Breve recuerdo de un libertario

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Una crónica de
Luis González Quintanilla

El otro día, sin decir “agua va”, la Parca me echó un importante guadañazo. Imagino que ella, al cabo del mismo, cayó en cierto desconcierto, pues pude esquivarlo. Estaba en el lugar adecuado y en el momento preciso: haciendo un trámite burocrático en el hospital de la Caja, a sólo 20 metros de “urgencias”. El buen ojo del clínico y del cardiólogo hicieron que se aplicase de inmediato el protocolo adecuado; la eficiencia de la asistente social impulsó mi inmediato traslado a la clínica especializada.

No me tocó una moderna ambulancia del programa “Evo cumple”, para la transferencia. El vehículo dispuesto, seguramente, era un rezago de aquellos de la antigua República. La sirena funcionaba, pero yo, el infartado, tenía que cogerme con fuerza del borde de la camilla, mientras mi esposa me apretaba la cintura para evitar los botes. Llegué, por fin a la meta. Allí todo fue coser y cantar. El procedimiento de limpieza de la arteria no fue muy largo y el dolor desapareció paulatinamente.

Sin embargo, en la noche, en ese importante y antipático lugar llamado terapia intensiva, la mirada pegada al techo, impasible el ademán, y entre el duermevelas correspondiente, la mente fue fluyendo hacia a la imagen de un amigo recientemente fallecido, el insigne Liber Forti. Estuve pensando en él mucho rato. Rememoré cuando me acercaron al personaje dos de sus grandes y antiguos amigos, Juan Carlos, “Gato”, Salazar y Humberto Vacaflor, estupendos

colegas míos que habían conocido al maestro cuando ellos llevaban pantalones cortos, allá, en la bucólica Tupiza de comienzos de los 50. Liber Forti había llegado años antes a ese pueblo con sus padres, tratando de poner distancia con los malos aires autocráticos de su país natal, Argentina. De la familia, como su nombre lo indica, mamó su ser libertario y solidario y su rebosante talento.

Hace un par de años, Liber me contó pedazos de su primer viaje a España, tras las huellas de quien su heroísmo lo convertiría en míto de la guerra civil española, Buenaventura Durruti. Nuestro ácrata argentino-boliviano, hombre de vastísima cultura y de una memoria excepcional, me apuntó también pinceladas de su viaje de retorno en una narración gozosa de las que llevaban su sello. Un amigo poeta le confió una carta para su amada, que estaba en Quito. Le leyó la poesía allí escrita y le entregó el sobre. El viajero, después de esos largos días sobre el Atlántico, montado sobre un barco de carga, con escalas en La Habana, Panamá y otros puertos menores, extravió el sobre con parte de su equipaje. Llegó a Quito con el pánico de incumplir el mandato del amigo, lo cual podía haber dado fin al apasionado romance. Pero Liber escudriñó los recovecos de su excepcional memoria y reconstruyó –presumo que con algunas mejoras- los párrafos del poema, y así pudo repetirlos a la destinataria. Más asombroso aún: la anécdota me la refirió decenas de años después del hecho –incluyendo la bella poesía – en una de esas tardes donde el privilegio de oírlo siempre las convertían en muy cortas.

Momentos plenos por la magia que comunicaba con sus dichos. Con detalles de jornadas épicas del incorruptible sindicalismo boliviano de otros tiempos. Con recuerdos de su amistad con aquellos hombres de acero que dirigían por entonces el movimiento minero y la COB. Relatos de pedazos importantes e inéditos de nuestra historia de los que él ahuyentaba cualquier propio protagonismo. Notas discretas de su descomunal aporte al teatro boliviano… Y, sobre todo, de su transcurrir libertario por la vida que tanto amó.

Liber Forti mereció enormes homenajes. Su talante discreto le hizo objetar intentos de cumplirlos. Hábiles biógrafos se ofrecieron a escribir uno o varios libros sobre su intensa vida. El, siempre con agradecimiento y cariño, explicaba que no se veía biografiado. Menos mal que el amor y el talento de Gisella Derpic, su compañera, rescataron valiosas páginas de la vida del excepcional libertario.

Creo que las circunstancias del breve recuerdo que tuve de Liber consienten estas pocas líneas.

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