Esos no volverán

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Hubo desconcierto en las filas oficiales venezolanas cuando hace tres meses el Consejo Nacional Electoral (CNE) de su país autorizó recolectar firmas del 1% de los inscritos en el padrón electoral para iniciar al camino al referéndum revocatorio de Nicolás Maduro.  El desconcierto fue mayor cuando, en una geografía donde el Socialismo Siglo XXI cree tener todo el fervor popular, los partidarios de remover al mandatario y a su partido reunieron, en un par de días, las 196.000 firmas requeridas, una demostración irrefutable del apoyo que los movía.

Al finalizar la recolección, tenían siete veces aquel total. Recién la semana pasada, el CNE validó esas firmas y anunció el siguiente paso esencial: los revocadores deberán reunir un quinto de todo el padrón electoral, es decir unos cuatro millones firmas. Apenas horas después, los revocadores de la Mesa de Unidad Democrática requirieron autorización formal para reunir y presentar todas esas firmas.  El consejo tiene tres semanas para dar luz verde y plazos para la nueva recolección. El CNE (el gobierno) se guía por instinto de conservación y no exhibe ningún interés en acelerar el paso.

Con las encuestas que colocan a Maduro sobre el piso, la oposición está segura de que, en el paso final, al que espera llegar hasta el 10 de enero, tendrá una ventaja superior al 70% de votos y comenzará una nueva historia. Para muchos observadores, eso es lo que el régimen venezolano no quiere: ser apartado por un golpe de votos después de haber alcanzado el poder con aluviones de sufragios ahora extinguidos.

La agonía de Maduro proyecta la del socialismo marxista que resiste salir del gobierno en un país donde creía tener todo para hacer realidad, sin ejércitos de ocupación ni guerras mundiales, lo que no logró la inmensa Rusia.

Pocas veces en la historia de las democracias un país ha tenido que enfrentar tantas dificultades para desembarazarse de un mal gobierno. El rubor inicial por la posibilidad de sucumbir ante quienes lo quieren fuera ha dado paso a demoras cínicas para alargar el calendario.

La tenacidad de Maduro y su partido en aferrarse a un sistema terminal nace de saber que perder el gobierno equivale a una rendición incondicional histórica. ¿Alguien que tenga juicio creería que los venezolanos volverían a votar por un partido o por líderes que los llevaron al desastre?

La lógica sugiere que pasará siquiera un par de generaciones antes de pensar en cualquier forma de socialismo de inspiración marxista, y quizá nunca más en el que aún vive Venezuela. Podría decirse, en parafraseo irreverente del poema inmortal de Bécquer: Esas (esos), no volverán.

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