Día: junio 5, 2017

Presentación del libro Labrado en la Memoria

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Susana Seleme Antelo

¿Qué le motivó a Harold Olmos escoger el título “Labrado en la memoria” para este libro, en mi criterio una obra monumental, que debiera leerse, releerse, masticarse para recordar siempre una parte sustantiva de lo ocurrido en Bolivia en los últimos años?

“Labrado en la memoria” es un libro “Para no olvidar” como titula el autor el Libro Cuarto de esta historia, monumental reitero, de 720 páginas.

No se trata solo de que lo se conoce como ‘el caso Rózsa’, o ‘el complot contra las autonomías’, o ‘EL JUICIO POLÍTICO CON CARÁTULA JUDICIAL TERRORISMO-SEPARATISMO’.

No. No es solo eso, lo que sería por demás suficiente.

Es, en realidad, un relato histórico.

Es una minuciosa crónica periodística e histórica de ese juicio, ordenada, ampliada y rigurosa en la descripción y análisis de los contextos internos y externos tanto políticos, jurídicos, económicos, sociales y diplomáticos que la rodearon y rodean.

Es la radiografía de lo ha sido una práctica común en la Bolivia de estos tiempos, sobre la administración de justicia y su deriva hacia la “judicialización de la política”, contraria al Estado de Derecho Democrático.

La obra consta de 4 libros. El primero es la reedición de la primera aproximación del autor a los hechos del 16 de abril de 2009, cuando fueron asesinados extrajudicialmente el húngaro-boliviano, Eduardo Rózsa, el irlandés Michel Dwyer, y el también húngaro Arpad Magyarosi.

Su título mantenido en esta edición, es una frase tomada de la película “Chico” sobre Eduardo Rózsa: “Allí donde me sepulten, nadie se arrodillara.

En ese texto, el autor refresca el perfil de ese personaje.

El segundo, tercero y cuarto libros, son el desarrollo del propio proceso en su fase de juicio oral, al principio itinerante, desde su instalación en 2012 en Cochabamba, luego en Tarija, Yacuiba y finalmente Santa Cruz de la Sierra.

“LABRADO EN LA MEMORIA” es la narración histórica que hace un profesional de la comunicación, la información y el buen escribir, como el periodista Harold Olmos.

Haberse metido a fondo en el estudio, el análisis y la vivencia diaria de lo que también él denomina el ‘Juicio del Siglo’, lo llevó a constar, mientras escribía, y lo cito,

“que estaba ante un caso que incluía mucho de la historia boliviana contemporánea”.

Y la incluye totalmente.

Esa es la historia que relata el autor, a veces de forma conmovedora, y otras brutal, detallada en sus contextos, como ya dije, acertadamente hilvanados y descritos, con una diáfana escritura y una incalculable información.

Nadie que no fuera el experimentado periodista que él es, podía haber visto esa veta de información que contenía “el juicio del siglo”.

Y nos la ha dejado para la posteridad.

Es la narración de un tema, en apariencia judicial, pero cruzado por el exceso del poder político y un ejercicio de poder obsceno.

El libro apunta a desenmascarar las lacras del juicio contra 39 imputados de delitos jamás cometidos. Y va detallando este proceso y sus arbitrarios métodos antijurídicos, en desmedro del ejercicio del Derecho como civilización jurídica.

Lo hace con objetividad profesional, sin estridencia alguna.

Así pone al descubierto a los autores intelectuales y materiales, en este caso ‘los victimarios’, todos personajes del alto mundo político oficialista y sus servidores.

No los califica, simplemente los ubica, los cita en algunos casos, en el escenario donde se hubieran desenvuelto, ya sea utilizando datos de prensa nacional y extranjera, o de primera mano, cuando asistía a las sesiones del juicio oral en esta ciudad.

En ese marco, Olmos pone el dedo en la llaga sobre el asesinato extrajudicial de las tres personas ya mencionadas.

Relata con lujo de detalles los hechos de aquella madrugada de abril de 2009, y lo cito: “cuando la policía, apoyada en una orden del Presidente de la República, irrumpió en el Hotel Las Américas de Santa Cruz, los mató y lanzó una persecución tenaz sobre dirigentes políticos, cívicos y empresariales de la región”.

En mi criterio, aquellas muertes son el único caso de terrorismo, en este caso ‘Terrorismo de Estado’, como puede deducirse de las evidencias presentadas en los más tres años de juicio oral desde que fue instalado, a pesar de las telarañas y preguntas que aun persisten.

Cada vez menos, en todo caso: sabemos quiénes son los “victimarios”.

Harold Olmos describe con magistral realismo el juicio oral, y lo cito otra vez,

“… incidencias diarias, las pequeñeces, el poder de la iniquidad, la acción obsecuente que se percibía en la sala con los designios mayores del poder que confirmaban las flaquezas y omisiones de la justicia… En lo personal, fue un aprendizaje. Como lo fue compartir las penurias de los detenidos y de los obligados a asistir a las sesiones que aprendieron a vivir solo en el perímetro de sus viviendas como alternativa a la prisión”.

“LABRADO EN LA MEMORIA” nombra y recuerda a todas las víctimas: las presas, las que sufren detención domiciliaria y las del exilio forzoso. A estos los llama LA VOZ DE LOS SIN VOZ, a las que representó uno de los imputados, hoy detenido en su vivienda.

Quienes salieron del país, no tuvieron otra opción porque ni el Estado, ni el el gobierno que lo administra, ni Poder Judicial subordinado al poder político de turno, les garantizó un juicio justo.

A falta de justicia, fue además un juicio inhumano, porque ahí la vida no valía nada. Quedó demostrado por las enfermedades e impedimentos que sufren algunas víctimas, dejándoles a ellos, a sus familias y amigos la sensación de impotencia e indefensión.

Durante el juicio, cuando la defensa de los acusados con graves problemas de salud invocaron ‘el derecho a la vida’, la respuesta del entonces fiscal Sergio Céspedes, ofendió, y ofende todavía, a las conciencias democráticas bolivianas y del mundo.

Dijo que “en Bolivia los tiempos políticos habían cambiado” y para simplificar su pensamiento agregó que “En la antigua Constitución Política del Estado se valoraba la vida. En esta nueva es Patria o Muerte”.

Hasta ahora no sabemos, como apunta Olmos, contra quién estábamos en guerra para semejante arenga bélica.

En todo caso, el juicio no ha destruido a los imputados, aunque si afectado profundamente a cada uno de ellos y ellas, a sus familias y a sus hijos, algunos muy niños entonces, que siguen siendo niños aun hoy.

El autor narra que la presentación por parte de los fiscales del régimen de los supuestos indicios e hipótesis, fue aberrante por la contaminación, suplantación y siembra de falsas pruebas. Entre otras razones, porque nunca tomaron en cuenta el debido proceso, es decir el lugar de los hechos y su juez natural que debía instalar y presidir el juicio.

Tampoco consideraron la norma legal, basada en el “iuris tantum”.

Es decir, en la presunción de inocencia, a pesar de que en todo proceso que respete las normas de un juicio justo, se la admite para probar la inexistencia de hechos que se imputan a los acusados, sin pruebas concluyentes.

Mientras leía “LABRADO EN LA MEMORIA” para que no se olvide nada, no podía dejar de recordar el libro, “El proceso” de Franz Kafka y la situación del protagonista, Joseph K, impotente, en esa atmósfera hostil, en la opresiva burocracia del impero austrohúngaro, en tiempos de la ‘Gran Guerra’ o Primera Guerra Mundial.

Y recordaba ese libro, porque aquel proceso que describió Kafka, se fue convirtiendo poco a poco en sentencia, como en este “Juicio del Siglo” .

Ambos se ajustan a lo que podemos llamar “el aparato judicial kafkiano”, que en Bolivia ha desterrado a las instituciones de un Estado de Derecho.

¿Es ese Estado, aquí, hoy y ahora, una especie en extinción?

El autor del ‘Juicio del siglo’, deja la pregunta, sin enunciarla, flotando en sus nutridas páginas.

Olmos escribe en el prólogo a la segunda edición que, y lo vuelvo a citar, “Pocos juicios en el mundo han durado tanto: siete años y medio… y nunca en Bolivia se había dado un proceso que involucrase alzamiento armado, terrorismo y separatismo. El cuarto elemento inicial, magnicidio, fue suprimido de la acusación porque habría sido imposible sustentarlo y acabaría bloqueando los otros elementos de la acusación que tampoco pudieron ser probados en tres años y medio de juicio oral”.

Revisar el índice de “Labrado en la memoria”, para no olvidar, es una invitación-interpelación a leer y seguir leyendo las cientos de paginas que están delante. Los títulos de cada capítulo son ideas fuerza, algunas poéticas, otras en clave de metáforas e impulsan para continuar la lectura.

En la parte final del libro, el autor relata que la defensa de uno de los imputados, convocó como testigos a los policías que intervinieron en el asalto al Hotel las Américas, donde fueron asesinaron extrajudicialmente las tres personas asesinadas.

Los testigos eran Marilyn Vargas, Walter Andrade y Gary López, dragoneante, capitán y subteniente de policías, miembros de la ahora disuelta UTARC. ¡Qué nombre: unidad táctica de resolución de conflictos… a bala como entraron al hotel de marras!

“Cercados por una muralla de policías”, relata Olmos, “ingresaron uno a uno a la sala de audiencias, gafas oscuras y traje de fajina mientras periodistas, fotógrafos, camarógrafos, parientes y amigos de los procesados eran expelidos de la sala…”

Se les pagó pasajes y reserva en las habitaciones ocupadas por Rózsa, Magyarosi y Dwyer en dicho hotel. Se negaron a pernoctar en ellas.

Durante la sesión, el tribunal resolvió que la sesión sería reservadas en previsión a las declaraciones que podrían hacer.

No puedo dejar de compartir con ustedes otro sentimiento que me fue dejando la lectura de este libro.

Ese sentimiento me remitía a la filósofa alemana Hannah Arendt, víctima del nacionalsocialismo en tiempos de Hitler. Se salvó porque, siendo judía, huyó, y pudo legarle al mundo su mirada lúcida y penetrante en libros sobre los totalitarismos, las revoluciones, la violencia, la condición humana, entre otros.

Lo que me martillaba la cabeza, era la elaboración de Arendt sobre el concepto La banalidad del mal, con el que describió a Adolf Eichmann en el juicio que se le siguió en Jerusalén en 1961 por su intervención en “la solución final del problema judío”.

No se trata de comparar o encontrar similitudes entre uno y otro juicio. Se trata de constatar, como hizo Arendt, y la cito, “la larga carrera de maldad, la terrible banalidad del mal” que le impedía al acusado darse cuenta de sus “horrendos actos y el daño que había causado”.

El y todo el aparato nazi tenían licencia para matar, por eso nada les importó, ni los métodos usados, ni las víctimas, ni sus familias, ni los entornos.

Esa es la terrible banalidad del mal, que se arropa en la naturaleza de la INjusticia en Bolivia, en manos de dirigentes políticos, de funcionarios del aparato estatal y del gobierno; de policías corrientes o miembros de fuerzas especiales, que van por el mundo sin inmutarse por las culpas que pesan sobre sus espaldas.

No les hace mella “la larga carrera de maldad, la terrible banalidad del mal”, como dice Arendt que han ejercido sobre sus semejantes, hombres y mujeres, y sobre toda la sociedad.

En este juicio del siglo, los autores intelectuales y materiales del complot contra las autonomías, del asesinato extrajudicial de tres personas, de todo el vicioso desarrollo del juicio, de las vidas truncadas aquí o en exilio, van por la vida como si no hubiesen cometido maldad alguna.

Esa banalidad del mal indigna.

“LABRADO EN LA MEMORIA” es un libro para no olvidar. También para aprender. Gracias Harold por tu memoria fiel a la historia y al oficio. Santa Cruz y Bolivia te lo agradecen.

Santa Cruz de la Sierra 3 de junio 2017

Sobre Labrado en la Memoria

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Leí lo siguiente en la presentación de Labrado en la Memoria, Anotaciones de un reportero. Es una historia sobre muchos de los entretelones y episodios insólitos ocurridos en el desarrollo del Juicio del Siglo, aún en curso en Santa Cruz de la Sierra en la que he estado empeñado desde 2009, cuando ocurrió el acontecimiento el hecho violento que le dio origen.
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Gracias por la presencia de todos ustedes. Tengo muchos agradecimientos, pero quisiera destacar de manera especial
–mi gratitud a la acogida de las personas que, sin ningún otro interés que contribuir a la memoria del país, me apoyaron para materializar este alumbramiento. Esto me reconcilia con la idea de que sí hay quienes en Bolivia se preocupan porque episodios como el que ha consumido mucho de mi tiempo estos años no queden confinados al recuerdo de pocos y que sus detalles queden disponibles para el conocimiento público. El que hubieran preferido mantenerse en el anonimato dice mucho del apoyo que recibí de ellos.
– Al trabajo de Plural por compartir el esfuerzo de materializar esta obra en el formato que está ante ustedes. Quiero agradecer a su editor por su meticulosidad, no muy común en Bolivia, que ha hecho posible esta presentación.
A la paciencia de algunos amigos que, ante mis preguntas a menudo simplistas, me ayudaron a desentrañar algunos de los muchos misterios y peculiaridades de este episodio.
A todos los procesados y a sus familias, de quienes pude sentir sus angustias en los días de audiencia en el Palacio de Justicia de Santa Cruz y que nutrieron gran parte de este trabajo.
A mi presentadora Susana Seleme Antelo, quien con su interés de historiadora y su pasion de analista aguda leyó todas las 750 páginas de este libro y me alentó para publicarlo y presentarlo aqui en Santa Cruz porque es una parte esencial de la historia contemporánea de la región.
A mi familia, mi esposa Cristina y mis hijos Paola y José Antonio aquí presentes, por su paciencia de soportar mis horas anárquicas para trabajar y a menudo escuchar mi lectura de algunos pasajes, como lo hacía Cristina, en horarios que solo periodistas de ¨Presencia¨ aceptarían: bien pasada la medianoche
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Algunos de los presentes conocen algunos elementos de esta obra, a la que fui llevado por la impaciencia de no encontrar explicaciones ni contextos que aclarasen el misterio de un hecho brutal como el que ocurrió. Esa impaciencia muy pronto empezó a convertirse en obsesion. Aquí encontrarán un trabajo reporteril, editado en la forma en que yo habría escrito en notas periodísticas.
Algunos de los episodios narrados pueden parecer surrealistas, como a mí me parecieron cuando los escribía. A ratos sentía ganas de refregarme los ojos, pues, en verdad, son espejo de una realidad que se palpa, quizá a diario, en la administración de la justicia en la Bolivia de estos tiempos y que para gran parte del público son rutina. Como reportero, he intentado describirlos.
Los hechos registrados aquí no son todos los incidentes conocidos de este juicio. Son solo un rosario de algunas de las ocurrencias multiples en el proceso. Estos días ocurren otros, como la insistencia de algunos operadores de la justicia para que, a pesar de sus dificultades causadas por una salud quebrantada, el medico Juan Carlos Santisteban comparezca a las sesiones. El Dr. Santisteban, un hombre de campo y de mundo, parco y agudo en sus juicios, lleva semanas en terapia intensiva o en salas de cirugía (hasta ayer, que fue dado de alta). Por eso parecía morboso que la acusación pretendiese que fuera a la sala de audiencias en un desplazamiento de riesgos muy graves y de una inclemencia obsesiva, por el riesgo de hacerlo con el cuerpo atado a sondas, oxígeno y parafernalia de primeros auxilios. Por fin, hace pocos días, el tribunal se rindió a la evidencia de que el galeno, que el jueves pasado tuvo la tercera intervención quirúrgica en menos de un mes, en efecto no puede asistir a las audiencias y resolvió apartarlo del proceso.
También encontrarán en este libro relatos poco conocidos o no detallados del general (r) Gary Prado Salmón, héroe nacional declarado por el congreso, en sus esfuerzos por demostrar su Inocencia ante la acusación, inclusive lanzada por las más altas autoridades del gobierno, de que pretendía descuartizar el país. (Guardando proporciones, sería como acusar al presidente Morales de tramar la disolución de las federaciones de cocaleros del Chapare).
Otros episodios de surrealismo y suspenso han ocurrido a menudo en este juicio. Como, por ejemplo, los amagos de enfrentamiento físico entre la defensa y la acusación, la supresión del café, de manera tan abrupta que parecía vengativa, que los defendidos tomaban en pequeñas tacitas que les aliviavan el tedio y endulzaban la garganta…. que luego contrastarían con los envases ostensibles en los que el Ministerio Público traía su propio café, o la hostilidad hacia la juez ciudadana que discrepaba con decisiones del juez. Uds. se encontrarán también con historias paralelas que corrían durante el desarrollo del proceso y que empañaban el interés por el juicio. Hay mucho más en esta obra, que, si se quiere, deberá ser leída y digerida poco a poco. Y espero que tengan la misma sensación que he tenido yo: estar frente a un capítulo vertebral de la historia boliviana.
Creo que esto lo comprendió en sus orígenes la Asociación de Periodistas de La Paz cuando era presidida por Pedro Glasinovic y aceptó apadrinar el primer tomo hace cuatro años.
No quiero agregar más, a las casi 800 páginas que hay aquí. Espero que disfruten de su lectura y que vean en esta obra un intento de, como dije al presentar la primera parte hace cuatro años, echar luces sobre todos los rincones de un episodio pivotal en nuestra historia.
Muchas gracias
Santa Cruz de la Sierra, 3 de junio, 2017