Conteo descendente

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La iniciativa de enviar a Venezuela una misión de la UNASUR para informarse directamente de la situación en ese país ocurrió un día después de la detención armada y violenta del  alcalde de Caracas Antonio Ledezma, el 20 de febrero. Se trató de una movida opaca para las circunstancias que sofocaban al país bolivariano. Dos semanas después, los tres países que conformaban esa misión aún aguardaban la autorización de Venezuela.  Cuando finalmente sus cancilleres viajaron el 6 de marzo, la organización  fundada en 2008 bajo el aliento del Socialismo del Siglo XXI, ofrecía el cuadro de médicos indiferentes ante un enfermo en coma y a un dueño de casa feliz de mantenerlos lejos del paciente y evitar que lo diagnostiquen. Fuera de llamar a coordinar una cadena alimenticia continental, propósito efímero y dudoso, la misión no produjo resultados que apartasen a Venezuela de la orilla de un volcán por estallar.

La realidad mostraba a un país tratando de ver un lado risueño en los malos momentos que retan diariamente su paciencia. Jon Lee Anderson (Che Guevara, Una Vida Revolucionaria, 1997) relataba en The New Yorker una anécdota escuchada en una recepción a la que, una hora después de programada, había llegado temprano: Un viejo entra a un almacén en Caracas. Luego de esperar pacientemente en la fila, pide al vendedor una lata de aceite comestible, un tarro de leche y un cuarto kilo de café. El vendedor se disculpa y le dice que esos productos están agotados. Decepcionado, da la vuelta y se va. Al escucharlo, la persona que lo sigue en la línea le dice al vendedor: ¿Aceite de comer? ¿Leche? Ese viejo estúpido debe estar loco. El vendedor medita unos instantes y responde: Es verdad, pero ¡qué buena memoria tiene!

El venezolano común tiende a ser extrovertido y bien humorado y las charlas de café estos días suelen estar acompañadas de una actitud liviana.  En un puñado de medios –especialmente en lo que queda de El Nacional y de Tal Cual Digital, ahora sólo con la versión electrónica- se percibe la sensación de que al país de Bolívar el continente le ha dado la espalda. Las sanciones aplicadas por Estados Unidos contra siete personalidades del  régimen (hay otras 49 “en capilla”)  sirven como excusa al gobierno venezolano para afirmar que está siendo agredido.

La inoperancia práctica de UNASUR contrastaba con su agilidad para los casos de Porvenir, en Bolivia, con Fernando Lugo, en Paraguay, y con Manuel Zelaya, en Nicaragua. La organización fundada en medio del fragor de los conflictos en Pando, parece interesada solo en proteger a las naciones con regímenes populistas. Su sospechada parcialidad puede anunciar la actitud del hemisferio cuando la brújula mude de orientación. El ocaso luce patente si se mira el fracaso de Venezuela que, como Argentina un siglo atrás, ostentaba todas las condiciones para ser tan desarrollada como hoy son Canadá, Australia o Europa occidental.

Todos los indicadores señalan que Nicolás Maduro no creó la crisis de su país, pero sí la empeoró. Hugo Chávez capitalizó el descontento con la ineficiencia de los servicios públicos, la infraestructura deteriorada, la violencia, la pobreza extrema proyectada por  los rancheríos alrededor de las ciudades y, sobre todo, la impresión frustrante de que con un poco de honestidad y menos corrupción mejoraría la vida diaria. Para muchos fue salir de la sartén para caer al fuego.

Los cambios políticos parecen suceder a ritmo geológico. No son perceptibles al comienzo pero cuando cobran ímpetu se vuelven inexorables. En medio de la crisis del petróleo de hace 30 años, ¿quién creía que todo el mundo soviético se iba derrumbar? Fue carcomido por dos termitas: la ineficiencia y la falta de libertades. Ningún país del bloque comunista sobrevivió.

El presidente peruano Ollanta Humala advirtió el peligro de la crisis venezolana para el continente.  Cualquier cambio en ese país, dijo,  “afectará a toda la región latinoamericana”. Las perspectivas para Maduro seguían sombrías esta semana, agravadas por las renovadas tensiones con Estados Unidos. Y si el mediano plazo se cuenta en  meses, las elecciones legislativas de fines de año podrían traer una  derrota mayúscula para un gobierno cuyo presidente bordea el 20% de la aprobación ciudadana. Las justas no tenían aún fecha oficial definida, reflejo de la inseguridad electoral del régimen. Vagamente y como para comprometerlo, UNASUR dijo que serían en setiembre. Como  en todo período de crisis, el corto plazo luce distante.

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