruz sino en la mayoría de los centros urbanos bolivianos con el edificio del Palacio de Gobierno que, con una ¨fiesta¨ bulliciosa, bebidas en exceso y repleta de convidados, acaba de ser inaugurado, a un costo básico de 34,4 millones de dólares. ¿Cuántas oficinas de correos podrían ser habilitadas con todo ese dinero?

La parafernalia y la publicidad para la inauguración, han contribuido a que las 29 plantas enclavados en la Plaza Murillo dejen un fuerte sabor a dispendio, de dinero mal utilizado ante otras necesidades del país y agraven la tentación de extrapolar el ejemplo de Santa Cruz a muchas otras obras del gobierno.

 

El tedio no tiene fin

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Las audiencias del Juicio del Siglo fueron reanudadas esta semana en Santa Cruz, con jueces y fiscales empeñados en alcanzar en pocos meses más la etapa de sentencias al cabo de casi una década de los sucesos sangrientos que le dieron origen.  Como en el título de la novela del novelista francés universal Marcel Proust, quienes lo conducen imprimieron al Juicio del Siglo un ritmo draconiano y ¨en busca del tiempo perdido¨ dedicaron toda la semana a la lectura de números correspondientes a llamadas telefónicas  de los acusados. Esta etapa deberá continuar todavía durante siquiera un par de meses, calculan abogados de la defensa. Entre bostezos y cabeceos somnolientos, el tedio es característica diaria del mayor juicio penal de la historia boliviana.
Los miles de páginas con números telefónicos son parte de las pruebas en las que el ex fiscal Marcelo Soza apoyó su acusación de que en Bolivia hubo una conjura separatista que, de consumarse, habría derrotado al Ejército Nacional.
Soza fugó del país y recibió asilo politico en Brasil luego de acusar a las autoridades de obligarlo a organizar la acusación de manera de incriminar a gran parte de la dirección cívica del departamento y de líderes opositores al gobierno.
Las audiencias se reanudaron el martes tras mejorar la salud del juez Sixto Fernández, quien estuvo de baja por complicaciones de su salud que lo tuvieron internado en un hospital de La Paz. El juez padece de diabetes y desde mediados de junio debió someterse a tratamientos rigurosos para restablecerse. Entre los cuatro jurados, era el único que no había sufrido problemas de salud desde que las audiencias se instalaron en Santa Cruz en enero de 2013.
La reanudación no fue tranquila. El abogado Defensor Gary Prado Araúz denunció que el ex dirigente de la Unión Juvenil Cruceñista Juan Carlos Guedes, uno de los primeros en ser detenidos después del asalto policial armado al Hotel las Américas, había tenido saqueada su celda en el Penal de Palmasola. Guedes dijo que había sido desalojado de la celda que él había reparado para volverla habitable y que las autoridades del penal ignoraron sus denuncias. ¨Me haga un poco de justicia¨, le pidió al juez al reclamar que le restituyan su celda y le devuelvan los bienes que le robaron.
El asalto a la celda del detenido y el robo de sus enseres serán denunciados a fines de semana ante un comisionado de derechos humanos de la OEA que llegaría a La Paz, dijo el abogado Prado Araúz.
En la acusación preparada por Soza, Guedes era la persona encargada del aprovisionamiento de armas para el estallido que afirmaba que iba a ocurrir en Bolivia. La única prueba de la tesis de conjura es una vieja pistola italiana vendida a Rózsa, con la que éste capitanearía la hazaña.
El expediente de llamadas leídas durante la semana tiene más de 800 páginas y, de no ocurrir incidentes, la lectura acabaría la semana próxima. Pero acabar toda la lectura de pruebas estaría aún distante varios meses, pues hasta la semana que acabó se habían leído solo 10 de 42 pruebas documentales.
La lectura monótona de números telefónicos ha acentuado el tedio que predomina en las sesiones. ¨La lectura de los números se vuelve un murmullo dentro de una rutina que insulta¨, me dijo el jueves un abogado defensor.

De Mesa y sobre Mesa

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Le consulté directamente para informarme si había algún desliz en la redacción de su nombre, que parecía trampa para caer en la cacofonía y, en todo caso, para conocer cuál era su opción para escribirlo. En los libros que publica y en las notas que escribe en los diarios, es Carlos D. Mesa, donde ¨D¨ es abreviatura de Diego, su segundo nombre. Pero en los últimos días había notado que las crónicas de El Deber lo identifican como Carlos de Mesa, y en segunda y demás referencias como ¨de Mesa¨, con riesgos auditivos como cuando se dice ¨es el punto de vista de de Mesa¨ o ¨de de Mesa se ha dicho¨ que encabeza las preferencias, etc.

He aquí lo que me escribió: ¨El nombre que he heredado de mis padres y que consta en mi carnet de identidad es Carlos Diego de Mesa Gisbert (el ¨de¨ es con minúscula; ponerlo con mayúsculas es incorrecto). Desde muy joven he utilizado, y así firmo mis libros y artículos, Carlos D. Mesa (la D. por Diego), y eliminé el de, que es el herdado. El nombre de mi padre era José de Mesa Figueroa. Lo hice a mis 18 años para ¨diferenciarme¨ de mis padres, en una actitud de rebeldía muy de adolescente. Por eso, toda mi obra aparece con el nombre de esa forma y no lo cambiaré; pero mi nombre legal es el que indico¨.

En el quehacer periodístico suelen presentarse tropiezos al escribir nombres y sobrenombres de personajes de la vida pública. Me pareció interesante que el ¨caso Mesa¨, con o sin de, surgiese en momentos en que el ex presidente está en la cumbre de su popularidad para ser candidato presidencial con fuertes posibilidades de ganar la contienda a despecho de sus reiteradas negativas.  Eso volvía imperativo determinar si era correcto incorporar el ¨de¨, que en Castellano evoca un sello de abolengo en los apellidos.

La aclaración del ex Primer Magistrado trae un dictamen: no es incorrecto mencionar su nombre con ¨de¨, pues así está registrado, pero es claro que su preferencia es omitir ese ¨de¨.  Así lo ha hecho desde la adolescencia.

Recuerdo que hace años, cuando Luiz Inacio Lula da Silva asumió por primera vez la presidencia de Brasil, The Associated Press (AP), de cuya oficina nacional era Director, estaba ante una dificultad. Mencionar el nombre completo, con sus cinco palabras, no era un problema al encabezar una nota. Pero después lo era.

Referirse a Lula da Silva tras el párrafo introductorio era utilizar tres palabras y, especialmente en inglés, traía un esfuerzo adicional para el lector, en tiempos en que la economía de palabras es un mandamiento. Además, había que descifrar la palabra ¨Lula¨para el lector corriente, no solo para el de fuera de Brasil sino también para el de tierra adentro, pues no todos podrían saber que ¨Lula¨ significa calamar y entonces habría que, obligatoriamente, en aras de una buena comunicación, explicar el término, comprensible en la costa pero sin certeza de que lo sería también en el inmenso interior brasileño. Mucho menos lo sería en otros países.

No podíamos llamarlo simplemente ¨Lula¨ en segunda referencia y cargar con el sobrepeso que significaría la explicación del término y las repeticiones posteriores de siquiera tres palabras de su nombre. Decidimos hacerle la pregunta sobre su preferencia a él mismo o al despacho presidencial. En esos días yo estaba en Brasilia y planteé la dificultad al portavoz de la presidencia quien, en una rápida consulta con miembros de la jerarquía presidencial, me dijo: ¨Pueden utilizar indistintamente Lula, el sobrenombre, o Silva, su apellido¨

El tiempo se encargó de restringir palabras. En pocos meses predominaba el ¨Lula¨, que el propio mandatario incorporó a su nombre oficial y como tal quedó registrado. No era más necesario explicar su significado.

De la experiencia surgió la idea para una nota sobre el tema y fui a consultar a la Academia Brasileña de la Lengua, donde descubrí que los términos que expresan afecto son ¨hipocorismos¨. La misma palabra, extraña en el léxico común, existe en el Castellano y en otras lenguas.

El académico al que consultaba en su oficina en Río de Janeiro, me recordó que esos términos de cariño suelen substituir a los nombres oficiales de personas conocidas con tal fuerza que los sofocan. Me dijo sonriente: ¨Vaya por la calle y pregunte a cualquiera que encuentre quién es Arthur Antunes Coimbra. Nadie lo sabrá. Pero si usted dice Zico verá cómo se iluminan los ojos de sus interlocutores¨.