Una tormenta perfecta

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Los precios del petróleo continúan en un remolino que esta semana los ha llevado a los niveles más bajos en años, en una tendencia que parece duradera. El fenómeno resulta de una combinación de factores que impide determinar a dónde llegarán. Estos días se ha hablado de una plataforma de $US70 dólares el barril, un 30%-40% menos que a principios de año. El abrupto descenso tiene en alerta roja a las economías de Venezuela, que necesita de $US120 el barril para equilibrarse, y de Irán, que requiere de $US140. El fenómeno también lo sufre Rusia. Con el rublo en picada, sus líderes recuerdan con aprehensión que el derrumbe de precios en la década de 1980 desembocó en el colapso de la Unión Soviética, tras la caída del Muro de Berlín.

La crisis es un dominó que viene del propio ascenso en espiral de los precios, hace más de una década, que estimuló inversiones y promovió nuevas fuentes de energía. Entre sus resultados está la explotación comercial de las rocas bituminosas de América del Norte, que ha traído al mercado los bitúmenes y ha cortado por la mitad las importaciones de Estados Unidos, ahora rival de Arabia Saudita por la corona de primer productor mundial.

Hay abundancia de petróleo. Por añadidura, los sauditas han rebajado el precio del crudo para clientes estadounidenses. Las señales aparecen por doquier. Ninguna anuncia el fin del capitalismo sino una etapa en la que inclusive corrientes políticas que parecían seguras están en la mesa de juego. Los altos precios resultaron en tecnologías que optimizaron el rendimiento del combustible. La que ha empezado parece una tormenta perfecta que alinea diversos factores y, de alguna manera, siembra semillas para un orden diferente.

El ciclo que parece acabar fue propulsado por el asombroso crecimiento económico de China, la insurgencia de la India y el beneficio que la onda trajo para las economías emergentes. La desaceleración china, la sobreproducción y baja de precios del petróleo y las apreturas de algunos regímenes izquierdistas, son relámpagos en esa turbulencia. Los brasileños, que acaban de reconducir a Dilma Rousseff, comienzan a percibir cambios, no necesariamente bienvenidos. Las tasas de interés están otra vez en subida y la pobreza extrema aumentó por primera vez en 10 años. El dato es oficial pero fue mantenido en reserva para no perturbar las elecciones del 26 de octubre.

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