Día: diciembre 28, 2014

Analogías equivocadas

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El Ministro de Hacienda Luis Arce Catacora ha expresado conceptos controvertidos que merecen algunos apuntes. El relacionado con a la fortaleza financiera de Bolivia ante la tormenta que se abate en todo el mundo sobre los hidrocarburos es relativo y explicable solo si el ministro ha tratado de defender la estabilidad monetaria. El precio de esa defensa equivale a poner en entredicho su credibilidad y puede sustentarse mientras la caída no se agrave. La actitud es comprensible. Un ministro de Hacienda inglés juraba a los periodistas que no habría devaluación de la libra esterlina (Inglaterra aún no era parte  del euro), mientras caminaba rumbo a su despacho para firmar, solo minutos después, una decisión que iba a afectar la moneda.

Los expertos dirán que no es correcto comparar los ingresos que Bolivia recibe de sus exportaciones de gas natural a Brasil y Argentina con la reducción de los precios de los carburantes que importa (diesel y gasolina). Si de todas maneras se quiere hacer la comparación, debe hacerse una cuantificación mínima: Calculamos recibir X por nuestras exportaciones de gas natural en 2015 y calculamos gastar X en nuestras importaciones de carburantes. La diferencia entre ambos es X. ¿Dónde está la tajada más grande? (Traten de imaginar de dónde saldrá la diferencia y a cuenta de quién.)

En defensa de la tesis de “aquí-no-pasará-nada” el ministro también recordó que a principios de 2008 el petróleo descendió a 30 dólares y pico el barril y que la economía  boliviana no sufrió. Ahora Bolivia estaría en mejores condiciones de capear una tormenta mayor, pues produce más gas nunca. Es cierto. Hace seis años, producíamos alrededor de 40 millones de metros cúbicos y exportábamos casi todo. Ahora producimos alrededor de 62 millones de metros cúbicos y también exportamos casi todo, salvo un sexto que se queda para el consumo interno, que también ha crecido, lo mismo que todas las importaciones.

No entran en la ecuación ni El Mutún ni la petroquímica. Por todo  lo que se puede prever, la petroquímica que venga en uno o dos años tendría que salir de los volúmenes que actualmente se producen. Como no habido grandes descubrimientos, no está muy claro cómo será reajustada la distribución actual. ¿Se exportará menos a Argentina o a Brasil?

De una siderurgia en escala asentada en el Mutún no se  podrá hablar en un buen tiempo, si es que el tema vuelve en los próximos años. Sábalo, Margarita y San Alberto representaban el 70% de las exportaciones hacia mediados de 2014 y no hay nada que indique que a ese grupo con el que Bolivia sacó la lotería vayan  a sumarse nuevos campos gigantes.

Lo liviano de afirmar que financieramente a Bolivia sólo salpicaría el derrumbe de precios se observa en que para junio, los ingresos que había percibido el país sumaban alrededor de 3.000 millones de dólares, de acuerdo a la contabilidad de YPFB. Fue a partir de junio que comenzó a notarse el descenso persistente de los precios. No es aventurado suponer que los ingresos pueden haber mermado en un 20% al 30% respecto a lo calculado para el segundo semestre. Es decir entre US$600 millones y $US 900 millones menos en el semestre que acaba. Nadie diría que esa cantidad es liviana. De mantenerse la tendencia, el ajuste de los cinturones presupuestarios será muy fuerte. Se estaría hablando de mucho más dinero. Asegurar que Bolivia saldrá indemne de la tendencia en curso contribuye a crear expectativas irreales en la población.

Otra afirmación que debe ser vista con cuidado es que la demanda interna es el motor que mueve la economía boliviana.  En mayor o menor grado eso ocurre en todos los países, más en aquellos que tienen una producción diversificada y donde gran parte de la mano de obra está empleada por la industria. Ese no es el caso boliviano donde la mayor parte del empleo formal (que no es mucho) radica en el estado y su burocracia. En la estabilidad financiera del estado pesan decisivamente los ingresos por las exportaciones, de las cuales el gas natural es el rey. Es irreal pretender que, en el peor de los casos, la contracción de precios solo salpicaría al país.   El tema es abultado y el debate que conlleva probablemente nos acompañará a lo largo del año que está por comenzar.

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La primera baja

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Algunos recién parecen enterarse, pero desde hace meses solo crece la onda gigante de un nuevo tsunami petrolero cuyas dimensiones pueden ser percibidas mejor recordando algunos rasgos y consecuencias del anterior.  La disparada de precios de hace 40 años,  cuando se triplicaron al fragor de las guerras del Medio Oriente,  fue seguida de un colapso, en medio de una feroz competencia entre productores que llevó los precios a una fracción de los que regían hasta poco antes. En su recorrido, la escalada contribuyo a la desaparición de la Unión Soviética, económicamente exhausta, con empresas ineficientes y con la carga insoportable de la invasión a Afganistán.

Con el petróleo como su producto rey de exportación, una Rusia financieramente fuerte, con recursos para cubrir las crecientes demandas de su sociedad, podría haber resistido un poco más. Pero la tormenta era demasiado fuerte, incluso para un imperio como el soviético donde no se ponía el sol. En pocos años estaba desmembrado. Todos sus satélites recuperaron la independencia y su autonomía y se apartaron del imperio cuando Yeltsin arrió la bandera roja y levantó en el Kremlin la celeste-blanca de Rusia hasta antes de la revolución bolchevique.

El petróleo venezolano llegó a ser cotizado  hasta en seis dólares el barril. (Venezuela podría haberse dado por feliz, pues en otras latitudes el precio bajó hasta dos dólares.) A mediados del año que acaba,  nadie, ni en pesadillas, habría soñado con que el precio del petróleo llegaría a los niveles a los que de esta semana, peor aún a los niveles de algunos vaticinios pesimistas. La banda de 50-60 dólares es dolorosamente insoportable para algunos países. Imagínense lo que sería en niveles de 40-50. Para Bolivia, el desequilibrio de estos días puede costarle más de 1.000 millones de dólares a lo largo de un año, entre el 3% y 4% de su Producto Interno Bruto (todo lo generado por la economía en un año). En otras palabras, el crecimiento de la economía podría aproximarse a cero en 2015.

La economía de la patria de Bolívar ya daba tumbos cuando los precios empezaron a precipitarse. Es irreal creer que Cuba, en cuyo socorro acudió el fallecido presidente Hugo Chávez tras el  infarto fatal de la ahora ex URSS, no percibió que podría extinguirse pronto el apoyo venezolano expresado en unos 100.000 barriles diarios de petróleo a precios subvencionados y  ocupación para decenas de miles de profesionales. Perderlo sería tanto o más grave que lo que fue la extinción de la ayuda soviética. Muchos creen que un cálculo frío llevó a la cúpula cubana a buscar neutralizar otros frentes, en la medida de lo posible y conveniente.

El factor petróleo que sofoca financieramente a Venezuela es crítico para explicar el rumbo reconciliador tomado por Cuba y Estados Unidos.  El deshielo cubano-estadounidense se yergue como la mayor baja política del segundo tsunami petrolero en medio siglo.  Gorbachov no imaginaba que la  crisis petrolera de los años de 1980 que encogió sus ingresos por exportaciones acabaría con la URSS, durante décadas la estrella del rumbo de todos los que navegaban por la izquierda.  Es interesante ver que la crisis en curso vuelve a afectar notablemente las finanzas rusas y ha diezmado el valor del rublo, empeorado con las sanciones provocadas por la intervención en Ucrania, que muchos hallan equivalente a la que atascó a los soviéticos en Afganistán.

La escalada de precios de hace cuatro décadas, creó entre algunos exportadores una sensación de bonanza sin fin y un endeudamiento desproporcionado. Fue el caso de México, cuyas finanzas quebraron en septiembre de 1982, y de Venezuela, meses después, en febrero de 1983. Recuerdo que Luis Herrera Campins, el presidente venezolano de esa época, aseguraba que “Venezuela no es México” y que para el país era preferible endeudarse que pagar al contado porque el petróleo,  su mercancía primordial, iba siendo cada vez más cara. La afirmación fue desmentida en poco tiempo.

Bolivia ingresaría al remolino vertiginoso de la deuda externa e inflación un par de años después, con el vendaval que vino: renuncia prematura de Hernán Siles Zuazo, la llegada de Víctor Paz Estenssoro y su decreto estabilizador 21060, que rige aún ahora los destinos económicos del país.