Conteo descendente

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La recta final está en curso para dos acontecimientos de los cuales las autoridades bolivianas, incluso las de oposición, no podrán apartar los ojos pues los resultados de ambas contiendas también se sentirán aquí. Argentina y Venezuela se encaminan hacia las urnas, en carrera presidencial la primera y en contienda legislativa la segunda y estará en juego gran parte del destino populista que abraza a algunos países del continente.

El juego más inmediato se dará el domingo que viene en Argentina, donde la elección es presidencial. El voto con peso en la contabilidad final estará dividido entre tres candidatos principales. Todas las encuestas atribuyen un mayor volumen a Andrés Scioli, visto como más proclive al ala gobernante actual del peronismo, el movimiento creado hace casi 60 años por Juan Domingo Perón y vivo a través de gran parte del arcoíris político argentino.

Con Scioli los observadores esperarían ¨un poco menos de lo mismo¨, sin excluir la angustia ante las apreturas financieras arrastrada desde comienzos de siglo. En esa angustia se destaca la sombra amenazante de ¨los buitres¨ que en una reestructuración (eufemismo por nuevas condiciones) rehusaron perder la tajada quitada a otros acreedores que prefirieron sacrificar una porción a no recuperar nada.

Ningún intento de regularizar la presencia argentina en el universo financiero del que está urgida será posible sin un arreglo con esos acreedores tenaces que compraron bonos argentinos depreciados y demandan que el estado les pague bajo los valores originales. Representan el 7% de los acreedores pero la suma adeudada bajo el cálculo original ha crecido en espiral y cualquier beneficio que lograren sería extendido a los que sí aceptaron un recorte de la deuda. Argentina, dice el gobierno, se hundiría sin remedio.

Scioli (38,9%) aprieta el paso para ganar en la primera vuelta. Los números mágicos son el 45% del total o lograr siquiera un 40% con una distancia mínima del 10% sobre Mauricio Macri, el no peronista de la disputa y segundo en la mayoría de las encuestas (30,12%). En una atmósfera en que la lucha por un voto es decisiva, los votantes de Macri se muestran obstinados en forzar una segunda vuelta, al igual que los del tercero, Sergio Massa (20,57%), que se alejó del gobierno de Cristina Kirchner y surgió como alternativa peronista al ¨kirchnerismo¨.

Ninguno de los tres está feliz con la proximidad del gobierno saliente con el régimen chavista de Venezuela, y en esta juntura convergen los intereses estratégicos del gobierno boliviano. Un tropezón del ¨kirchnerismo¨ este domingo afectaría por lo menos los ánimos del gobierno nacional, parte de la cadena de regímenes de izquierda forjados en los últimos tres lustros.

El desánimo se agravaría con un triunfo de la oposición en los comicios legislativos de Venezuela el 6 de diciembre. Consciente de que la perspectiva es cuesta arriba (desde el fallecimiento de Hugo Chávez y el ascenso de Nicolás Maduro hace dos años y medio en una elección disputada el ¨chavismo¨ solo ha declinado) el gobierno emplea todas sus cartas para evitar una debacle. La oposición quiere ganar la mayoría legislativa y de ahí forzar la salida de Maduro con nuevas elecciones presidenciales. Bajo el panorama que pintan las encuestas de las esporádicamente se conoce, nunca la oposición venezolana estuvo tan cerca de revertir un orden y de desplazar al gobierno pilar del alicaído Socialismo del Siglo XXI.

Las penurias políticas venezolanas, con muchos de sus líderes presos o exiliados, han sido exacerbadas por el desabastecimiento y la escasez, sin salida inmediata a causa del derrumbe de los precios del petróleo, las deficiencias administrativas y la corrupción.

Con Cuba, la madrina de las alianzas tejidas por Hugo Chávez, más interesada en vigorizar el restablecimiento de sus lazos con Estados Unidos que en promover aquel socialismo, el ¨chavismo¨ marcha hacia la cita con las urnas más solitario que nunca. En sus costados, Guyana y Colombia, no parecen haberse perturbado con la retórica oficial de Caracas y el tiempo para atizar el patriotismo con esas cartas luce agotado. Pero también su frontera sur está Brasil, donde las dificultades del gobierno de Dilma Rousseff pueden en algún momento dejar de salpicar para dar lugar a olas políticas y económicas a ser sentidas en todo el continente.

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